El estado de la cultura: 1. Ignacio Echevarría

¿Cuál es el presente de la cultura? El crítico Ignacio Echevarría es el primero en responder nuestro cuestionario.

| Cultura

Para pensar en común la situación y las tareas del arte y la cultura hoy, circulamos un cuestionario entre escritores, artistas, críticos, editores, académicos. El primero en responder es Ignacio Echevarría (Barcelona, 1960), editor y crítico literario, columnista en El Cultural y autor de Trayecto: Un recorrido crítico por la reciente narrativa española (2005) y Desvíos: Un recorrido crítico por la reciente narrativa latinoamericana (2007).

– ¿Qué debe entenderse hoy por “cultura”? ¿Qué distinguiría a los productos y prácticas culturales de otros muchos productos y prácticas (mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)?

Ojalá supiera dar una respuesta satisfactoria a la primera pregunta. Me serviré de la segunda para simplemente amagarla. Pues pienso que, entre las muchas definiciones posibles de cultura, conviene hoy más que nunca insistir y profundizar en aquella que, precisamente, se sustrae con más nitidez de las mercancías, de las políticas públicas, de las actividades de la vida cotidiana. No es casual que cunda una concepción antropológica de la cultura que la connota como esfera ecuménica y festiva, abstraída de los conflictos que tensan la convivencia. Se trata de una concepción que se adapta bien, sin duda, a los intereses del mercado y de las políticas neoliberales. A una y otra les conviene la identificación de la cultura con la sociedad en cuanto tal. Pero ya Adorno nos advirtió de que, “en cuanto la cultura se acepta como un todo, se la priva del fermento de su propia verdad, que es la negación”. Hoy resulta extraña e intempestiva esta invocación a la negatividad de la cultura, que sin embargo es imprescindible para liberarla de su servidumbre a la ideología dominante. Fue Benjamin quien dijo que “no existe un documento de cultura que no sea al mismo tiempo un documento de barbarie”. El concepto de cultura que hoy cabe reivindicar es aquel que empieza por señalar las connivencias de la cultura misma con la ideología (en el bien entendido que “ideología es hoy la sociedad como fenómeno”) y que, sin renunciar a la fruición, brinda las herramientas críticas para emancipar al ciudadano de las ataduras de aquella, contribuyendo así a ese adueñamiento de sí mismo que es condición imprescindible para el adecuado ejercicio de sus propias capacidades.

– ¿Tiene sentido todavía la dicotomía entre “alta cultura” y “cultura de masas”? ¿Por qué?

Por supuesto que lo tiene, por muchas que sean las suspicacias y las aprensiones que suscite. Existe un pudor, una reserva generalizada –imbuida por la ideología dominante– a distinguir entre alta y baja cultura. Pero se trata de un debate comúnmente falseado por la indefinición de los términos puestos en juego, dado que se oye hablar casi indistintamente de, por un lado, alta cultura y cultura elitista, y, por el otro, de baja cultura, cultura popular y cultura de masas. Ninguno de estos términos, sin embargo, es intercambiable por otro. La dicotomía entre cultura elitista y cultura popular se remonta a la noche de los tiempos y ha sido siempre enormemente fecunda. Mientras que la dicotomía entre alta y baja cultura y entre alta cultura y cultura de masas, mucho más reciente, es de orden muy distinto, y conviene tenerla muy presente. Una vez más, fue Adorno, en compañía esta vez de Max Horkheimer, quien acertó a diagnosticar el problema muy tempranamente. Fue en su libro Dialéctica de la Ilustración, de 1944, para el que acuñaron ambos el concepto de “industria cultural”. Años después, en una conferencia dictada en 1963, Adorno explicaba que en los borradores de ese libro él y Horkheimer hablaban al principio de “cultura de masas”, pero que optaron por acuñar la expresión industria cultural“para evitar la interpretación que agrada a los abogados de la causa: que se trata de una cultura que asciende espontáneamente desde las masas, de la figura actual del arte popular”. Nada de eso. Se trata de algo radicalmente distinto. Pues, en todos sus sectores, la industria cultural “fabrica de una manera más o menos planificada unos productos que están pensados para ser consumidos por las masas y que en buena medida determinan este consumo”. Como explica Adorno, la industria cultural supone “la integración intencionada de sus consumidores desde arriba”. Justo lo opuesto de la cultura popular, que los integra desde abajo. La alta cultura, por su parte, no es integradora, sino conquistadora, se empeña siempre en superar y ampliar los logros obtenidos. Desde este punto de vista establece con la cultura de masas, por un lado, y con la cultura popular, por otro, dialécticas divergentes, si no opuestas.

– ¿Es necesario “defender” la cultura? ¿Se debe otorgar, desde el Estado y otras instancias, un tratamiento especial al campo cultural y sus actores?

Sin duda. Y hacerlo, además, en dos niveles. Pues debe defenderse, por un lado, la cultura en cuanto patrimonio público, de todos, cuya adecuada conservación y administración requiere a menudo la intervención del Estado. Y debe defenderse también la cultura, en general, en cuanto herramienta que contribuye a aquello mismo que el Estado debiera proponerse: la formación de ciudadanos libres y responsables, capacitados para pensar y actuar por sí mismos, y hacerlo tanto en beneficio de su propia felicidad como en el de la comunidad. En este sentido, las llamadas políticas culturales debieran constituir la directa prolongación de las políticas educativas. No cabe pensar unas sin las otras. De hecho, en un adecuado orden de cosas, lo natural sería que las políticas culturales se disolvieran en la medida en que las políticas educativas alcanzan sus objetivos. Recuerdo a este propósito unas palabras de Antonio Machado en que declaraba que no era partidario “del aristocratismo en la cultura, en el sentido de hacer de esta un privilegio de casta”. Y añadía: “La cultura debe ser para los más, debe llegar a todos; pero, antes de propagarla, será preciso hacerla. No pretendamos que el vaso rebose antes de llenarse. La pedagogía de regadera quiebra indefectiblemente cuando la regadera está vacía. Sobre todo, no olvidemos que la cultura es intensidad, concentración, labor heroica, callada y solitaria, pudor, recogimiento antes que extensión y propaganda”. Palabras no exentas de ángulos conflictivos que sin embargo sirven para encuadrar oportunamente el de por sí espinoso debate acerca de si el Estado debe o no otorgar un tratamiento especial al campo cultural y sus actores. Por mi parte, yo creo que sí, al menos de momento, y sobre todo mientras la educación pública no sea plenamente satisfactoria. No solo creo en la eficacia de determinadas políticas culturales sino que, por impopular que sea el concepto, creo en la necesidad de cierto dirigismo cultural, precisamente en la medida en que cabe postular conceptos muy distintos, cuando no enfrentados, de cultura. En el campo de la cultura, y tal y como están constituidas las democracias occidentales –las democracias comerciales–, ya sabemos a que aboca el liberalismo a ultranza.

– En una cultura globalizada, ¿cómo conviven los circuitos locales, nacionales y transnacionales? ¿Hay todavía un centro y una periferia? ¿Qué agentes culturales predominan y cuáles son marginados? ¿Qué tipos de obras son favorecidas por la lógica global y cuáles son relegadas?

Por supuesto que hay un centro y una periferia. Y también una metrópoli con sus colonias o sus provincias. Pues el calificativo “global” actúa las más veces como un eufemismo que encubre las nuevas modalidades del imperialismo y del colonialismo. También el viejo cosmopolitismo ha sido desplazado por el internacionalismo, que es una categoría comercial antes que cultural. Si bien es cierto que hay marcas de una cultura global que responden a la generalización de ciertos modos de vida, como los que tienen lugar en las concentraciones urbanas (con sus secuelas de violencia) o los derivados de los movimientos migratorios. El asunto de la convivencia de los circuitos locales, nacionales e internacionales es un asunto central en el debate cultural contemporáneo, y muy complejo; me siento incapaz de abordarlo en el marco de un simple cuestionario. Me limitaré a mencionar dos aspectos que he desarrollado más ampliamente en otros lugares. Creo que cada vez más la cultura se organiza en dos niveles que actúan en paralelo, sin casi interseccionar entre sí, y que alguna vez he comparado a las competiciones futbolísticas, en las que hay un circuito nacional, en el que juegan los equipos nacionales, y un circuito internacional, con selecciones de cada país. No hay una correspondencia directa entre un circuito y otro: ambos satisfacen una misma afición pero no una misma demanda, y no están sujetos ni mucho menos a dinámicas parecidas. Por otro lado, y en otro orden de cosas, apelé en una ocasión al concepto de “literatura pequeña” acuñado pasajeramente por Kafka en sus diarios y luego desarrollado tendenciosamente por Deleuze y Guattari en un ensayo célebre cuyo título induce a equívoco, por cuanto confunde “pequeña” con “menor”. A la luz de las palabras de Kafka cabe diseñar todo un programa de resistencia a la cultura hegemónica sacando partido de la condición marginal, por “pequeña”, de las culturas locales, de las culturas nacionales correspondientes a países pequeños, periféricos, dejados a un lado por los tráficos internacionales. Se trataría de hacer de la necesidad virtud y profundizar en lo particular como forma no solo de subsistencia, sino también de resistencia a la allanadora indiferenciación de la cultura hegemónica, venga de donde venga.

– ¿Cómo han transformado los medios digitales las nociones de “creación” y “autoría”?

Es demasiado pronto, pienso, para responder con fundamento a esta pregunta. El proceso de transformación impulsado por la revolución digital apenas está en sus comienzos. De lo que no cabe duda es de que las nociones de “creación” y “autoría” no van a salir indemnes del mismo. Hasta donde soy capaz de vislumbrar, y a pesar de que no cabe desestimar una involución en las dinámicas desatadas, las nuevas tecnologías conllevan una especie de regresión, a mi juicio muy saludable, de las dos nociones. La llamada “propiedad intelectual” me parece un oxímoron. Y ya iba siendo hora de que volviéramos a pensar el concepto de “creación” sin ligarlo forzosamente al de “genio” y al de “individualidad”. No cabe duda de que la red está redefiniendo muchas cosas en este terreno.

– ¿Cuál es la función de los agentes de mediación (críticos, curadores, editores, gestores culturales, etc.) en la cultura contemporánea?

Dependerá de su propia concepción de la cultura y del lugar que ellos mismos ocupen en ella. La diferencia la determina aquí el pensarse uno a sí mismo como divulgador, como crítico o como agitador. En cada caso, hay que plantearse a quién sirve esa mediación, de qué parte ponerse en el acto mismo de la mediación: si de quien emite o de quien recibe. Podría ocurrir que, en lugar de hacerlo como publicista, el mediador actuase como tercero en discordia en el idilio que postula la industria cultural entre sus propuestas y un público asimilado al mercado.

– ¿Cómo concebir hoy las dinámicas de la recepción cultural? ¿Cuál es el papel del público?

Uf. El papel del público sería resistirse, precisamente, a quedar asimilado por el mercado. A ser él mismo agente cultural, y no solo receptor de cultura.

– ¿Tiene el artista un compromiso político? ¿Qué compromiso? ¿Tienen efectos políticos las prácticas culturales? ¿Qué efectos?

Cada artista decidirá si se compromete políticamente, y de qué modo. Deberá hacerlo desde el entendido de que abstenerse de todo compromiso político es, a su vez, un gesto político, como es sabido. A partir de aquí, es imposible prescribir nada. Pero por supuesto que las prácticas culturales tienen efectos políticos, no hace falta ni preguntárselo. ¿Cuáles? Bueno, eso depende de cada práctica en particular, no es posible generalizar. En cualquier caso, no soy el primero ni el único en pensar que la política es la prolongación de la cultura por otros medios.

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