El marxismo en la caja de herramientas

La crisis financiera del 2008, a la vez que abrió espacio a la imaginación económica, volvió indispensable la relectura del pensamiento de Marx.

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Nadie puede dudar a estas alturas que la crisis global iniciada en 2008, más que una mera crisis económica, se ha convertido en un corte de época tal y como en su momento lo fue 1989. Ha sido uno de esos eventos que no solo golpean formas de vida, sino que precipitan a su vez una crisis intelectual y moral como la que ahora padece la justificación teórica del neoliberalismo,[1]con todo y su peculiar combinación de axiomas, supuestos inverosímiles y rudimentaria antropología, que dio lugar a uno de los modelos matematizados más frívolos del cientismo contemporáneo al privilegiar la elegancia y la coherencia conceptual interna por encima de la descripción de la realidad, para así ejercer, sin inhibiciones ni estorbos, su encanto ideológico. Quien lo dijera: la olvidada economía política está de vuelta. Que Thomas Piketty haya logrado un best seller de más de 650 páginas con El capital en el siglo XXI es todo un signo de los tiempos. Pero con la economía política de regreso ¿rondará también el fantasma de la crítica de la economía política?

El marxismo es otra vez el elefante en la habitación. Nunca ha sido cómodo hablar de él. Se entiende en estos tiempos el fastidio que en algunos causa tras sus múltiples hermenéuticas (verdaderos monumentos a la energía mental desperdiciada) y la experiencia del socialismo real en el siglo XX. Los doctrinarios que aún perviven lo hacen todo aún más difícil. Con su típica arrogancia condescendiente no permiten un ejercicio que rescate algo bueno de lo obsoleto y oxidado. Si alguien intenta hacer algo así, ellos dictaminan que uno no ha entendido el magnífico edificio teórico en donde todo es necesario e interconectado, como sólo sucede en las teologías o en la más consumada de las ficciones.

¿Es acaso preciso decir que no se pueden pasar por alto los fracasos del marxismo? ¿Por qué no repensarlo como una herramienta entre otras en la caja de herramientas para comprender nuestro tiempo? No es herramienta electrónica, tampoco tiene una versatilidad multiusos; es más bien como una llave stilson: vintage y todo, pero de la que tarde o temprano hay que echar mano.

Para ello es necesario librar al marxismo de sus pretensiones desmesuradas que responden a sus dos metafísicas: la histórica y la metodológica, ambas en la tradición de la filosofía alemana post-kantiana que, desde Hegel hasta Heidegger, se ha especializado en crear una ilusión de profundidad; laberinto en el que muchos se han extraviado para jamás salir de ahí, Marx incluido —y con él, varias generaciones de discípulos teóricos. Propongo pues que se haga la crítica de esas dos metafísicas para después recuperar a la llave stilson en toda su indispensable modestia. Se hace aquí desde luego solo un esbozo, esperando que alguien algún día desarrolle estos elementos con mayor rigor. Lo que sigue se subdivide entonces en tres secciones: dos de crítica y una de recuperación o revalorización del bagaje teórico marxista para el análisis económico.


La metafísica de la historia

Sin duda el atractivo del marxismo consistió en ver en la conflictividad humana una buena nueva; en postular una tierra prometida secular logrando así una síntesis de lo arcaico y lo moderno que, como en otros ámbitos de la cultura, resulta muy poderosa, reciclando sutilmente las expectativas mesiánicas del final de los tiempos. El marxismo fue un gran ventrílocuo, un audaz traductor a un lenguaje racional de pulsiones y ansiedades de fondo religioso (eliminar la contradicción entre individuo y totalidad social), al tiempo que abjura de dicho sedimento (una negación casi freudiana) para proclamar un culto al futuro cuyo correlato es la desvalorización del presente. De ahí su enorme influencia. Hasta la fecha Marx sigue siendo uno de los pensadores más citados en los papers que genera la academia en ciencias sociales en el mundo entero y no es casualidad: la modernidad no ha vuelto a dar otro profeta universalmente reconocible que le iguale en ambición transformadora y pretensión omnisciente.

Marx proclamaba haber puesto de cabeza a Hegel, pero poner de cabeza la jaula del idealismo filosófico no significa escapar de ella. Buscó una contradicción letal en el capitalismo como si este fenómeno histórico fuese un razonamiento, un argumento o un silogismo. Sin embargo, los fenómenos históricos son hechos exomentales; más allá de sus contradicciones tienen una vitalidad orgánica capaz de dar distintas respuestas frente al entorno y su contexto; respuestas y adaptaciones muchas veces inesperadas. Pero en la filosofía, una vez que se acuña un concepto o una tendencia, se la extrapola hasta sus últimas consecuencias. Para constituirse, toda filosofía radicaliza su punto de vista o su perspectiva y —como bien observó Wittgenstein— el problema de la filosofía es que no sabe detenerse. Marx postuló que el capitalismo sintetiza la encrucijada de la historia en su totalidad, en vez de pensarlo como un animal que interactúa con la historia y se adapta a ella. Que el capitalismo haya funcionado bajo la pauta del Estado benefactor en los países desarrollados en la post-guerra y que ahora se aleje de esa dirección, no tiene que ver con la lógica interna o endógena de un sistema, sino con esa adaptación al fenómeno histórico que es su medio ambiente. El capitalismo no es en un momento dado la encarnación de La Historia: responde a ella y a la dinámica demográfica como bien lo ha ilustrado Piketty. Esos eventos le han cincelando. Al confundir la historia con la sucesión de los modos de producción, Marx redujo a la primera al reino de la necesidad y lo previsible, cuando su verdadero carácter es lo contingente. La historia es un océano abierto y renuente al pronóstico, salpicado de islotes que obedecen a ciertas leyes y no al revés: un océano lógico salpicado de contingencias. No puede haber una peor filosofía de la historia para hacerse a la mar.


La metafísica metodológica

El filósofo creyó que con su crítica a la economía política y al corazón del engranaje de la modernidad burguesa trascendía a la filosofía misma, superándola, dejándola atrás mediante el análisis científico y la praxis revolucionaria. La verdad es que lo que terminó haciendo fue contaminar a la economía política clásica de metafísica alemana. Su sobrevalorada teoría del valor en buena medida está inspirada en la fenomenología de un concepto tal y como lo aborda Hegel en su Lógica.[2] Es una teoría inútil para explicar fenómenos reales como la inflación, la evolución de los precios del petróleo o el de las divisas en el mercado cambiario. En la teoría marxista, el valor es como la esencia del precio de mercado, así como el árbol lo es a la semilla bajo el enfoque de la escolástica aristotélica. Más allá de su uso metafórico y político, no se entiende bien a bien qué puede iluminar aquello. De cualquier manera, para explicar por qué los precios de bienes y servicios en el mercado no son la expresión directa “del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirlos”, Marx tuvo que alejarse de su enfoque inicial planteado a nivel de transacción microeconómica en el tomo I de El Capital para sustituirlo con un enfoque holístico en su tomo III, en donde se requiere que los capitalistas, al tomar decisiones, lo hagan como un ente colectivo que, al mismo tiempo, entiende y no entiende la ley del valor. La incompatibilidad entre ambos enfoques en donde uno de los dos sale sobrando lo comentó en su momento Eugen Böhm-Bawerk (1896)[3] y, el estar consciente de ello, probablemente explique por qué Marx nunca se animó a publicar en vida el tomo III de El Capital.

El problema ricardiano de la relación entre el trabajo y el precio de las mercancías lo termina resolviendo un neoricardiano, Piero Sraffa, quien prescinde del todo del aparato metafísico de “la ley del valor”. Sraffa (1960)[4]construye un modelo en el que el sistema de precios de los bienes y servicios no se puede determinar por ecuaciones simultáneas hasta que se específica exógenamente el precio del trabajo (salario). Se envía así de paso un gancho al hígado a la teoría neoclásica al demostrar que el mercado en modo alguno es un ente autosuficiente para determinar todas sus variables. No hay metafísica en esto: en México se ha observado cómo, desde hace más de 30 años, el salario ha sido el ancla de los precios de la economía, operando como una variable exógena cuyo precio específico poco o nada tiene qué ver con su productividad marginal.[5] Basta que una buena parte de los salarios en el mercado se fijen como múltiplos del salario mínimo para que la evolución de aquéllos siga a la de este último, establecido por una comisión que considera todo menos criterios microeconómicos para determinarlo. Así, sobre la reducción de la participación porcentual de la masa salarial en el producto, se ha edificado todo el sistema de precios en los últimos años y ello ha dejado huellas empíricamente verificables.[6] Hay entonces una diferencia entre sostener que con una especificación del salario realizada desde fuera del mercado se pone en marcha el proceso de fijación de precios de la economía, y defender una teoría de la producción que afirme que, después del trabajo, en la esfera económica todo lo demás (incluso la oferta y la demanda) es accesorio. (Esta teoría funciona, de hecho, de manera análoga al propio materialismo histórico marxista, en el que, por más ingredientes dialécticos que se quieran añadir en la secuencia explicativa, la política y la sociedad terminan siendo un epifenómeno de las relaciones de producción.)

Pero quizás lo que más sorprenda de Marx es que hable del capitalismo diciendo muy poco sobre su modalidad financiera y, que en general, erija un marco conceptual en el que la tasa de interés pareciera no desempeñar papel alguno. Al introducir una metafísica que reduce el fenómeno económico a laproducción —la transformación de la naturaleza en mercancías bajo una configuración específica de relaciones laborales—, dejó fuera de foco elementos esenciales del capital en sus distintas vertientes y vínculos con la economía. No se avanza mucho si se insiste que para descifrar lo que hay en el ático hay que observar cómo se construyó el sótano. Por contraste, leyendo a Piketty (El capital en el siglo XXI) vemos una obra en la que el capital es realmente el protagonista; en donde no se le confunde ni con los procesos ni tampoco, hay que decirlo, con la economía de mercado. El capital es como un jinete y la economía de mercado el caballo. La relación es simbiótica, pero un tanto asimétrica: es más lo que le da el segundo al primero que viceversa. El problema viene cuando el jinete comienza a ser demasiado obeso, al tiempo que el caballo envejece, con lo que ello implica para el galope. Es importante entender también que el mercado sigue siendo un mecanismo eficiente de asignación de recursos, de modo que la cuestión es hasta dónde puede llegar esa relación asimétrica en ese contexto de obesidad/envejecimiento. Ha de observarse, empero, que jinete y caballo no por indisociables son lo mismo.


Lo que sobrevive a la metafísica: el concepto de acumulación originaria

A pesar de los límites de su metafísica histórica y metodológica, en el aparato conceptual marxista hay algo que sigue vigente: su honda perspectiva sobre el proceso de gestación del capitalismo y sus distintas vertientes. En particular, su descripción del “proceso de acumulación originaria” sobrevive no solo como un aporte significativo a la historia económica, sino que cobra una actualidad política inusitada. Recordemos que la acumulación originaria nos habla de un momento histórico en el que el despojo por distintos medios va por delante de la creación de riqueza para así concentrarla: es una fase previa al proceso autocatalítico de obtención riqueza desde la productividad y la eficiencia en la esfera meramente económica. En estos pasajes el pensamiento de Marx alcanza una visión más rica y flexible de la interacción entre elementos económicos y extraeconómicos, más rica y flexible que la de su modelo estándar de modos de producción.

Las posibilidades que da ese enfoque para construir tipologías de capitalismo que nos ayuden a comprender lo que vemos hoy en día son fecundas. Leyendo los escándalos de adquisición de propiedades de la clase política mexicana, así como sobre el Swiss Leaks —el alegato que imputa a HSBC el ocultamiento de fortunas evasoras de impuestos en suiza—, uno percibe que es necesario profundizar en las diferencias cruciales que distinguen el capitalismo de México y de otros países semiperiféricos, como Rusia, del capitalismo de los países más desarrollados.

Más allá de que ambos tipos de capitalismos estén vinculados (y vaya que lo están), no hay que perder de vista que el capitalismo de las naciones desarrolladas es uno que llegó a alcanzar la fase de primacía del mercado, en el que el juego principal es generar una atractiva oferta de bienes y servicios, mientras que el capitalismo nuestro es un capitalismo de mercado subordinado. ¿Subordinado a qué? Al poder, o a su otro nombre —el gran mercado de los favores. Es con el poder —que puede ser o no institucionalizado— por donde pasan las transacciones clave y por ende la economía de mercado no ha alcanzado ahí la autonomía en su lógica de asignación de recursos que dan por hecho los teóricos neoliberales. En capitalismos como el nuestro, la acumulación originaria (su fase de rapiña) no es fundacional, sino un asunto de episodios recurrentes[7]; por lo mismo nuestro capitalismo es de “suma-cero” (mi ganancia es tu pérdida), no de “ganar-ganar (más allá de que unos ganen más que otros). Es básicamente un juego de captura de rentas, es decir, de asegurar flujos de ingresos indisputables por otros agentes económicos a través de mecanismos que nada tienen qué ver con la eficiencia o la innovación. Más grave aún es que el crimen organizado ya se montó también en esa lógica poniéndole el ingrediente de violencia a la suma-cero: si algo parece haberse democratizado con éxito en México es que hay más jugadores en los procesos de acumulaciones originarias (algunos bastante plebeyos, digamos). Y es que un capitalismo así, de suma-cero, abre el apetito de los violentos, pues quienes no están inscritos, sea por su cuna o su capital social,[8] en la esfera del poder e influencia, encuentran su manera de emular por la vía de la fuerza bruta la captura de rentas de quienes lo hacen institucionalmente. Algunos extorsionan a particulares; otros, incluso, a las instituciones del Estado.

Vemos entonces la diferencia entre los capitalismos de primacía de mercado y los de primacía de poder y, sin embargo, algo los vincula: el libre flujo de capitales que da vida a los mercados financieros en la era global. A largo plazo, quizás la consecuencia más nefasta del consenso de Washington fue el haber promovido la asimilación conceptual del libre flujo de capitales al libre flujo de las mercancías. Esto no solo porque introdujo un factor de inestabilidad en el sistema de la economía mundial (más que demostrado por los “efectos” Tequila, Samba, Tango, Vodka, Malasia, dot.com, Lehman Brothers, Grecia, y una lista interminable), sino porque el libre flujo de capitales potenció la corrupción y el crimen en el tercer mundo —tanto como los teléfonos celulares hicieran lo propio con sus operaciones de campo. El libre flujo les ofreció escondites nuevos y también les puso en la mesa nuevas rentabilidades. Por lo demás, dicho flujo es asimétrico porque termina depositándose en activos tanto físicos como financieros de los países desarrollados, abonando aún más a su stock de capital.[9]

Si la teoría económica y sus modelos tienen algún futuro, la corrupción y en general todo mecanismo de despojo debe dejar de ser visto como un factor contingente o una anomalía, y comenzar a ser comprendida como lo que en realidad es: un engranaje central de la economía mundial. Por más que seamos los mexicanos quienes debamos emprender la batalla por una sociedad más transparente y por un Estado de derecho, esa batalla ya no se decide únicamente dentro de las soberanías nacionales. La corrupción que vemos ahora es inédita, porque se soporta en un mecanismo global de reproducción e incentivos.

Más le vale a las sociedades de los países desarrollados entender que tienen un compromiso en ello y que algo han de hacer con su mascota financiera, que también les ha magullado y además cada vez les sale más cara. Revisar y reconsiderar ese mecanismo es parte de la tarea democrática en sus dos dimensiones, nacional y global. En sus propias economías el jinete (el capital) está asfixiando al caballo (la economía de mercado): la inequidad y el rentismo transgeneracional asoman en el horizonte. Al capitalismo cleptocrático de México, Rusia y otros países emergentes ya no lo deben ver como una expresión del atraso de naciones a medio formar, sino como uno de sus futuros posibles.

En este sentido, la crítica del capitalismo iniciada por el marxismo no puede ignorarse, pues el potencial autodestructivo del capitalismo sigue latente y parece haberse reactivado, más allá de quien piense que la crisis del 2008 haya sido uno entre otros episodios de los ciclos económicos, pues esta vez ocurre en un contexto agravado de desigualdad, corrupción y deterioro ambiental. Lo anterior obliga a redefinir qué es una posición realista frente a la globalización y qué es una mera aceptación de una forma de dominación. También nos obliga a reconocer que las acumulaciones originarias no son meros eventos del pasado o extravagancias de capitalismos periféricos del presente, sino que existe una simbiosis entre los capitalismos “limpios” o “semi-limpios” de las economías desarrolladas con los capitalismos “sucios” de los países periféricos y semiperiféricos, y que esta vinculación puede volverse orgánica si no es que ya lo es.

Quizás hoy en día los análisis empíricos ajenos a la metafísica marxista que surjan en el espíritu abierto por Piketty puedan decir esto de mejor manera, pero ciertamente Marx fue el pionero, y esto es un hecho que permitirá una relectura más sana y menos traumatizada de su legado analítico.


Notas

[1] Cuyo nombre técnico es modelo general de equilibrio dinámico estocástico.

[2] Este vínculo es más patente en Los elementos fundamentales par la crítica de la economía política (obra también conocida como los Grundisse, por su título en alemán) —el ejercicio previo a lo que después sería Das Kapital.

[3] Karl Marx and the Close of His System.

[4] Production of Commodities by Means of Commodities. Prelude to a Critique of Economic Theory.

[5] Ver Juan Carlos Moreno-Brid, Stefanie Garry y Luis Ángel Monroy Gómez Franco, “El salario mínimo en México”, UNAM, Economía 33.

[6] La participación de la masa salarial en el PIB en México ha descendido de 30.1% en el 2003 a 27.4% diez años después. Para obtener esta proporción ver INEGI, Banco de Información Económica, Sistema de Cuentas Nacionales, Cuenta de Bienes y Servicios. Lamentablemente no se dispone de una serie que vaya por lo menos diez años más atrás de 2003 para calibrar esta pérdida en toda su magnitud.

[7] Debo a Ariel Rodriguez Kuri el reparar en ello; a veces una conversación telefónica clarifica más que una tesis o un tratado.

[8] “Capital social” se usa aquí no en su sentido contable sino como el concepto sociológico que alude a la “colaboración de un colectivo humano y el uso individual de las oportunidades surgidas de ello”. En términos vernáculos: se refiere a las oportunidades que dependen de “a quién” y “a cuántos” conoce un individuo. Se trata de una forma de capital intangible pero de efectos tangibles y, como toda forma de capital, desigualmente distribuido.

[9] Lástima que Piketty no se planteara también esto como una de las razones por las cuales la relación capital a ingreso en esos países ha crecido como nunca en la era de la globalización.

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