El estado de la cultura 9. Lolita Bosch

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¿Qué debe entenderse hoy por “cultura”? ¿Qué distinguiría a los productos y prácticas culturales de otros muchos productos y prácticas (mercancías, políticas públicas, actividades de la vida cotidiana, etc.)?

Diría que cultura es, a diferencia de otros productos y prácticas, lo que necesita de nuestra empatía, nuestro entendimiento, nuestra imaginación y nuestra capacidad de interpretación. La cultura establece un diálogo íntimo y brutalmente humano que es su última finalidad. Su finalidad no es la de entretenernos, divertirnos ni asombrarnos, que a veces también. Es un mecanismo de intimidad mucho más inteligente que eso y que espera mucho más de todos nosotros y nosotras.

Sí. Aunque la alta cultura ha alcanzado un nivel de frivolidad y mercantilización preocupante. Aún así, es cierto que hay una alta cultura que es la que le debemos de exigir a las instituciones y (sobre todo) a los gestores y gestoras culturales. Hoy, la triste diferencia entre caro y no parecería diferenciar la cultura de masas y la alta cultura. Pero en realidad la alta cultura es la que tratamos de hacer confiando en que el otro será capaz de escucharnos y respondernos y que entiende que eso repercute, directamente, en él. La cultura de masas, lamentablemente, no solo insiste en nuestra necesidad de aislarnos de la realidad, sino que parece haberse convertido en el criterio de una sola sociedad que tiende a uniformizarnos a todos de maneras francamente preocupantes que, por lo visto, pasan a menudo inadvertidas. Deberíamos combatir esta especie de imposición cultural que tiene que ver con la diversión, la información y los productos golosinas. Somos capaces de resistir, combatir, desear y crear mucho más que eso. Y es francamente necesario recordárnoslo y demostrárnoslo.– ¿Tiene sentido todavía la dicotomía entre “alta cultura” y “cultura de masas”? ¿Por qué?

¿Es necesario “defender” la cultura? ¿Se debe otorgar, desde el Estado y otras instancias, un tratamiento especial al campo cultural y sus actores?

Es imprescindible defender cualquier cosa que nos trate como ciudadanos y ciudadanas inteligentes, capaces y empáticos. La cultura, entre ellas. El Estado debería ser el garante de que esto suceda porque la economía de mercado tiende a la neutralización. Eso no significa solo que el Estado trate de manera distinta al campo cultural, sino también que le exija de maneras distintas. Es el Estado el que tiene la obligación de asumir que la cultura pagada con recursos públicos logre, lo más exigente y concienzudamente posible, sus objetivos. Que es el de demostrar y demostrarnos que somos seres capaces de repensar las cosas, restablecerlas e inventar constantemente maneras de lograrlo. La principal preocupación de la economía de mercado – y hasta cierto punto esto tiene todo el sentido– es vender. Pero la política cultural pública no debería, también, medirse con números y asistencias sino con la capacidad de generar una sociedad que entienda, mejor y mejor, las posibilidades infinitas del arte.

En una cultura globalizada, ¿cómo conviven los circuitos locales, nacionales y transnacionales? ¿Hay todavía un centro y una periferia? ¿Qué agentes culturales predominan y cuáles son marginados? ¿Qué tipos de obras son favorecidas por la lógica global y cuáles son relegadas?

El sistema absorbe todo aquello que lo haga parecer más abierto, receptivo e innovador. Pero en la cultura globalizada se confunde a menudo cultura con información e incluso con la transmisión insoportable de los prejuicios. Y no obstante, la cultura y el arte siguen siendo canales y puentes que, a pesar de los nuevos e inmediatos modos de difusión, necesitan de una experiencia íntima y subjetiva. La cantidad parece haberse impuesto a la calidad en la recepción de la cultura. El prestigio tiene que ver con el espectáculo y el ingenio. Pero como leí recientemente en un grafiti en la ciudad de México: We will read again. Lo creo sinceramente. Porque creo que es la única manera de preservar y continuar nuestra vocación crítica, exigente y rigurosa que nos convierte en seres humanos capaces de establecer relaciones extraordinarias con nosotros mismos, con el entorno y con los demás.

¿Cómo han transformado los medios digitales las nociones de “creación” y “autoría”?

Los medios digitales han transformado cosas básicas, previas a las nociones de creación y autoría. Que haya tantas cosas al abasto de tantas personas era algo impensable para todos nosotros hace apenas quince años. Y esa es, como sabemos, la virtud y el peligro del medio digital. Creo que olvidamos hoy con más facilidad que más es menos. Solo después de replantearnos eso cabe preguntarse por la noción de autoría o de creación. Y sospecho que si bien los medios nuevos sugieren nuevas formas de establecer puentes y tejidos de comunicación, también imprimen una pátina de inmediatez que va absolutamente en contra de nosotros. La autoría y la creación tienen que ver con ese otro tiempo no inmediato. El arte tiene un proceso propio que no tiene que ver con nuestros nuevos artilugios para contar el tiempo. Es mucho más verdad, más permanente. De modo que creo que se debe pensar de otras maneras.

¿Cuál es la función de los agentes de mediación (críticos, curadores, editores, gestores culturales, etc.) en la cultura contemporánea?

Su función depende del contexto y de la curiosidad de cada quien. Pero su obligación social y cultural, que muy a menudo no cumplen, es leer, leer y leer. No solo informarse, compartir y mantener prejuiciosas e ignorantes apariencias. Es cada vez más extraño encontrar a gestores culturales cultos, receptivos, con inventiva y capacidad de innovar. Y es necesario que sean considerados agentes culturales, ellos también, y que se entienda que se espera de ellos que formen parte de este diálogo cultural. Que no solo lo conviertan en una agenda de nombres que les suena y escritores y escritoras a los que no han leído. El alcance de sus trabajos podría resultar fundamental para una sociedad más crítica y exigente.

¿Cómo concebir hoy las dinámicas de la recepción cultural? ¿Cuál es el papel del público?

La industria cultural hoy tiende a generar un público mucho más interactivo pero mucho más apático y acrítico. Eso no impide que haya millones de personas en el mundo tratando de entender y generar cosas de otros modos que no solo tienen que ver con un discurso social vacío y de resistencia, sino con una intención auténtica y salvaje de mantener vivo lo radicalmente humano.

¿Tiene el artista un compromiso político? ¿Qué compromiso? ¿Tienen efectos políticos las prácticas culturales? ¿Qué efectos?

El artista, como cualquier persona con más privilegios sociales, tiene un compromiso moral, que es, por supuesto, político. El arte conforma el mundo en el que vivimos. Estos nos resulta más fácil verlo cuando emerge de artistas e instituciones con las que discrepamos. Pero debería resultarnos igualmente imprescindible cuando pensamos nuestro papel en la sociedad, lo que nos alimenta y lo que podemos generar. En momentos históricos catastróficos, como este México de hoy, sin duda los artistas tienen una obligación incuestionable que deberían cumplir de manera natural. Pero ellos forman parte de ese mismo sistema que no exige. Y, a menudo, se satisfacen a sí mismos con tristísima facilidad.

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