El sismo de las palabras

Se cumple un mes de ocurrido el sismo del 19 de septiembre, y a esta distancia temporal comenzamos una serie de reflexiones en torno al terremoto y sus secuelas.

| 19S

La sacudida dura un minuto, pero se prolonga durante semanas de vértigos, reflexión y charlas. Al sismo tectónico le sigue el de las palabras, que precisa una búsqueda de interlocutores y se cuenta en repetitivas conversaciones y por medio de las redes sociales, de carteles improvisados, noticias en televisores y radios, artículos, mensajes en las paredes, gestos que van desde lo más heroico a lo más banal. El terremoto físico provoca el derrumbe de ciertas seguridades y la necesidad de reconstruir, junto al lugar físico, el lugar simbólico que ocupamos.

De ahí que el sismo contenga un extraordinario poder de revelación, de descubrimiento de lógicas soterradas que salen a la luz cuando se agrieta el concreto. Pensar el terremoto del 19 de septiembre consistió en responder a la sacudida acompañándonos de amigos y desconocidos, sentirse útil y salir a echar una mano, compartir las vivencias, escuchar y poner en común acontecimientos y datos que, lejos de agotarse en los elementos naturales, parten de ahí.

Lo otro que se activó fue la memoria urbana. Parecería extraño, pero las ciudades, además de las cotidianidades y afectos que mencionaba el poema de Juan Villoro el día después del sismo («Eres de la ciudad donde recoges la basura… Donde la tierra se abre y la gente se junta…»), conservan una excelente memoria y son muy sensibles a sus traumas. En tanto organismo colectivo, cada uno de sus integrantes ya sabía cuál sería su función frente a las necesidades del momento: los voluntarios, muchos nacidos después del 85, intuían cómo poner en marcha los centros de acopio y coordinarse entre los escombros, los ciclistas ya habían mapeado las rutas por las que pedalearían con suministros, los picos y las palas ya estaban dispuestos en algún rincón del patio por si llegaba esta ocasión. Leyendo la crónica del 85 de Carlos Monsiváis, parecería que nuestro sismo hubiera sido una réplica del anterior, obstinado en prolongar las lógicas desencadenadas en este.

Para el viaje en el tiempo ayuda, especialmente en un lugar tan propenso a los augurios, el azar de una misma fecha y el destino que se sella sobre los edificios dañados en el 85 (algunos con órdenes de demolición incumplidas), que fueron los primeros en caer. Los reflejos iniciales anticipan otros: la pasividad inicial del Estado, el falso Monchito y la falsa Frida Sofía, el derrumbe de los talleres de la Obrera que se replicó en la calle Chimalpopoca, los niños atrapados en la escuela primaria, el protagonismo de la sociedad civil, las fricciones entre voluntarios y representantes del Estado. Como si nos halláramos en una máquina del tiempo, el 19 de septiembre de 2017 nos devuelve los mismos elementos que treinta y dos años atrás, desde las iniciativas de los jóvenes, a quienes ya por entonces se suponía «sometidos al consumismo, a la inhabilitación ciudadana, al reduccionismo de las visiones ideológicas» (cito a Monsiváis), a «los pleitos con los soldados que vigilan los cordones», de la desnudez «del Estado paternalista que nunca reconoce la mayoría de edad de sus pupilos» a la solidaridad «como urgencia de participación en los asuntos de todos», del redescubrimiento de la sociedad civil como «esfuerzo comunitario de autogestión y autoconstrucción, espacio al margen del gobierno y de la oligarquía empresarial» a «la identificación entre lucha democrática y racionalidad urbana». ¿Cómo pueden tener una vigencia tan precisa las palabras vertidas en 1985? Antes y ahora el sismo demandó la reocupación del espacio urbano y su reconstrucción sobre otras bases. Monsiváis:

«El dolor personal y social, la tristeza ante los muertos y las tragedias, la indignación ante la corrupción de siglos y el saqueo cotidiano, se despliegan en medio de un paisaje insólito, el de la ayuda desinteresada. Desde la mañana del 19 de septiembre, los voluntarios hacen de la solidaridad un arma óptima de creación de nuevos espacios civiles. Un esfuerzo sin precedentes es acción épica ciertamente, y es un catálogo de demandas presentadas con la mayor dignidad. Urgen ya en las ciudades organizaciones autónomas, democratización, políticas a largo plazo, proyectos de racionalidad administrativa».

La memoria activada también nos habla de las expectativas incumplidas o las lecciones que no se aprendieron. Por eso, de entre todas las narrativas que reaparecen, la principal consiste en la denuncia a un gobierno anclado, al menos, tres décadas atrás. Junto al «sepultadas por la corrupción», los muros supervivientes de la calle Chimalpopoca muestran los lemas que las costureras esgrimieron hace treinta y dos años: «Una costurera vale más que toda la maquinaria del mundo». El escritor de paredes sabe que las grietas actúan sobre el cuerpo de la ciudad, pero tienen su origen en otros espacios. Y aquí sí se advierten diferencias en el antes y el después, una línea cronológica a la que se han sumado nuevas memorias y traumas. Lo que en el 85 explota tras una profunda crisis económica en forma de una ayuda mutua que, como en el día a día, solventa el errático autoritarismo y las carencias de lo público, en este 2017 renace como prolongación de acusaciones vivas contra un Estado deslegitimado desde todos los frentes.


Además de los deseos de ayudar, en el torrente de voluntarios late el deseo de visibilizar el rechazo a unos poderes que suelen encontrar en los momentos de crisis su manera de legitimación, un «dejadlo en nuestras manos» que tradicionalmente ha justificado el monopolio de la violencia. Con su movilización masiva y el acento en las redes sociales, la sociedad civil resucitada ejerce, sin embargo, la resistencia del «no les necesitamos»: el Estado entorpece, persigue fines oscuros, se orienta por intereses ajenos a la simple preservación de nuestras vidas. Junto a la memoria del sismo del 85 se activa, instantáneamente, la memoria de Ayotzinapa, los feminicidios, el asesinato de periodistas, el borramiento de las fronteras con el crimen organizado, la corrupción, el vacío de representación. Cuando se trata de la autoridad todo es un juego de sombras y sospechas. Frente al cuerpo expuesto de los voluntarios y sus mensajes directos («Se solicita: block de notas, papel higiénico, marcadores. Urge: arneses»), los tiempos y protocolos del Estado, sin aliados a pie de calle, le hacen asumir el papel de maestro de la opacidad.

Como ocurre en el 85, asistimos también a una guerra de agendas entre las redes sociales de los movilizados y el aparato de gobierno desdoblado en los medios de comunicación. Como si nada se hubiera quebrado, los televisores convierten una obra coral en narraciones heroicas con nombre y apellidos, el impulso colectivo en melodramas particulares, el protagonismo de los anónimos en la interlocución del representante público. Su ADN los obliga a aplicar la lógica del espectáculo y a reinstitucionalizar lo que nace desde la improvisación y el impulso colectivo. También a reapropiarse de esas muestras de resistencia, ya sea el puño en alto de los rescatistas, nuevos signos como el hashtag que se convirtió en la clave de consenso #fuerzaméxico, o la sustitución en un plazo de horas de la indignación ante la falsa niña Frida por la emoción concentrada en la heroica perrita Frida.


¿Cuándo termina el terremoto? Esta es quizá una de las preguntas que han sobrevolado las reflexiones de los últimos días, cuando las ondas geológicas parecen otorgar una tregua y se estabiliza el balance de pérdidas. Porque nos hemos probado que otra ciudad es posible, que hay otras formas de hacer política y de experimentar la vida en común (parafraseo a Jacques Rancière, quien por esos mismos días se encontraba en la Ciudad de México). La interrupción de la normalidad produjo un vacío de sentido que llenamos con fragmentos de lo extraordinario: la aspereza habitual se sustituyó por una amabilidad redescubierta, las prisas diarias por un presente detenido entre el miedo a nuevas réplicas y las atenciones a los damnificados, la habitual depreciación de la vida, normalmente expuesta en un carnaval de violencia material y gráfica, por un cuidado inusual del otro, de la vida del otro. ¿Debemos guardar nuestras armas hasta un nuevo temblor?, ¿replegarnos en esa cotidianidad bajo amenaza de nuevos sismos que solo en apariencia son naturales? Mis preguntas recogen las que Karen de Villa hizo virales desde su blog, como parte de este nuevo ecosistema de palabras:

«Quedan claros los motivos desde la institucionalidad para generar la atmósfera de ‘normalidad’. ¿Pero, cómo volver, si tengo amigos evacuados? ¿Cómo, si no hay agua en casa de algunos de mis familiares? ¿Cómo si hay municipios y colonias destruidas? ¿Cómo, si hay calles en las que no es seguro que transite tanta gente? ¿Cómo, si hay que quitar el escombro institucional? Yo quiero seguir, ¿pero hacia dónde? ¿A la vida de trabajar para pagar la renta o la hipoteca en una ciudad donde la corrupción derrumba lo que construye la gente? A esa normalidad, yo no quiero regresar. Necesitamos otra normalidad».

Una normalidad atravesada por esta nueva memoria que se agrega a las anteriores y que nos habla de una ocupación diferente de la ciudad; lo que Juan Villoro ha llamado el «Partido del temblor», un nuevo movimiento político y de conciencia que saque de los escombros a la democracia, un movimiento para una «democracia en construcción». Porque al final habrá que reconocer una dolorosa contradicción, y es que el impulso de ayuda, las toneladas de voluntarismo que por momentos desbordaron al propio temblor físico nacen de la fractura que separa a la sociedad civil de la gestión de lo público. Y esta quizás sea una de las mayores grietas por reparar, origen de las denuncias más urgentes de lo que falló: regulaciones urbanas, planes de construcción, revisión de inmuebles, fraude en la aprobación de permisos. La reconstrucción comienza por lo más inmediato y, desde ahí, replantea las formas de habitar una ciudad más justa e integrada.

 

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