El presente del periodismo: 2. Marcela Turati

En la segunda entrega de nuestro cuestionario, la autora retrata la complicada relación entre el poder y la prensa independiente en la era de la alternancia política.

| Cuestionario Periodismo

Para pensar en común el estado y los retos del periodismo en México, hemos circulado el siguiente cuestionario entre un grupo de periodistas. La segunda en responder es la periodista Marcela Turati.

1. ¿Cómo caracterizaría, a grandes rasgos, lo que ha sido la historia del periodismo en México durante las últimas tres décadas? ¿Cuáles serían, para usted, los protagonistas y los momentos clave de esa historia? ¿Qué medios? ¿Qué periodistas? ¿Qué coyunturas? ¿Qué notas? ¿Por qué?

Considero que los momentos claves que me han tocado vivir como periodista que empezó su carrera a finales de los años noventa son los siguientes: primeramente la fundación del periódico Reforma, que introdujo en el oficio un estricto manual de ética para sus empleados, que comenzó a desorganizar la relación corrupta entre prensa y poder. El Reforma era en los noventa la mejor escuela para periodistas y, además, hizo escuela. No se permitía, por ejemplo, recibir regalos de parte de funcionarios o fuentes, ni siquiera tomar un café con ellos. La parte editorial estaba alejada de la de ventas, para que no se contaminaran y para que los reporteros no tuvieran injerencia ni colaran notas pagadas.

Otro asunto importante fue la creación en esos años de unidades de investigación periodística que, apoyadas con recursos, combinaban las mejores técnicas investigativas con la mejor de las narrativas.

Por esos años recién se había fundado la organización “Reporteros y editores de investigación” (IRE), capítulo México, que promovía la investigación y enseñaba a hacer periodismo asistido por computadora (especialmente búsquedas y bases de datos) que cual fue crucial en varias redacciones del norte del país que tenían reporteros que hacían un excelente periodismo (como El Mañana o El Imparcial o Semanario Zeta). En esos años Jesús Blancornelas fue un referente de valentía e independencia.

El alzamiento zapatista, como hecho de interés público, fue también una escuela para muchos periodistas, que permitió un acercamiento importante a las causas sociales, a los indígenas organizados y su sabiduría. Por la masacre de Acteal también se hicieron muchas investigaciones.

Otro asunto importante fue la creación, en Colombia, de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que fue la organización que a muchos de mi generación nos abrió mundo, nos mostró lo que hacían los colegas latinoamericanos, nos sembró la inquietud de pulir nuestra narrativa, nos permitió discutir y tener las herramientas para reforzar la ética del oficio y nos dotó de amigos entrañables y maestros con los que seguimos teniendo contacto y de los que seguimos aprendiendo.

En esos años también surgió la revista Gatopardo, que cada mes nos presentaba un catálogo de crónicas de excelentes cronistas de todo el continente. Esa revista también nos formó en la excelencia narrativa. Colaborar con un texto en ese espacio era un sueño acariciado por muchos.

El momento de la llamada transición democrática ayudó para empezar a “tocar” al presidente, a perderle el respeto y a reconfigurar una nueva relación entre la prensa y el poder. La nota importante que recuerdo de este periodo de alternancia fue la del “toallagate”.

En esos años las redacciones se fusionaron para convertirse en redacciones multimedia. En casi todas las redacciones se comenzaron a pedir las notas en tiempo real para el portal de noticias de la empresa, y los periodistas comenzamos a ser calificados con base a nuestra productividad, a veces como si trabajáramos en una maquila.

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En algunas empresas (me viene a la mente la fusión Excélsior-Grupo Imagen) se tenían que hacer varias versiones de una misma nota: un formato para la versión impresa y otros para la web, la radio y, posteriormente, la televisión. En vez de ser periodistas multimedia decíamos que éramos “poliexplotados”. Con los medios digitales comenzaron nuevas exploraciones y también nuevas crisis.

La llamada “guerra contra el narco” de Calderón hizo que entrara en acción la siguiente generación de periodistas que llegamos a cronicar la violencia, a tratar de explicarla. Y ocurrió un fenómeno no visto antes: hubo un boom de libros escritos por periodistas.

México empezó a ser uno de los lugares más mortíferos para ejercer el periodismo y eso atrajo a corresponsales de guerra de todos los países. Fueron unos años de intercambio de conocimientos y aprendizaje.

Los asesinatos, desapariciones y amenazas a periodistas y los ataques a los medios de comunicación también causaron un gran retroceso en términos de cobertura informativa en muchos medios, especialmente locales. Pero, al mismo tiempo, surgieron por todo el país colectivos de periodistas jóvenes, alejados del poder y de las estructuras tradicionales de las corruptas organizaciones gremiales, que se organizaron para defender la libertad de expresión y las condiciones para seguir informando.

Creo que ese fue un parteaguas en muchos sentidos. Los reporteros, por ejemplo, comenzamos a buscar esquemas de capacitación y de trabajo colaborativo, además de que fuimos a contracorriente de la versión oficial de la “narcoguerra”.

En este periodo comenzó también el boom de los portales de noticias. Por desgracia, muchos de ellos sólo sirven para hacer relaciones públicas con políticos y fueron una excusa más para la precarización laboral, para despedir a periodistas experimentados y contratar a becarios para empaquetar la información. Pero también han surgido portales interesantes como Animal Político o SinEmbargo y espacios en los que se combinó la buena narrativa con la buena investigación como la revista Emeequis y otros experimentos anteriores que no sobrevivieron por problemas financieros. Todos estos años se ha mantenido en el radar el semanario Proceso que, contra viento y marea, contra todas las fuerzas en contra, ha mantenido su línea crítica e independiente.

El regreso del PRI fue corrosivo que representó un retroceso en términos de independencia editorial. Volvieron las viejas prácticas del chayote, cada vez más sofisticadas, el control sobre los medios, la reaparición de actores de negra memoria, a lo que se sumó el ambiente de violencia contra la prensa.

A pesar de eso existe una generación de periodistas independientes, más capacitados, que saben de técnicas investigativas y están bien conectados, y un público que desea noticias independientes. A pesar de todos los retrocesos del peñismo, estaban dadas las condiciones que hicieron posible el reportaje de “La casa blanca de Enrique Peña Nieto”.

La casa blanca fue, sin duda, el culmen del periodismo de investigación. La venganza fue desproporcionada. La salida de Carmen Aristegui y de su equipo no sé si fue como el equivalente del golpe a Excélsior, pero fue un golpe que quedará grabado por muchos años en la memoria. A ese reportaje le siguieron otros como las matanzas de Tlatlaya o Apatzingán, que revelan que a pesar de todas las condiciones adversas existen periodistas que siguen apostando por la independencia.

2. ¿Cómo ha sido la cobertura de la violencia en la prensa? ¿Y cómo ha repercutido la violencia en el ejercicio del periodismo?

Se empezó con el “ejecutómetro”, con el conteo diario de muertos, como marcador de guerra. Eran notas policiacas que presentaban las estadísticas de la muerte y su comportamiento demográfico.

En ese primer momento se repetían acríticamente los discursos oficiales sobre la “narcoguerra”.

Poco a poco se comenzó a cronicar la violencia y a reconstruir masacres o episodios terribles. Le siguió un esfuerzo de varias periodistas por volcarse a cubrir las historias de las víctimas de esa violencia y a visibilizar a los colectivos que iban surgiendo. Hasta la irrupción de la Caravana por la Paz.

Poco a poco se empezaron a hacer contrarelatos e investigaciones (cruzando datos que se repetían) para encontrar algunas lógicas a la violencia, como los lugares donde la gente desaparece, por ejemplo, o los sexos y edades de los asesinados.

También se hicieron brillantes estudios –publicados principalmente en Nexos–, apoyados por las matemáticas o las estadísticas, que permitían entender un poco más sobre lo que estaba ocurriendo y el comportamiento de la violencia.

El Blog del Narco fue un sitio importante de investigación para los periodistas, ya que, como las instituciones de justicia nunca investigaban, ahí los propios protagonistas a veces escribían su versión sobre lo ocurrido.

En ese tiempo se hicieron varios libros y entrevistas a narcos (¿quién no recuerda la llamada de La Tuta o el encuentro Scherer-Zambada?) así como sicarios, en los que estos explicaban sus métodos de muerte.

En ese momento hubo un intento por callar a la prensa y romper con la responsabilidad social que tiene; fue cuando las empresas (principalmente las afines al poder) firmaron un pacto noticioso sobre la información que debían dar. Pero este pacto duró poco.

En este proceso se han publicado un sinnúmero de libros escritos por reporteros casi todos dedicados a narrar la violencia. Tanto así que incluso se bautizó a esos reporteros como “GeneraciónBang!”.

El año pasado se hicieron varias investigaciones (las principales fueron, como ya mencioné, las de Tlatlaya y Apatzingán, además de las ligadas al caso Ayotzinapa) en las que los periodistas han revelado mecanismos que usa el poder para asegurar impunidad. Esos han sido ejercicios importantes.

Así ha sido la evolución de la cobertura. La violencia contra periodistas y medios también ha evolucionado de manera rápida. No abundaré en esto porque hay muchos informes al respecto. Pero vemos que a partir de 2003 comenzaron las desapariciones de periodistas, que hoy son tan comunes, que Veracruz se convirtió en un lugar tóxico para periodistas, y que desde 2012 comenzamos a ver desplazamientos masivos de periodistas y, poco antes, exilios.

Hay cárteles que tienen un interés más marcado de controlar a la prensa y utilizan la tortura, la amenaza, la desaparición, los asesinatos, los ataques directos a medios o los secuestros para lograrlo. La impunidad los protege y los alienta a seguir amenazando.

Pero los principales riesgos y amenazas siguen viniendo de funcionarios públicos. Pareciera que el crimen organizado y los políticos desean lo mismo: que no se les “caliente la plaza”, y ese deseo, aunado con la impunidad, ha hecho más peligroso el oficio de informar.

3. ¿Cuál es, en su opinión, el papel actual de los medios de comunicación en nuestro país? ¿Qué tanto ejercen como contrapeso o qué tanto como voceros del poder? ¿Qué tipo de distinciones propondría hacer en ese sentido?

Creo que la mayoría de los medios de comunicación arrastran los vicios de antaño: se deben al poder y no a los ciudadanos, cubren dependencias de gobierno y no procesos (por ejemplo, cubren las actividades de Sedesol y las declaraciones de sus funcionarios pero no la pobreza); cubren a gente autorizada y no los asuntos de la calle; se mimetizan con los personajes que cubren y cuestionan poco; basan sus notas en “declaracionitis” no en hechos duros; pagan mal y explotan a los reporteros; son mensajeros de discusiones entre poderosos y en esas discusiones no se incluye a la ciudadanía, y quieren congraciarse con los poderosos para seguir recibiendo las pautas publicitarias que los ayuden a sobrevivir. Obvio que siempre hay matices y excepciones.

En general se hace muy poco periodismo de investigación entendido por revelar y sustentar con evidencias, actos que van contra la gente, y que quien los comete quiere que se mantengan en silencio.

Hay pocos espacios de real periodismo crítico, independiente, que se deba a la gente y a la vez sea riguroso. Y a esos pocos generalmente les cuesta mucho trabajo sobrevivir. (Un referente para mí siempre ha sido el semanario Proceso que, a pesar de tener a casi la mitad de la plantilla de reporteros amenazados, del boicot publicitario que ha sufrido desde hace varios sexenios y del odio que le tiene la gente de Los Pinos, este semanario sigue siendo un espacio crítico, de libertad e independencia, que le ha apostado a cubrir la violencia y la corrupción y que publica lo que muchos callan porque no pueden publicarlo o porque no quieren hacerlo.)

Sin embargo, podría decir que a pesar de la crisis y del regreso del PRI con sus prácticas de antaño de sometimiento a la prensa, estos años se han hecho algunas de las mejores investigaciones periodísticas en las que los ciudadanos han podido ver el importante rol que juega la prensa en una democracia. La Casa Blanca, una de las mejores investigaciones periodísticas de la historia de México, es muestra de ello. Esta investigación junto a las de Tlatlaya, Apatzingán y Ayotzinapa exhiben que, a pesar de las condiciones, la prensa está viva y en un buen momento.

Hay una generación de periodistas críticos, independientes, capacitados en técnicas de investigación, que no ven bien los “usos y costumbres” que carga la mayoría de la prensa de cercanía del poder y que son críticos al discurso oficial.

También estamos en un momento donde se están experimentando alianzas entre publicaciones, a fin de protegerse de la censura o el vacío informativo; se están utilizando las redes sociales para la difusión de la información que antes era censurada; se están creando colectivos de periodistas que defienden el derecho de los ciudadanos a estar informados; se están abriendo múltiples espacios para la capacitación al gremio (gratuita o de paga) y más que nunca se están haciendo trabajos colectivos entre reporteros para publicar, buscando inclusive sus propios recursos para hacerlo, lo que sus medios ocultan. Eso, para mí, es esperanzador.

4. ¿Cuáles son los retos, problemas o amenazas más importantes que enfrentan los medios de comunicación hoy en México? ¿Son similares o diferentes a los que enfrentan en otros países? ¿Por qué?

Uno de los principales retos es la supervivencia de los medios críticos e independientes. La mayoría de los medios depende de la publicidad oficial. Eso es perverso: debe de dejar de ser discrecional. Los gobiernos de todos los niveles deberían transparentar la asignación de esos recursos y los ciudadanos aprobar o no esas asignaciones. Debería de haber un incentivo a los trabajos que revelen actos de corrupción.

Deberían de revisarse las concesiones de las televisoras y desmontar ese maridaje con el gobierno en turno.

Si hubiera una prensa independiente, realmente avocada a defender los intereses de la gente, el público sentiría que la seguridad de sus periodistas es un asunto de su competencia. Pero hay un divorcio entre la prensa y la audiencia: la gente, que siente que los medios no son sus aliados, más bien los ve como enemigos. Y, en la mayoría de los casos, tiene razón.

Se requiere revalorar el papel de los periodistas en una democracia. Que la gente sepa, entienda, por qué es importante defender a los periodistas que cumplen bien con su papel (distinguirlos de los mercenarios que se disfrazan de periodistas), y por qué al defenderlos está defendiendo su derecho a recibir información.

La impunidad y sus mecanismos deben de ser desmontados. Si realmente se investigaran, procesaran y castigaran los crímenes contra periodistas (y contra cualquier persona) eso inhibiría a los perpetradores a seguir atentando contra cualquier periodista. Si se sancionara, a la larga no deberíamos de tener mecanismos especializados de protección porque los crímenes se inhibirían.

Los periodistas en riesgo en vez de ser sacados al exilio y dejados en el abandono deberían de contar con fondos para continuar con la investigación que tuvieron que abandonar para salvar sus vidas.

Los retos son distintos a los de muchos otros países. México es líder en impunidad (además está en la lista de negra del Comité para la Protección de los Periodistas de los 12 países donde los crímenes contra periodistas no se investigan). En México la prensa no es libre para informar (dicho así por Freedom House y constatado todos los días). En México hay un monopolio mediático que cogobierna el país. En México se mantienen las prácticas clientelares hacia la prensa y la prensa vive principalmente de la publicidad oficial.

A eso se le suman los cacicazgos y mafias locales que a partir de la llamada transición democrática nunca fueron desmontados, la justicia que actúa con motivaciones políticas porque no es independiente y la neblina causada por la “narcoguerra” y su explosión de violencia. Todo eso hace una mezcla vernácula difícil de equiparar.


Última actualización: 21 de febrero de 2016.

(Fotos: cortesía de Graham Holliday y Eneas De Troya.)

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