El estadio BBVA Bancomer, monumento al despojo ambiental

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El estadio BBVA Bancomer, que está por inaugurarse este fin de semana como la casa del equipo de futbol Club Monterrey, en Guadalupe, Nuevo León, fue construido sobre una antigua área natural estatal protegida, conocida con el nombre de Bosque La Pastora. Se trataba de un espacio histórico, mencionado por primera vez en las actas de los primeros pobladores españoles, conocido durante el periodo colonial como Hacienda La Pastora y cuya belleza volvió a registrarse en documentación oficial en 1907 cuando, a solicitud del gobernador Bernardo Reyes, el alcalde de Guadalupe reportó un espacio que merecía ser parte del inventario patrimonial de Nuevo León: “solamente hay un punto llamado La Pastora, un bosque digno de conservarse por su arboleda y vegetación, siendo este en la actualidad propiedad del Sr. Aureliano de León” (Junta Arqueológica de Nuevo León, 1907, citado en Casas 2015).

Durante el resto del siglo XX, el espacio fue fragmentado por el reparto agrario posrevolucionario, aunque estas actividades agrícolas no comprometieron los bosques de encinales. Así, en 1984, el secretario de gobierno, Lucas de la Garza, argumentó necesario preservarlos tanto por su belleza como por su servicio a la población como pulmón urbano (ver entrevista aquí). Al siglo XXI La Pastora llegó convertida en área natural estatal protegida, pero ya de sus antiguas 300 hectáreas quedaban solo 130 bajo protección ecológica. El espacio era cruzado por el río La Silla, lo que permitió el desarrollo de centenas de árboles sabinos, o ahuehuetes, en sus márgenes, siendo todo el conjunto parte del corredor biológico del Cerro de la Silla. Esto generó las condiciones necesarias para que en aquel espacio se registrara una gran biodiversidad de plantas y animales, sin lugar a dudas la más rica dentro de la zona metropolitana.

La historia de este espacio llegó a un punto de bifurcación el 8 de septiembre de 2009, cuando por la mañana se anunció la redelimitación del área protegida, con la eliminación —esto fue anunciado ese mismo día horas después— de las 25 hectáreas sobre las que se construiría el estadio del corporativo Femsa. Frente a la prensa, el gobernador vinculó el proyecto con una estrategia de combate a la inseguridad que, por entonces, comenzaba a aterrorizar a la población: “En la medida en que a través del fútbol impulsemos el cariño para ídolos de la afición que representen valores positivos, habrá más espacios para generar mejores ciudadanos y para también contribuir al mejoramiento de los valores colectivos en aspectos tan importantes como el combate a la delincuencia, a la violencia y al crimen organizado.” En el boletín de prensa de la empresa se reprodujo la declaración que en el evento hizo José González Ornelas, presidente administrativo del equipo de futbol local Los Rayados del Monterrey: “En Femsa siempre hemos estados comprometidos con el desarrollo de las comunidades donde operamos, por eso decidimos liderar este proyecto que sabemos contribuirá a impulsar al estado y brindará muchos beneficios para toda la comunidad (…) El estadio será un icono del Nuevo León moderno; único, funcional e innovador, como los valores regiomontanos.” A pregunta expresa de un reportero, el ex gobernador dijo, enfático, que en el espacio ofrecido a Femsa “no hay ningún bosque”.


La movilización

Durante dos años y medio, la amenaza de este proyecto sobre una reserva ecológica movilizó a miles de personas de distintas ideologías, edades y colonias. Yo participé comprometidamente en este caso pero ni siquiera entonces fui consciente de la magnitud de lo que estaba defendiendo. Lo que sí pude sentir, antes que pensar, fue que nos encontrábamos luchando contra un poder descomunal que no solo tenía fauces económicas y políticas, sino que sus redes nos alcanzaban a todos de algún modo, siendo Femsa el grupo industrial más antiguo de Monterrey, fundado como Fábrica de Hielo y Cerveza Cuauhtémoc en 1890.

La historia de esta empresa también es larga y difícil de resumir, pues ha establecido relaciones comerciales, políticas y hasta de mecenazgo con, al menos, cuatro generaciones de regiomontanos. Su rápida expansión se debió a que comenzó a producir todos los insumos que necesitaba para la comercialización de su cerveza. Así, creó fábricas de corcholatas, vidrio, cajas de cartón, etiquetas, refrigeradores, exhibidores y hasta tiendas de distribución de su producto, que hoy conocemos como las tiendas OXXO. En la década de los ochenta compró la antigua Cervecería Moctezuma, originaria de Veracruz, y cambió su nombre a Cuauhtémoc-Moctezuma. En 2010 vendió su división cerveza al grupo Heineken, y se convirtió en dueña del 20 por ciento de las acciones de la empresa holandesa.

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Enfrentarnos a este titán parecía por lo menos una idea suicida, pero agotadas todas las instancias públicas, y habiendo entregado al menos cuatro solicitudes de reunión con representantes de la multinacional FEMSA (hoy la embotelladora de Coca Cola más grande de Latinoamérica), y otra con el presidente del Consejo Administrativo de Heineken, que no fueron si quiera respondidas, no nos quedó más remedio que convocar a un extrañamiento público por las conductas antisociales de este consorcio. Esto nos arrojó a un momento histórico en la vida de la ciudad, no solo por ser la mayor movilización por una causa ambiental sino porque el destinatario de la protesta, el agresor directo, era la corporación fundadora del Monterrey industrial.

Así, el 27 de agosto de 2011, dos días después de la muerte trágica de 52 personas en el incendio intencional al Casino Royale, marchamos del Palacio de Gobierno a las puertas del corporativo. Dejamos centenas de preguntas en cartelones colgados de un tendedero que improvisamos en la reja de sus instalaciones, porque nadie salió a recibir al contingente. Hoy que observo las imágenes de aquella marcha siento una enorme nostalgia de la inocencia que nos arropaba: todavía creíamos que con la exposición de tantos argumentos y con la participación de tanta gente habríamos de detener la construcción del estadio en La Pastora. Pero, por el contrario, el surgimiento de este movimiento político ambiental aceleró la aprobación de los últimos permisos, y apenas diez días después Femsa consiguió el permiso de la Semarnat para cambiar el uso de suelo forestal y remover la vegetación.


La pugna espacial por hacerse ver

Este triste desenlace me trajo al Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coimbra, en Portugal, a buscar explicaciones. Mis incipientes hallazgos poco a poco fueron delineando un proyecto de investigación doctoral. Aunque fue muy difícil decidir el abordaje, pues en el caso se mezclan varias dimensiones de poder dignas de análisis, decidí focalizar mi investigación en la producción del espacio regiomontano.

Henri Lefebvre teorizó sobre el poder del espacio para construir realidades sociales. Somos productores y a la postre productos del espacio. Nuestras relaciones son traspasadas permanentemente tanto por la experiencia del espacio, al vivirlo, como por la representación mental de un espacio inexistente, imaginario. El espacio producido es, para Lefebvre (2013), un conglomerado material pero también intangible. La realidad que construye la ciudad industrial es, así, una reproducción de desigualdades sociales que encarna en el trazo urbano, edificios públicos, residencias, industrias y bienes que se producen, los cuales a su vez reproducen cierto tipo de relaciones que generan ideas y valores que, a la postre, producirán espacios. Es por eso que la ciudad industrial busca reproducirse frenéticamente. Esta tendencia a la repetición va generando un (des)orden espacial envolvente, con discursos, prácticas e imágenes que reviste de cierta coherencia al paisaje urbano. Así, las rupturas y las permanentes pugnas espaciales pasan desapercibidas.

En este sentido —ahora entiendo—, el conflicto no era entre el estadio de “los Rayados” y La Pastora, sino entre el único modelo de desarrollo visible y una alternativa intraducible, o todavía no visible. En este gigantesco desafío la idea del bosque La Pastora, de la biodiversidad, de las especies endémicas parecía un lenguaje arcaico, vaciado de significados, mientras que la idea de inversión, proyección internacional y empleos, más futbol, cerveza y, por supuesto, estadio nuevo, parecían las únicas vías hacia el futuro. Fue entonces que comencé a observar el espacio producido, es decir, la ciudad, y comprendí que la batalla había sido perdida porque no había ni en la realidad material, ni en el imaginario local industrial la concepción de un bosque como La Pastora. El estadio, por el contrario, estaba sobrerrepresentado por el concreto, el acero y el vidrio que dominan en el paisaje de la zona metropolitana de Monterrey. Aquí, la naturaleza agreste se percibe con inquietud como un espacio no productivo. Esta política económica de deforestación tabula rasa ha sumido a la ciudad en un déficit de 15 millones de metros cuadrados de áreas verdes.

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En la defensa de La Pastora, por lo tanto, faltaron imágenes, referentes, discursos que le sonaran bien a la sociedad regiomontana. Parecía que nunca había tenido la sociedad regiomontana una relación con su hábitat sustentable, de coexistencia más o menos respetuosa. Por otro lado, fue imposible modificar el plan maestro de Femsa, con su densa red de socios y subalternos en el poder político. Desde un contexto de guerra local, con un número desconocido de personas desaparecidas, con cadáveres que amanecían colgados o degollados en medio de la ciudad, la voluntad individual o grupal de transformar el futuro parecía a todas luces insuficientes. Llegado un punto, tuve la impresión de estar acorralada entre un pasado borrado y un futuro inaccesible.


El espacio como autoridad normativa

Hay una diferencia entre poder y autoridad que importa. Mientras que el poder coerce, reprime, la autoridad convoca, reúne. La autoridad no es necesariamente ética, buena, ni positiva; su característica principal es que se reconoce como tal. En El poder de los comienzos: Ensayo sobre la autoridad, Myriam Revault propone, a partir de una revisión de la polis Grecia y de la civitas romana, dos hipótesis: el poder es territorial, la autoridad es temporal. El poder de los comienzos, sintetizo, es el poder de eliminar el pasado, lo cual nos hace sentir supeditados al tiempo de la nueva autoridad. El poder, por otro lado, toma forma en marcas sobre el territorio que transforman la vida cotidiana de las personas. La filósofa francesa, discípula de Paul Ricœur, trasplanta el concepto de autoridad a la modernidad. La nueva fuente de autoridad deja de ser la tradición para convertirse en una construcción racional, encarnada en la figura del sujeto cartesiano que piensa y luego existe. Esta reproducción del patrón racional fue tomando cuerpo en el espacio, transformando para siempre la forma de ser urbana.

Será la sobreexposición de solo una muestra determinada de espacios, los cuales representan codiciados valores —como la modernidad, la grandeza o el progreso—, los que se asuman como representantes del todo. En relación con esta metonimia, la parte por el todo, Lefebvre apunta: “El propósito de este despliegue es exhibirse, dejarse ver, pero con la intención de que cada espectador perciba ante todo la autoridad” (2013).

El imaginario industrial se sostiene fuertemente, así, de narrativas espaciales afines a sus intereses. Para que este relato no pierda fuerza, es necesario reproducir lo que Lefebvre llama “la representación del espacio”, esto es, el espacio insigne, el que mezcla conocimiento e ideología en una práctica socio-espacial.

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El estadio del Monterrey, que terminó coronando al poder financiero bajo el nombre “Estadio BBVA Bancomer”, embona con el concepto de “representación del espacio” porque es un monumento en muchos sentidos ideológico, de una cultura de producción y de consumo, un espacio concebido para un espectáculo masivo que a su vez reproducirá las relaciones capitalistas, no solo de desigualdad social —con once zonas diferenciadas por precio que le recordarán al obrero y al patrón su lugar en el escalafón social— sino de la ilusión de un descanso sabatino que se torna realmente en una actividad de consumo.

En este sentido, como lo intuí siendo activista, la idea del estadio estaba sobrerrepresentada por toda la ciudad como un “así hemos sido siempre” que fue difícil de atajar.


La reinvención del pasado espacial

Será la relectura del pasado la clave para modificar el futuro, evitando a toda costa lecturas pesimistas que tiendan a reproducir la resignación y el cinismo. Habremos de recuperar el pasado como una sucesión de opciones no vistas, para, de entre ellas, revelar las alternativas que fueron descartadas sin que mediara una reflexión solidaria.

Este desafío crece en el contexto regiomontano pues el pasado no está presente en el espacio más que subrepticiamente. El último libro —aún por publicarse— del arquitecto Juan Manuel Casas García reúne, a manera de ensayos, las diferentes camadas de información que encarnaron en la arquitectura de la ciudad, es decir, traza un recorrido desde el Monterrey de sillar hasta el de cemento, pasando por el de ladrillo, revisitando los momentos clave de esta disputa espacial en la que, a mi entender, importaba más vencer sobre el tiempo que sobre el territorio. Dicho de otro modo: si se borraban los referentes antiguos a base de demoliciones materiales e ideológicas, se garantizaba un futuro más prometedor para el nuevo comienzo. En este sentido, el espacio producido en el siglo XX es un tipo de autoridad moderna sostenida bajo los ideales de la razón y del progreso, pero que, al paso de los años, fue capaz de acumular el poder que confiere la dominación sobre el territorio. Esta mezcla de autoridad y poder creó una atmósfera tal que el pasado se concibe como totalmente consumado y, por lo tanto, incapaz de irrumpir en el presente.

Esto no quiere decir que desde el mismo espacio no hayan sido o no sean desafiados los poderes, pero se necesita mirar con profundidad el palimpsesto urbano para reconocer que el espacio está en permanente disputa. En este sentido, los conflictos ambientales son eventos idóneos para revelar esos desvíos o rupturas contra el canon, ya que, por lo general, nacen de la denuncia de una amenaza contra lo común, es decir, contra los elementos que nos mantienen vivos a todos, como el aire, el agua, la biodiversidad, la tierra. En esto reside la potencialidad del caso La Pastora, pues cuestiona de fondo la visión económica de un desarrollo que justifica sistemáticamente el despojo ambiental.

Lefebvre escribe que es solo a partir de la tragedia que el espacio realmente se revela. En lo personal, la construcción de un estadio en La Pastora fue un evento trágico, que me obligó a voltear al pasado para entender en qué momento la conservación de las relaciones ecosistémicas importó tan poco en Monterrey, y en qué momento La Pastora, otrora valorada como patrimonio natural del pueblo de Nuevo León, se volvió un “terreno” vacío, dispuesto para ser contenido por alguna actividad que la transformara, por fin, en productiva.

En este sentido, lo que alguna vez fue reconocido como reserva ecológica, y declarado área natural estatal protegida, pasó a ser territorio conquistado por las relaciones capitalistas de producción y consumo. ¿Podría haber habido otro desenlace en el conflicto?

Proyectada hacia el futuro, esta cuestión gana fuerza: ¿cuándo será reconocido el estadio BBVA Bancomer como un monumento al despojo ambiental? A mi entender, esto depende de que seamos capaces de verter sobre el estadio un ejercicio de memoria crítica.


Sufrimiento y epistemicidio, la huella del estadio

El espacio urbano solo ha sido analizado técnicamente —con discursos, textos, decretos, planes de desarrollo—, desarticulándolo así de la vida cotidiana y de la información y los saberes no hegemónicos. Restringir el estudio, la planeación y hasta la defensa del espacio a argumentos únicamente de índole técnico ha vaciado de vida, de historia y de riqueza nuestra mirada sobre este. Según propone Lefebvre, tendrían que contraponerse otras dimensiones espaciales, como la social —la del espacio vivido— y la física —las biografías y corporeidades espaciales—.

Para este tipo de empresas, Boaventura de Sousa Santos propone el uso de imágenes desestabilizadoras, esto es, monogramas que retratan otro tipo de prácticas y de espíritus inconformes. Estas metáforas tienen el objeto de plantarnos, primero, ante un riesgo y, segundo, ante el predominio de las opciones. Son desestabilizadoras en el sentido en que nos desenlazan de un futuro inexorable y ponen en el presente la única posibilidad de fuga o de transformación. De hecho, parafraseando al autor, solo serán desestabilizadoras si consiguen revelar que todo depende de nosotros y todo puede ser mejor.

El espacio genera sufrimiento humano, especialmente para las poblaciones en condiciones de desventaja sistémica. Al paso de los años, vivir en Monterrey representó un costo muy alto por la pérdida de calidad de vida que tomó forma de peligro con torres de alta tensión en zonas habitacionales, ríos y suelos contaminados, por no hablar de la composición del aire, reconocida recientemente como la de mayor riesgo en todo el continente americano. Aunque la información epidemiológica prácticamente ha tenido que arrebatarse a las dependencias estatales, sabemos que existe una “epidemia” de tumores en la zona metropolitana, y de enfermedades respiratorias y alergias. Estas realidades espaciales han generado pérdidas irreparables, como la de la vida, y otros quebrantos, con su inconmensurable cuota de dolor. Esto por no hablar de los cuerpos exhaustos, obesos, intoxicados, que todos los días pasan más de tres horas al día trasladándose de la casa al trabajo y retornando. Las críticas más visibles a esta problemática siguen realizándose desde los parámetros capitalistas de eficacia, como las horas-hombre, sin tomar en cuenta el estrés, la violencia y el sufrimiento que producen. Este sufrimiento tiene que ser reconocido como insoportable para impulsar transformaciones espaciales que nos hagan sentir mejor, más sanos y más felices. “¡Cambiar la vida!, ¡cambiar la sociedad! Nada significan estos anhelos sin la producción de un espacio apropiado” (Lefebvre).

Otra imagen desestabilizadora que propone De Sousa Santos es la del epistemicidio: el asesinato del conocimiento. El ejemplo más radical lo ofrecen las invasiones europeas del siglo XVI. En el caso de la colonización en el territorio que hoy es Nuevo León, el epistemicidio devino en genocidio. El repertorio de saberes, de prácticas y, en general, las muchas cosmogonías que daban sentido a la existencia de decenas de pueblos fueron borradas violentamente. El reconocimiento de esta historia es indispensable para sopesar la complementariedad negada de saberes. Un proyecto tan vasto como la modernidad jamás podrá desecharse ciegamente sin caer en contradicciones igualmente trágicas. “No se trata ya de destruir los códigos con el fin de construir una teoría crítica sino de explicar su destrucción, constatar sus efectos y quizá confeccionar un nuevo código a través de una supernotación teórica” (Lefebvre). Esto es: el epistemicidio pasado y el permanente cancelan el diálogo entre todos los conocimientos presentes en determinados contextos.

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En el caso de Monterrey, el pensamiento hegemónico es de diseño empresarial (el Sistema Tec es un botón de muestra), con un fuerte enfoque en la especialización, que estableció unidades de saber aisladas, incapaces de dialogar y conectar con otros conocimientos. Esto es una tendencia mundial que ha generado graves deudas ambientales. Así, por ejemplo, las listas de especies de flora y fauna registradas en La Pastora y entregadas a la Semarnat por Femsa como parte de una supuesta manifestación de impacto ambiental, nunca mostraron un ecosistema vivo sino datos divididos en matrices y contabilizados para demeritar el costo de su extinción. La pérdida del bosque La Pastora se ejecuta con el aval de una única forma de conocimiento que en Monterrey es financiado por la misma industria. En la medida en que las 107 especies de fauna —una de ellas endémica: el acocil regiomontano, y ahora probablemente extinto— y las 52 especies de flora cobren vida, aunque muertas, tendremos una imagen desestabilizadora.

La destrucción de la antigua reserva La Pastora para construir un estadio que pudo construirse en otro lado eliminó para siempre el ecosistema urbano más rico en diversidad que logró sobrevivir al siglo XXI. Cuando reconozcamos en esos seres exterminados sujetos con valor intrínseco, comenzará a revelarse la autodestrucción de un paradigma económico, condición indispensable para que aprendamos a ver el predominio de las opciones de transformación en tiempo presente.


Lo que viene

En conclusión, mi llamado es a no autorizar la celebración acrítica de la inauguración de un estadio que pasó por encima de tanta vida sin el menor escrúpulo. Estoy convencida de que, en adelante, las calamidades ambientales —consecuencias de un modelo de desarrollo falso, que ha permitido por la vía del despojo ambiental la acumulación de riqueza de unos pocos— irán desmontando la idea de que en el pasado no hubo más opciones que las que se tomaron.

La histórica defensa de La Pastora tiene el potencial para revelar que el predominio de las opciones es sistemáticamente cancelado por el poder autoritario, enraizado en el espacio, que decide en nombre de todos, incluso de quienes todavía no nacen.

La zona metropolitana de Monterrey tiene en este gigantesco estadio un monumento al despojo ambiental. Así de grande, así de espectacular: es la destrucción provocada por un modelo económico errado que hace fracasar a las inteligencias.


Referencias

Casas García, Juan Manuel (2015). Imaginarios interrumpidos. Ensayo sobre el patrimonio inmueble perdido. Conarte. Monterrey, NL, México.

De Sousa Santos, Boaventura (2006). A gramática do Tempo, para una nova cultura política. Edições Afrontamento. Porto, Portugal.

Lefevre, Henri (2013). La producción del espacio. Capitán Swing. Madrid, España.

Revault d´Allones, Myriam (2006). El poder de los comienzos. Ensayo sobre la autoridad. Amorrortu. Buenos Aires, Argentina.


(Imágenes de Mauricio Garza.)

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