El presente del periodismo: 7. Juan Angulo

Not so long ago, a typing machine was top technology. Not so long ago there were less communications, yet more time. Not so long ago life was less technified, yet more natural. Not so long ago. Have we evolved as much as technology? No hace tanto, una máquina de escribir era alta tecnología. No hace tanto había menos comunicaciones, pero más tiempo. No hace tanto, la vida era menos tecnificada, pero a la vez más natural. No hace tanto. ¿Hemos evolucionado tanto como la tecnología?
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Para pensar en común el estado y los retos del periodismo en México, hemos circulado el siguiente cuestionario entre un grupo de periodistas. El séptimo en responder es Juan Angulo, director de El Sur de Guerrero.

1.- ¿Cómo caracterizaría, a grandes rasgos, lo que ha sido la historia del periodismo en México durante las últimas tres décadas? ¿Cuáles serían los procesos más importantes, los principales cambios y/o continuidades?

Como la transición democrática, el paso de un periodismo totalmente controlado por el gobierno a uno independiente se quedó a medias. A cuarenta años del golpe a Excélsior, la sociedad, los periodistas y las elites no han podido crear un diario del tamaño y la influencia que alcanzó aquel periódico que tenía corresponsales en las principales capitales del mundo, cientos de reporteros que escribían notas, entrevistas, reportajes y reseñas para sus distintas ediciones y secciones, que concentraba en su página de opinión a reconocidos escritores, historiadores, abogados y científicos, y que publicaba una revista dirigida por el más importante intelectual de la época. Los procesos democratizadores que obligaron a una apertura del régimen cerrado y autoritario del PRI, proceso conocido como la reforma política, crearon el espacio para que, pese a la magnitud de aquel golpe, los periodistas expulsados pudieran formar el semanario Proceso y el diario Unomásuno, que tuvieron buena acogida entre la clase media ilustrada de la Ciudad de México y de otras más del país.

La gran competencia política que irrumpió en las elecciones presidenciales de 1988, inédita en las décadas pasadas, abrió una etapa promisoria para un periodismo más cercano a las necesidades de los lectores que a los intereses del poder. La asistencia masiva de los ciudadanos a las urnas, y después del 6 de julio, las movilizaciones callejeras de miles en varias ciudades del país, mostraban el rostro de los potenciales lectores de los periódicos y la posibilidad de que estos rompieran de una vez el perfecto círculo vicioso que afectaba la credibilidad: como se tenían pocos lectores, para sobrevivir los periódicos obtenían publicidad gubernamental con la condición de ocultar corruptelas y represiones de los gobiernos, lo cual a la vez alejaba todavía más los lectores.

En este periodo de efervescencia política aumentó significativamente el tiraje de La Jornada; Proceso se consolidó como empresa periodística; alcanzó gran notoriedad un periódico especializado como El Financiero; se fortalecieron diarios locales al punto en que uno de ellos, El Norte, llegó a la Ciudad de México a fundar Reforma, y surgieron otros como Siglo XXI en Guadalajara –lamentablemente de efímera presencia– y el nuestro, El Sur de Guerrero.

Pero el impulso social no fue suficiente. Un poco ensoberbecidos –no estoy seguro que sea el adjetivo preciso– por el éxito inmediato, sin plantearse metas ambiciosas, los nuevos o renovados medios impresos desarrollaron cada cual sus propias estrategias en el aislamiento, y nunca se propusieron integrar un frente común con la idea de recuperar para la prensa escrita un espacio en la sociedad que les permitiera hacer contrapeso a la influencia de los medios electrónicos, especialmente la televisión, la gran favorecida por el régimen político y los grupos empresariales. Y la gran triunfadora del golpe a Excélsior.

Hay en México una poderosa asociación de concesionarios de radio y televisión, pero ninguna que represente los intereses de los medios impresos a los que aquí nos hemos referido.

Dejada atrás la movilización callejera, situada ya nuestra incipiente y defectuosa democracia electoral en los carriles institucionales, vino la derrota del PRI en los comicios presidenciales del año 2000. Sin esta formación política en el poder se creyó que podría terminarse con la práctica de los gobernantes de utilizar la publicidad oficial como medio de premio o castigo a la línea editorial de los periódicos. Hubo algunos avances, pero pequeños: por ejemplo, la ley de medios de la que comenzó a hablar la partidocracia que ya se formaba entonces estaba pensada solamente para los medios electrónicos. Nunca vino del poder político –que ya se distribuía entre otros partidos como el PAN y el PRD– ni de nosotros mismos, una iniciativa para fortalecer a los periódicos impresos, como ha ocurrido en otros países del mundo, incluso en Estados Unidos. La derecha democrática, que gobernó el poder federal durante dos sexenios, permitió que Televisa se convirtiera en un consorcio todavía más poderoso de lo que era. La izquierda –que históricamente ha sido la más afectada por el predominio de una prensa cerrada y controlada– prefirió también pactar con los medios electrónicos en lugar de fortalecer a los impresos con políticas públicas y transparentes desde el gobierno de la capital del país, que tiene desde 1997 un presupuesto multimillonario. Al final, la izquierda capitalina ha tenido un comportamiento muy similar al de sus adversarios políticos e ideológicos.

¿Y el PRI? Pues el PRI volvió al poder presidencial como si nada, con una oposición que ya se le parecía mucho sobre todo en sus defectos (corrupción, autoritarismo, intolerancia a la crítica). Y como lo que no avanza se estanca y lo que se estanca tiende a pudrirse, creo que hoy estamos viviendo uno de los peores momentos de la prensa escrita y de los medios en general.

2. ¿Cuáles serían, para usted, los protagonistas y los momentos clave de esa historia? ¿Qué medios? ¿Qué periodistas? ¿Qué coyunturas? ¿Qué notas? ¿Por qué?

Ya hemos mencionado algunos medios protagonistas de este periodo. Por supuesto no son todos. También nos hemos referido a algunas coyunturas. Recuerdo ahora dos. El debate que se dio en las páginas de La Jornada después de las elecciones fraudulentas del 6 de julio de 1988. Cuando Octavio Paz, nuestro gran intelectual, se enfrascó en un intercambio de ideas sobre el proceso y la legitimidad de origen versus la legitimidad en el cargo con varios articulistas con posiciones de izquierda. La cobertura de la primera guerra del Golfo en 1991, la invasión de tropas estadunidenses a Irak, le permitió a ese mismo periódico alcanzar tirajes cercanos a los doscientos mil ejemplares, los más grandes de su historia hasta la fecha.

Trabajos memorables: las fotografías del desastre causado por los sismos de 1985 en la Ciudad de México; las de Pedro Valtierra de los mineros desnudos de Real del Monte y las de mujeres indígenas zapatistas de Chiapas que encaran a soldados enormes que portan armas de alto poder. El video de la matanza de Aguas Blancas, Guerrero, transmitido en horario estelar por el canal 2 de Televisa y presentado por Ricardo Rocha, que al final obligó a que dejara el cargo el poderoso gobernador Rubén Figueroa Alcocer. La cobertura de la violencia política en este mismo estado hecha para El Sur y La Jornada por la reportera Maribel Gutiérrez. La revelación de Reforma de que un torturador de la dictadura militar de Argentina sería el encargado de un programa de control vehicular en la capital de México, episodio que terminó con la detención de este y su extradición al país sudamericano. Los audios difundidos por Carmen Aristegui con la voz de Luis Téllez diciendo que cuando era presidente Carlos Salinas de Gortari “se robó la mitad de la cuenta secreta”…

3. ¿Cómo ha sido la cobertura de la violencia en la prensa? ¿Y cómo ha repercutido la violencia en el ejercicio del periodismo?

La formulación de esta pregunta es una síntesis de cómo ha afectado este problema al periodismo. Se habla en la pregunta de “violencia”, cuando sería más preciso decir “narcoviolencia”. Nosotros mismos en El Sur usamos más la palabra violencia. Reporteros, correctores y editores prefieren usar esta palabra como una manera de protegerse, de decir, porque la narcoviolencia suena muy agresivo para sus protagonistas. Protagonistas que lo mismo son sicarios, cuerpos de seguridad de los gobiernos de todos los niveles que están infiltrados o son parte del fenómeno por corrupción o por estrategia del Estado o gobernantes de carne y hueso.

En algunos estados del norte del país, a punta de asesinatos, desapariciones y el exilio forzado de decenas de colegas, los periódicos locales han sido obligados a no informar sobre esta violencia. En el sur no se ha llegado a esos extremos, pero la cobertura se constriñe a informar de los hechos sin mayor contexto y a llevar la cuenta de las ejecuciones. La tarea de preguntar, de investigar se considera, más que una obligación, un riesgo que podría tener consecuencias fatales para el reportero y para el medio.

En el peor de los casos, se trata el problema de manera sensacionalista y se publican en abundancia fotografías denigrantes de las víctimas de la violencia.

4. ¿Cuál es, en su opinión, el papel actual de los medios de comunicación en nuestro país? ¿Qué tanto ejercen como contrapeso o qué tanto como voceros del poder? ¿Qué tipo de distinciones propondría hacer en ese sentido?

Por lo que hasta aquí se ha escrito, la mayoría de la prensa actúa más como vocera del poder que como un contrapeso del mismo. Las excepciones conocidas navegan con grandes dificultades, y todos los días están como en una barra de equilibrio entre los reclamos de los lectores y las presiones del gobierno. En la película En primera plana hay una escena en la que el arzobispo de Boston le pide al director editorial del Boston Globe cuidar las instituciones de la ciudad, eufemismo usado como presión para que no publicara el reportaje sobre los cientos de casos de pederastia de sacerdotes católicos. Y el periodista le respondió, cito de memoria, que lo que más convenía a la ciudad y a sus instituciones era contar con una prensa libre e independiente. Agrego: no importa la línea editorial del medio. Lo que importa es que no actúe como vocero oficioso del poder… y que no mienta a sabiendas de que está mintiendo.

Se ha dicho que la de México ha sido una transición a la democracia sin políticos demócratas, y esa idea puede trasladarse muy bien a los medios y a sus dueños.

No tenemos una plataforma mínima de consenso para cumplir nuestras obligaciones ante la sociedad. No tenemos consenso sobre el cuestionamiento a la pobreza que afecta a la mitad de la población; sobre la reivindicación de los derechos humanos o la defensa del medio ambiente; sobre el combate a la corrupción y el apoyo a elecciones libres y equitativas. En una democracia, todas las tendencias políticas, todos los medios independientemente de su definición ideológica tendrían consenso alrededor de esos grandes problemas.

5. ¿Qué ha significado en México la irrupción de medios digitales y la distribución de información por medio de las redes sociales?

No soy, ni mucho menos, un experto en el tema. Me ha costado mucho trabajo entender el fenómeno, pero creo que, al igual que lo sucedido con las instituciones electorales y de transparencia creadas en la llamada transición a la democracia, que muy rápidamente naufragaron y se sometieron a los intereses de los partidos, las redes sociales igualmente muy rápido se desvirtuaron. Predomina en ellas un debate de bajísima calidad en los usuarios, mientras todas las fuerzas políticas las usan para llevar la guerra sucia a extremos inimaginables de vulgaridad y desprecio por la dignidad humana. En las redes se ha demostrado, de paso, el fracaso de la educación pública –y de la privada también– como de los propios medios impresos, pues los usuarios –predominantemente integrantes de la clase media mexicana– escriben muy mal y con una pésima ortografía.

No creo que las redes sociales sustituyan a los medios impresos, como se ha repetido. Los diversos blogs y periódicos electrónicos que han surgido juegan un papel en el proceso informativo, pero no son (¿todavía?) referencia obligada cuando surge un evento de interés público, pues comentaristas y lectores se basan sobre todo en lo que aparece en los periódicos de papel.

No estoy subestimando el reto que implican las redes sociales para la prensa escrita. Lo que digo es que son plataformas diferentes que se mantendrán por sus propios méritos.

6. ¿Cuáles son los retos, problemas o amenazas más importantes que enfrentan los medios de comunicación hoy en México? ¿Son similares o diferentes a los que enfrentan en otros países? ¿Por qué?

Bueno, como se ve, me he concentrado en la prensa escrita más que en la generalidad de los medios de comunicación. Nosotros en México tenemos problemas particulares, que no se presentan en otros países. Lo que ahora se conoce como modelo de negocios es algo que en México ha estado vinculado –en la mayoría de los casos– con el poder político. Los dueños son empresarios de otros ramos que, por sus vinculaciones con el poder, han adquirido además la propiedad o la concesión de medios de comunicación. No son familias que hayan fundado algún periódico, que lo convierten luego en una empresa exitosa y que desde esa plataforma se extiendan ya sea a otras regiones o a otros medios de comunicación.

Soy pesimista de que la respuesta a la crisis de los periódicos venga de las élites de la política y la empresa, si vemos como éstas se han comportado históricamente en México. Tendrá que venir de los periodistas mismos apoyados en las fuerzas de la sociedad desencantada de los políticos y de la política tal como ésta se ha practicado en los últimos 30 años.

(Foto: cortesía de Víctor Nuño.)


Lee las otras entregas del cuestionario:

1. Daniel Moreno.

2. Marcela Turati.

3. Adrián López Ortiz .

4. Javier Garza.

5. Mario Campos

6. Alfredo Corchado


 

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