El coraje de decir verdad

La libertad de expresión en México está amenazada, además de por los desafíos de los post-verdad, por el crimen organizado y la corrupción de los gobiernos

| Tenemos que hablar

Ilustración @donmarcial

El periodismo mexicano enfrenta desafíos graves en esta época dominada por la post-verdad. La tarea de investigar los hechos y divulgar los hallazgos se ha vuelto cada día más compleja.

No me atrevería a decir que México es una excepción. En todo caso, mi país es un ejemplo de lo que está ocurriendo en estos tiempos globales con respecto a los medios y la libertad de expresión.

La post-verdad y el culto a la irrelevancia de los hechos impacta de maneras diferentes, de un país a otro, pero los orígenes y las causas del problema son muy similares. Los cambios tecnológicos y su consecuencia en el reequilibrio del poder están afectando las formas para la expresión y la comunicación.

Como dijera Michael Foucault, el coraje para hablar con verdad no es solamente una característica del individuo, sino también un rasgo que caracteriza a cada sociedad.

Hablar sin miedo y decir con verdad son atributos, sobre todo, de la comunidad donde interactuamos. Esos atributos se refrendan cotidianamente, no solo sólo por el sujeto sino por el conjunto de su comunidad.

Siguiendo este hilo de reflexión es que me atrevo a afirmar que, en lo que toca al ejercicio periodístico, mi país atraviesa por una época en que la libertad de expresión se presenta tímida, o peor aún, que muchas expresiones están marcadas por la cobardía.

Quiero precisar que no estoy hablando aquí de mi mismo, o de mis colegas periodistas, sino de la esfera pública en la que ejercemos nuestra profesión. Me refiero, en concreto, al contexto en el que realizamos nuestra labor.

Hoy en México, entre todos los desafíos, al coraje de decir la verdad experimenta amenazas impuestas por el crimen organizado, así como por la corrupción del gobierno.

Las amenazas contra la libertad de prensa relativas a la violencia y el crimen organizado

Muy temprano por la mañana del día 23 de marzo de 2017, el cuerpo de Miroslava Breach, periodista renombrada del estado de Chihuahua, fue encontrado dentro de su vehículo personal con varios tiros en el cuerpo.

Ella estaba investigando a una organización criminal, llamada Los Salazar, ligada al Cartel de Sinaloa.

Un año más tarde, otro periodista de renombre, Javier Valdez, recibió 12 tiros, justo antes de la hora de la comida, cuando cruzaba las calles próximas a su oficina.

Siete años antes Javier había ganado el premio María Moor Cabot por sus extraordinarios reportajes sobre el crimen organizado.

Han dos y tres años de aquellos asesinatos y la impunidad continúa reinando sobre la justicia.

Junto con ellos más de 144 periodistas han muerto en México desde el año 2000. Durante la administración anterior, presidida por Enrique Peña Nieto, fueron asesinados 47 profesionales de la información (y 6 más han perdido la vida desde que tomara posesión Andrés Manuel López Obrador).

Durante el año 2017 México se ubicó como el segundo país más peligroso para ejercer el oficio, después de Siria. Además de sufrir el homicidio, los periodistas mexicanos experimentan la desaparición, amenazas y extorsión, ataques físicos y otros actos de intimidación.

De acuerdo con la organización internacional Artículo 19, en México se presenta una agresión contra periodistas cada 16 horas. La gran mayoría de las amenazas ocurren en Veracruz, Tamaulipas. Guerrero, Chihuahua y Oaxaca.

¿Qué sabemos de la naturaleza de tales amenazas?

Primero, que la mayoría de los crímenes ocurren en regiones donde la violencia está directamente relacionada con presencia del crimen organizado.

No obstante, la expresión de las amenazas varía de un lugar a otro: lo explica con precisión Sandra Rodríguez, reportera que hace diez años trabajó para un periódico local de la frontera:

“En Juárez tu puedes reportar prácticamente cualquier cosa, si hay un cuerpo tirado en la calle, si hubo un tiroteo, o si hubo una pelea en la calle. Es posible porque hagas lo que hagas esa misma información será publicada en el Paso, Times. Pero está estrictamente prohibido investigar a la persona muerta, o los motivos del tiroteo.”

En otras palabas, el crimen organizado en Ciudad Juárez es indiferente a la tarea del informador, pero cobra una cuota violenta en caso de que la periodista decida investigar el contexto, los responsables, las ligas del delito con el crimen organizado.

Las cosas en Sinaloa son parcialmente distintas: en ese estado las periodistas sólo pueden reportar aquello relacionado con las organizaciones criminales menores, pero tienen estrictamente prohibido meterse con la mafia dominante de la entidad.

Todavía más dramática es la circunstancia en Tamaulipas donde no hay libertad alguna para reportar lo que sucede: el silencio es la regla principal que toda periodista debe obedecer; esto incluye informar y desde luego investigar.

Segundo, la mayoría de las agresiones no provienen de los líderes que encabezan las organizaciones criminales, sino de funcionarios públicos relacionados con esos líderes, los cuales suelen reaccionar con violencia cuando son investigados por la prensa.

Seis de cada diez amenazas contra las reporteras provienen de servidores públicos corruptos.

Tercero, el Poder Judicial ha sido incapaz de resolver la inmensa mayoría de casos.

Y cuarto, la desconfianza entre periodistas y empresas de medios no ha ayudado poco a enfrentar gremialmente esta peligrosa circunstancia.

Amenazas contra la libertad de prensa relativas a la corrupción del gobierno

En México la libertad de expresión también está en riesgo por el intercambio inmoral propuesto por el gobierno que paga publicidad en los medios, a cambio del silencio periodístico.

Durante años, el uso discrecional de los fondos del Estado para asegurar obediencia ha implicado una limitante indeseable para la libertad de expresión y el derecho a la información.

El problema es que la publicidad gubernamental no está convenientemente regulada, y los fondos públicos invertidos en ella no son transparentes. (Además de que los gobiernos – local y federal – ofrecen otros favores políticos o económicos a las empresas de medios, cambio de influir en su línea editorial).

A manera de ejemplo, durante la administración de Enrique Peña Nieto se invirtieron más de 5 mil millones de dólares en los medios. Una verdadera sobredosis de recursos públicos que dañó al ecosistema dedicado a la investigación y el periodismo.

Una cobertura favorable y una graciosa cobertura de los temas públicos son parte esencial del intercambio.

El problema es realmente grave porque las empresas de medios se encuentran en crisis económica debido a que buena parte de la publicidad privada ha migrado hacia la tesorería de empresas como Google o Facebook.

60% de la publicidad privada dejó en el último lustro a los medios tradicionales para migrar a estas nuevas plataformas.

Los ingresos para la televisión o la radio se redujeron dramáticamente y todavía peor es la circunstancia de la prensa escrita.

Sin embargo, la mayoría de las compañías de medios del país han logrado sobrevivir gracias al subsidio gubernamental. Es muy probable que, si el gobierno dejara de invertir esos recursos, en breve la inmensa mayoría de los medios privados desaparecería.

Estos dos elementos relativos al periodismo contemporáneo mexicano – violencia y subsidio gubernamental arbitrario – son parte de un contexto que limita la capacidad de decir verdad en la sociedad mexicana.

Y, sin embargo, al tiempo que todo esto ocurre, el periodismo de mi país está produciendo varias de sus mejores piezas. Es decir que los profesionales de la información no han quebrado su voluntad para continuar investigando la corrupción gubernamental y sus vínculos con la criminalidad.

Aquí radica la paradoja: el contexto no es favorable y sin embargo hay individuos que tienen el coraje del que hablaba Foucault, a pesar de una realidad adversa.

Porque el pesimismo es una frivolidad en tiempos difíciles, me atrevo a imaginar que esta época, nuestra, podría significar el fin de la edad media y a la entrada del renacimiento del periodismo.

*Conferencia pronunciada el 19 de abril de 2018 en la Universidad de Stanford, California

 

 

Artículos relacionados