El poder de las palabras y las palabras en la carrera por el poder

Es imposible negar la importancia de las palabras en los discursos electorales y en la política en general. Por ello, un acercamiento crítico y adecuado para su análisis resulta fundamental.

| Elecciones

La competencia electoral nos ha demostrado una vez más que el discurso es una herramienta fundamental de la política. En él se revelan los personajes, sus valores y sus agendas; las palabras se usan con intención y la audiencia las recibe con emoción. A pesar de la paulatina simplificación de los mensajes, el análisis de la comunicación política no puede banalizarse. Ante la proliferación de herramientas cuantitativas para estudiar el discurso, vale la pena recordar que la palabra solo sirve como ladrillo para las ideas y que su análisis debe comprenderse a partir de ese entendimiento.

A inicios del mes se popularizó un análisis publicado por Adrián Santuario en la plataforma Medium, que consistía en aplicar un algoritmo de identificación de palabras a los discursos de inicio de campaña de los candidatos presidenciales. El argumento que antecedía los resultados era que «un político en campaña evoluciona cuando conoce en verdad las herramientas que utiliza: […] las palabras». A continuación el autor planteaba preguntas sobre las similitudes o diferencias en los discursos de la y los candidatos, qué palabras habían utilizado y, —asumo— arbitrariamente destacaba el uso o la ausencia de algunas de ellas, como el «famoso muro», la «inseguridad» o la «cultura», entre otras.

Es complicado sopesar la aportación de este instrumento analítico, sobre todo porque Santuario no ofrece una explicación adicional acerca de sus alcances. Por un lado, el autor reconoce que las palabras son herramientas, pero no nos dice para qué o de qué manera deben ser utilizadas. Santuario tampoco nos orienta respecto a qué implicaciones atribuye a su uso reiterado o a que hayan sido ignoradas por uno u otro candidato: ¿nos habla de alguna disposición unívoca respecto al tema? ¿Revela alguna convicción férrea? ¿Podemos, a partir de la frecuencia en el uso de un concepto, anticipar una política pública relativa? Finalmente, pareciera que la hipótesis del autor se refiere al empleo de palabras aisladas, descontextualizadas, sin carga emocional o ideológica; como si las palabras tuvieran significado narrativo o programático en aislamiento y no preciso, y solamente cuando se articulan.

En ese sentido, el instrumento que ofrece Adrián Santuario contribuye, tal vez  sin intención, a una tendencia que ha degradado el poder de la palabra: la ha desprovisto de su responsabilidad como herramienta de persuasión y, con ello, le ha permitido articularse sin ideas que la sustenten.

El papel de la palabra en la política se ha ido debilitando desde su apogeo en la Grecia del siglo V a. C., cuando Isócrates aseveraba, incluso, que si «hubiera que hablar en general del poder de la palabra, descubriríamos que ninguna acción sensata se ha producido sin su intervención» y afirmaba que nos era innato «convencernos los unos a los otros» y que para ello usábamos la palabra.

Años después, Cicerón, llamado «padre de la elocuencia», que no de la oratoria, sostenía que en la República, la palabra era, en sí misma acción; la democracia necesitaba de la palabra, que después de siglos había dejado de ser monopolio de los sacerdotes. Para Cicerón, el «primer deber del orador es convencer, el segundo es debilitar todo lo que refuerza la parte adversa». Esta idea es consistente con el discurso político moderno: uno plantea un problema y una propuesta de solución que debe ser mejor que la alternativa. Es decir, persuasión y diferenciación, en pos de la eficacia del instrumento.

Ahora bien, el reconocimiento de la centralidad de la palabra en la actividad política es y debiera mantenerse vigente. No existe actividad política ajena a la palabra y, por lo tanto, su análisis importa.

Es cierto también que hay culturas en las que el discurso tiene un lugar más prominente; se asocia a momentos históricos o agendas políticas particulares. En el México del partido hegemónico, la palabra no fue instrumento de persuasión ni de diálogo democrático. Sobrevivimos una consolidación narrativa que nació en una sola fuente y hemos subsistido sin grandes modificaciones: no hemos reeditado la narrativa de quiénes somos como país, a pesar de haber tenido ya dos alternancias en la presidencia.

Es por esta falta de tradición que pudiera ser contraproducente pasar directamente al análisis de palabras aisladas, sin tratar de identificar ni contraponer las ideas que las motivan.

Por ejemplo, el análisis de Santuario reconoce que José Antonio Meade fue el candidato que más veces empleó la palabra mujeres. ¿Nos dice algo sobre su agenda en términos de igualdad, sobre su contenido o centralidad? ¿Será que el candidato está dispuesto a rechazar las acciones del PRI, que consistentemente ha votado en contra del derecho a decidir en los congresos locales? ¿O tal vez quiere perpetuar el rol tradicional de las mujeres? No lo sabemos.

Por otro lado, Andrés Manuel pareciera haber maximizado el uso de las palabras inseguridad, narcotráfico y violencia. ¿Nos dice algo sobre su propuesta para erradicarlas? ¿Pudiera ser reflejo exclusivo de una forma de frasear? ¿O podría ser que los otros candidatos hablaron de seguridad porque algún consultor los convenció de que «hay que hablar en positivo»? ¿Sabemos con este conteo quién tiene una mejor propuesta, quién identificó indicadores útiles, quién podría resolver el problema? La respuesta es no. Evidentemente no.

Pero, sin decirlo de forma directa, lo que podría pasar es que asumiéramos en ese vacío narrativo que por mencionar más veces algo que nos parece prioritario, la propuesta de solución del candidato es la que coincide con la que nosotros avalaríamos.

Es decir, este conteo genera un espacio propicio para la desinformación y, con ello, para tendencias contraproducentes para la democracia: lejos de dar relevancia a lo que en efecto dicen los candidatos, le da importancia a lo que nos imaginamos que dicen, contribuyendo a opiniones parciales, desinformadas y sesgadas.

Por otro lado, preocupa la convicción subyacente de que los mensajes se han simplificado a tal nivel que pueden expresarse en una sola palabra. Ciertamente la proliferación de nuevos formatos de comunicación, las redes sociales y la publicidad electoral, por ejemplo, han concentrado los discursos en frases que se repiten de manera reiterada para construir marcas. Sin embargo, no cualquier frase es un discurso y no cualquier frase comunica una idea.

Tal vez las referencias internacionales sirven para ejemplificar. Una frase como «yes, we can», que usó Barack Obama en 2008, es poderosa por lo que significa. Las tres palabras probablemente no dicen nada en solitario, pero la frase, aunada a un personaje y a un momento, y a un discurso más amplio, habla de la posibilidad —entendida como oportunidad— que su presidencia significaba en términos raciales y sociales. Una frase es reveladora solo cuando captura una idea; cuando sintetiza un discurso.

Con «Make America great again» pasa lo mismo. La frase comunica el desencanto de los «nuevos marginados». Se vincula con una narrativa que Trump repitió una y otra vez y que tenía un llamado a la acción claro. Hay un problema y hay una solución que se activa con tu voto. Podríamos hacer el ejercicio de imaginar escenarios en los que alguna otra candidata o candidato usara estas mismas palabras, incluso para criticar a sus adversarios. ¿Podríamos decir que «can» de forma aislada habría hablado necesariamente de una oportunidad histórica? ¿Podemos inferir que mencionar «America» más veces, habla de mayor preocupación por la patria? La respuesta clara es que no, y de ahí el escepticismo frente a estos instrumentos de análisis cuantitaivo.

La palabra debe ser escuchada, cuando está articulada, cuando ensaya la persuasión o la conmoción. El debate de los aspirantes al gobierno de la Ciudad de México fue un fracaso deliberativo precisamente porque las palabras se usaron como propaganda y no como puentes de comunicación; como municiones y no como ejercicios de convencimiento.

El discurso no debe ser una lista de conceptos, ni un rompecabezas de eslóganes. Un discurso es una idea que brinda sentido a una candidatura, que promete un concepto de país. Un discurso es la presentación de prioridades, desde ss entendimiento filosófico; es el planteamiento de valores, de problemas, de soluciones. Es el puente para el encuentro entre identidades. El discurso es mucho más que un conteo de palabras sin contenido, sin emoción, sin contexto.

Por eso soy escéptica. Vuelvo a la postulación original del ejercicio en comento: «…un político en campaña evoluciona cuando conoce en verdad las herramientas que utiliza: […] las palabras», nos dice Santuario. Pero no: el político no es una suerte de víctima de sus palabras que un día se descubre utilizándolas. El político no se encuentra a sí mismo cuando se da cuenta de qué palabras usa. El político es el estratega, el director de su discurso. El político observa, diagnostica, propone, plantea. Elige las palabras que mejor comunican sus ideas, los conceptos más precisos. La misión de su palabra es convocar al pensamiento, al sentimiento, a la acción. Por eso la palabra en política se refiere a una narrativa; al uso coordinado de las palabras, al resultado del laborioso proceso de entretejerse para resignficarse y, con eso, al intento perseverante de construir democracia.

En portada: ilustración de Alberto Ruggieri.

Artículos relacionados