El falso Estado: el ouroboros del empoderamiento del ciudadano

La gramática del empoderamiento como recurso para recomponer el tejido social debe ser analizada a la luz del capitalismo y de las tecnologías de poder, más allá de su optimismo.

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A partir de mi lectura y comprensión del concepto, este ensayo se acerca a lo que se comprende por gubernamentalidad. A partir también de mi circunstancia, luego de recorrer caminos desde hace varios años con organizaciones y colectivos, en los que no es raro sentir que uno va en círculos, semejantes a los movimientos del ouroboros, aquella serpiente mitológica que gira mordiéndose la cola y representa, en este caso, la ilusión del simulacro democrático.


I. La gramática del empoderamiento

El empalagoso mito de la reconstrucción del tejido social se alimenta mediante una gramática de empoderamiento que aglutina un discurso que permea, sin distinción, desde instituciones hasta asociaciones y viajeros de la New Age. Las creencias sustentadas por esta visión apuestan por, entre muchas otras cosas, el fortalecimiento de las capacidades, la profesionalización, la autenticidad autopromocionada, el control del propio destino y el desarrollo de dones ancestrales.

Esta gramática, a pesar de su neutralidad, es por sí misma, como diría Michel Foucault, un régimen de verdad que inculca estereotipos que se vuelven identidades, con prácticas y formas de pensar que, como con el autocorrector del teclado, están preconfiguradas para seguir el recorrido de callejones sin salida del laberinto de la participación ciudadana y el desarrollo humano, frente a la catástrofe socioambiental.

En sus Meditaciones desde el subsuelo, Guillermo Fadanelli habla de los artificiales imaginarios justicieros que son parte de escenarios trágicos mundiales que van más allá de nuestra comprensión y capacidad de solución, pero despiertan el sentimiento altruista y deben continuar siendo expresados como si fueran parte de una realidad común. Algo así, se me ocurre, como los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, tan en boga en estos días.

¿Qué hay en la urgencia por empoderarse?, ¿para qué hacerlo? La gramática del empoderamiento como tecnología de poder, ¿responde a una mutación de nuestra vida en la que toda relación está mediada por los intercambios mercantiles? Se vive como empresa de nosotros mismos, obligados a explotar al máximo las capacidades frente a las amenazas del desamparo social que marchan al acelerado compás de la (des)información y el capital global.

Esta gramática se mueve con la paradoja por afirmar el derecho a la participación cuando ya no estamos seguros de tener un Estado que sea el marco para dicha participación. Y es justamente ahí donde el empoderamiento emerge, en medio de los vacíos que le deja el poder de Estado al mercado, interpelando a la responsabilidad ética del sujeto, desde las causas del barrio hasta las tradiciones milenarias, lo que genera nuevas relaciones de obligación con uno mismo y con las comunidades.

Así, somos sujetos activos del gobierno, expertos en nosotros mismos, insertos en comunidades técnicas y programables, al servicio de proyectos de regulación, reforma o movilización (Rose, 2006). Nuestra afiliación a las comunidades políticas se parece cada vez más a la afiliación a una marca deportiva, delineada con los avances del digital marketing que con nuestros datos es capaz de llegar a la médula del inconsciente colectivo para vendernos productos o influir en las votaciones.

Lo que alguna vez fue resistencia es ahora en un discurso experto y profesional que, al ritmo de la autoexplotación, traza una línea entre ciudadanos competentes, que emplean las nuevas tecnologías de gobierno, y aquellos ciudadanos en condición de damnificados permanentes que necesitan una reconstrucción ética y ser aconsejados para desarrollar nuevas habilidades, destrezas y aprendizajes para que puedan asumir su legítimo puesto en cuanto sujetos autoactualizados y exigentes de una democracia liberal avanzada (Rose, 2007).

Así, la gramática del empoderamiento es un conjunto de principios dirigidos a grupos e individuos como un lenguaje particular que parte de preceptos como la inspiración, la innovación social o la autoestima y corre cada vez con mayor fuerza en el campo del poder ciudadano, en paralelo con el desencanto y la pérdida de fe ciudadana que, por ejemplo, el mismo José Woldenberg (2017) ha notado en México, comparando los ánimos democráticos del presente con la oleada de participación de los años ochenta y noventa; época cuando la sociedad civil comenzó a sustituir al pueblo en el imaginario colectivo, como lo demuestra Leal (2016) en su estudio a la prensa escrita alrededor del sismo de 1985, casi nadie aludía o entendía qué significaba la sociedad civil.

 


 

II. Gubernamentalidad y razón de Estado

La gubernamentalidad es un concepto inaugurado por Michel Foucault (2016) para pensar la evolución de las tecnologías, estrategias y prácticas de gobierno contemporáneas aplicadas tanto a sujetos de gobierno como a objetos de saber. El estudio de la gubernamentalidad nos remonta al final de la Edad Media, cuando la Iglesia cristiana atravesó una crisis que sustituyó del horizonte político de los hombres a los linajes divinos y a las antiguas comunidades religiosas por el Estado, una tecnología de poder que comenzaría una larga transición desde los imperios y Estados religiosos hacia los Estados laicos y seculares.

Foucault (2016) apostó por saber cómo la razón de Estado evolucionó hasta convertirse en algo natural en el siglo XVIII, con tres rasgos del liberalismo: veridicción del mercado, limitación del cálculo de la utilidad gubernamental y Europa como región de desarrollo económico ilimitado con respecto al mercado mundial.

Poco a poco, dicho orden seguirá la secuencia: mecanismos de seguridad-población- gobierno. Donde la población se convertirá en objeto de cálculo y estadística para la administración de la fuerza productiva, moldeada por los mecanismos de seguridad que la dejaran hacer (laissez faire) y abrirán un juego entre la libertad, el deseo y el riesgo.

 


 

III. Origen lo social: el censo, el mapa y el museo

Ya en el siglo XIX, la consolidación del Estado nación dio forma a lo social, entendido como un régimen al que estará volcada la economía política frente a los problemas de escasez de la creciente urbanización, junto al progreso científico como imperativo rector al que se alinearan la locura, la enfermedad, la delincuencia, la sexualidad, la higiene, etcétera. Es el liberalismo como tal, del que emergerá la biopolítica como razón económica dentro de la razón gubernamental (Foucault, 2012). En este punto, las grandes ciudades ordenadas por la policía fueron el campo de acción y fuente de verdad para las nuevas disciplinas y sus especialistas.

La Ciudad de México es un buen ejemplo de la época a finales del siglo XIX. Mauricio Tenorio (2017) relata cómo durante el Porfiriato el Estado mexicano conquistó su función de educador de las masas y promotor de las ciencias útiles. Y fue imaginada una ciudad ideal y cosmopolita alrededor del Paseo de la Reforma, rodeada por un cordón sanitario que buscaba resolver los problemas de inundaciones y epidemias que preocupaban a los higienistas mexicanos, quiénes además, anhelaban ordenar a los grupos marginales:

«Se construyeron edificios para alojar indeseables que, por supuesto, fueron situados fuera de los límites de la ciudad ideal, como el manicomio (en la Hacienda de la Castañeda) y las penitenciarías (San Lázaro y San Jacinto)». Así, la ciudad ideal «obligó a los plebeyos a bañarse y a vestir pantalones (y por lo tanto adquirir nuevas necesidades)» (Tenorio, 2017).

Otro referente de la época es el libro Comunidades Imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, de Benedict Anderson, que ayuda a tener una idea sobre cómo se constituyeron las bases de lo social, un mundo que prevalece aún en discursos políticos que se han quedado sin referentes y chocan contra realidades pospolíticas que ponen en jaque cualquiera de sus certezas.

Anderson (2016) ubicó tres instituciones de poder fundamentales: el censo, el mapa y el museo. En primer lugar, el censo (técnica heredada de los galeones españoles) funcionó como una ficción en la que todos están incluídos en él, y que cada quien tiene un lugar y sólo uno extremadamente claro. En segundo lugar, el mapa fue el logotipo de los Estados coloniales en expansión y sus burocracias encargadas de atender la población, creando hábitos de tráfico que con el tiempo dieron una verdadera vida social a las anteriores fantasías del Estado. Finalmente, el museo funcionó como repositorio de la herencia política de la nación, sus fantasías, sus mitos y sus símbolos.


 

IV. Neoliberalismo y muerte de lo social

La maquinaria del Estado-nación rigió al mundo durante el siglo XX, y alcanzó uno de sus mayores grados de horror con la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. Según la gubernamentalidad, fue después de la guerra cuando surgió una nueva programación liberal que preguntará: ¿cómo reconstruir un Estado sin que este sea quién lo dirija? A partir de entonces, la libertad económica junto con el orden judicial darán forma al Estado y todo el ejercicio del poder político se volcará a los principios de la economía: seguridad social, desempleo, migración, educación, agricultura, etcétera.

Producto de la política social privatizada surgió el homoeconomicus, unidad básica de la sociedad-empresa, estructurada a partir del principio de competencia. En ella, el sujeto como empresario de sí mismo deberá asegurar sus bienes privados y sus comportamientos estarán alineados a la utilidad económica, desde la pareja a la jubilación.

A mi juicio, esta es la génesis del sujeto de rendimiento delineado por Byung Chul Han (2017), competidor y empresario de sí mismo que ha introyectado las figuras del amo y del esclavo, se destruye a través de la autoexplotación y es incapaz ya de reconocer al otro.

La sociedad empresa pregunta: ¿cómo gobernar un espacio de derecho y soberanía poblado por sujetos económicos? Y es ahí donde aparece la sociedad civil como respuesta y tecnología de poder que se encarga de administrar lo social, al mismo tiempo que será responsable de adquirir el saber técnico suficiente para ser capaz de intermediar con empresas e instituciones para obtener recursos o incidir en la política pública.


V. La sociedad civil: una tecnología de poder

Creo necesario problematizar la definición de sociedad civil, sacarla del gabinete académico que la encuadra como un incipiente espacio de mediación donde juegan los grupos civiles entre el gobierno y el mercado. Tal es el caso de Olvera (2003), que demarca a la sociedad civil como: un actor que no porta ningún proyecto de transformación radical ni un proyecto político en específico y que no tiene un modo específico de relación con los sistemas político y económico.

La gubernamentalidad muestra cómo la sociedad civil es una tecnología de poder que es parte del proyecto político del liberalismo avanzado. Algo similar a la locura o la sexualidad, realidades en transacción que no siempre existieron y que son resultado de puntos de escape en el juego de las relaciones de poder (Foucault, 2012). Y, desde esta perspectiva, su funcionamiento es como el de un lazo, en el que uno de los extremos busca recomponer el tejido social con los intereses desinteresados (altruismo, solidaridad) de sujetos económicos agrupados en núcleos o comunidades por convergencia espontánea, como, por ejemplo, las marchas o las recolecciones digitales de firmas (nunca aspirando a la cohesión de masas a la que aludía la noción de pueblo). Y el segundo extremo se encarga de deshacer tales intentos solidarios, anteponiendo los intereses egoístas de los sujetos económicos y ciudadanos consumidores.

También con la sociedad civil hay una descentralización de la razón gubernamental. Es decir, que esta última ya no solamente irradia del Estado y sus burocracias, sino que los gobernados se han convertido en expertos del gobierno que exigen desde diversas arenas ajustar al Estado que se presenta con diferentes máscaras: inexperto, ausente o criminal.

Se trata de una lucha por el saber, entre racionalidades establecidas como las del Estado social frente a racionalidades emergentes, en las que la racionalidad de los gobernados debe servir de principio de ajuste a la racionalidad de gobierno. Foucault (2012) verá esto como la principal característica del arte liberal de gobernar, al fundar el principio de racionalización del arte de gobernar en el comportamiento racional de los gobernados.

 


 

VI. El gobierno de las comunidades

Nikolas Rose (2007) habla de un transición hacia el gobierno de las comunidades en el contexto del liberalismo avanzando. Un paso hacia un territorio de gobierno que ha dejado atrás a lo social, poblado cada vez más por comunidades calculables, técnicas, accesibles a la transparencia, responsables y preparadas para invertir en sí mismas (Rose, 2007).

El autor define tres características de este orden: 1) La destotalización, con la finaidad del territorio nacional unificado y el paso a la aldea global con comunidades morales (ecologistas, feministas, religiosas), de estilo de vida (gustos, moda) y de compromiso (discapacidad, salud, activismo local). 2) El cambio en el carácter ético: que interpela directamente al sujeto (individuo) como ente moral y ya no como colectivo o clase y 3) Las nuevas identificaciones mediante redes de lealtad sobre diferentes causas y sentidos comunes. En ese sentido: «Nuestra lealtad para cada una de estas comunidades particulares es algo respecto de lo cual tenemos que devenir conscientes, precisando para ello del trabajo de educadores, campañas, activistas, manipuladores de símbolos, narrativas e identificaciones» (Rose, 2007).

En el gobierno las comunidades, los dispositivos como el mapa y el censo ya no solo son empleados por el Estado, también son utilizados por las comunidades expertas, insertas en los flujos de la economía del targeting (Graham, 2011). Gracias al acceso civil a la tecnología que en un principio fue empleada para fines militares, todo es georreferenciable, geolocalizable y vendible por medio del análisis de datos abiertos de flujos de poblaciones, el mapeo de los valores morales según las zonas urbanas para el control territorial de ventas y el diseño de campañas políticas. En ese sentido, la economía del targeting va de la mano con el dataismo de Byung Chul Han (2017), que cuantifica todo y aniquila el pensamiento.

 


 

VII. Multiculturalismo liberal y muerte de la política

Quizá para el filósofo Slavoj Žižek (2008) el liberalismo avanzado sea algo similar a lo que él denomina multiculturalismo liberal, escenario de la muerte de la política a causa de la discriminación positiva que anula las fuerzas desestabilizadoras que en un principio impulsaban los grupos civiles, ajustadas ahora al modelo de negociación empresarial y del compromiso estratégico, que adquiere la forma de consenso más o menos universal con la ayuda de los expertos.

«Este continuo florecer de grupos y subgrupos con sus identidades híbridas, fluidas, mutables, reivindicando cada uno su estilo de vida/su propia cultura, esta incesante diversificación, sólo es posible y pensable en el marco de la globalización capitalista y es precisamente así como la globalización capitalista incide sobre nuestro sentimiento de pertenencia étnica o comunitaria: el único vínculo que une a todos esos grupos es el vínculo del capital, siempre dispuesto a satisfacer las demandas específicas de cada grupo o subgrupo (turismo gay, música hispana…)» (Žižek, 2008).

Desde esta perspectiva la sociedad civil es un inmenso cuerpo fragmentado y cada una de sus partes está conectada por el vínculo del capital y ambiciosos paquetes para solucionar necesidades. ¿Cómo construir un nosotros cuando el único vínculo que nos une es el mercado?

 


 

VIII. Desmarcarse, tomar distancia

Hasta aquí este breve recorrido por la gubernamentalidad, como un ejercicio para ver las comunidades que imaginamos en la amplia oferta de dispositivos de participación ciudadana de nuestros días. Desde la lente de la misma gubernamentalidad vivimos un momento en el que coexisten prácticas y racionalidades propias del viejo Estado social, como la cooptación y el corporativismo, con prácticas y racionalidades del gobierno de las comunidades, al que pertenece la gramática del empoderamiento.

A mi juicio, vivimos un presente parecido a la profecía de Jean Baudrillard de que en el neocapitalismo, el hombre se vuelve un elemento más del entorno. Con nuevas formas de civilidad ya no solo promovidas por el Estado sino también por marcas y estilos de vida que sustituyen los viejos dispositivos de formación de hábitos que imponían obligaciones a los ciudadanos como parte de sus responsabilidades sociales (Rose, 2007).

Además, en México el territorio del gobierno de las comunidades convive con la barbarie que emana de los vacíos de poder en expansión (Buscaglia, 2018), propios de un Estado capturado por el poder de cárteles criminales y corporaciones que compiten en el mercado de la política, en una guerra devastadora que se ha vuelto inmunidad y costumbre y obliga a preguntar: ¿cómo generar una nueva conciencia del horror?

En ese contexto, la gramática del empoderamiento gira como el ouroboros, alimentando el florecimiento de identidades que son interpeladas en la responsabilidad ética, la sensibilización y la intervención en lo social. Sin embargo, como vimos más arriba, el principal vínculo entre ellas es la competencia por los recursos y la defensa de intereses egoístas que deshacen las posibilidades de construir cualquier nosotros político y más bien tienen que ver con formas de gobierno en el liberalismo avanzado.

En el vasto universo de identidades de la sociedad civil, los postulados agonistas de Chantal Mouffe sirven, según Aguirre, Benavides y Pujol (2011), para esbozar otra conceptualización distinta a las identidades de la gramática del empoderamiento, con prácticas políticas de sociedad que no consisten en defender los derechos de identidades preconstruidas, sino más bien en construir dichas identidades en un terreno precario y siempre vulnerable.

De acuerdo con las autoras, el enfoque agonista de la sociedad civil tiene que ver con una crítica al modelo de la gobernanza que sigue la agenda política de organizaciones internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Banco Mundial. Y surge de los movimiento antiglobalización de los años noventa en diversas partes del planeta, que denunciaban la falsa armonía de los actores en juego en las democracias liberales.

Al respecto, el levantamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994 en México, fue un boom para el fortalecimiento de la sociedad civil, que detonó la aparición de cientos de actores conectados con la raíz de un movimiento social. Ahora, veinticuatro años después, la sociedad civil vive otro contexto con elementos de desconfianza, cansancio democrático y la gramática del empoderamiento esparcida por todas partes. Será necesario perturbar sus identidades y desmarcarse de ella para abrir umbrales de resistencia (y pensamiento), como lo hacen en el futbol los jugadores para articular jugadas y encontrar espacios de gol.


Referencias

Alberto Olvera, (Coord.), Sociedad civil, esfera pública y democratización en América Latina: México. México. Universidad Veracruzana / Fondo de Cultura Económica, 2003.

Alejandra Leal. (2015). El despertar de la sociedad civil: sismo del 85 y neoliberalismo. En Horizontal, 3 de febrero del 2017. Disponible en: https://horizontal.mx/el-despertar-de-la-sociedad-civil-sismo-del-85-y-neoliberalismo/

Benedict Anderson. (1983). Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y difusión del nacionalismo. México: Fondo de Cultura Económica. 2016.

Byung Chul Han. (2017). La expulsión de lo distinto. España: Herder.

Guillermo Fadanelli. (2017). Meditaciones desde el subsuelo. México: Almadía.

Jean Baudrillard. (1974). Crítica de la economía política del signo. México: Siglo XXI Editores.

José Woldenberg. Hacia el 2018: malestar, fragmentación, incertidumbre. 30 de mayo de 2017. Disponible en: https://josewoldenberg.nexos.com.mx/?p=358

Mauricio Tenorio. (2017). Hablo de la ciudad. Los principios del siglo XX desde la Ciudad de México. México: Fondo de Cultura Económica.

Michel Foucault. (2014). Seguridad, territorio y población. México: Fondo de Cultura Económica.

—– (2012). Nacimiento de la Biopolítica. Argentina: Fondo de Cultura Económica.

Nikolas Rose, «Identidad, genealogía, historia», en Stuart Hall y Paul Du Gay, Cuestiones de identidad cultural, Buenos Aires-Madrid, Amorrortu editores, 2006.

—– (2007). «¿Muerte de lo social? Re-configuración del territorio de gobierno». Revista Argentina de Sociología, 5, 327-356.

María Cristina Aguirre, María Angélica Benavides y Joan Pujol. (2011). «El sujeto performativo. Una propuesta performativa para el estudio del sujeto político». En Mercè Cortina I Oriol y Pedro Ibarra Güell (Comps.). Recuperando la radicalidad. Un encuentro en torno al análisis político crítico. Barcelona: Herder.

Pat O´Malley. (2007). «Experimentos en gobierno. Analiticas gubernamentales y conocimiento estratégico del riesgo». Revista Argentina de Sociología, 5, 151-171.

Perspectivas. (2018). México: la encrucijada electoral [Video]. Rompevientotv. Disponible en: https://www.rompeviento.tv/?p=43117

Santiago Castro. (2010). Historia de la gubernamentalidad. Razón de Estado, liberalismo y neoliberalismo en Michel Foucault. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.

Silvia Mariela Grinberg. (2007). «Gubernamentalidad: estudios y perspectivas». Revista Argentina de Sociología, 5, 95-110.

Slavoj Žižek. (2008). En defensa de la intolerancia. Madrid: Sequitur.

Stephen Graham, . (2011). Cities Under Siege. The New Military Urbanism. Londres: Verso.

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