El terremoto que nos espera

En la costa del Pacífico mexicano se concentra una energía que podría desatar un sismo capaz de doblar la intensidad del temblor del 19 de septiembre de 1985. Para entender la Brecha de Guerrero, los científicos estudian el subsuelo, la superficie y el espacio exterior.

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Ilustración: @donmarcial

Muchos días, el doctor Vlad Manea llega al Laboratorio de Visualización Científica Avanzada en el campus de la UNAM en Juriquilla, Querétaro, para viajar al interior de la Tierra. Para ello, se pone unas gafas especiales y entra en una especie de cueva con cuatro muros, el piso y el techo cubiertos por pantallas de alta definición. Es la Unidad de Inmersiva en 3D o «The Cave», donde puede proyectar hologramas para continuar una investigación de 17 años: los flujos de calor debajo de la brecha de Guerrero, una región en las costas del Pacífico mexicano que preocupa desde hace décadas a los sismólogos de todo el mundo por la cantidad de energía que podría estarse acumulando en su interior. Esa energía podría generar un sismo de una magnitud pocas veces vistas en nuestro país.

«Es un territorio muy anómalo —explica Manea, investigador del Centro de Geoociencias—. A la comunidad científica nos causa mucha intriga porque es muy difícil entender lo que sucede en esta zona de México. Tendría que haber generado ya por lo menos tres sismos considerables en el último año; sin embargo, ningún evento se ha generado en la brecha en por lo menos un siglo. Si llegara a suceder… en la Ciudad de México tendrían algunos pocos segundos de ventaja pero en ciudades como Acapulco, por ejemplo, la destrucción sería instantánea».


«Alerta UNAM por sismo de 8 grados en futuro próximo en México». «Lo que debes saber sobre la teoría de un megaterremoto en México». «Presentan una cápsula para sobrevivir a un sismo catastrófico, como el que se teme provoque la brecha de Guerrero». «Brecha sísmica de Guerrero: ¿una bomba de tiempo?».

Alrededor de la llamada brecha de Guerrero se ha construido toda una mitología de alarma y de catástrofe. Cada tanto, los medios de comunicación publican titulares sobre el gran terremoto que se avecina, aquel que borrará Acapulco del mapa y dejará hecha trizas la Ciudad de México. Pero los sismos y las leyes que los rigen son todavía un fenómeno escurridizo para la ciencia.

Para entenderlo hay que saber que la costa del Pacífico, desde Nayarit y Jalisco hasta Centroamérica, es considerada una zona de subducción. Esto quiere decir que una placa tectónica —la placa de Cocos— entra como un cincel por debajo de otra —la placa de Norteamérica, donde descansa la mayor parte de México—. La fricción entre ambas placas es responsable de más del 80% de los sismos que ocurren en el país. Existe, sin embargo, un área de no más de 130 kilómetros, entre Petatlán y Acapulco, donde no se ha registrado un sismo de magnitud considerable desde hace más de 100 años. Esta zona es conocida como la brecha sísmica de Guerrero y la comunidad científica cree que, justo en esta área, se está acumulando una cantidad de energía capaz de desatar un terremoto de consecuencias catastróficas.

«Los especialistas creen que un terremoto de magnitud 8.2, con una ruptura de 230 km en la brecha sísmica de Guerrero es un escenario grave pero plausible en un futuro cercano —se lee en un artículo firmado por varios académicos, entre ellos Victor Cruz Atienza, jefe del departamento de Sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM—. Dicha ruptura podría producir velocidades pseudoespecíficas por períodos de alrededor de tres segundos en la Ciudad de México, dos o tres veces más grandes que las experimentadas durante el devastador terremoto de Michoacán de 1985, el cual fue de magnitud 8.0 y que provocó la muerte de alrededor de 10 mil personas en la capital donde hoy viven más de 22 millones de personas».

El último sismo del que se tiene registro en esta zona, ocurrió justo el día en que Francisco I. Madero entraba triunfante a la Ciudad de México: el 7 de junio. De acuerdo al libro Los sismos en la historia de México, de Gerardo Suárez y Virginia García Acosta el temblor tuvo una magnitud aproximada de 7.8: lo suficiente para levantar los rieles de los tranvías y destruir el Tercer Regimiento de Artillería en la Ciudad de México, además de tirar más de mil casas en Ciudad Guzmán, derribar iglesias en Colima y Guadalajara y matar a cientos de personas.

«Para el público en general, el concepto de la brecha de Guerrero se comenzó a escuchar después del terremoto de 1985. Pero en el área de sismología esta zona se identificó desde finales de los años setenta», dice el doctor Raúl Valenzuela Wong, académico del departamento de sismología del Instituto de Geofísica de la UNAM. Especialista en analizar sismos que ocurren a grandes distancias —a más de dos mil kilómetros por lo menos—, conoce bien la estructura interna del planeta: el caprichoso rompecabezas que soporta los mares y los continentes.

«Sabemos que ocurrió aquel gran sismo en 1911 y sabemos que puede repetirse después de un periodo de tiempo lo suficientemente largo —explica Wong—. La cuestión es ¿cuánto es un tiempo lo suficientemente largo en esta zona? Pueden ser 100 años, pueden ser 500. No lo sabemos todavía».


Antes de la invención del reloj mecánico la duración de los temblores se medía en credos: el número de oraciones que la gente podía verbalizar durante el desastre. Aunque el Servicio Sismológico Nacional fue fundado en 1904, no fue hasta seis años después que se instaló, en Tacubaya, el primer observatorio sismológico en México. Antes de esa fecha, no existía un método claro para medir o registrar los terremotos. El sismo de febrero de 1697, según narra el viajero italiano Giovanni Francesco Gemelli, duro«alrededor de dos credos» y derribó varios edificios en Acapulco.

En las fichas policiacas y misivas eclesiásticas de la época han quedado las huellas de los sismos pasados. Gracias a esos papeles sabemos también que, en 1820, un sismo «causó la ruina» de varios edificios públicos en Chilapa y Acapulco –donde también hubo tsunami–, además de derribar decenas de casas, conventos, cuarteles de policía y colegios en Ciudad de México. 32 años después, un terremoto volvería a sacudir Acapulco: «de cuantos edificios principales existían, no quedó uno solo».

Aunque los documentos históricos pueden resultar poco precisos, conocer el nivel de daños que provocó un terremoto ayuda a intuir su magnitud y quizás su epicentro. No sólo eso. Los sismos tienden a repetirse. Para los sismólogos, la tierra tiene un ritmo, una especie de pulso que gobierna sus entrañas. «Intervalo de recurrencia» es el término que se usa para referirse a ese compás que marca la danza epiléptica del planeta. Y aunque los terremotos no pueden predecirse con exactitud, sí es posible establecer el promedio de años en los que suelen repetirse.

«Nos basamos sobre todo en los registros que encontramos en diferentes poblados —explica Gerardo Suárez, investigador del Instituto de Geofísica, que desde hace años se dedica a rastrear y compilar los registros históricos de los grandes sismos de México en la página sismoshistoricos.org—, evaluamos donde fueron mayores los daños para calcular donde fue la ruptura. El problema de la costa de Guerrero es que siempre ha sido pobremente habitada y muy mal comunicada: hay pocos registros históricos. Fuera de Acapulco, donde siempre hubo una población importante, no tenemos casi nada. Y ese es un problema al momento de definir la zona de ruptura y la magnitud del evento».

Los sismos en la zona de subducción y dentro del estado de Guerrero han sido recurrentes desde hace siglos. En 1787, una falla en la Costa Chica de Guerrero, hacia Oaxaca, ocasionó el mayor sismo de la historia del país —se calcula una magnitud de 8.6— que a su vez provocó un tsunami que llegó a invadir hasta 7 kilómetros tierra adentro. En la misma zona de la brecha, entre 1889 y 1911, se tiene registro de siete sismos, ninguno menor de una magnitud 7, el más grande de magnitud 7.8.

Es cierto: calcular la magnitud de un sismo con base en registros históricos puede contener un alto grado de especulación. La instrumentación de principios de siglo, además, era primitiva. Esto podría hacer dudar a algunos. ¿En verdad el siguiente gran sismo mexicano puede nacer en esta zona?


Cuando la doctora María Teresa Ramírez llegó a las costas de Maule, en Chile, apenas unas semanas después del tsunami de 2010, las casas estaban destruidas por las olas de más de 20 metros de altura, los botes azotados contra las rocas, pero su atención se enfocó en las frágiles matas de hierba a un costado de la costa que, pese la tremenda fuerza del agua, permanecían en posición vertical.

Investigadora del Instituto de Geografía de la UNAM, en aquel entonces María Teresa formaba parte del equipo Internacional de Respuesta Rápida a Tsunamis de la UNESCO y fue convocada para recorrer 500 kilómetros de las costas de Chile y analizar los daños provocados por el mar.

«Me ha tocado la enorme suerte, pese a la tragedia que implica para muchos, de poder llegar inmediatamente a estas zonas luego de grandes eventos», cuenta sentada en su escritorio, mientras despliega gráficas y fotografías de su visita a Tohoku, Japón, luego del tsunami del 2011.

En la pantalla de su computadora aparece ella caminando en medio de una playa chilena gris, devastada. El mar se ha retirado, llevándose una buena parte de la arena que ha traído consigo y dejando al descubierto las hierbas que permanecen erguidas a pesar del impacto que derribó casas, hospitales y puentes: «El agua entra con una fuerza inimaginable. En un segundo estas plantas quedan cubiertas por la arena: intactas», dice Ramírez al ver las fotografías de Chile.  

No lo dice como una curiosidad. Especialista en paleosismología, ella y su equipo son capaces de detectar grandes terremotos y tsunamis ocurridos hace siglos, incluso milenios. Asistir a las zonas de desastre le ha permitido a la doctora Ramírez confirmar cómo se comporta el ambiente y saber cómo cambian los suelos y la vegetación después de un sismo o de un tsunami de gran intensidad: los organismos atrapados en las capas de tierra le ayudan a dictaminar las fechas en que los grandes eventos ocurrieron y cuáles fueron sus efectos.

En términos geológicos, explica, un siglo significa apenas un segundo. La tierra tiene una edad de 4,543 miles de millones de años. Estudiar los tsunamis y terremotos que han ocurrido a través de los milenios, implica conocer la fuerza y la energía que puede contener la tierra en ciertas regiones: ese latido secreto que rige nuestro planeta.

«Antes del tsunami del 2011 en Tohoku, Japón —recuerda—, se tenían registros de un tsunami de esa magnitud en el año 869: había monolitos y monumentos históricos que decían hasta dónde había llegado el agua. Pero no había sido comprobado científicamente. Por eso no se tomó en cuenta. Hoy, cualquier estudio de peligro sísmico en Japón, incluye análisis de paleosismología. Y es lo que también estamos haciendo en México».

La doctora Ramírez también lleva 25 años estudiando la costa del Pacífico mexicano. Gracias a su trabajo, sabemos que justo en la zona de la brecha de Guerrero, a la altura de la Laguna de Mitla, tuvo lugar un sismo de gran magnitud en el año 1,450 a.C., el cual provocó un tsunami que invadió por lo menos cinco kilómetros de costa.


Todavía recuerda las luces. Era viernes, 1977, en Bucarest, Rumania; él tenía apenas cinco años y estaba a punto de dormir cuando la tierra comenzó a sacudirse. Aquella noche murieron más de 1,500 personas, 30 edificios quedaron hechos polvo, mientras el cielo se iluminaba con estallidos  lentos.

–Cuando hay terremotos grandes, la ionósfera llega a iluminarse. Aparece algo parecido a auroras boreales en dirección al epicentro. Es un fenómeno ampliamente documentado.

El doctor Vlad Manea cree que aquel día pudo definir su carrera. Llegó a México hace 17 años, con el propósito de estudiar los flujos de calor que existían en la zona de subducción de la costa mexicana del Pacífico. Para saber la cantidad de calor que se acumula en una parte del planeta existen dos métodos: hacer una perforación profunda —lo cual implica una enorme inversión de dinero— o calcular mediante fórmulas numéricas en donde se toma en cuenta desde la edad del suelo hasta la velocidad a la que las placas tectónicas se mueven. La tesis de doctorado de Manea fue una serie de cálculos sobre los flujos de calor justo en una sección de la brecha de Guerrero.

—La conclusión de mi tesis fue que, contra toda expectativa, en esa zona de la costa se genera una cantidad anormalmente baja de calor. En teoría esto quiere decir que el coeficiente de fricción entre ambas placas en esta zona es muy poco, comparada con las áreas vecinas. Algo tiene que estar pasando y, quizás, esta sea la razón de que no se haya dado un gran sismo recientemente. Pero no sabemos exactamente qué ocurre.

Los estudios del doctor Manea coincidieron con el descubrimiento de un fenómeno hoy conocido como «sismos lentos». En algunas partes del mundo, las placas tectónicas se desplazan a una velocidad tan lenta que un evento sísmico puede durar varias semanas y nadie percatarse de ello. Y en Guerrero, algo insólito en el mundo, estos eventos pueden tener una duración de hasta seis meses y alcanzar magnitudes de hasta 7.6 grados: son los sismos lentos más grandes documentados en el planeta.

Un grupo de sismólogos franceses, encabezados por Mathilde Radiguet, demostraron en 2012 que estos sismos lentos se dan a profundidades pequeñas de la brecha de Guerrero, liberando hasta tres cuartas partes de la energía que se acumula en la brecha de forma periódica, cada cuatro años. De acuerdo a un artículo publicado en la revista Geology por Luca Ferrari y Vladimir Kostoglodov, es posible que la alta actividad volcánica durante 40 millones de años en esta zona haya dado creado un tipo de rocas impermeables que impiden que el líquido escape hacia la superficie. ¿Existe una capa de agua que lubrica la fricción entre ambas placas? ¿Podría ser la brecha de Guerrero una brecha permanente?

—Puede ser que sí… y puede ser que no —responde el doctor Manea, impasible—. Los bajos índices de calor que registramos pueden tener que ver con este fenómeno. Pero son sólo teorías aún. Hay una carga enorme sobre quienes estudiamos lo sismos: la responsabilidad de millones de vidas. Por eso no sería ético afirmar nada. La verdad es que el equipo para hacer mediciones exactas se desarrolló hace apenas 60 años. Estamos en la infancia de esta disciplina.


Si uno pudiera ver las ondas sísmicas y la manera en que se esparcen por un mapa, el resultado sería algo similar a una pintura psicodélica. Eso, al menos, es lo que parece a primera vista lo que hoy, viernes 7 de septiembre, presenta Victor Cruz Atienza en el auditorio del Instituto de Geofísica de la UNAM: un video donde las ondas sísmicas se esparcen, chocan entre sí, rebotan, se magnifican sobre un mapa de la Ciudad de México.

Victor Cruz Atienza, jefe del departamento de Sismología del Instituto de Geofísica, fue incluido en la lista de los 10 científicos de 2017 de la revista Nature. Una de las razones para otorgarle tal reconocimiento fue el trabajo de investigación que él, acompañado de un equipo enorme, coordina en la zona de la brecha de Guerrero. La otra es que, durante los sismos de septiembre 2017, el sismo en la Ciudad de México se comportó de manera exacta a cómo él y su equipo habían predicho en un artículo publicado un año antes: las ondas sísmicas se sintieron más y tuvieron una mayor duración en la «zona de transición», justo en el límite de la zona de lagos donde se levantó la ciudad. De acuerdo a la revista Nature, se trató de «un artículo profético».

Parece la persona indicada para responder la incógnita: ¿realmente los sismos lentos están liberando energía suficiente para evitar un gran terremoto?

–Efectivamente –responde–, en la brecha sísmica de Guerrero la velocidad con la que la energía se acumula a largo plazo es sensiblemente menor. Esto como consecuencia de la liberación de energía de forma silenciosa, cuando ocurren estos sismos lentos. Eso es claro para todos hoy. Este hecho bajo ninguna circunstancia supone que un terremoto importante, o muy importante, no pueda tener lugar ahí. Es plausible que terremotos grandes, mucho más grandes de lo que podríamos esperar en una zona así, puedan ocurrir. Sobre todo después de lo que hemos aprendido, en Sumatra en el 2004, por ejemplo.

Cruz Atienza va más allá. Según los análisis de él y de su equipo, es muy posible que un terremoto que comience en la costa chica del estado, al este de Acapulco –donde rompió el sismo de 1957 que derribó el Ángel de la Independencias–, se propague hacia la brecha de Guerrero desatando un enorme desplazamiento de las placas: un terremoto en cadena.

–¿De desatarse un terremoto en Guerrero cómo se comportaría en la Ciudad de México?

–Hay estimaciones que sugieren que, bajo ciertas condiciones, un sismo de magnitud 8 o superior que ocurra en la brecha, podría suponer sacudidas dos o tres veces mayores a las observadas en el 85. En cuanto a los daños será muy distinta a la del 2017, en este caso la mayor amplificación del movimiento se dará en regiones de zona de lago, no en la zona de transición como ocurrió el año pasado. Si se da una ruptura en Guerrero, con base en lo que hemos entendido, este daño se concentrará no sólo en la Condesa y la Roma, sino también en la zona centro.


El problema es que la ciencia busca respuestas, verdades; no consuelo. Y son pocos son los científicos que  creen que los sismos lentos ayudan a liberar energía en la brecha de Guerrero. De acuerdo a uno de los artículos más recientes sobre el tema –firmado por una docena de investigadores de todo el mundo y publicado en la revista Seismologic Research Letters– en Japón y Chile fueron detectados «eventos de deslizamiento lento» justo antes de los megaterremotos y megatsunamis de las últimas décadas.

Resulta complicado evitar el alarmismo. La amenaza en Guerrero es tan real que el año pasado, en alianza con Japón, México instaló 22 sismómetros de banda ancha en la zona –15 en tierra, 7 al fondo del océano–, 33 estaciones de GPS y siete indicadores de presión oceánica para monitorear en tiempo real el movimiento y las deformaciones en la zona de la brecha.  No sólo eso: para comprobar si han existido otros sismos en la zona, Japón donó a México un instrumento de última tecnología, una especie de guillotina –el Geoslicer– capaz de cortar 6 metros por debajo del suelo y extraer, intacta, una rebanada de tierra lista para ser analizada y detectar antiguos terremotos o tsunamis.

—En junio pasado hicimos las perforaciones en campo —cuenta la doctora María Teresa Ramírez, una de las responsables del proyecto—. Estamos analizando las muestras para poder fecharlas. Antes de contar con esta tecnología, ya habíamos detectado un tsunami del año 1,450 a.C justo en esa zona. Ahora hemos encontrado más eventos, sismos sobre todo. Aún estamos verificando las fechas.

Las respuestas van a tardar. Mientras tanto, la energía dentro de la tierra sigue acumulándose un día tras otro y, dadas las consecuencias del sismo del 19 de septiembre de 2017, muchas ciudades en el país parecen desprotegidas por completo.

«Tenemos que empezar a discutir hoy los protocolos de mañana —dice Ricardo Becerra, el ex comisionado de la Reconstrucción en la CDMX—. La CDMX vive cada sismo fuerte como si fuera el primero, tenemos una noción tan débil de protección civil y de seguridad humana que se reduce a evacuar edificios: no corra, no grite, estése afuera, pórtese bien. Los protocolos en otros países con riesgo sísmico como México son mucho más poderosos, mucho más extensos. Si después del 19 de septiembre la ciudad no ejecuta un protocolo de seguridad mucho más basto y más complejo es que no habremos aprendido nada».

De acuerdo con Óscar Zepeda, creador del Atlas de Riesgos del Centro Nacional de Prevención de Desastres, el gobierno federal tiene contemplado los escenarios de riesgo ante una posible ruptura en la brecha de Guerrero: un sismo de 8.2 y su subsecuente tsunami.

—En caso de un sismo en la brecha de Guerrero, ¿qué pasaría en un lugar como Acapulco, con la zona de ruptura tan cerca y cuya vigilancia sobre las normas de construcción podría ser menos estricta?

–Los Reglamentos de Construcción intentan asegurarse de todo eso: de resguardar la vida de las personas ante cualquier evento sísmico. El problema es que una cosa es lo que se diseña, lo que se presenta ante las autoridades, y otra es lo que se construye. O que, posteriormente, se agregan cuartos o pisos al diseño original, o se usan inmuebles habitacionales como bodegas. Ahora bien, el Reglamento de Construcción de Acapulco es del año 2000: no sabemos cómo están los edificios construidos anteriores al 85. La recomendación desde el Atlas de Riesgo es que todas estas edificaciones sean revisadas, para mitigar todo el riesgo posible.


Una sonda robótica está por aterrizar en Marte en noviembre de 2018. Está equipada con tres sismómetros y un torno que perforará el suelo marciano. Su misión es analizar los sismos que ocurren en el planeta rojo con el fin de conocer más sobre su historia y su formación. A diferencia de la Tierra, en Marte tiembla poco, casi nada: cuando cae un meteorito o debido a la compresión que provoca las bajas temperaturas; hasta donde se sabe, no existen placas tectónicas que ejerzan presión al interior del planeta.

—Los terremotos nos aterran porque tiran edificios –dice el doctor Vlad Manea sin ironía–. Pero en estos tiempos los sismos no son los responsables. Los edificios se caen porque los arquitectos violan permisos o porque construyen con materiales más baratos… En cambio, los terremotos suceden porque la tierra es un planeta vivo. Si no quieres terremotos vete a Marte donde no encontrarás un partícula viva, ni una bacteria. Mira en cambio, aquí: encuentras vida en todas partes.

El doctor Manea fija su vista en los cerros verdísimos a lo lejos. Hay una niebla ligera que rodea el estacionamiento del campus Juriquilla de la UNAM, en Querétaro.  Desde aquí puede verse los nuevos rascacielos que se han construido en las últimas décadas en el estado, el desarrollo inmobiliario que poco a poco le gana terreno a la vegetación.

—¿No tiembla en otros planetas?

—Casi nada. Sólo la Tierra tiene esa particularidad —dice el doctor Vlad Manea—. Este planeta es como un gran motor que genera calor: pum, pum, pum. De vez en cuando, por alguna razón, se detiene y se congela. Ha pasado unas cuatro veces en sus 4.5 mil millones de años. Es simple: si no hay terremotos no hay subducción, sin subducción no hay vulcanismo, sin vulcanismo se congela la tierra y morimos. Hay que entender que sin sismos no existiría la vida en este planeta.

Ilustración: @donmarcial

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