El estado de las cosas o la banalidad de la violencia

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La sucesión de acontecimientos trágicos en este país nos ha demostrado que la violencia dejó de ser un hecho distante e indiferente para transformarse progresivamente en un lugar común –más que en su sentido mismo de comunidad (donde el dolor de los demás nos debería concernir), como un topos transformado en algo banal y reiterativo.

En un artículo publicado a finales de 2009 en La Jornada, Arnoldo Kraus ya subrayaba que las formas de la violencia (muertes, asaltos, vejaciones, secuestros y desapariciones forzadas) se habían naturalizado en el orden de lo cotidiano y proponía la fórmula que daba título a su texto —“La banalidad de la violencia”— como el espejo contemporáneo de la polémica tesis que Hannah Arendt formuló a partir del análisis del juicio de Adolf Eichmann, el teniente coronel de las SS nazis. Un mal sin maldad, irreflexivo y superficial como el descrito por la filósofa judía sería equivalente, según Kraus, a una violencia banal, instalada en la cotidianidad de las personas a través de diferentes dispositivos de flujo de información, en los que la violencia “no es más que otra noticia u otra página del periódico”.

Esta es, precisamente, la clase de experiencia que produce un recorrido por la exposición El Estado de las cosas, una de las dos muestras inaugurales del FotoMuseo Cuatro Caminos,[1] cuya organización estuvo a cargo del fotógrafo Francisco Mata Rosas y en la que también colaboraron sus colegas Gerardo Montiel Klint y Gustavo Prado. A diferencia de otras muestras simultáneas en que la violencia y la fotografía son convocadas desde apuestas curatoriales específicas (Bite Your Tongue de Leon Golub en el Tamayo y 365 por los 43. Hasta las paredes hablan de Mauricio Palos, Heriberto Paredes, Brett Gundlock, Valentino Bellini y Giulia Iacolutti en La Casa del Ahuizote), El Estado de las cosas propone una indeterminación discursiva. Tal decisión es delicada ante la acuciante necesidad de reflexionar sobre las imágenes violentas producidas en la historia reciente de este país, en particular si consideramos que, con frecuencia, estas son consumidas por un deseo lascivo en el torbellino de su reproducción viral.

La justificación de la muestra opera desde una negatividad extraña: se presenta, según convenga al discurso, como curaduría (tal y como lo hizo Pedro Meyer en sus palabras durante la pre-inauguración) o como “diversas interpretaciones, reacciones y posturas ante el clima de violencia que se vive en el país” (en su página web). Del mismo modo, en una entrevista para La Jornada, Montiel Klint afirmó que la apertura del FotoMuseo desmitificaría “lo que es un museo, la curaduría académica y la foto de autor, para, de nuevo, hacer comunidad”, mientras que en comentarios en redes sociales, y frente a críticas directas a la muestra, Mata Rosas explicó que “no hubo curaduría, por lo menos no a la que estamos habituados, fue más un trabajo de investigación”.

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Fotografía de José Luis Cuevas, de la serie “Nueva Era” (2013).

Si el FotoMuseo pretende desmitificar lo que es un museo, llega demasiado tarde a esta tarea (esto se viene discutiendo desde los años ochenta; léase, por citar una referencia clave, On theMuseum’s Ruins, de Douglas Crimp), aunque sin duda será interesante conocer su posicionamiento en torno a los debates de la cultura visual reciente, sobre todo debido a su declarado interés en la “interacción transmedia con la imagen”. Ahora bien, cuando ambos fotógrafos, Montiel Klint y Mata Rosas, se refieren a la práctica curatorial ingresan en un terreno pantanoso: en principio porque no se especifica qué habría que desmitificar de la curaduría académica y, segundo, por pensar que la curaduría está disociada de la investigación y, más grave aún, que hay una sola forma de ejercerla.

Estas claves, portadoras de una ambigüedad discursiva, fueron utilizadas por los fotógrafos para justificar una puesta en escena efectista y chocante sobre la violencia en México en la que se recoge obra de fotoperiodistas, fotógrafos y artistas que transitan entre la imagen fija y el video. El Estado de las cosas se compone por cerca de cuatrocientas imágenes de doscientos autores y 86 videos. Aunque la mayoría de la obra elegida destaca por su calidad (trabajos como los de Mauricio Palos, Fernando Brito o Héctor Guerreo, por mencionar algunos) y por forjar un archivo que avanza a contracorriente del imaginario oficial, la condición teatral del “montaje” termina por disipar su potencia simbólica.

Me referiré como ejemplo a un espacio concreto de la exhibición. Después de padecer el horror vacui que distingue a la museografía de esta exposición, el espectador llega a una zona donde fotografías impresas en formato monumental tapizan los muros de un extremo a otro, mientras que en el suelo se encuentran dos hileras de impresiones fotográficas “acordonadas” con cinta preventiva de la que se emplea para impedir el paso en las escenas de crimen. Por si no fuera suficiente ya el grado de literalidad en la reconstrucción, en las esquinas se montaron dos fotografías “colgadas” directamente del techo (una de ellas la polémica Picture of theYear, de Guillermo Arias, premiada en POY Latam en 2013, en la que aparece el cuerpo de un cadáver que cuelga de un puente a las afueras de Tijuana).

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“Colgante” (2013), fotografía de Guillermo Arias ganadora del POY Latam 2013.

A la réplica museográfica de la escena del crimen se suma un principio de articulación visual que oscila entre una lección primaria de semiótica y una terminología de un posmodernismo cándido. En una entrevista para Notimex, Montiel Klint y Mata Rosas explicaron que en ambas muestras sustrajeron imágenes de series que ya estaban cerradas, para combinarlas con las de otros autores y hacer así unas “mezclas”, como si fueran “oraciones” o “fraseos”. ¿Lo “innovador” de esta muestra residirá entonces en un remix fotográfico que potencia la “hipervisualidad”? ¿Los habrá impactado tanto el planteamiento de Nicolas Bourriaud sobre la práctica noventera del artista como DJ y web surfer?

Queda claro que esto no es una curaduría, pero no porque adolezca de investigación, “refresque” la perspectiva académica o se plantee como una “mirada más horizontal, más democrática”; no es una curaduría por el simple hecho de que se desconoce la eficacia de la práctica curatorial: esta, además de exigir una formación profesional, es una disciplina autoral que forzosamente pone en escena la subjetividad del curador.

En un misterioso afán por “deslindarse de protagonismos”, los organizadores de estas muestras han presentado dos visiones de la fotografía en México que poco tienen de horizontalidad y de experimentación. En Todo por ver esto se resuelve en un amasijo donde todo se confunde con todo a partir de asociaciones fortuitas y monumentales, aunque tal operación no resulta extraña puesto que ya desde su concepción individual numerosos proyectos ahí convocados recurren de manera ferviente a los covers & citations. La gravedad se pone de manifiesto en El Estado de las cosas: la violencia en este país es una compleja y delicada “línea de pensamiento” (si así la quieren llamar los fotógrafos) que ha colapsado nuestra contemporaneidad, aunque no por ello se trata de un tema intocable o irrepresentable.

El tratamiento estético de la violencia en las imágenes exige dispositivos de visualidad crítica, como en su momento lo desarrolló, por ejemplo, José Luis Barrios en la exposición El reino de Coloso: el lugar del asedio en la época de la imagen (MUAC, 2008). Por ello, al deslindarse de un punto de vista sobre un problema en que se anida de modo complejo la ética con la estética, El Estado de las cosas reincide en la exposición banal de la violencia, acentuando la gravedad que Susan Sontag describió en Ante el dolor de los demás (2003): “Se puede sentir una obligación de mirar fotografías que registran grandes crueldades y crímenes. Se debería sentir la obligación de pensar en lo que implica mirarlas, en la capacidad real de asimilar lo que muestran.”


Nota

[1] La otra muestra se titula Todo por ver y es presentada como “un conjunto de ideas que antes de dar respuestas o certezas plantea preguntas sobre qué es la fotografía mexicana actual”.


El Estado de las cosas

Curaduría: Francisco Mata Rosas

FotoMuseo Cuatro Caminos

Ingenieros Militares 77, Lomas de Sotelo, Naucalpan

Hasta el 29 de noviembre, 2015


Imagen principal: “A una voz”, de Ana York (2013).

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