El estado de la cultura. 2. Gabriela Jauregui

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– ¿Qué debe entenderse hoy por “cultura”? ¿Qué distinguiría a los productos y prácticas culturales de otros muchos productos y prácticas (mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)?

Me cuesta mucho pensar en la cultura como un producto. Entiendo que hay gente que percibe los libros como productos, o una escultura como un producto, pero yo no. La cultura es una práctica, sí; es algo vivo, que vivimos y nos hace vivir. Si bien, como dice Nietzsche, la cultura a veces puede parecer una cáscara de manzana restirada encima del inmenso caos, también es el mayor acto auto-reflexivo y generativo de la humanidad. Es un bien común, es algo que compartimos y co-creamos. La cultura es un proceso (a veces también algo caótico, para embarrarse y embarrarla), una colaboración, un espejo para mirarnos a nosotros mismos y los unos a los otros. (Aunque todo esto no la excluye, para bien o para mal, de ser parte de cosas como las que mencionan en la pregunta: mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)

A pesar de los muchos acertados momentos en la Dialéctica de la Ilustraciónde Adorno y Horkheimer, esta dicotomía dejó de tener sentido hace tiempo; incluso su ataúd ya se había barnizado el día en que Marcel Duchamp creó su primer readymade. Desgraciadamente esta dicotomía persiste como zombi, y como tal no me parece productiva en lo absoluto (es reductiva como todo pensamiento dicotómico en general).– ¿Tiene sentido todavía la dicotomía entre “alta cultura” y “cultura de masas”? ¿Por qué?

Quizás habría que repensar las etiquetas, para así repensar nuestras estrategias como agentes culturales (agentes no como de la CIA sino como gente activa, en acción, que conste). Pensemos, como ejemplo, en el excelente y olvidado libro de Nicolás Guillén El diario que a diario, que, hace más setenta años, realizó una unión fluida (bellísima, postcolonial, comprometida, llena de humor) entre la alta cultura, la cultura de masas y la identidad nacional para generar algo nuevo, potente y hermoso.

Pero ¿qué pasa hoy en el mundo globalizado del siglo XXI? Esta dicotomía no solo deja de tener sentido sino que queda subsumida en la distinción, más actual, entre “mercado necrocapitalista” vs. “creación/poiesis/vida”. Aunque también creo que es hora de pensar más allá de las dicotomías facilonas y encontrar zonas de indeterminación e incomodidad generativa.

– ¿Es necesario “defender” la cultura? ¿Se debe otorgar, desde el Estado y otras instancias, un tratamiento especial al campo cultural y sus actores?

Mi primer reflejo, como de golpecito a la rodilla, es decir que la cultura no necesita ser defendida. Que la palabra “defender” viene de una retórica de guerra, machista y paternalista, de la cual me deslindo por completo. O, en todo caso, que la cultura se defiende sola. Me gusta pensar y usar más la idea de proteger que defender, o aún mejor nutrir. Pero claro, siendo realista y en un país como el nuestro, donde los drásticos recortes presupuestales han vulnerado la cultura (excelentes festivales a punto de cancelarse o cancelados, poco apoyo a proyectos innovadores, mientras que pagamos con nuestros impuestos los millones y millones de dólares en compras de armamento por parte del gobierno federal a los Estados Unidos, por ejemplo), sí hay que salir a la defensa de la cultura, a defender nuestros espacios simbólicos y semióticos ante los ataques de la publicidad sin escrúpulos, de la televisión de propaganda, de los políticos avaros, etc.

Porque “defender” la(s) cultura(s) es como “defendernos” a nosotros mismos –y aquí abro un breve paréntesis para decir que no creo que haya una sola cultura, entidad monolítica, sino que participamos de varias culturas (sin caer tampoco nuevamente en la dicotomía de la cultura de masas vs. la alta cultura).

– En una cultura globalizada, ¿cómo conviven los circuitos locales, nacionales y transnacionales? ¿Hay todavía un centro y una periferia? ¿Qué agentes culturales predominan y cuáles son marginados? ¿Qué tipos de obras son favorecidas por la lógica global y cuáles son relegadas?

Decir que no hay ya centro y periferia sería como declarar que vivimos ya en un tiempo post-raza o post-género. Sería increíble. Sería hermoso. Pero es una mentira. Sin duda, ahora hay muchos circuitos en convivencia más estrecha que antes (gracias al internet, sobre todo). Sin embargo, es obvio que hay agentes que predominan y otros que son marginados. Nada más basta hojear cualquier revista de arte contemporáneo internacional para ver que el 95% de las reseñas de exposiciones se enfocan, por ejemplo, en artistas y exposiciones europeos o estadounidenses; el otro 5% se lo pelean el continente asiático, el continente africano y América Latina (Oceanía ya ni le entra al quite). En el mundo editorial, por otra parte, es claro que la censura del mercado relega cierto tipo de literatura (no comercial) o incluso ciertos géneros (ciao, poesía).

Evidentemente todo esto hace que haya obras favorecidas y otras que no lo son: la nueva censura cultural proviene del mercado (y sus mediadores), y esto nos remite a la pregunta anterior: la necesidad de nutrir (que no defender) la(s) culturas(s) y a la pregunta 6 sobre los agentes de mediación.

– ¿Cómo han transformado los medios digitales las nociones de “creación” y “autoría”?

La palabra cultura, desde sus orígenes etimológicos, está ligada intrínsecamente a la tecnología (agricultura, cultivar, etc.), así que, más que transformar radicalmente, me parece que los medios digitales exacerban practicas de creación y autoría que se gestaron desde las vanguardias. En internet el autor ha muerto o todos somos autores: la creación es de todas y de nadie.

Me vienen a la mente el polémico Kenneth Goldsmith con su Escritura no creativa: la gestión del lenguaje en la era digital (que publicaremos en sur+ próximamente en coedición con Tumbona), e, incluso antes, el fino y brillante ensayo (escrito con puras frases citadas ¿plagiadas? de otras fuentes) de Jonathan Lethem (publicado por Tumbona), o la poesía radicalmente post-digital de Tan Lin. También existen iniciativas como copyleft y Napster (cuando empezaba, ¿se acuerdan?), y desde Wikipedia hasta el Proyecto Gutenberg, que nos hacen partícipes activos de la cultura y que la vuelven de facto más accesible.

Más que transformar la noción de creación y autoría de manera inusitada, los medios han revolucionado, ahora sí, nuestra manera de entender el mundo y de interactuar con el mundo, es decir, nuestra cultura.

– ¿Cuál es la función de los agentes de mediación (críticos, curadores, editores, gestores culturales, etc.) en la cultura contemporánea?

Su función es todavía la de siempre: pensar, invitar a pensar, generar diálogo; incluso hay una cierta responsabilidad pedagógica (no olvidemos que los maestros también son agentes de mediación). Simplemente me parece que cambia la manera en la que se desenvuelve la mediación misma, porque los medios han cambiado. Pero su función sigue siendo la Aletheia, como decía Platón: dar a luz, arrojar luz, dar a ver. Y en caso necesario, pues sí, nutrir la pluralidad de la cultura contra la monocultura necrocapitalista.

Pero no me parece que estos agentes sean alfa y omega de la cultura y su difusión. Creo que es importante también aquí recordar la cultura DYI punketa: los artistas con espacios gestionados por ellos mismos, los autores con libros y fanzines fotocopiados y distribuidos de base, los músicos que ahora, gracias a diversas plataformas en línea, pueden distribuir (y vender incluso) su música a quien quieran.

– ¿Cómo concebir hoy las dinámicas de la recepción cultural? ¿Cuál es el papel del público?

En un mundo idealmente conectado, el papel del público sería más activo que antes, ya que habría mayor acceso a la(s) cultura(s). Pero esto no dejaría totalmente del lado el problema del mercado-censor, por una parte, y el hecho de la apatía de sillón, por la otra. Queda claro que, como lo demostró la primavera árabe, los medios digitales pueden activar, pero también queda claro que esto fácilmente puede diluirse en solo poner likes en Facebook y firmar cartas en change.org: no es acción real ni participación pública efectiva.

Aunado al acceso a la cultura gracias a lo digital, tenemos que pensarnos como público en interacción erótica (de vida, de cuerpos) en tiempo real: en la calle, en conciertos de música, en librerías o cafés o bares o puestos de tacos o antros –en los lugares donde la cultura vibra y palpita. Debemos recordar, como bien dijo la filósofa Judith Butler en su reciente conferencia en México, que la filosofía (y extiendo su comentario a las artes y la labor intelectual en general) no es una práctica de élite sino todo lo contrario: es el derecho de todxs a pensar. El papel del público es, de este modo, participar en estos espacios donde la cultura se da, buscarlos, mantenerlos vivos –es un papel activo. Y en ese sentido también el público es generador activo de cultura, no solamente consumidor pasivo de lo que le procesan los medios ya masticadito.

– ¿Tiene el artista un compromiso político? ¿Qué compromiso? ¿Tienen efectos políticos las prácticas culturales? ¿Qué efectos?

Cualquier acción, desde escoger un calzón hasta subir un video a internet, tiene efectos políticos. Escoger papel reciclado o papel de alto gramaje para imprimir algo que escribimos es una decisión política a una escala micro. Bien es sabido ya que lo privado es político; el sexo es político; hasta la forma en que cocinamos y lo que comemos es política y es cultura, y puede ser resistencia.

Yo me considero una artista con compromiso político, una editora comprometida también, pero tampoco creo que sea obligación de todo artista tenerlo o manifestarse como tal. No soy fascista, no creo que todxs debamos pensar o actuar de la misma manera, ni manifestar nuestro compromiso por igual. Me encantaría que la gente fuera conciente en su práctica de que todo lo que hacen tiene efectos políticos (aunque no lo crean o no lo manifiesten), pero no creo que sea una obligación declararse comprometidxs, así como tampoco creo que orinar en un escusado sea una obligación: solamente hace la vida más llevadera.

Es evidente que las prácticas culturales tienen efectos políticos, pero en general a largo plazo o bien en una microescala. Esto no debe detenernos: la alumna a quien se le ayudó a entender algo de manera distinta puede acabar de presidente de la república –el batir del ala de una mariposa en Michoacán ocasiona un tifón en Sri Lanka, ya sabemos cómo funciona esa idea.

Nuestra labor como pensadores y creadores tiene un impacto real en la gente que nos lee, nos mira, nos escucha. La figura del intelectual público es un ejemplo de la coyuntura del compromiso político con la creación artística. Pero un país que tuvo a Goethe tuvo a Hitler, un país que tuvo a Dostoievski y a Khlebnikhov tuvo a Stalin; en México tuvimos a Rulfo y ya ni le sigo. Pero claro que (desgraciadamente, jeje) el ámbito de la(s) cultura(s) y las artes no lo es todo ni lo puede todo, pero es un buen comienzo y un buen cimiento sobre el cual construir algo más sólido. Considero que la cultura es como la piedra angular de una casa: es básica y tiene consecuencias claves en la estructura, pero es solamente una parte de un todo. Para el ser humano es quizá la parte más suya, más accesible, más viva.

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