Elogio de la corrección política

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Respetarnos como iguales, objetivo primero de la democracia, es un asunto complejo. Sobre todo en sociedades como las nuestras, en las que predominan las desigualdades económicas intrínsecas a un modelo de decisión política vertical marcado por el dinero y la arbitrariedad. El amiguismo, el nepotismo, el clasismo, el sexismo, el hetero-normativisimo y el racismo están presentes en todos los ámbitos, tanto institucionales como no institucionales. Se trata de dinámicas anti-democráticas que la lucha igualitaria tiene que continuar enfrentando.

Esta lucha igualitaria tiene una dimensión discursiva fundamental: el no reproducir mediante el uso del lenguaje insultos y estereotipos que perpetúan la vulnerabilidad y la discriminación. En los combates públicos por este fin, algunas veces como denuesto y otras como elogio, se ha conocido a la anti-discriminación verbal bajo el polémico rótulo de corrección política. Otras políticas asociadas a la no discriminación, como las diferentes modalidades de acción afirmativa (formales e informales), en ocasiones también son consideradas como parte de la corrección política. Por falta de espacio, aquí solo me referiré a la corrección política como ese ethos que impulsa la anti-discriminación discursiva o verbal.

La corrección política así entendida recibe al menos tres críticas recurrentes. La primera sostiene que debemos pelear por cambiar las cosas y no las palabras. En su versión más radical, esta crítica plantea que la corrección política es una estrategia del poder para continuar discriminando en la práctica a los grupos que supuestamente pretende proteger: una forma de fortalecer el reino de la apariencia democrática y con ello ayudar a la normalización de las injusticias. La segunda crítica sostiene que la corrección política es un ataque directo a la libertad de expresión de las personas, un monitoreo constante del discurso que restringe de forma injustificada y paternalista la acción individual. Finalmente, la tercera sostiene que reproducir discursivamente estereotipos negativos o perpetuadores de la vulnerabilidad de las mujeres, las minorías culturales o las personas LGBTTTI, simplemente no constituye un ataque a la igualdad. Por supuesto, estas tres objeciones no son excluyentes —de hecho, frecuentemente son expresadas por los mismos críticos.

Permítaseme atenderlas en orden inverso. Para saber si los insultos y estereotipos negativos son un ataque a la igualdad de las personas, creo que un primer paso es distinguir entre tres tipos de insultos: primero, están las ofensas lingüísticas dirigidas a una persona por sus cualidades, su desempeño, su carácter o sus decisiones. En México ejemplos paradigmáticos de este tipo de insultos incluyen “pendejo”, “inepto”, “estúpido”, “güevón”, etc. Nótese cómo estos insultos se dirigen a rasgos que están en el control del agente —i.e., su desempeño, su carácter, sus decisiones.

Al otro lado del espectro, están las ofensas lingüísticas hechas directamente por motivo de género, orientación sexual, pertenencia étnica, cultural o nacional —i.e., cuando se insulta a una persona indígena por ser indígena, a una mujer gay por ser gay, a una persona morena por ser morena. Estas son, pues, ofensas lingüísticas por motivo discriminador y se dirigen a rasgos que no están en el control del agente. Ejemplos de ellas incluyen “puto” para denostar la orientación sexual de un hombre gay; “mujer tenías que ser” para denostar el género de una mujer y “no se te quita lo indio” para denostar la pertenencia étnica de una persona indígena. En una contribución previa llamé a estas ofensas insultos arteros.

Finalmente, están los insultos que, aunque no se hacen por motivo discriminador, asocian invisiblemente propiedades negativas a los grupos vulnerables. Ejemplos paradigmáticos incluyen “puto” o “maricón” para referir a la propiedad de la cobardía; “pareces mujercita” o “no seas nena” para referir debilidad y “qué indio te viste” para referir  ignorancia. En una contribución anterior he llamado a estas ofensas insultos invisibilizados.

La corrección política tiene como meta principal el que los insultos arteros y los insultos invisibilizados desaparezcan del discurso público. Contrario a la tercera crítica, nadie puede negar que los insultos arteros son un ataque directo la igualdad de las personas a las que se dirigen. Su intención explícita es discriminar, establecer una supuesta jerarquía entre personas atendiendo a factores arbitrarios. De ahí que a estos insultos se les conozca bajo el adecuado rótulo de discurso de odio. Más polémico, me parece, es si acaso los insultos invisibilizados son un ataque a la igualdad. En mi opinión, en tanto que asocian (aunque sea de manera no intencional) propiedades negativas a los grupos vulnerables, siguen alimentando un contexto de discriminación.

Contrario a la segunda crítica, debe decirse que la corrección política es principalmente un ethos no coercitivo. Esto quiere decir que no se persigue con los medios legales del Estado a aquellas personas que no lo cumplen. En este sentido, sostener que la corrección política es un ataque a la libertad de expresión es equivocado. Este ethos trata de cambiar las propias actitudes de los hablantes, ser un remedio ex-ante a la discriminación discursiva, una forma de prevenirla, y no un remedio ex-post. Por supuesto, en muchas sociedades contemporáneas (e.g., México, Sudáfrica, India, Canadá, Francia, Inglaterra, Holanda) la legislación avanza hacia la idea de que el discurso de odio no debe estar protegido por la libertad de expresión. Una discusión sobre la justificación de esta prohibición rebasa lo que puedo defender en este texto. Pero cabe destacar que en Estados Unidos —¿acaso los campeones de este tema?— la corrección política es un ethos no coercitivo en su totalidad, pues la enorme mayoría de las instancias de discurso de odio son legales. También debe recordarse que, al menos con lo que respecta a los insultos invisibilizados, la corrección política en todos los países mencionados sigue funcionando como un ethos no coercitivo, un intento por prevenir la aparición de esas conductas discursivas independientemente de su sanción legal.

Finalmente, ante la primera crítica, debe recordarse que los impulsores bien intencionados de la corrección política no creen que se deban enfocar todos nuestros esfuerzos exclusivamente en cambiar la dinámica del discurso. La idea es simple: erradicar la discriminación en todos los contextos. Preocuparse por la discriminación discursiva no excluye ni impide que intentemos cambiar todas las demás prácticas afectadas por distorsiones discriminadoras. De hecho, considero que solo tendremos éxito si atendemos el problema de la discriminación de forma holista, en todo tipo de prácticas, cambiando leyes pero también tratando de cambiar actitudes personales a través de un ethos igualitario.

No es casualidad que el mayor exponente de la anti-democracia en la política estadounidense contemporánea, Donald Trump, acompañe su intento por despertar los sentimientos xenófobos de algunos sectores de esa sociedad con un rechazo categórico a la corrección política. Por desgracia, la campaña de Trump ha girado de forma estratégica hacia el exaltamiento de la incorrección, del así llamado “contrarismo” (contrarianism) como una actitud neo-conservadora opuesta a la corrección política por considerarla un ethos discursivo supuestamente ineficiente, anquilosado y equívoco. Posicionarse como rupturista es lo común en casi todas las campañas políticas; pero esta, peligrosa e incomprensiblemente, ha decidido que su ruptura sea con el compromiso mismo de respetarnos como iguales. Trump se ha fincado, así, en distinguirse de la democracia misma. Porque el contrarismo neo-conservador de Trump y sus seguidores no es más que la apología de la discriminación abierta en todas las prácticas sociales; y para lograr su imposición, las barreras discursivas que intentan contenerla también tienen que romperse.

(Foto cortesía de Maria Eklind.)

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