“El periodismo cambia la realidad como las olas horadan la piedra: hay que golpear con más fuerza”

El periodista salvadoreño Óscar Martínez publica su nuevo libro, ‘El Niño de Hollywood’, el más reciente ejemplo de su compromiso vital por investigar temas como la migración, la violencia y las pandillas, para acabar con la ignorancia

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Óscar Martínez

En su último viaje a Houston, una agente migratoria del aeropuerto vio el tatuaje que el periodista salvadoreño Óscar Martínez tiene en la muñeca con el nombre de su hija y le preguntó si era miembro de la Mara Salvatrucha. “Me pareció una caricatura de la ignorancia”, dice alguien que lleva años complejizando la realidad centroamericana a través de sus investigaciones en El Faro, el primer diario digital de América Latina. También con libros como Los migrantes que no importan, Una historia de violencia o El Niño de Hollywood, que acaba de publicar junto con su hermano Juan Martínez para contar la historia de El Salvador a través de la vida de un pandillero anónimo.

Dos días después de su encuentro con la agente, llegó a Centro Horizontal para hablar de los riesgos que implica cubrir la violencia, la migración y las pandillas en la mesa redonda Maras, narco y Estado: ¿Cómo nos protegemos para contar América Latina? Antes conversamos con él sobre cómo un niño que creció en la guerra civil de El Salvador es ahora un periodista que cuenta cómo su país, el más pequeño de la región, se ha convertido en el más violento del mundo.

Tu trabajo es un léxico para entender lo que ha ocurrido y está ocurriendo en Centroamérica y más allá. Has dicho que hoy en día “el verbo ya no es migrar, es huir”. Con Donald Trump en la Casa Blanca, ante las respuestas a los miles de migrantes que se dirigen ahora mismo al norte, ¿cómo se debe hablar y escribir de los que llamas en uno de tus libros “Los migrantes que no importan”?

Lo que creo es que hay que escribir con complejidad. Es decir, desvelando, dejando de hacer caricaturas. El tema de la migración se presta a caricaturas en las antípodas, al extremo de Trump, de creer que ahí vienen infiltrados muchos miembros de la Mara Salvatrucha. Se dijo en 2014 con los niños migrantes. La misma Carla Provost, entonces jefa interina de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, en su audiencia ante el Senado y ante un senador republicano que le preguntaba cuántos niños no acompañados habían entrado, mencionó que eran 250,000 desde 2011. Le preguntaron “¿De cuántos de ellos ustedes han detectado alguna posible relación con la Mara Salvatrucha?” “De 56”. A veces hablamos de todo un flujo agarrando el grano pequeño.

En el otro extremo, el periodismo tiene que ser algo doloroso. Cuando lo complejizas, jode las cosas. Hay mucha retórica del migrante como una perfecta víctima. El migrante como sólo el pobre migrante, el migrante que es indefenso, tonto, pobrecito y sólo le vejan. Yo recuerdo cuando vine aquí a hacer el trabajo de refugiados con una agencia de Naciones Unidas… uno de los refugiados que más razón tiene para que le den refugio es un pandillero retirado. Ese tipo si vuelve lo van a matar. Yo lo entrevisté y el cabrón me habla de cuál fue su actividad delictiva en la pandilla. Entonces me pedían de esta agencia “es que mira, si cuentas su historia vas a reforzar el argumento de que hay pandilleros”. Pero es que uno cuenta las historias, uno interpreta como mejor crea que refleja una realidad. Desde ahí hago una interpretación. Quitarle elementos de la complejidad al mundo de la migración sólo lleva a explicaciones cojas. No tiene sentido. Si cuentas un pandillero en medio del flujo de refugiados y lo sabes dimensionar, nadie va a creerse una estupidez. A eso me refiero, creo que el fenómeno migratorio no hay que cubrirlo como paracaidistas eventuales, que llegamos al tema y luego nos retiramos después del espectáculo. Hay que sostener la mirada. Es un tema complejo que involucra varias nacionalidades, diferentes motivos, económicos y otros, diferentes categorías internacionales y legislaciones, diferentes destinos, crimen organizado. No es un tema que se pueda visitar superficialmente.

Sería incapaz de dejar el periodismo, aunque me incomode cien por ciento más de lo que ahora me incomoda. Es lo que sé hacer, creo que es en lo que soy útil. Tengo la necesidad, naif si quieres, de sentirme útil en este mundo

Te subiste a “La Bestia”, cubriste los peores años de violencia en El Salvador tras la guerra civil, seguiste durante seis años la vida de un sicario de la Mara Salvatrucha 13, para entender y hacer entender a los lectores. Al hablar del periodismo que toca a los extremos, has recomendado distinguir entre lo que uno quiere cubrir y lo que puede cubrir. ¿Cómo te volviste un periodista que convive con la violencia para explicarla? ¿Hay algo que aún no te hayas sentido capaz de cubrir?

Yo no nací en un entorno de violencia extrema, nací en la guerra. Desde niños visitábamos campamentos de guerrilleros con mi madre, en concreto uno en el norte de El Salvador que se llamaba San José Las Flores. En un momento, estando ahí, hubo un ataque un poco lejano y empezaron a llegar cadáveres. Crecí en Soyapango hasta los siete años, que es como el Estado de México. La violencia era muy distinta en aquel momento, no existían las pandillas. Había razones, por la forma en que nos criaron, en las que ya no era tan extraño que pudiéramos convivir con situaciones violentas. Tuvimos conciencia de la violencia desde muy pequeños porque mis padres siempre nos hablaron con mucha claridad. Creo de ahí ya surgía una determinación.

Luego, como muchos de mi generación, empecé muy joven en el periodismo, con 17 años. Los medios de comunicación en esos años, casi una década después del fin de la guerra, empezaron a contratar a mucha gente joven, no sé si para remozar las redacciones o para dar la impresión de que había una nueva generación. Desde la cobertura, yo trabajaba en una sección que se llamaba Gran San Salvador, donde cubríamos problemáticas sociales del área metropolitana. El trabajo era ir a barrios obreros y pasarte todo el día metido ahí. Como hermanos hemos tenido siempre una vida privilegiada pero nunca hemos buscado una vida de lujos. Creo que es natural que yo pueda desenvolverme en esos espacios. No siempre sin miedo, muchas veces con miedo, pero no eran espacios completamente ajenos a mi vida normal antes de ser periodista.

Sí, hay lugares a los que no he ido. Ahora mismo no te podría decir una situación que no cubriera por temor, pero hay una crónica que se titula Las lecciones que nos dejó la masacre de Salcajá donde no me pareció seguro y me pareció muy atemorizante ir a un municipio llamado La Democracia. No fui. Me parecía que no había ninguna garantía de ir ahí. El periodismo consiste en hacer las cosas estratégicamente. La muerte de un periodista —oye bien cómo lo digo— no de cualquiera, la muerte de un periodista que tenga los privilegios que yo tengo para ejercer el periodismo, tiempo, apoyo intelectual de colegas, etc. sería un fracaso de mi estrategia. Si a mí me llega a ocurrir algo es que hay algo que calculé mal. Sería irresponsable dejar cabos sueltos con el tiempo que tengo. No le puedes pedir lo mismo a un reportero del Tabasco Hoy al que le dan un día para hacer una nota y se tiene que meter a donde se tiene que meter.

Sí, a lugares concretos no he ido por temor, por la creencia de que no había ninguna garantía. Y no sólo una vez.

En El Salvador, antes de sumarte al El Faro, te enfrentaste a la censura. Hace poco, la volviste a padecer: un cargamento de tu libro El niño de Hollywood fue detenido por las autoridades en la aduana por ser considerado “pernicioso”. ¿Cómo has librado la censura para contar las historias que otros destinan al silencio?

Creo que en los medios de comunicación masivos de El Salvador sí hay censura. Hay líneas de trabajo que no puedes hacer, y eso me lo siguen confirmando colegas míos que siguen trabajando ahí. Gente intocable para los medios sí la hay y quien diga que no, miente.

Pero también creo que una de las formas más nocivas de censura que yo he encontrado entre muchos colegas es la autocensura. Es decir, los medios de comunicación salvadoreños grandes son muy mediocres y, sin embargo, son contados con los dedos de la mano los colegas que te puedan decir “a mí me censuraron”. Aceptar eso es aceptar que puedes vivir en espacios muy pequeños, sin que tu cabeza toque el techo. No haber llegado a la censura de un medio mediocre y tradicional de El Salvador es como asumir que ese es tu techo. Si no necesitas más espacio para sacar la cabeza es que estás conforme en ese espacio. Y eso le ocurre a muchos. O muchos periodistas se quejan, entienden al medio, y luego no están dispuestos a retarlo. Será por problemas económicos, por necesidades de vida; será por cobardía en algunos casos. Pero eso pasa mucho. Siento que muchos colegas jóvenes asumen cosas que creen que son antiéticas en su medio de comunicación peleando poco. Creo que dan poca batalla.

[Respecto a la detención del libro en la aduana] Yo creo que fue la tontería de la administración aduanera del aeropuerto. Vieron “Mara Salvatrucha”, supongo que habrán abierto y visto las fotografías y alguien consideró que esto no podía entrar. Lo cual ya es curioso porque la conciencia — aunque sea de unos empleados que están en el aeropuerto — de que contar la historia o explicar uno de los fenómenos que más jode el país es “pernicioso” para la sociedad, es absurdo. Es como si alguien aquí te dijera “no, ese libro habla de los cárteles, ese no debe entrar”. Era un cargamento pequeño, creo que fue una mala jugada, creo que fue muy tonto. Evidentemente tuvieron que corregir al muy poco tiempo.

Dentro de El Niño de Hollywood habitan las claves para entender una de las sociedades más violentas, de la que muchas otras sociedades deberían de sacar lecciones para no repetir lo que nosotros hicimos

En tu nuevo libro cuentas la historia del sicario Miguel Ángel Tobar, de la infancia a la muerte, y con el hilo de esa vida tejes la historia de un país, de la Mara, de los engranajes políticos del norte y del sur. ¿Cómo fue que El niño de Hollywood se volvió el punto de partido para explicar un mundo?

Al principio no era un libro, no conocía a El Niño, no podía tenerlo en mente. Me refiero a los primeros meses de relación. Pero muy pronto entendimos que esto iba a ser un libro porque Miguel Ángel Tobar es un punto de confluencia de muchos procesos de El Salvador: de los procesos agrícolas, del café, porque su padre era un empleado del nivel más bajo de fincas cafeteras. El primer hombre que Miguel Ángel trata de asesinar era un capataz de la finca de café. Los capataces son una conexión con Dios, con el patrón. Y toda esa infraestructura se construyó mucho años antes, te explica al país y te explica a Miguel Ángel. Él fue brincado [ingresado a la pandilla] por un deportado de Estados Unidos, por Chepe Furia, que es parte original de la generación de salvadoreños que entraron a la pandilla gracias al plan de deportaciones del gobierno estadounidense entre los años 79 y 94. Entonces Miguel Ángel es parte de la historia, de la piedra angular de la pandilla. Fue pandillero de alto nivel en su clica [célula de la pandilla], llegó a ser “tercera palabra” —tercero al mando— y también fue traidor de su pandilla. Miguel Ángel es hermano de un pandillero asesinado por la pandilla 18 y es asesino de la Mara Salvatrucha; Miguel Ángel fue soldado durante un tiempo para ocultarse de la persecución y Miguel Ángel fue asesinado mientras era testigo protegido. Hay muchas confluencias: desinterés del estado, procesos históricos de desigualdad, historia de la Mara Salvatrucha. Miguel Ángel era el nadie que nos permitía explicar el todo. Que él sea alguien similar a muchos otros pandilleros para mí le da valor al libro. Partir de un despojo, como decimos en el prólogo, para decir cosas complejas. Porque la intención del libro nunca fue ‘contemos la vida de un sicario’, la intención del libro siempre fue ‘expliquemos cómo diferentes procesos produjeron este resultado’. Y también qué tenemos que ver nosotros con esos procesos.

Dijo un poeta que hay libros que no lo son, que quien los toca está tocando un hombre. ¿Qué habita dentro de El Niño de Hollywood?

Dentro de El Niño de Hollywood habitan las claves para entender una de las sociedades más violentas, de la que muchas otras sociedades deberían de sacar lecciones para no repetir lo que nosotros hicimos. Pero lo que nosotros hicimos no los hicimos sólo nosotros. Estados Unidos tiene un rol fundamental en la destrucción de una sociedad. Porque El Salvador es una sociedad destruida. Y no porque estemos locos, sino porque muchos procesos nacionales e internacionales confluyeron para que pensemos que la violencia se resuelve a balazos. Miguel Ángel era un tipo salvaje, era un tipo despiadado, era un tipo inteligente. Era un tipo que se arrepintió al final. Era un tipo que asesinó a mucha gente a sangre fría sin ningún remordimiento, pero también Miguel Ángel fue alguien a quien es posible comprender. Como decía Leila Guerriero en el prólogo del libro Los malos, el cual compiló, “este libro se trata de entender a monstruos, o bestias, pero bestias humanas”. Es posible entenderlos, entender por qué. No nacieron así por cuestiones genéticas. Y en Miguel Ángel creo que hay muchas partes del libro donde vamos a explicar cuál fue el componente que desató eso. La decisión que Miguel Ángel tomó a los trece años de ser miembro de la Mara Salvatrucha, de la clica Hollywood Locos Salvatrucha, es una decisión comprensible. No justificable, pero sí comprensible. Yo entiendo por qué lo hizo. Posiblemente, en su posición, yo lo hubiera hecho. Miguel Ángel es eso. Para mí es la clave no utilizada por el país —todo el país lo veía como un simple marero más— para entenderlos y para que el mundo los entienda. Y entienda muchas cosas: ¿de qué huye la gente que huye? ¿Por qué las pandillas crecen tanto en El Salvador? ¿Por qué de esos cuatro mil deportados entre el 89 y el 94 ahora en El Salvador son 64,000 miembros de pandillas? ¿Por qué tantos jóvenes quieren ser pandilleros?

Este libro es la historia de dos cosas: de la vida de un hombre que nadie quiere ser — nadie quiere ser Miguel Ángel Tobar, su vida era muy precaria y siempre lo fue — y de lo que él tuvo que hacer para dejar de ser Miguel Ángel Tobar y convertirse en alguien que él pensó vivía la vida con un sentido. Porque antes la vida de Miguel Ángel no tenía ningún sentido más que un destino certero: la pobreza y la reproducción de esquemas familiares miserables que él había visto en su padre, en su abuelo y en su tatarabuelo.

Llevas en el nombre un capítulo de la historia de tu país. Tu madre te puso el nombre Óscar en honor al que desde el 14 de octubre es el primer santo salvadoreño, monseñor Óscar Romero. En aquél entonces aún no lo era. En 1983, cuando naciste, llevaba tres años de asesinado y llamarte así fue una declaración de intenciones por parte de tu madre. ¿En qué país naciste y con qué visión de él?

Esto lo digo con total apertura: nací en un país súper violento. Yo nazco en el 83, cuando la guerra ya había arreciado y era una guerra civil completamente abierta. Y nosotros, desde muy niños, por mis padres, entendimos lo que pasaba. Yo creo que es una de las cosas que nos construyó. Algo debió haber pasado para que los tres hermanos decidiéramos con algún éxito dedicarnos a lo mismo — Juan, mi hermano menor, es antropólogo social y ha escrito el libro Ver, oír y callar y tiene múltiples publicaciones sobre pandillas; Carlos, mi hermano mayor, es miembro de Sala Negra, ha cubierto violencia y es quizás uno de los periodistas que más entiende el proceso histórico de las pandillas. Y yo me dedico a lo que me dedico. Creo que tiene que ver con una conciencia social en la que nos involucraron nuestros padres, con una decisión, riesgosa pero valiente, de que nosotros entendiéramos el país en el que vivíamos. Nunca intentaron ocultarlo. No permitieron entender en qué país vivíamos y eso nos construyó como humanos, nos moldeó. Nos hizo entender y saber leer cosas desde muy pequeños y entender por qué pasaban algunas cosas. Y otras no. Eso en lugar de que mis padres hubieran podido hacer el intento que otros padres hacemos con nuestros hijos —yo a veces creo que lo hago de alguna manera con mi hija—: crear burbujas alrededor de ellos. Aislarlos durante un tiempo. Intentar que simplemente tengan una niñez despreocupada. Tuvimos una muy buena niñez, pero estábamos conscientes de todo lo que pasaba. Esa herencia yo se la agradezco a mis padres profundamente.

En ambos lados de tu pecho llevas tatuajes, que remiten a dos mujeres. Del lado del corazón, el nombre de tu hija. Del otro, una cita de la periodista italiana Oriana Fallaci. Para un hombre de palabras, ¿cuáles son las indelebles?

Yo creo que aquellas que te despierten un sentido profundo. Aquellas que sientas que son claves que van más allá de las puras palabras. Claves de vida. Objetivos a seguir. Destinos a los que llegar. La de mi hija no tengo que explicarlo, los demás textos que tengo tatuados en el cuerpo me parecen declaraciones de intenciones que no van a ser pasajeras, que creo que pueden moldear parte de la vida. Declaraciones de objetivos, a veces inalcanzados. Yo creo que palabras que son indelebles son esas: palabras mínimas que en cada quien cambian, o párrafos, o construcciones maravillosas, o extractos de obras maestras, o dichos populares, que te expliquen quién eres y qué sentido tiene estar aquí. Y cuando encuentras algo así te pasa.  Cuando lees un libro y una frase te parece que marca, que trasciende, que cuenta cosas que hablan de situaciones más profundas, no olvidas esa frase. Todos tenemos nuestras frases en nuestra vida. Todos tenemos palabras que las recordamos y que nos explican misterios.  

Vivimos en sociedades cínicas y en tiempos cínicos, donde una barbarie se superpone a otra barbarie y nos olvidamos de la anterior sin ningún problema, aunque siga viva, latente, actual

Alguna vez escribiste… “El periodismo te atormenta cada noche con una pregunta: ¿y hoy qué has hecho por mí? Muy pocas noches la respuesta es la que uno quisiera”. ¿Qué le dices cuando no le dices lo que crees que espera de ti? ¿Qué respuestas te dan sosiego?

La única respuesta que me da sosiego a mí, aunque también me atormenta mucho, es saber que yo voy a hacer esto hasta que me muera. No lo digo porque me guste. Yo nunca creí la frase de García Márquez de que este es el mejor oficio del mundo. Creo que hay oficios más sencillos, felices, como por ejemplo ser viajero, ser surfista internacional. Hay oficios que son más divertidos. Este oficio creo que requiere compromiso. Entiendo lo que García Márquez decía y lo respeto, como Alma Guillermoprieto también lo dice: “Este es el mejor oficio del mundo, te permite vivir el mundo en primera fila”. Pero yo creo que es un oficio muy tormentoso también, muy tormentoso. Si eliges asomarte a las ventanas que he elegido asomarme, creo que hay mucho tormento del otro lado, que termina afectándote de alguna manera. A mí me da tranquilidad saber que ya elegí, que al menos hay un rubro en mi vida en el que no tengo que pensar.

Sería incapaz de dejar el periodismo, aunque me incomode cien por ciento más de lo que ahora me incomoda. Es lo que sé hacer, creo que es en lo que soy útil. Tengo la necesidad, naif si quieres, de sentirme útil en este mundo. No sólo feliz. A mí la felicidad no me llena plenamente. Necesito sentir que soy útil. Puede que no lo sea y me engañe, bueno, pero yo necesito pensar que uno de los objetivos para estar parado aquí ocupando un poco de aire es tratar de ser útil. Y útil con los demás, con otra gente. Intentar al menos, aunque fracases, fracasa mejor. Que la vida de algunas personas sea menos miserable y que las vidas de otros sean más miserables. Ese es el sentido que yo le encuentro a esto. Si yo logro un día incomodar a un corrupto, hacerlo que devuelva un dinero, generarle polémica social con periodismo, no con activismo, meterlo en un juicio como ya nos ha ocurrido con varios policías, ahí me parece que eso está bien. Eso camina a construir una mejor sociedad para alguien. No sé cómo ni en qué nivel, ni qué tan duradero es lo que logramos porque vivimos en sociedades cínicas y en tiempos cínicos, donde una barbarie se superpone a otra barbarie y nos olvidamos de la anterior sin ningún problema, aunque siga viva, latente, actual. A mí me satisface al menos saber que ese rubro de la vida lo tengo cubierto: voy a seguir trabajando por intentar ser útil. Para muchos eso es romántico y te describen el periodismo como “no, yo simplemente registro hechos”. Yo si creyera que el periodismo no tiene posibilidad de cambiar cosas, lo dejo. No me atraería el periodismo.

Creo que el periodismo cambia cosas, con una lentitud pasmosa. Creo que el periodismo cambia la realidad como las olas horadan la piedra. ¡Tarda un vergo! Y la piedra tiene vocación de seguir siendo piedra, no tiene voluntad de moverse. Pero, ¿qué hay que hacer para horadar la piedra? Ser mejores olas y más constantes. Porque sabemos que la piedra es piedra, eso ya lo sabemos. Y sabemos que la sociedades son cínicas, que son desiguales, que hay cúpulas de poder que no pretenden cambiar el status quo. ¿Entonces qué hay que hacer? Golpear con más fuerza la piedra. Porque ya que alguien venga y te diga, “eso que quieres horadar con agua es una piedra”. Ya sé que eso es piedra y ya sé que yo soy agua. ¿Qué me queda? Tratar de llegar más veces, con más fuerza, con más impulso. Es todo lo que hay. A [Martín] Caparrós le pregunté una vez si cambiaba cosas y me dijo: “No sé, yo no sé cómo cambiar cosas desde el periodismo, sé cómo no cambiarlas: no hagas periodismo o haz mal periodismo”. Lo decía haciendo una metáfora muy sencilla pero muy ilustrativa: “Sé cómo no hacer un gol, quédate en el banquillo. No sé cómo hacer un gol, pero sé que jugar el partido es la primera necesidad si quieres marcarlo”. Y es lo que hago, juego el partido.

Ilustración: @donmarcial

 

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