El lugar de Fernando del Paso

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En los años ochenta del siglo pasado había la fama de dos autores de lengua española que asumían el reto de equipararse, en sus búsquedas narrativas, con James Joyce. Uno era Julián Ríos, cuya novela Larva: Babel de una noche de San Juan (1983) llegaba a México solo por encargo a alguien que conociera, en Barcelona o Madrid, librerías especializadas. Las características físicas de ese tomo recordaban, efectivamente, al Ulises joyceano; y de su lectura surgía un mecanismo polifónico y multilingüístico enormemente entretenido, que se emparentaba con el Finnegans Wake. El otro autor era Fernando del Paso (ciudad de México, 1935), cuya novela Palinuro de México (1977) tuvo primero una edición española y luego, en 1980, pudo ser leída de este lado del Atlántico gracias a un ladrillo blanco, hermoso, de Joaquín Mortiz. Después de ese hallazgo, era relativamente sencillo hacerse de José Trigo (1966), en alguna de las reediciones de la editorial Siglo XXI.

Se consideraba entonces a Ríos y Del Paso como autores de culto; sus obras no se recomendaban a los “lectores comunes”: había que tener la costumbre de visitar las grandes cimas literarias para acometer esa escalada… Pero ello es parte de un malentendido que el tiempo ha terminado por diluir. Cuando Del Paso publica Noticias del Imperio (1987), se convierte en un inmediato éxito de ventas, sea por lo atractivo de los personajes Carlota y Maximiliano, o por ese monólogo enloquecido (a lo Molly Bloom) con el que se arma la novela. Ello hace que los recursos más extremos del autor sean asimilados. Siendo ardua su elaboración, en Del Paso siempre ha habido, como lo hay también en Joyce y Ríos, humor. Aunque sean novelas complejas estructuralmente, y donde se usan recursos como la variación formal o se plasman las corrientes interiores de la mente, finalmente se trata de libros en los que algo se está contando, y donde siempre se crean situaciones divertidas.

Fue un gran salto, de una ironía extraña, el que un escritor exquisito se convirtiera, repentinamente, en best seller. Y en ese éxito se ha apoyado la circulación de sus dos primeras novelas y los ejercicios literarios que ha realizado después. Como si se tratara del avance de un cometa, hubo un tramo en el que su andar fue solitario, o limitado a unos pocos acompañantes; pero de pronto esa vía extraña se convirtió en una enorme galaxia, quizá excesivamente poblada.

No sé si quienes se asombraron con Noticias del Imperio abordaron con el mismo entusiasmo José Trigo y Palinuro de México. El tomito de Siglo XXI de José Trigo hacía ardua su lectura; hasta ahora, editada por el Fondo de Cultura Económica, ha encontrado un continente apropiado. En cambio, Palinuro se volvió una pareja extraña de Noticias del Imperio en su tránsito por diversos formatos comerciales…

Esa tríada da cuerpo a la obra de Fernando del Paso. Coinciden en el interés por asuntos históricos: la guerra cristera y el movimiento ferrocarrilero en un caso; el movimiento estudiantil de 1968 en el otro; y la invasión francesa y el reinado de Maximiliano y Carlota, por último. A Del Paso le gusta dialogar con una frase de Borges en la que se confronta lo históricamente exacto con lo simbólicamente verdadero. Parece haber preferido esto último en las dos primeras novelas, cuando altera las cronologías e incluso las geografías (al ubicar, por ejemplo, la Facultad de Medicina aún en el Centro Histórico, cuando ya existía Ciudad Universitaria) para dar realidad a sus ficciones. En Noticias del Imperio juega doble: realiza una investigación exhaustiva, refiere escrupulosamente los hechos, y solo a partir de ese piso firme de historicidad es que se permite dar entrada a la fantasía. Es decir, intenta ser históricamente exacto y, a la vez, simbólicamente verdadero.

Del Paso es, sin duda, un autor que se desborda. Podría uno entretenerse en sus tres novelones; o empezar a frecuentarlo por aquello que escribió luego de su jubilación como gran novelista, incluida la pieza policiaca Linda 67 (1995), sus poemas adultos e infantiles, el ensayo literario e histórico o sus dibujos. Si fuera un parque de atracciones, diríamos que cuenta con tres grandes espectáculos, y luego algunas secciones menores que tienen, no obstante, el sello maestro de su escritura.

Habría que ubicarlo, sí, con Ríos, y a la estela de Joyce, en esa nómina peculiar de los escritores excesivos.

(Foto: cortesía de Conaculta.)

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