Elegir entre iguales, elegir en el centro: Argentina decide nuevo presidente

Este domingo se realizará la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Argentina entre el candidato opositor Mauricio Macri y el oficialista Daniel Scioli. ¿Cómo llegaron hasta ahí y hacia dónde van?

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Mauricio Macri quiere gobernar un país donde el nombre del ex presidente Néstor Kirchner está en más de 170 monumentos, escuelas, calles e instituciones. Macri es un hijo de la burguesía industrial argentina que, desde la centro-derecha liberal, se ha convertido en el principal opositor al gobierno de los Kirchner y en el candidato con mayores posibilidades para ocupar la Casa Rosada en Buenos Aires.

El sitio más espectacular bautizado con el nombre “Néstor Kirchner” es un centro cultural emplazado en el antiguo edificio central del correo. En sus 100 mil metros cuadrados tiene algunos espacios denominados La Plaza Seca, La Ballena Azul, La Gran Lámpara y La Cúpula. Según la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, es el centro cultural “más importante de Latinoamérica”; sin embargo, Macri, a través de uno de sus colaboradores, ya advirtió que si vence en la segunda ronda de las elecciones y llega a ser presidente, le cambiará el nombre. Ahí radica uno de sus recursos para seducir a los indecisos que podrían darle la victoria la semana que viene: con su partido Pro, fundado en 2005, Macri quiere encarnar una política alejada de las pasiones y de las revoluciones, volcada a la administración técnica y pretendidamente inteligente.

Macri se declara en contra de los personalismos, desde siempre tan caros al peronismo, y se presenta como hombre de una nueva era. En otras palabras, es un candidato que no viene del movimiento inaugurado por Juan Domingo Perón en la década de 1940, omnipresente desde entonces en la arena pública argentina. Muchos votantes hartos podrían elegirlo como un mal menor aunque no compartan su ideología.

Para evitar una segunda vuelta en las elecciones, un candidato necesita obtener 45% de los votos o ganar con el 40% y tener una diferencia de diez puntos sobre el segundo lugar. En la primera vuelta de estas elecciones, el 25 de octubre pasado, la diferencia entre los dos candidatos fue de poco menos de tres puntos (737.386 votos).

Daniel Scioli, un ex campeón de carreras de lanchas que se inició en la política de la mano del ex presidente Carlos Menem y que fue vicepresidente de Néstor Kirchner entre 2003 y 2007 y luego gobernador de la provincia de Buenos Aires durante dos periodos, ganó con el Frente Para la Victoria kirchnerista, obteniendo el 37,08% de la votación (9,338,449 votos). Mauricio Macri, luego de dos periodos al frente del gobierno de la ciudad de Buenos Aires (y 13 años como presidente del club Boca Juniors, el más grande del fútbol argentino), obtuvo con su coalición Cambiemos el 34,15% del total (8,601,063 votos).

Pero Macri y Scioli no son tan diferentes. Macri tiene 56 años y se recibió de ingeniero en la Universidad Católica Argentina. Scioli tiene 58 años y estudió la licenciatura en comercialización en la Universidad Argentina de la Empresa. Macri fue dirigente de un club de fútbol. Scioli fue deportista náutico. Macri fue secuestrado en 1991. Scioli perdió un brazo en un accidente con su lancha, en 1989. Macri es un liberal de centro-derecha. Scioli es un liberal de centro.

Los dos tienen dificultad para emocionar cuando toman la palabra. Los dos caen constantemente en lugares comunes cuando expresan sus ideas. Los dos son pupilos políticos de Carlos Menem, el presidente peronista que a lo largo de la década de 1990 gobernó el país a fuerza de medidas neoliberales y que es uno de los grandes enemigos –en el plano discursivo– del kirchnerismo. Sin embargo, hasta no hace mucho, en su departamento del barrio del Abasto, Scioli solía tener en un salón de uso privado un gran retrato de Menem. Su verdadera ideología permanece en el misterio.

El domingo pasado Macri y Scioli se midieron en un debate televisado, que alcanzó picos de más de 50 puntos de rating. Hubo acusaciones cruzadas, preguntas que quedaron sin responder y golpes bajos. Al final, ninguno de los dos fue un ganador claro.

Como si fuera un animal político astuto y voraz, el kirchnerismo ha crecido consciente de que en la jungla del poder impera la crueldad: se ha comido a sus padres y se sabe amenazado por sus hijos. Hoy circulan rumores que dicen que Eduardo Duhalde, ex presidente y ex gobernador de la provincia de Buenos Aires, antiguo tutor de Néstor Kirchner, posteriormente traicionado, fue quien torció la balanza en las sombras para que Cambiemos, la alianza de Macri, ganara en estas últimas elecciones en la candente provincia de Buenos Aires (el mayor distrito electoral del país), derrotara al candidato a suceder en ese lugar al propio gobernador Daniel Scioli y colocara allí, sorprendentemente, a una mujer de 42 años llamada María Eugenia Vidal, quien, un año atrás, era desconocida para la mayor parte del electorado.

Unos meses antes, en julio de 2015, Horacio Rodríguez Larreta, un cercanísimo colaborador de Mauricio Macri, había ganado el gobierno de la ciudad de Buenos Aires al vencer en una segunda vuelta a Martín Lousteau, un ex kirchnerista reconvertido ahora en figura liberal de centro. El tercer hombre, un candidato que representaba a Cristina Fernández de Kirchner en la ciudad, había quedado liquidado en la primera vuelta, casi 25 puntos por debajo del candidato de Macri. Buenos Aires siempre fue un polo antiperonista. Pero el país era otra cosa: en ese mismo mes de julio, algunas encuestas nacionales indicaban que la intención de voto a futuro era para Scioli del 34,1% y para Macri del 25,5%.


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“Nuestra campaña es muy novedosa y desafía muchas de las nociones habituales de la política argentina”, me dice Hernán Iglesias Illa, asesor de comunicación de Mauricio Macri. “Siempre fue una campaña muy enfocada en los votantes, en la gente, y no tanto en los dirigentes.” La campaña de Macri conjuga investigación e intuición; es decir, combina herramientas para explorar el mercado político con nociones ideológicas.

Los grupos focales y las encuestas son dos de los recursos preferidos de Macri para entender las actitudes de la población. “Para lo que es el promedio argentino y latinoamericano, los usamos mucho”, dice Iglesias Illa. De hecho, los tres ejes de la campaña de Macri (pobreza cero, fin del narcotráfico y unión de los argentinos) fueron analizados en esos laboratorios y la unión de los argentinos –es decir, el fin de la agresiva política de batalla que ha caracterizado a los gobiernos kirchneristas– es el eje más apreciado.

Con algo más de 2 millones y 600 mil seguidores, el Facebook de Mauricio Macri es una nave crucial en su escuadra. Supera por mucho a los perfiles de Cristina Fernández de Kirchner (1.817.961 seguidores) y de Daniel Scioli (1.424.780 fans). El Facebook de Macri es el que tiene más seguidores en la Argentina; en el día de la primera vuelta de las elecciones, 22 millones de personas –la población argentina es de poco más de 40 millones– entraron a esa cuenta. “Tiene más engagement que el de Barack Obama o el de Coca-Cola: la gente comenta, comparte y likea más”, explica Iglesias Illa. “Ese perfil de Facebook se ha convertido en una gran conversación”. En las elecciones, la recomendación del equipo de campaña para sus candidatos en los distritos más pequeños fue combinar el contacto personal con el uso de Facebook, porque, además, la red social les permitía medir el dinero invertido en relación al resultado, algo mucho mejor que un simple cartel espectacular. El caso de Diego Valenzuela, un periodista que fue elegido intendente de Tres de Febrero (un suburbio de Buenos Aires), es un buen ejemplo: con una campaña de un año en la calle y en Facebook, Valenzuela logró derrotar a Hugo Curto, un kirchnerista que llevaba 24 años en esa intendencia.

“Nosotros sabemos que el electorado cambió: el nuevo elector tiene lealtades efímeras y elige en cada elección lo que es mejor para él”, explica de nuevo Iglesias Illa. “Reconocemos una crisis de autoridad en la sociedad, en todo nivel: nadie tiene la autoridad ganada para siempre y todo el tiempo hay que ganarse la confianza de la gente, que se ha vuelto mucho mejor lectora de una elección”.


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Hay un viejo axioma de la política argentina que Daniel Scioli, el candidato kirchnerista, quiere contradecir este domingo: ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires logra ganar una elección y convertirse en presidente.

En 1999 el axioma se verificó. Luego de diez años del gobierno peronista de Carlos Menem (un periodo de seis años y luego –reforma de la Constitución mediante– uno de cuatro), el oficialista y duro caudillo bonaerense Eduardo Duhalde perdió en primera vuelta frente al radical Fernando de la Rúa. Duhalde también llegaría a la presidencia poco después, en 2002, en medio de la peor crisis argentina de las últimas décadas, pero no lo haría por elecciones directas.

De la Rúa acababa de dejar en 1999 el gobierno de la ciudad de Buenos Aires y no sabía que su presidencia duraría solo dos años. El 20 de diciembre de 2001, luego de dar un último discurso –escrito en parte por su hijo Antonio, por entonces novio de la cantante colombiana Shakira–, dejó la Casa Rosada en el helicóptero H-02 de la Presidencia, un Sikorsky S-76B. Desde el aire, vio una batalla abierta entre manifestantes y policías en la Plaza de Mayo, el foro que rige la vida política argentina, y quizás vio, también, los cadáveres que comenzaban a caer entre los canteros y las plantas.

La fotografía del helicóptero levantando vuelo en la azotea de la casa de gobierno hoy es icónica y abona a otro axioma importante de la política argentina: un presidente que no es peronista no llega a concluir su mandato. Este axioma, que deriva algún tipo de veracidad desde el regreso de la democracia en 1983, está sustentado también por la salida anticipada del presidente radical Raúl Alfonsín en 1989 (acosado, unos meses antes del final oficial de su mandato, por una hiperinflación que alcanzó el 5.000% anual y una situación social candente con saqueos en los supermercados).

Macri, que no es radical, pero que, como De la Rúa, quiere llegar a la presidencia desde la ciudad de Buenos Aires, sabe que si gana tendrá por delante el desafío de neutralizar la oposición del peronismo, un movimiento que históricamente ha sido poderoso en los sectores más populares. Pero no estará en desventaja: tendrá en su mano también a la provincia de Buenos Aires y a la ciudad de Buenos Aires, un póker de gobiernos nunca visto en estas últimas décadas.


Este no será el primer ballotage de Mauricio Macri. Ya ganó los de 2007 y 2011, cuando disputó y se quedó con el gobierno de la ciudad de Buenos Aires a contrapelo del país, que en esos dos años también eligió como presidente a Cristina Fernández de Kirchner.

Desde que la capital define su jefe de gobierno por elecciones (o sea, desde 1996), nunca un peronista ha logrado imponerse ahí. La ciudad de Buenos Aires, donde se concentra buena parte de las clases medias y altas del país, jamás fue amable con el peronismo. Cuando en 1955 una revolución de militares derrocó a Juan Domingo Perón –por entonces, en su segundo período en la presidencia–, una multitud salió a festejar en esta ciudad de raigambre radical. La antigua Unión Cívica Radical (una expresión política con interés en los valores republicanos, pero castigada por el prejuicio que reza que los radicales no saben administrar la economía) entró en crisis a mediados de la década de 1990 y luego, desde 2005, el Pro de Macri captó a su electorado capitalino y venció a los kirchneristas en seis elecciones distintas.

La única estatua de Perón en la ciudad de Buenos Aires está situada en una plaza, cerca de la casa de gobierno y de la sede de la Confederación General de Trabajadores (CGT). Es una pieza de cinco metros de alto, dos toneladas y media de bronce, con tres escalones que representan las tres presidencias de Perón, con frisos laterales decorados con figuras de niños, amas de casa, obreros, aborígenes, peones rurales, maestras y ancianos. La escultura tiene un nombre: “Todos unidos triunfaremos”, que es un verso de la marcha peronista. Macri la inauguró el 8 de octubre pasado, en su rol de jefe de gobierno de la ciudad, y declaró: “Unos dicen que son peronistas, pero se dedican a manipular las cifras de pobreza. Pero el peronismo no es prepotencia ni soberbia, el peronismo es justicia social, luchar por igualdad de oportunidades, por la pobreza cero en la argentina. Ese es el peronismo que yo reivindico”.

“Macri es el antiperonismo”, dice el presidente del bloque de diputados oficialistas de la Provincia de Buenos Aires, Fernando “Chino” Navarro. “Cuando inauguró una estatua de Perón en la ciudad de Buenos Aires, lo hizo para buscar votos afuera del distrito: no tiene nada que ver con Perón y es un oportunista.”


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Mientras tanto, un graffiti pintado por simpatizantes kirchneristas se repite en las paredes: “Abrázame hasta que vuelva Cristina”. La presidenta dejará su mando el 10 de diciembre, luego de doce años de kirchnerismo (los cuatro primeros fueron de Néstor y los ocho restantes de ella). “A nosotros no nos importa quién va a ganar en estas elecciones”, dice un funcionario del gobierno que pide anonimato. “A nosotros lo que nos importa es ponernos a trabajar para lograr que de acá a cuatro años vuelva Cristina.”

A la actual presidenta se le critica su incapacidad para construir un sucesor confiable. De hecho, Cristina no participó en el acto de cierre de campaña de Scioli, en el estadio Luna Park, y tampoco fue la estruendosa juventud kirchnerista, una agrupación llamada La Cámpora. Por su parte, Scioli tampoco había estado unos días antes al cierre de campaña en el mismo lugar de Andrés Larroque, uno de los jefes de La Cámpora, que busca una diputación. Carlos Zannini, uno de los hombres de mayor confianza de la presidenta, es el compañero de fórmula de Scioli: en caso de llegar a la presidencia, el ex motonauta estará bien asesorado, o bien vigilado.

En verdad, hace tiempo que la presidenta y su candidato no se llevan bien. En 2011 Cristina criticó públicamente al entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires porque su administración se había quedado sin fondos para pagar el aguinaldo de los empleados públicos. Ahora, después de la mala elección en primera vuelta, sciolistas duros y kirchneristas puros se miran de reojo y se echan culpas mutuamente. Los primeros acusan a los segundos de boicot. Y estos segundos responden de Scioli algo así como: “Ni siquiera sirve para ganar una elección”.

En la recta final, los spots publicitarios de Macri y Scioli, que no son tan diferentes, tienden a confundirse todavía más. Macri bendice la asignación universal por hijo (un apoyo monetario que reciben las madres de bajos recursos, implementado por el gobierno de Cristina). Scioli, por su parte, acepta que un cambio es necesario y se escuda en el discurso anti-kirchnerista. Asegura que si llega a la presidencia afinará las estadísticas públicas de la economía, luchará contra el narcotráfico y bajará la pobreza. “Quizás estén enojados con las peleas [provocadas por el gobierno kirchnerista], pero conmigo es distinto”, dice Scioli en su último aviso. “Yo soy un hombre de diálogo, como ya lo demostré en mi vida; moderado y pacífico, pero decidido.”

Macri sabe que en la segunda vuelta una buena parte del voto se definirá por oposición: la gente votará por quien considere el menos malo. Por eso el consejo de sus colaboradores fue que el día más importante de la segunda vuelta era la noche de la primera vuelta.

Esa noche, cuando se desvanecía el 25 de octubre, Macri dio un discurso donde agradeció a quienes lo votaron por convicción e invitó a todos los que no lo habían votado a sentirse representados por su propuesta. Luego de diez años de juego político, este domingo será, para bien o para mal, el día de su destino.


(Foto: cortesía de April KillingsworthMauricio MacriFPV Tandil y florafotos.)

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