En defensa de la Constitución moral

Bajo la premisa de que toda Constitución es moral, Conrado Romo propone una lectura no paranoica de la Constitución moral propuesta por Andrés Manuel López Obrador y de su cercanía con el cristianismo.

| Religión

¿Es admisible hacer planteamientos morales desde la izquierda? No es de extrañar que el progresismo nacional considere peligrosa la cercanía de Andrés Manuel López Obrador con las iglesias católica y evangélica. No es para menos, a lo largo de la historia de América Latina las iglesias, en su nivel institucional, han sido instrumento de represión, censura e incubadoras de odio, pero también es cierto que la cristiandad tiene en su seno una ontología comunitaria poderosa, mitología que resulta en mayor medida cercana a la gente que otros relatos comunitarios más contemporáneos con leyendas negras más vivas. La alarma por la religiosidad del candidato de Morena a la presidencia no debe generar preocupación per se, por el contrario, una lectura abierta de las referencias y opiniones de AMLO haría pensar que su «cristianismo en el sentido amplio de la palabra» es cercano a ciertas teologías emancipatorias, más que a las tradiciones oscurantistas y autoritarias típicas de las cúpulas de las iglesias. Es así que la propuesta de una Constitución moral no parece tan extravagante si pensamos en la moral de manera secular, y dista mucho de los señalamientos que lo tildan como el nuevo Ayatollah Jomeini que invoca una refundación de la patria como una república religiosa.

Ya innumerables columnistas han expresado su profunda preocupación en relación con la fe de AMLO, como Liébano Sáenz, que en su espacio en Milenio asegura que la propuesta de López Obrador «es una afrenta a los derechos humanos» y viola nuestras libertades al decirnos qué está bien y qué está mal. Es característico de la metafísica liberal asumir posturas iusnaturalistas que plantean que su aparato conceptual, moral y, por consiguiente, jurídico, cuando menos en sus premisas ulteriores, encarna posiciones supraculturales, universales y de entendimiento obvio, lo que las vuelve impermeables a cualquier tipo de valorización, ya que de hacerlo, se estaría atentando contra la naturaleza misma, es decir, contra la verdad. El miedo a la teologización del Estado no debería ser tal, ya que el Estado está de facto constituido bajo una teología liberal, que incluso bajo su aparente laicidad, se funda en premisas trascendentales que desde la mirada policial de algunos intelectuales son imposibles de cuestionar. No necesitamos que AMLO venga a imponer una Constitución moral, ¡ya tenemos una!, de hecho, todas las constituciones lo son.

Esta metafísica en torno a la ley es resultado de la aspiración kantiana de encontrar una ley moral mediante la detección de principios autocontenidamente buenos de obvia universalidad; en otras palabras, de lo que estamos aquí renegando es del «imperativo categórico» de la supuesta neutralidad del derecho liberal. Paul Kahn, en su análisis cultural del derecho, retoma el concepto de imaginario social y lo aplica para crear análisis genealógicos de los conceptos jurídicos, que si bien son bastante estables a lo largo del tiempo, su significado cambia de manera permanente a razón de las circunstancias y los actantes que lo enuncien, así como del lugar que ocupe en su particular entramado de significados y significantes. La moral es parte de estos imaginarios sociales, y aunque no es homogénea en una sociedad dada, su estratificación (en el sentido geológico) es consecuencia del resultado final del combate que surge en el marco de lo estatal. La síntesis de las posturas de las fuerzas representadas en las instituciones determinarán lo correcto o incorrecto de algún comportamiento. «No se trata de recuperar tampoco una especie de convención jurídica fundadora, presuntamente concertada en el tiempo, o en el entre el rey, entre el soberano y sus súbditos. Se trata de recuperar, entonces, algo que tiene consistencia y ubicación histórica; que no es tanto del orden de la ley como del de la fuerza; no tanto del orden de lo escrito como del equilibrio. Algo que es una constitución, pero casi como la entenderían los médicos, vale decir: relación de fuerza, equilibrio y juego de proporciones, disimetría estable, desigualdad congruente».*

Lo anterior, que para muchos caería en un relativismo peligroso que abre la puerta a una institucionalización del nihilismo en el que todo vale, me parece, por el contrario, una oportunidad de pensarnos en verdadera autonomía posibilitando un diálogo de verdad ecuménico desde una posición cuando menos de humildad ante el innegable hecho de que sin importar quién hable, podemos estar del todo equivocados. Es por supuesto una apuesta por el desprendimiento de todo idealismo liberal para pasar a una mirada de lo estatal como materialización de las relaciones de poder, de las cuales también emerge y se impone un tipo particular de moral. Es decir, ¿incluso las posiciones más autoritarias e intolerantes tienen invitación a la discusión? La respuesta es: depende de cómo como sociedad decidamos no bajo el uso de un argumento de bien superior, sino de la conclusión de una batalla ideológica permanente por la hegemonía. El relativismo obliga a tomar bando, no queremos un país en donde personajes como los emanados del PES decidan lo que está bien o está mal, impidámoslo, invadamos el sentido común, pero no asumamos que aquello que creemos es lo correcto por obviedad universal o intervención divina, y que todos entenderán que eso que creo con fe ciega y apasionada al final triunfará porque no es otra cosa que la pura y llana verdad.

«Las naciones no son otra cosa que mitos en el sentido que son creaciones sociales, y los estados desempeñan una función central en su construcción. El proceso de creación de una nación incluye el establecimiento (en gran medida, una invención) de una historia, una larga cronología y un presunto grupo de características definitorias (incluso cuando grandes segmentos de la población incluida no comparten dichas características)».**

La propuesta de una Constitución moral emanada de un presidente cristiano con las características de AMLO podría ser, de hecho, una importante oportunidad para la izquierda, ya que abriría el campo de batalla para pensar lo que somos, lo que queremos ser y hacia dónde vamos, debilitando la cortina de hierro poshistórica en la que el único relato e imaginario institucional es el impuesto por la élite tecnocrática. Hay por su puesto una tensión entre muchas de las creencias religiosas y los proyectos de emancipación, sin embargo, también hay espacios de comunicación que resultan bastante sugerentes, y que van desde los tímidos intentos institucionales para ser críticos con las causas estructurales de los males materiales de las personas —como puede ser la encíclica «Laudato si» del Papa Francisco— a la conformación de la Teología de la Liberación como movimiento católico que encontraba en el Evangelio los argumentos necesarios para situar el objetivo de su práctica cristiana en la transformación material del hombre, incluso si ampliamos la mirada hacia otras tradiciones religiosas encontramos propuestas como la de Abdennur Prado y su visión del islam como anarquismo místico. Para hallar estos senderos de comunicación entre la mirada religiosa y los movimientos políticos, Enrique Dussel articuló una posible forma de sistematizar la búsqueda: «Consistiría en efectuar sobre ellas una hermenéutica, una interpretación estrictamente filosófica». Esto se lograría considerando los textos simbólicos, religiosos, y místicos como «narrativas racionales en base a símbolos» que pueden tener o una interpretación teológica dirigida a la comunidad de creyentes, y filosófica o política «a fin último de descubrir su sentido último racional»*** .

El planteamiento de una Constitución moral puede no ser otra cosa más que una propuesta para la construcción de un proceso constituyente que parta de un nuevo y amplio consenso social que parecería que necesitamos con urgencia; es sencillo, requerimos un nuevo tipo de Estado. A raíz de la Guerra del Agua en Bolivia, cuando distintas comunidades se organizaron para impedir la privatización del abastecimiento de agua potable de Cochabamba, en la nación andina se comenzó a articular un proceso de nuevos consensos entre las mayorías históricamente invisibilizadas en la toma de decisiones públicas. Este proceso se gesta en el momento en el que la existencia del antiguo Estado se pone en cuestión al representar un sentir distinto al popular, su reproducción se vuelve insostenible al convertirse en un instrumento que actúa contra el sentido de lo correcto de dicha comunidad, el Estado se volvió inmoral al actuar contra lo que socialmente se entendía como el bien, en este caso, al atentar contra un patrimonio colectivo que garantiza la vida, el agua. Este consenso respecto a la inmoralidad de la privatización de los recursos para favorecer extranjeros lleva a la necesidad de una reconfiguración de las relaciones de poder y de su forma material, que es el Estado, proceso que se lleva a cabo primero con la elección de Evo Morales y después con el proceso constituyente de Bolivia, en el que esa nueva moralidad, la de los bienes comunes, se plasma en una nueva Carta Magna de la que se desprende un nuevo Estado plurinacional.

En México vivimos en un momento de abundantes experimentos morales, por un lado los emancipatorios, como el que emerge de las prácticas autonomistas en Chiapas que se concreta bajo la idea de «un mundo donde quepan muchos mundos», o en Cherán, donde la moralidad se centra bajo la consigna del derecho a existir. Pero también está, y con mucho mayor éxito, la moralidad del capitalismo gore, el narco como un sentido común cada vez más extendido, en el que el exceso de bienestar material conseguido con el uso de la violencia extrema es cada vez más aceptado por miles de mexicanos. Esta permisividad y aceptación social que se han generado alrededor del crimen organizado no son más que la derrota de todas las demás narrativas sociales para brindar certeza a la población. Es en ese sentido que el llamado de un presidente con un margen amplio de preferencias tendría no solo la legitimidad, sino la obligación de hacer un llamado para una refundación moral del país, es decir, acordar entre todos qué es lo que entendemos como el bien, y a partir de eso, buscar que el Estado actúe en sintonía con ese nuevo mandato popular.

Su propuesta de Constitución moral es solo un desdoble del otro prototipo discursivo que intentaba construir política institucional desde otras sensibilidades. Cuando AMLO anunció su propuesta para la construcción de una República amorosa, muchos soltaron la carcajada; a otros nos pareció un recurso muy cursi para poder ser tomado en serio. A la luz de los años, esta apuesta podría tener dos lecturas distintas, pero complementarias, y la idea de una constitución moral podría ser solo continuidad de las mismas inquietudes. Enrique Dussel afirma «El que sabe amar al otro en su dignidad sagrada, el que sabe primero amar la alteridad del otro y responder a sus interpelaciones de justicia, es el único que constituye el propio sí mismo políticamente apto para ejercer delegadamente el poder como obediencia, y no como dominación». Es, en otras palabras, un proyecto de sociedad basado en la empatía y la solidaridad, más que como un recurso retórico, la idea de la República amorosa proponía justamente una nueva moral pública que partía del encuentro fraterno del que emanaría un Estado que replicaría dicha sensibilidad. Pero también podría ser una inteligente arma de control político, sobre todo ante un éxito electoral obtenido gracias a alianzas de lo más disimiles y las que al momento de ser gobierno tendrían que alinearse a la nueva moralidad. Es una versión espiritualizada de la vieja cosigna «el programa por delante», que en el caso específico del proyecto encabezado por Andrés Manuel, la relevancia de la toma del poder institucional estaría no en la aplicación de acciones específicas a la estructura administrativa del Estado, sino en su transformación moral y las consecuencias prácticas que ella resulten.

Desde un Chávez guadalupano a un Andrés Manuel evangélico, el militante izquierdista ateo se ve en permanente conflicto con las creencias de muchos líderes latinoamericanos que parecen ser bastante conservadores y no haber comprendido aquella muy sonada frase de Marx en la que «la religión es el opio del pueblo», pero tal vez como estrategia, prudencia, pero, sobre todo, como reconocimiento a la pluralidad de formas de ser y estar en el mundo, podríamos ser los primeros en intentar construir diálogos interculturales profundos con los cuales encontrar coincidencias y poner con claridad y al frente las diferencias, mismas que podrán ser resueltas por combates democráticos en el marco de instituciones que sean reflejo de la pluralidad con la que se compone el país. No sería la primera ni la última vez que la izquierda y la cristiandad encuentran formas de caminar juntas, la Teología de la Liberación es un importante ejemplo de cómo desde las comunidades subalternas otras iglesias son posibles, y caminar con ellas puede ser aleccionador, además de abrir las puertas de una cosmogonía que comparten más de 80% de los mexicanos. No conozco a Andrés Manuel, ni puedo asegurar que suscriba lo aquí escrito, pero lo que me parece claro es que su devoción religiosa y su llamado a una Constitución moral puede ser más progresista y vanguardista de lo que pudiera parecer en un primer momento, siempre vigilantes de que no haya regresiones en los derechos obtenidos. No descartemos que tal vez  las corrientes cristianas que creen en la transformación material del hombre sean un importante aliado para crear un país más justo y en paz. Le haría bien a la ortodoxia liberal e izquierdista conocer y entender aquella lección de Jesús que dice «el sábado está hecho para los hombres, y no el hombre para los sábados».


* Foucault, M. (2000). Defender la sociedad. México: Fondo de Cultura Económica.

** Wallerstein, I. (2006). Análisis de Sistemas-Mundo. Una Introducción. México: Siglo XXI Editores.

*** Dussel, E. (2016). Filosofías del Sur. México: Ediciones Akal México.

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