El estado de la cultura 8. Abraham Cruzvillegas

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– ¿Qué debe entenderse hoy por “cultura”? ¿Qué distinguiría a los productos y prácticas culturales de otros muchos productos y prácticas (mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)?

Hacer estas distinciones es incurrir en una pseudodiscusión sobre un falso problema. La cultura incluye la producción agrícola, la poesía, los modos de cabildear el aumento al IVA en las cámaras, la manera de menear el atole mientras se aborda el metro guajolota en mano, los giros de los derviches, una telenovela, los cortes de pelo de los mecapaleros de La Merced, las artesanías mexicanas hechas en China, las películas de Pier Paolo Pasolini, las de Clint Eastwood, las paletas de melón, los tatuajes, el cante jondo, caguamear en la banqueta, almorzar en la fonda Jalquer, los personajes de la serie japonesa Anpanman, los papalotes de Francisco Toledo y su campaña en contra del maíz transgénico, los murales de Asís, la biblioteca Aeromoto, las fotos de Napoleón Habeica, las tocadas de Sonidero Marginal, los realities, y un infinito etcétera. Y no me refiero a que este espectro avasallador que es la actividad humana sea la materia prima de la producción cultural; me refiero al estatus contradictorio e inestable de la cultura.

– ¿Tiene sentido todavía la dicotomía entre “alta cultura” y “cultura de masas”? ¿Por qué?

No tiene sentido la dicotomía, y quien usa el concepto “cultura de masas” se distancia y se vuelve un observador “objetivo”, y por lo tanto alguien de quien desconfiar. Para no incurrir en argumentos demagógicos en los que todo cabe dentro de la cultura, hay que afirmar que individuos –con nombres y apellidos específicos– generan dentro de sus comunidades imágenes y relatos con los que nos identificamos, y por otro lado hay gestos sin autoría específica que se asumen y se reproducen mecánicamente, eventualmente colisionan o se vuelven tangenciales; y en esa atomización la producción cultural es propiedad de todos, como la información y el lenguaje. Ya ni siquiera se puede bromear acerca del débil vínculo entre lo que se llamaba “alta cultura” y la alta costura.

-¿Es necesario “defender” la cultura? ¿Se debe otorgar, desde el Estado y otras instancias, un tratamiento especial al campo cultural y sus actores?

¿Qué se entiende por defender la cultura? Si hablamos de la defensa de las bellas artes o de las instituciones culturales, creo que es obligación del Estado realizar esa tarea. Al parecer la identificación de la cultura con estructuras burocráticas escleróticas se ha vuelto perniciosa, y eso hace pensar que la cultura no es prioridad de nadie, ni siquiera de los representantes de las instituciones, pues en las jerarquías –y en los presupuestos públicos– la producción cultural aparece casi como un accesorio, como un ornamento. En sus vínculos administrativos con la educación, la cultura no se compara con la seguridad en las partidas presupuestarias gubernamentales, y en cada sexenio cada vez es más deplorable el modo en que se destinan recursos a la cultura, sin contar la vergonzosa incultura de los gobernantes, de casi todos los políticos, de todos los partidos. De los productores culturales depende generar estrategias que puedan funcionar paralelamente a la estructura gubernamental, para así escapar a la tradición paternalista, y aportar nuevas maneras de diálogo con el Estado, en el que debería recaer principalmente la protección de algo que compite con la violencia y la descomposición social, al menos en términos de imagen. Torpemente el Estado ha abandonado el apoyo a la ciencia y la investigación, a la educación, a la cultura, convirtiéndonos casi exclusivamente en consumidores de paradigmas, mercancías, bienes, productos, tecnología.

– En una cultura globalizada, ¿cómo conviven los circuitos locales, nacionales y transnacionales? ¿Hay todavía un centro y una periferia? ¿Qué agentes culturales predominan y cuáles son marginados? ¿Qué tipos de obras son favorecidas por la lógica global y cuáles son relegadas?

Como afirma Sergio González Rodríguez en Campo de guerra, la idea de la globalización debería ser revisada considerando la movilidad y la condición líquida de las fronteras en la época de la información, los carteles y los flujos migratorios masivos, sobre todo de desplazados. Hay simultáneamente muchos centros y todos tienen que ver con el control de la información. Estar en la periferia significa hoy mantenerse al margen de las redes sociales, de los medios masivos, más allá de las identidades nacionales, que actualmente existen casi exclusivamente en el ámbito del folklore. Las aspiraciones de pertenencia a lo que se considera global aplastan al individuo y lo alejan de su posible emancipación. Los agentes culturales que predominan son las estrellas pop, y ocasionalmente emergen de esas paradojas fenómenos que, por contradictorios, son críticos a su propia condición derivativa, como los sudafricanos Die Antwoord, por ejemplo. Desde las estructuras del arte es difícil no se puede generalizar, pues hay diferentes tipos de instituciones, de agentes, de agendas y de perfiles; entre el programa de un museo como el MUAC de la UNAM y el del Reina Sofía en Madrid hay diferencias que hablan de universos completamente diversos, y eventualmente ambas instituciones son parte de la “lógica” global, ambas relegan u omiten obras y artistas, ambas favorecen a unos u otros. Ahora, si se trata de hablar del mercado del arte, esa es completamente otra discusión, que podría llevarnos a ocuparnos de estructuras financieras, especulativas, y de lo público y lo privado.

– ¿Cómo han transformado los medios digitales las nociones de “creación” y “autoría”?

Las han transformado radicalmente, pero no es tan nuevo el fenómeno. Hace no mucho una empresa que representa a una banda de hip hop demandó a otra por usar una pieza musical, que está hecha a su vez de fragmentos de otras, cosa que conduce a una discusión bizantina sobre la propiedad intelectual en un collage, en una obra en la que su autor virtualmente no opera ni interviene en su creación y prácticamente no necesita de ningún adiestramiento técnico, ni poseer una destreza ni un conocimiento particulares. La genealogía se hace rizomática en su devenir; no existen ideas originales; el plagio es la norma en el arte, que como práctica podría definirse simplemente como el acto de reorganizar la materia, en sus variedades de sonidos, palabras, colores, texturas, ideas. Quiero decir que nada es culpa de los medios digitales per-se.

– ¿Cuál es la función de los agentes de mediación (críticos, curadores, editores, gestores culturales, etc.) en la cultura contemporánea?

Esa: mediar. No más.

– ¿Cómo concebir hoy las dinámicas de la recepción cultural? ¿Cuál es el papel del público?

Considero mi trabajo como una manera de hacerme preguntas en público, y así me parece que el público puede hacerse las suyas propias en el contexto de cualquier exposición, sin esperar que un artista o una muestra –o una sinfonía, un poema o una coreografía– le ofrezcan respuestas, consejos o enseñanzas. El arte, como la ciencia, solo plantea nuevas preguntas, o distintas maneras de hacer las mismas de siempre. Exponer es exponerse, como publicar es hacer público lo que uno piensa, que en general son dudas, casi nunca afirmaciones. El arte es evidencia de una incapacidad comunicativa crónica: esa es su riqueza.

– ¿Tiene el artista un compromiso político? ¿Qué compromiso? ¿Tienen efectos políticos las prácticas culturales? ¿Qué efectos?

Cada artista tiene su propio compromiso político y sus actos tienen consecuencias no solamente en su propia persona, sino en su contexto; lo que no es posible es imaginar un solo compromiso para todos los artistas. En el arte, como en la ciencia, pretender la neutralidad ideológica es afirmar una posición política, preñada de compromisos. Es muy arbitrario demandar un compromiso político particular a un artista, pero no lo es criticar los compromisos que hace públicos. Es más difícil todavía hablar de la coherencia ética entre las obras y los compromisos políticos de un artista. A veces escarbamos en las biografías de los artistas, no solo para intentar comprender sus obras, sino para descifrar sus compromisos políticos, cosa que lleva a contradicciones inmensas, o no. Un artista en cuya obra no hay exabruptos de contenido político puede perfectamente militar en un partido reaccionario, intolerante, fascista, o ser activista del rescate del gorila de lomo plateado, comer exclusivamente huevos orgánicos, no usar ningún tipo de combustible derivado del petróleo y consumir cocaína cada vez que puede, siempre que sea regalada…

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