El discurso de nuestra “democracia”

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México es un país muy extraño, sobre todo visto desde fuera. Como una contradicción que te genera una tristeza profunda pero que te hace mantener la esperanza. Cuesta muchísimo entenderlo porque ahí el control se ejerce con un “autoritarismo mínimo indispensable” y con un “máximo simbólico posible”. Me explico.

El autoritarismo mínimo indispensable

Desde hace años nuestras instituciones funcionan bajo el discurso de la democracia, se amparan en él y de ahí reciben su legitimidad para actuar. La constitución, los partidos políticos, el gobierno, los legisladores y los jueces, entre otros, son instituciones democráticas porque juegan sobre las reglas democráticas (debo decirlo, mínimas, electorales, básicas). Si dejan de hacerlo, salen del juego. Si las reglas se rompen por completo, el juego democrático termina.

Las reglas mínimas formales permiten que muchas veces el gobierno actúe autoritariamente y mantenga el discurso democrático, siempre que al hacerlo logre cumplir las formalidades. Esto explica que en casos de abuso de “la violencia legítima” (el uso de la fuerza) o de impunidad frente a la corrupción y a violaciones a los derechos, se pueda recurrir a las reglas democráticas para defender el discurso de la democracia electoral: una mala democracia que actúa de forma autoritaria muchas veces, pero que sigue siendo democracia.1Ésta corresponde al modelo mínimo pensado para abandonar las monarquías y para evitar guerras civiles en países donde el poder político se disputaba –constantemente- por medio de la violencia, y donde la élite en el poder generalmente oprimía o abusaba de la otra u otras que intentaban arrebatarle el poder.2

Su intención es dar incentivos a las élites (pensadas como facciones) para abstenerse de la guerra y hacerlas competir en elecciones periódicas, donde el poder cambia de manos sin necesidad de matarse. Una democracia elitista, que permite gobernar sin su sangre. ¿Cuáles reglas mínimas? un poder controlado, elecciones periódicas, una competencia razonable y opciones políticas que reflejen –más o menos- a la sociedad, para que vea sus intereses representados en ellas. Es cierto que en ese contexto, tradicional del siglo XIX, lograr esto no era poca cosa, pero también es cierto que no es “mucho” en términos de aspiraciones a democracias más robustas (social, participativa, deliberativa),3 justo como la que Peña Nieto presume tener en México.

El contraste entre una idea de democracia y otra es claro, por ejemplo, en la forma de concebir el voto. Las concepciones mínimas lo ven no sólo como el principal elemento de participación sino –algunas veces- como el único, limitando la acción de la ciudadanía a votar una vez cada ciertos años (ciudadanía pasiva) y creando barreras a la participación directa, permanente y más horizontal, a través de mecanismos como la protesta, la acción colectiva, la inclusión en las instituciones deliberativas (participar en las cortes y los parlamentos de distintas maneras), etc., tal como proponen las concepciones más robustas de la democracia. En México, el diseño institucional lleva la participación al mínimo posible, haciendo pesar políticamente a las personas sólo cuando hay elecciones y atándoles los años siguientes sin posibilidad de incidir realmente (¿les es familiar que los partidos políticos sólo busquen rendir cuentas e incluirnos cada tres o seis años?).

Más diferencias entre las dos concepciones de democracia pueden verse en la forma de pensar la protesta, la discusión, el conflicto y el rol de las personas en la política. Las nociones mínimas centran el peso en los representantes o el gobierno, de manera vertical y jerarquizada, mientras que las concepciones robustas buscan otros mecanismos de inclusión de grupos, comunidades u organizaciones en la discusión de las decisiones que toman algunos poderes del Estado, dándoles un rol activo y colaborativo tanto en la toma de decisiones legislativas como en la resolución de casos judiciales que involucran alguna situación que afecta a las personas (reapropiación de la política de forma horizontal). En el caso de Sudáfrica, por ejemplo, en los hechos relacionados con la desocupación de personas de zonas habitacionales o de decisiones del sistema de salud y el tratamiento del SIDA, se ha incorporado a los principales sujetos involucrados en los problemas (movimientos sociales, personas víctimas de la situación y otros) para su resolución y la toma de decisiones y legislaciones posteriores.4

En México, el discurso de la democracia electoral llegó con la transición democrática, que se pensó como un puente que permitiría cumplir las reglas y aspirar a robustecerse, después de más de 70 años de autoritarismo priísta y de exclusión de las personas para la acción de las élites políticas. Sin embargo, esta ilusión se ha ido borrando poco a poco, dando paso a una regresión democrática bastante lejana al objetivo al que se buscaba llegar por medio de la transición.

El máximo simbólico posible

La violencia organizada no es el único poder de control del Estado. Nuestra sociedad es profundamente jerárquica y vertical, y está acostumbrada a responder al poder de una clase política y de una clase social (las élites que controlan la política en el país), a través de símbolos y de imaginarios que les reafirman su poder. El que gobierna es el poderoso, el que puede abusar, el que manda, el que está por encima del derecho y los derechos. El rico tiene el poder, puede comprar todo, está por encima y puede escapar de la ley. Debemos respetar al gobierno y a sus símbolos de poder y control, aunque ellos no los respeten o se posicionen sobre ellos o sobre nosotras.

Esto resulta en privilegios de clase o de grupo, que se reflejan en la forma de relacionarse con las personas y de hacer política. No sólo se trata de que la clase política pueda apropiarse del espacio público excluyendo a las personas (el Zócalo no es más un lugar para manifestarse pero sí un estacionamiento para eventos de la clase política, para el ejército o para otro grupo que tenga una posición de autoridad), sino que en general estamos acostumbrados a ello (el “estás en México, así son las cosas”, el “te conviene ser de su grupo porque es influyente o el “usted no sabe con quién está tratando, ¿no sabe quién soy?”) y en lugar de rechazarlo lo aceptamos y consentimos (consentimiento a la dominación). Por esto no está mal que Peña Nieto paseé con su familia en un palacio real o se sacralice su figura y se exija respeto: asociar la realeza con la política resalta ese poder y estatus de clase añorado por muchos.

El control de lo simbólico es poder porque permite controlar a quienes actúan en función de él. Muchas personas dan su consentimiento a dejarse dominar por ese poder al actuar –casi siempre inconscientemente- bajo esos símbolos (el gobernante-mandatario, las instituciones honorables, los símbolos patrios, la autoridad, etc.). Así como en una familia patriarcal el hombre tiene el poder simbólico de dominación y la mujer considera legítima su opresión de distintos modos, el Estado mantiene el poder de dominación frente a las personas cuando éstas consideran legítimo el uso de su poder, aunque se utilice para oprimirlos.5

Este poder se perpetua porque hemos consentido ser dominadas a través de un imaginario que hace parecer legítimo el uso abusivo del mismo. Al hacerlo, actuamos bajo un paradigma de legitimidad que habilita los abusos y los hace parecer normales y válidos. Aquí los medios de comunicación son fundamentales como herramientas de los que dominan para sus fines (siendo muchas veces los propios medios de comunicación quienes dominan propiamente). Sobra decir que este poder es real y eficaz (no imaginario) y que, complementado con el uso de la violencia legítima y de los otros controles inmediatos, pueden mantener atada a una sociedad, como en México.

Abandonar el discurso agotado

En estas dos décadas los gobiernos –de todos los partidos- locales y federal debilitaron al máximo las reglas mínimas de la democracia electoral: elecciones periódicas pero amañadas, acarreadas, cargadas mediáticamente, violentas; opciones políticas que no compiten, no son oposición y no se hacen contrapesos ni representan más que a sí mismas (¿pluralismo político partidista si todos los partidos actúan similarmente y representan orgánicamente lo mismo?), actuando vertical y antiarticipativamente; pero sobre todo, el poder controlado.

Toda democracia tiene como base el poder separado; balanceado en contrapeso. Sin esto no hay democracia, ni electoral ni mínima ni nada. Nuestro gobierno es indefendible en tantos temas (derechos humanos, violencia generalizada, ingobernabilidad, corrupción, impunidad), que el refugio en la Suprema Corte había sido un escape y uno de los últimos bastiones institucionales que permitían sostener un debilísimo equilibro de poderes en México. Esto también terminó. No por juzgar al todo por una parte, sino porque el hecho de elegir a Medina Mora es tan contradictorio que la independencia de la corte frente a otros poderes se colapsa. Acá el poder simbólico explica más que el formalismo legal: su elección reafirma que en México gobiernan las élites para las élites, que el poder está en una clase social y no en las personas y que la clase política no ve costos en ignorar a la ciudadanía (más de 50 mil firmas) y a la sociedad civil organizada. Esta decisión reafirma el uso sin costos del autoritarismo de la clase política en turno y su poder de control.

Gobernar elitistamente, oligárquicamente, no les cuesta porque aún es una micro minoría la que resiste y rechaza esta dominación (simbólica y concreta). Es la mayoría que todavía los legitima, cediendo su libertad, la que les importa. El problema es que esta vez, en un acto (una elección) se muestra un hecho (la forma autoritaria de gobernar) que colapsa la ilusión que sostenía su discurso “democrático”. Un tribunal constitucional sin independencia acaba con la democracia formal de un golpe (y aún faltan de nombrar dos ministros(as) en el gobierno de Peña). El poder sin contrapesos es poder absoluto, y hoy es más claro que nunca que México vive esa realidad.

Por eso creo que mantener el discurso de la democracia débil, herida de muerte pero en pie, etc., les ayuda a continuar su dominación simbólica y real. Hoy necesitamos encarar otra idea: que no vivimos en una democracia y que es necesario replantear las cosas para pensar en un proyecto democrático real hacia dónde ir. Pienso que es mejor enfrentarlo así y caminar claros hacia lo que deseamos construir, a esperar el colapso del resto de las reglas formales de esta “democracia”.


Notas

1 Es interesante (y preocupante) ver cómo un país que tiene decenas de miles de muertos y desaparecidos por una guerra contra el narco, estudiantes desaparecidos, impunidad en decenas de casos como Atenco, tortura generalizada (reafirmada por la ONU) y acusaciones de corrupción y tráfico de influencias sin investigar y sin posibilidad de ser fiscalizados, sostiene el discurso de la democracia en la versión electoral olvidándose que el otro límite mínimo al poder (además de la separación de poderes) es el respeto a los derechos humanos.

2 Ver por ejemplo a Przeworsky en “Una defensa de la concepción minimalista de la democracia” o “El Federalista” de Hamilton, Madison y Jay.

3 En el sentido de una democracia deliberativa e incluyente como la que sostienen autores como Gargarella en “We the people” o Mansbridge en “The Place of Self-Interest and the Role of Power in Deliberative Democracy”, además de incoporar nociones de ciudadanía activa como las propuestas por Hannah Arendt o Chantal Mouffe.

4 A este respecto ilustra mucho el modelo de resolución “experimental” de casos, mostrado en el libro de Katherine Young “Constituting Economic and Social Rights

5 Para pensar esto ver el artículo de “Reflexiones
sobre los paradigmas y las paradojas de la legitimidad de las relaciones de dominación y de opresión” de Maurice Godelier y el trabajo de “Cómo la desigualdad se nos mete bajo la piel” de Wilkinson y Pickett.

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