El obstinado encanto del libro en la era digital

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

El Centro Cultural de España en México suele aprovechar el desembarco de participantes en la Feria del Libro de Guadalajara para celebrar encuentros como el que, el pasado diciembre, convocó a un grupo de editores independientes a una mesa redonda para discutir el lector de hoy, los nuevos soportes electrónicos y su impacto en un universo tradicionalmente asociado a la tinta y el papel. Confieso que me sorprendió el tono general, favorable a una industria que en otros sectores culturales ha causado verdaderos terremotos económicos, así como el pesar compartido por el estancamiento del libro digital, cuyas ventas en México y España apenas representan el 5% del total. ¿Por qué no se consuma la migración desde el soporte analógico? ¿De dónde nace la resistencia de las editoriales y el público lector? Las preguntas sobrevolaron la sala y de ahí me las llevé a la calle. Ensayemos algunas claves.

En sus cursos en el Collége de France reunidos bajo el título de La preparación de la novela, Roland Barthes sitúa su interés en la escritura a partir de las obsesiones del escritor, sus rituales y rutinas de trabajo. Desde su perspectiva, escribir es lo que ocurre en las afueras del texto, antes o mientras se realiza, pues una vez concluido y publicado pierde el carácter de trabajo en proceso al que alude el sustantivo “escritura” o el verbo “escribir”. Menciono a Barthes porque siempre he pensado que a la lectura le sucede algo similar, y que tradicionalmente no solo ha implicado el acto de interpretar palabras, sino que ha exigido toda una “preparación para la lectura” que precisa de su cultivo desde tempranas edades, la disponibilidad de librerías y bibliotecas, la adquisición paulatina de una colección personal, el amor por el fetiche del libro o el encuentro con otros lectores, condiciones que movilizan verdaderos modos de vida. De hecho, gran parte de eso a lo que llamamos leer pertenece, en realidad, a estos rituales compartidos, y es que hay lectores que apenas “leen” sin que esto les impida participar del universo de la lectura.

Que esta “preparación” para la escritura o la lectura pueda llegar a imponerse al propio acto de leer o escribir responde a la lógica peculiar que acompaña al libro, es decir, los modos en que este objeto distribuye el tiempo y el espacio, ordena la realidad y privilegia o penaliza ciertas actividades. En una entrevista reciente, Ben Hammersley, editor de Wired en el Reino Unido y uno de los gurús de las transformaciones tecnológicas, insistía en la vieja idea de que los objetos condicionan nuestros vínculos sociales, sensibilidades y ritmos; crean nuestra forma de percibirnos y experimentar la realidad, algo que al Comité Invisible le ha hecho reclamar una toma de postura: nuestro universo personal y social se organiza a través de dispositivos que no son inocentes y sobre los que no deberíamos serlo. Es decir, que para entender quién es el lector y qué es la lectura, en papel o digital, debemos preguntarnos cuáles son las ecuaciones espacio-temporales que propicia cada soporte.


12317673193_806a2d5b12_k (2)

1. El tiempo del libro

Paul Ricoeur postula que la novela moderna (y el libro como objeto que la aloja) marcaba los tiempos en que transcurría el resto de la vida social, como si su estructura narrativa, y no los hechos mismos que narra, actuara de diapasón de su momento. El casi centenar de páginas con el que Benito Pérez Galdós saluda al Madrid de Fortunata y Jacinta produciría una temporalidad singular y muy divergente, por poner un ejemplo, a la que surge al registrar esas mismas calles con una webcam y subir las imágenes a la red en cámara rápida. Y es que a través de la literatura en su formato clásico nos comunicamos –más que con una historia con actores y dramas– con una experiencia temporal que responde a su momento de creación. La idea me parece tan poética como interesante de explorar, también por lo anacrónico que resultaría seguir otorgando al libro un lugar central en un contexto en que perderse durante unas horas por sus páginas representa una clara ruptura temporal: ¿cuántos mensajes de Whatsapp sin contestar, noticias de la prensa o actualizaciones de Facebook acumuladas? La vida es más rápida que el libro en la medida en que el sentido de nuestro tiempo se transmite por otros soportes. Un sentido marcado por la simultaneidad a través de dispositivos digitales cuya instantaneidad y compatibilidad (sonido, imagen, hipertexto) los convierte en un extraordinario mapa del presente más inmediato, un termómetro de trending topics en tiempo real.

Frente a esta lógica “horizontal” o espacial, el libro y la lectura perviven como una indagación “vertical”, hacia abajo, como un archivo capaz de unir el presente de la lectura con el pasado impreso en la página y recuperado cada vez que abrimos un libro. En uno de sus relatos más celebrados, aquel “Pierre Menard, autor del Quijote”, Borges imagina a un escritor francés, Pierre Menard, que se propone escribir el Quijote sin copiarlo, es decir, “siendo Pierre Menard” y asumiendo la tarea de “llegar al Quijote a través de las experiencias de Pierre Menard”. La tarea, con ser imposible, arroja en la ficción del argentino dos textos idénticos, dos Quijotes separados por tres siglos, y cuyas lecturas divergen hasta el punto de que el Quijote de Menard “es casi infinitamente más rico” que el original, pues mientras este último dialoga con el de Cervantes, el del alcalaíno, hijo de su tiempo, solo se tiene a sí mismo. Quizás este cuento sea una de las metáforas más extraordinarias de la lectura del libro, un objeto que en su propia biografía no solo transporta las palabras que leemos, sino las lecturas que de él hicieron las generaciones previas.

Sostengan un libro en sus manos, un libro grueso, pesado, y obsérvenlo. Y díganme si lo que ven no es una peculiar máquina cuyo primer mensaje es el tiempo que nos exigirá como lectores o el que le tomó a su escritor para componerlo. Lejos de la instantaneidad que marca la experiencia digital, la lectura (o la escritura) de libros supone un proceso inseparable de su duración interna. ¿Han leído 2666, La montaña mágica, Luz de agosto, En busca del tiempo perdido, Las aventuras de Barbaverde, El idiota, Paradiso, El Quijote, Meridiano de sangre? Cada uno de ellos representa una travesía biográfica: la de quien se interna, durante varias semanas, por una experiencia absorbente y capaz de transformarnos según avanzamos por las páginas.

Es esta brecha –que cada vez se agranda más entre la narración escrita y nuestro presente– lo que para Adam Thirlwell constituye la particularidad de la novela, inherentemente desacompasada con respecto a la actualidad a la que intenta responder: “Quien escribe ficciones vive en una permanente condición de atemporalidad y retraso […] ¡Qué destino más triste! Crear obras que revolucionarán una época, pero que requieren de tanto tiempo que la época misma no se dará cuenta de ellas.” El escritor, consciente de su anacronismo, no solo se entrega a rutinas de trabajo sostenidas y expectativas imprecisas de publicación, sino que confía en una recepción tan intemporal como el propio soporte de su obra. Las consecuencias de este desacompasamiento son profundas pues, al no contar con un vínculo inmediato con su público, el espacio de la creación se libera: no sabemos cuántas narrativas de la extensión y complejidad de las de Kafka, Joyce o Faulkner hubieran existido de haber atendido al número de likes de los lectores de su época.

Si bien el archivo digital es más fácilmente almacenable y accesible, los lenguajes con los que se elabora le hacen perder vigencia mucho antes. ¿Quién se acuerda de las toneladas de textos que circulan en internet solo unos días después de su salida? A este respecto, Kenneth Goldsmith, uno de los principales teóricos y defensores de la escritura digital, apuesta por inventar nuevos géneros adaptados a los lenguajes electrónicos que “funcionen tal como los memes en la red, propagándose como incendios durante un periodo corto, solo para ser suplantados por la oleada que sigue”. A diferencia de las textualidades que recorren la red, la lógica secuencial (ahora una cosa, luego otra) y la presencia pesada del libro aconseja una escritura para un lector del futuro.


3320452655_be4c49997c_b (2)

2. El espacio

Los libros son objetos pesados, se transportan mal, salen caros, ocupan espacios valiosos en casas cada vez más pequeñas, acumulan polvo y se acartonan al sol. Y son, además, autoritarios, pues no permiten hacer otras cosas a la vez, ni los puedes programar o compartir en un click, manufacturados como están para placeres que transcurren a otros ritmos, que responden a necesidades diferentes a las que nos rodean, que distribuyen el tiempo y el esfuerzo de modos a los que nos estamos desacostumbrando.

El listado de molestias también nos permite señalar unas condiciones “materiales” inseparables del mero ejercicio por el cual el cerebro interpreta signos escritos, y es que para leer debemos, al menos: 1) haber gozado de una educación mínimamente formalizada, 2) disponer de un objeto tan caro e históricamente escaso como el libro y 3) disponer de espacios y momentos apropiados para la lectura, algo que ha exigido toda una exploración que a Ricardo Piglia, en su indispensable “Lectores imaginarios”, le lleva a identificar la figura del detective con la del lector, unidos por el desciframiento de signos y el desplazamiento por la ciudad. La urbe es un texto y cualquier lector que se precie compone su cartografía, su recorrido personal por cafés y librerías, bibliotecas, habitaciones y parques, charlas y encuentros inesperados (el “serendipity” anglosajón) donde, a la vez que lee o busca un libro, dibuja su propio mapa. El libro ha sido un objeto rodeado históricamente de prestigio no solo por la autoridad conferida al escritor, sino por la dificultad de acceder a él, signo de distinción para una burguesía educada y con capacidad económica, espacios reservados y tiempo de ocio para dedicar a los placeres solitarios.

Dentro de esta dimensión física, Goldsmith propone acabar con la relación autoritaria que nos ha unido a la literatura y al autor clásico y entender la palabra –en la línea de las primeras vanguardias– no por lo que dice sino por su valor como cosa, como objeto que en el entorno electrónico se puede manipular, intercambiar, transformar y reapropiar de mil modos. El soporte digital propiciaría una experiencia literaria desvinculada del carácter litúrgico del libro y ajena al abismo que ha separado al productor y al receptor de mensajes, un escenario donde el intercambio de roles resta valor simbólico a la palabra escrita y desdibuja los criterios clásicos de selección y prestigio, factores que al propio Goldsmith le hacen afirmar que “La cantidad es la nueva calidad”:

Confrontados con una nueva cantidad de texto digital sin precedente, debemos definir lo que entendemos por escritura para poder adaptarnos al nuevo campo de abundancia textual. ¿A qué me refiero por abundancia textual? Un estudio reciente mostró que en “2008 el estadounidense promedio consumió 100,000 palabras de información en un solo día”. (En comparación, La guerra y la paz de León Tolstoi tiene tan solo 460,000 palabras.) Esto no significa que leamos 100,000 palabras al día: significa que 100,000 palabras pasan frente a nuestros ojos y oídos en un periodo de 24 horas.

La escritura y la lectura digitales nos introducen en un universo que sustituye la escasez del libro por la abundancia de textualidades, la búsqueda por el descarte, la rareza por la sobreexposición, y la originalidad por el reciclaje.


11448033824_6261fd6534_b

3. El rito

Hay un acto que acompaña a la historia del libro capaz de expresar, como ningún otro, su función ritual. Me refiero, por contradictorio que pueda parecer, a su quema en acto público. Los libros, como bien tituló Ray Bradbury, arden a una temperatura de 451 grados fahrenheit (232 centígrados), aplicada a lo largo de la historia para purificar lo que, además de contener a Dios, también es vehículo para el diablo. No es suficiente con ignorarlos, prohibirlos o encerrarlos; la ceremonia debe remedar las penas inquisitoriales (“auto de fe”, denominó la Falange a la quema de libros en la Universidad Central de Madrid en abril de 1939) y volatilizar no solo las páginas y el cartón, sino su sustrato mágico. La superstición ha cobrado vigencia estos días tras la reedición en Alemania del Mein Kampf: ¿renacerá con él la obsesión por invadir Polonia?, ¿los campos de concentración? Con una quema de libros, como recordarán, comienza la literatura moderna en las páginas de El Quijote:

Y el primero que maese Nicolás le dió en las manos, fue los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura: parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen de este; y así me parece que como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin excusa alguna condenar al fuego. No, señor, dijo el barbero, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto, y así, como a único en su arte, se debe perdonar…

Quemar o perdonar, el cielo o el infierno para un objeto que durante siglos permaneció bajo custodia religiosa como portador de la palabra divina (la Biblia era “el libro”) y la lengua sagrada, pues prácticamente toda la labor del copista medieval transcurría en latín o griego, mientras la lengua practicada, las lenguas romances, transmitían las literaturas orales y su carga pagana. Ser analfabeto era por entonces condición del integrante de la grey, mientras la lectura se reservaba a los doctores de la iglesia, capaces de discernir y enfrentarse a los peligros que encierran los manuscritos prohibidos, conjurarlos.

En el valor simbólico que rodea al libro persiste esta genética sacra cuyo prestigio se proyecta sobre las revoluciones seculares de la modernidad: a la Biblia se le unieron entonces constituciones, enciclopedias, tratados científicos y exploraciones del pensamiento y la creación artística para materializar en su figura las más altas expectativas del mejoramiento humano, un objeto investido de una reputación quizás no igualada por ningún otro. Quienes se relacionan con la industria literaria no deberían desconocer la fuerza que desprende este auténtico fetiche cultural, mucho menos despreciarla, pues en la esfera que ocupan se transforma en “capital simbólico”, cualidad por la que otras industrias pelean sin descanso y en ocasiones sin demasiado éxito: pregunten a Coca Cola o a McDonald’s por los millones invertidos.

Si la cultura digital representa el último giro de la tendencia general de las artes a la desritualización de sus prácticas, algo que ya se situaba en el punto de mira vanguardista y que en nuestro universo de pantallas se traduce en dispositivos donde, como señala Boris Groys, “todo el mundo es artista, todo el mundo quiere decir algo, escribir algo, colgar algo”, su innegable potencial no oculta la pérdida que supondría, como ha sucedido con otros soportes, la absorción de la lectura analógica por parte de unos medios electrónicos que, desde su evidente eficacia, amenazan con modular cualquier aspecto individual y social contemporáneo.

La lectura en papel y la digital constituyen dos experiencias diferentes, dos actividades que solo en apariencia resultan intercambiables. Así que si se preguntan por qué el libro digital, o la lectura de literatura sobre pantalla, ocupa un lugar marginal en el consumo de lo que tradicionalmente se ha entendido por literatura, quizás sea porque el lector aun se resiste a perder la relación que históricamente le ha vinculado con el libro. Una experiencia que no depende de la rapidez de un click o de disponer de los catálogos digitalizados de las mejores bibliotecas. Y es que cuando hablamos de lectura o de lectores hacemos referencia a un rizoma mucho más denso y personal que la mera circulación de información o la compatibilidad entre plataformas. Es decir, también hablamos de la necesidad de apartarnos de las lógicas generales y los ritmos impuestos, de apostar por un objeto que siempre se alzó como un refugio contra la utilidad.

(Fotos: cortesía de Thomas Hassel, Joseph Voves y Stuart Chalmers.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket