Elecciones 2015: ¿candidaturas independientes, boicot electoral o voto partidista?

Las elecciones intermedias a celebrarse en junio de este año pondrán al electorado en una disyuntiva. Después de la ruina del prestigio público de todos los partidos políticos, ¿cuál podría ser el sentido de la participación en una jornada electoral?

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MARIO ARRIAGADA: VOTOS POR LOS INDEPENDIENTES

Las candidaturas independientes fueron uno de los saldos de una contrahecha reforma política. ¿Tiene caso aprovecharlas? Creo que sí. Abandonar la ritualidad electoral ahora, cuando una alternativa aún no existe, es abrir la puerta a la despolitización. En los inviernos del descontento siempre está en el aire la tentación abstencionista. Este año se espera que la tasa de abstención en las elecciones intermedias sea mayor al sesenta por ciento. En un contexto así, promover la abstención no es buena idea. Participar menos de lo que ya lo vamos a hacer no va a transformar las cosas y puede menguar aún más nuestra maltrecha democracia.

En ese variopinto conjunto llamado “los independientes” hay de todo: de izquierda, de derecha, ultras, excéntricos, ricos, pobres y megalómanos, todos con distintos grados de preparación para el cargo, pero, eso sí, y es muy importante subrayarlo, con el mismo derecho a ser votados que cualquier otra persona. Un derecho que por primera vez en mucho tiempo se puede ejercer con algo más de libertad—la actual es la primera generación de candidatos independientes en más de medio siglo—. Es un derecho ganado a base de demandas, gritos y pancartas que ahora rinde frutos. Aunque estos frutos son restringidos, se trata de un derecho que, como tantos otros, si no se ejercita, se atrofia.

Más allá de defender el puro derecho a ser votado, las candidaturas independientes pueden tener otros efectos positivos sobre el sistema en general. En particular, tienen un valor experimental en temas cruciales relacionados con las causas del déficit democrático que padecemos: las tres Ds de dinero, dedazo y debate. 

Dinero. Los independientes (excepto los más ricos de entre ellos) tienen el reto de hacer mucho con muy poco. Las carretonadas de dinero (¡y de efectivo!) que circulan en los partidos y elecciones tienen un efecto destructivo sobre la democracia. La espiral de gasto partidista nos sale caro a todos, pero también a los propios partidos, siempre voraces de coaligarse con empresarios locales, de poner candidaturas a la venta para financiar su dispendio electoral. Si algún independiente logra encontrar los modos de derrotar al poder del dinero con estrategias de otro tipo, el mundo de la política electoral podría cambiar.

Dedazo. El dedazo es la expresión más evidente de la captura oligárquica de los puestos públicos en México. Y las candidaturas partidistas, sobre todo las candidaturas “de unidad”, se hacen por dedazo. Las candidaturas independientes, al poder prescindir de los grandes dedos, pueden volverse una válvula de escape para las estructuras partidarias más oligárquicas. De alguna forma, el chapulín no favorecido por el dedazo puede rebelarse e irse por la libre como independiente. Esta posibilidad podría orillar a los partidos a despedirse del dedazo como práctica y a fomentar la democracia interna como una forma de evitar las rebeliones de este tipo.

Debate. Las elecciones actuales se ganan con dinero, jingles, spots, verbenas y cursilería. Mientras la política se hace en la tele, los debates sobre el destino del gasto público o el combate a la desigualdad son magros. Los independientes, solo por estar obligados a buscar soluciones creativas, pueden sacar la política a la calle de una manera distinta, más dialogada: saliendo a hablar con la gente y presentándose sin spots.

Los independientes pueden, así, poner a prueba varias posibilidades democráticas: el hacer política con pocos recursos, el fomentar la rebelión dentro de los partidos, y el practicar la creatividad de la política callejera. Por eso, apoyar a los independientes no significa hacerle el juego a los dueños de la política. Las tres Ds pueden tener un real efecto debilitador sobre estos dueños.

No creo que el ciudadano sin partido, por el mero hecho de serlo, sea necesariamente puro, honesto e inteligente. El éxito o fracaso de los independientes de hecho dependerá del abandono de esa idea: los independientes deberán probar que son mejores candidatos que los demás.

Por primera vez en décadas podemos ejercer un nuevo (aunque limitado) derecho a ser votado. En estos tiempos de estancamiento político, en los que votar es inevitablemente escoger al menos malo, darnos la oportunidad de extender las opciones en la boleta es, de hecho, mejor que limitarlas. Vale la pena intentarlo.


XIMENA PEREDO: POR EL BOICOT

El boicot es la postura que, frente a las elecciones, encara las atrocidades que hemos visto desfilar como tétrico tiovivo en todo el territorio nacional. Ante la política de terror instalada, el “voto útil” o la anulación son un espaldarazo de continuidad a lo intolerable.

Pero el boicot electoral es más que una respuesta local, o nacional. Quienes advertimos el agotamiento histórico del sistema representativo occidental no podemos apoyar un anclaje en el fracaso, ni un retroceso. En breve comenzaremos a ver que la lucha política se concentrará ya no en derribar totalitarismos, o en exigir la garantía de ciertos derechos, sino en “apagar” al sistema representativo, fuente inagotable de imposturas y máquina de desigualdades políticas.

Votar o hacer un ejercicio de protesta al votar se volvieron ejercicios irrelevantes para la construcción de nuestro “mundo común”. La evidencia más emblemática de su desahucio es la crisis instalada en los gobiernos, pero esto es apenas la primera imagen reconocible. Su intrascendencia más definitiva se refleja en su incapacidad de responder con salidas de emergencia a las alertas individuales de sofoco ante la sensación de “perder la vida para ganar la vida”.

En México, su irrelevancia más apremiante la sufre quien busca a sus hijos desaparecidos y quien solidariamente se ha dejado golpear por el dilema enloquecedor de no saber qué hacer para encontrarlos.

Para que los 43 normalistas y los más de 30 mil mexicanos desaparecidos no sean digeridos por la máquina de las explicaciones que nada explican, se vuelve preciso hincarle al tiempo el tormento de nuestra indignación. Es una intervención forzosa. Es, incluso, un acto amoroso para con las siguientes generaciones. Es un “no se olvida” que revienta los límites de la memoria militante para volcarse sobre el tiempo-espacio.

El boicot no persigue el desastre, sino su interrupción. Se trata de un apagón a la teatralidad de un orden político que encuentra en su permanencia e irrevocabilidad, sus últimos bordones de autoridad.

El boicot es mucho más que una acto de protesta. Su fuerza radica en que revela la ridícula estrechez de ciertas escalas de realidad. En este sentido, acusa que la elección de representantes reproduce desigualdades porque depende de ellas. La representación popular precisa de la (re)producción de “lagunas” que dividan irremediablemente a “los sin voz” de sus supuestos “portavoces”. El problema ya no es sólo la impostura, sino la desigualdad que arbitrariamente zanjan entre los miembros de una misma comunidad política. Para seducir a su público, el candidato debe de crear una distancia que, por cierto, las candidaturas “independientes” no desafían. Sus discursos intentan todo lo posible distinguirse, abrir mayores distancias entre ellos y los electores que pretenden seducir (nosotros: educados, expertos, salvadores. ustedes: iletrados, ignorantes, desahuciados).

A diferencia de las contiendas electorales, el boicot tiene un potencial todavía por imaginar. Esta condición de imprevisibilidad puede espantar a algunos que, sin embargo, reconocen condiciones para un “paro electoral”. En este sentido importa que vayamos definiendo cómo boicotear las elecciones en México, lo cual daría pie a otra reflexión.

La utopía no es lo imposible, es lo que aún no tiene lugar. Es lo que todavía no ocupa un espacio, lo no verificable. Boicotear las próximas elecciones es asumir una postura de quiebre con los discursos que en México naturalizan las desigualdades, pero su relevancia concreta es que reclama un espacio para quienes rechazamos al sistema representativo.

En México, estamos en los albores de las primeras elecciones democráticas impuestas

¡Boicot!


CARLOS MARTÍNEZ VELÁZQUEZ: VOTAR POR LOS PARTIDOS POLÍTICOS

La convocatoria anulista en 2009 buscaba hacer un llamado de atención a los partidos políticos. Sin embargo, a la distancia no se puede trazar una línea causal entre el movimiento y la reforma política que se presentó ese mismo año y que culminó en 2013. Los analistas pasaron por alto que la autoridad electoral metía en la misma canasta a los ciudadanos que cometían algún error en la boleta y a aquellos que lo hacían con causa, lo cual hacía imposible discernir el malestar. El movimiento anulista negaba la capacidad del voto como mecanismo de transformación social, pues partía del enojo individual: era más bien un mecanismo egoísta frente a un descontento general.

Algo similar pasa con quienes buscan acabar con los partidos políticos y prefieren mecanismos de democracia directa, obviando los costos de agencia que conlleva. Esta idea además tiende a promover el abandono del sistema democrático como la mejor vía de resolución de conflictos. Hasta la fecha no existe un país considerado democrático que funcione sin partidos políticos. Incluso los “partidos pirata” alrededor del mundo se agregan bajo un símbolo, aun cuando promueven mecanismos de participación directa, porque reconocen una de las principales virtudes de los partidos políticos, que es el ser agregadores de preferencias ideológicas y de política pública.

Los partidos compiten por el poder a través de la formulación de una agenda determinada, y los ciudadanos identificados con esta pueden optar por el partido que se ajuste a sus preferencias. De esta manera los partidos generan atajos informativos que reducen los costos de información para los ciudadanos: se puede inferir ciertos atributos de un político si este milita en algún partido. Ser del PRI, del PAN, del PRD o del Verde importa—a los electores les dice algo elegir esta o aquella etiqueta, porque a la larga los partidos generan una reputación que nos ayuda a juzgarlos por encima de las coyunturas inmediatas.

Los partidos como aglutinadores de ciudadanos, de distintos puntos geográficos y de bagajes culturales y educativos diferentes, resultan más eficaces que los esfuerzos individuales para construir una agenda de políticas públicas acorde a la realidad de una mayoría. Más allá de la realización de esta agenda, los partidos ayudan a discutir públicamente las razones de la misma, lo que agranda el mercado de información electoral y ayuda al ciudadano a contar con mejores herramientas para decidir.

Idealmente, los partidos políticos ofrecen y propician la profesionalización de los gobernantes. Al ser instituciones que perduran más allá de un periodo político, constituyen plataformas de participación política permanente para sus militantes y gobernantes, lo que favorece su profesionalización.

Como entidades de interés público, los partidos son fiscalizables. Hay mecanismos para exigir mayor transparencia sobre el uso de sus recursos económicos y es más fácil que rindan cuentas sobre sus decisiones. Además, los resultados de su desempeño como gobiernos brindan al ciudadano elementos para juzgar sus aptitudes, lo que genera un mejor sistema de rendición de cuentas.

Si los partidos son un mecanismo idóneo para la elección de gobernantes en una democracia, ¿por qué hay poca confianza en ellos? La respuesta tiene que ver con la interacción de los partidos con las reglas electorales. Por ejemplo, las formas de financiamiento actual llevan a construir la política sobre compromisos con individuos privados—compromisos que llevan a la patrimonialización de los bienes públicos—. Otra limitante es que el alto umbral para la constitución de un partido hace inviable la formación de nuevas expresiones ideológicas y programáticas. Apostar por reglas que eliminen barreras a la entrada de nuevos jugadores, que privilegien la competencia electoral y que incentiven la democratización interna de los partidos es la vía para alcanzar mejores opciones políticas que aumentan la libertad de elección del ciudadano.

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