En nombre del amor

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“Haz lo que amas. Ama lo que haces.” Estos mandatos descansan, enmarcados, en una sala que solo puede ser descrita como “bien curada”. Una fotografía de esta habitación apareció por primera vez en un popular blog de diseño y ha sido favoriteada y reposteada miles de veces. Encantadoramente iluminada y fotografiada, la sala parece diseñada para inspirar Sehnsucht –que toscamente puede traducirse del alemán como el anhelo placentero por alguna cosa o algún lugar utópico. A pesar de que introduce una invitación al trabajo en un espacio designado para el ocio, la sala “Haz lo que amas” es el lugar donde todos esos likers desearían estar.

No hay duda de que “Haz lo que amas” es el mantra laboral no oficial de nuestros tiempos. El problema es que este mantra no lleva a la salvación sino a la devaluación del trabajo –incluyendo el mismo trabajo que pretende elevar– y, más importante, a la deshumanización de la inmensa mayoría de los trabajadores.

En la superficie, “Haz lo que amas” es un consejo edificante que nos incita a pensar en qué es lo que más nos gusta hacer y, después, a convertir esa actividad en una iniciativa generadora de lucro. Pero ¿por qué debería nuestro placer tener fines de lucro? ¿A qué público se dirige ese mandato? ¿A quién no se dirige?

Al mantenernos ocupados en nosotros mismos y en nuestra propia felicidad, este mantra nos distrae de las condiciones de trabajo de los otros, nos alivia de toda obligación para con aquellos que trabajan, ya sea que amen o no lo que hacen. Esta frase es el saludo secreto de los privilegiados, a la vez que supone una visión del mundo que disfraza su elitismo como un noble deseo de autosuperación. De acuerdo con esta forma de pensar, el trabajo no es algo que uno hace por una compensación, sino como un acto de amor propio. Si no hay ganancias, se desprende, es porque no fueron suficientes la pasión y la determinación del trabajador. Su verdadero objetivo es hacer creer a los trabajadores que su trabajo los beneficia a sí mismos y no al mercado.

Los aforismos tienen numerosos orígenes y reencarnaciones, pero la genérica y trillada naturaleza de “Haz lo que amas” vuelve imposible atribuirlo con precisión a alguien. El Oxford Reference conecta esta sentencia y sus variantes a Martina Navratilova y a François Rabelais, entre otros. En internet se le atribuye con frecuencia a Confucio, ubicando la frase en un brumoso pasado oriental. Oprah Winfrey y otros vendedores de optimismo la han incluido en sus repertorios desde hace décadas, pero el más importante evangelista contemporáneo de este credo fue el fallecido CEO de Apple, Steve Jobs.

Su discurso con motivo de la graduación de la generación 2005 de Stanford sirve tan bien como mito de origen como cualquier otro, sobre todo porque Jobs ya había sido beatificado como el santo patrón de trabajo estetizado bastante antes de su prematura muerte. En su discurso Jobs narra la creación de Apple e incorpora esta reflexión:

Tienes que encontrar qué es lo que amas. Y esto es tan válido para tu trabajo como para tus parejas. Tu trabajo va a ocupar gran parte de tu vida. La única forma de estar realmente satisfecho es haciendo lo que crees importante, y la única manera de hacer grandes cosas es amando lo que haces.

En apenas estas cuatro frases, los adjetivos posesivos “tu” y “tus” aparecen repetidas veces. No extraña este enfoque individualista en Jobs, quien cultivó una imagen de sí mismo como trabajador inspirado, informal y apasionado –estados todos que concuerdan con la idea del amor romántico. Jobs fusionó de manera tan efectiva esa imagen de sí mismo con la de su propia compañía que su cuello de tortuga negro y sus jeans azules terminaron por convertirse en metonimia de toda Apple y del trabajo que la sostiene. Pero, al presentar a Apple como el producto de su amor propio, Jobs borró el trabajo de miles de ignorados trabajadores en las fábricas de Apple, convenientemente ocultos del otro lado del planeta –realizando justamente el trabajo que le permitía a Jobs dedicarse a su amor.

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La violencia de este borramiento necesita ser expuesta. Mientras que “Haz lo que amas” suena como una frase inofensiva e inspiradora, es egocéntrica hasta el punto del narcisismo. La formulación de Jobs de “Haz lo que amas” es, de hecho, la deprimente antítesis de la visión utópica de Henry David Thoreau del trabajo para todos. En “Una vida sin principios” Thoreau escribió:

El propósito del obrero debiera ser no el ganarse la vida o conseguir “un buen trabajo” sino realizar bien un determinado trabajo, y hasta en un sentido pecuniario sería económico para una ciudad pagar a sus obreros tan bien que no sintiera que estaban trabajando por lo mínimo, para seguir viviendo sin más, sino que trabajaban por fines científicos o morales. No contrates a un hombre que te hace el trabajo por dinero, sino a aquel que lo hace porque le gusta.

Es verdad que Thoreau sabía poco del proletariado (es difícil imaginar a alguien lavando pañales con “fines científicos o morales”, no importa qué tan bien pagado esté). No obstante, sostenía que la sociedad debía hacer del trabajo algo bien pagado y significativo. Por el contrario, la idea jobsiana del siglo XXI demanda que todos nos volvamos hacia adentro de nosotros mismos, además de que nos absuelve de toda obligación con el resto del mundo.

Una consecuencia de este aislamiento es la división que el mantra “Haz lo que amas” crea entre los propios trabajadores, principalmente en términos de clase. El trabajo termina dividiéndose en dos clases opuestas: aquel que es amable (creativo, intelectual y socialmente prestigioso) y aquel que no lo es (repetitivo, no intelectual, nada prestigioso). Los que están en el campo del trabajo amable –una pequeña minoría de la población trabajadora activa– son mucho más privilegiados en términos de riqueza, de estatus social, de educación, de influencia política y respecto a los prejuicios racionales de la sociedad.

Para aquellos forzados a dedicarse a un trabajo imposible de amar, la historia es diferente. Bajo el credo “Haz lo que amas”, todo trabajo que se realiza por motivos distintos al amor (que es, de hecho, la mayor parte del trabajo) no solo es desdeñado sino borrado. Como puede leerse en el discurso de Jobs en Stanford, el trabajo no amado pero socialmente necesario es expulsado por completo del espectro de la conciencia.

Piénsese en el gran número de trabajos que le permitieron a Jobs pasar sus días como CEO: su comida cosechada en los campos y transportada grandes distancias; los bienes de su empresa ensamblados, empaquetados y transportados; los anuncios de Apple redactados, actuados y filmados; los botes de basura vaciados; los cartuchos de tinta llenados. La creación de trabajos opera en ambos sentidos. Sin embargo, con la gran mayoría de los trabajadores efectivamente invisibles para las élites ocupadas en sus trabajos adorables, ¿cómo podría sorprendernos que las severas dificultades que enfrentan los trabajadores hoy en día (salarios pobrísimos, enormes costos para el cuidado de sus niños, etcétera) apenas si se registren como cuestiones políticas, incluso entre la facción liberal de la clase dominante?

Al ignorar la mayoría del trabajo y al reclasificar el resto como amor, “Haz lo que amas” puede ser la ideología anti-obrero más elegante. ¿Por qué deberían los trabajadores reunirse y hacer valer sus intereses de clase si no hay tal cosa como el trabajo?


El mantra “Haz lo que amas” oculta también el hecho de que la posibilidad de elegir una profesión en términos de satisfacción personal es un privilegio inmerecido, un signo de la clase socioeconómica a la que se pertenece. Incluso una diseñadora gráfica free-lance que tuvo unos padres que pudieron pagarle la escuela de arte y servirle como fiadores en el contrato de su departamento cool en Brooklyn, puede predicar, con cierto aire de superioridad, el “Haz lo que amas” como consejo profesional para los que codician su éxito.

Si creemos que trabajar como empresario en Silicon Valley, o como publicista de un museo, o como acólito de un think-tank, es esencial para ser fieles a nosotros mismos – y, de hecho, para amarnos a nosotros mismos–, ¿qué creemos entonces de la vida interior y de las esperanzas de los que limpian hoteles y ordenan estanterías en grandes almacenes? La respuesta es: nada.

Sin embargo, un trabajo arduo y de baja remuneración es lo que cada vez más estadounidenses hacen y van a hacer. De acuerdo con la Oficina de Estadísticas Laborales de Estados Unidos, las dos ocupaciones de más rápido crecimiento hasta 2020 serán las de personal care aide y home care aide, con salarios promedio de 19,640 y 20,560 dólares al año en 2010, respectivamente. Elevar cierto tipo de profesiones a algo digno de ser amado denigra el trabajo de los que hacen las poco glamurosas labores que mantienen funcionando a la sociedad, en especial el trabajo crucial de quienes proveen a otros de cuidado.

Si “Haz lo que amas” denigra o vuelve peligrosamente invisibles vastas franjas del trabajo que nos permiten a muchos de nosotros vivir con comodidad y hacer lo que amamos, también causa un gran daño a las profesiones que pretende celebrar, especialmente a los puestos de trabajo dentro de estructuras institucionales. Así, en ninguna parte ha sido más devastador el mantra “Haz lo que amas” que en el mundo académico. El estudiante de doctorado promedio de mediados de los años 2000 renunciaba al dinero fácil de las finanzas y del derecho (ahora un poco menos fácil) para vivir con un magro presupuesto y perseguir su pasión por la mitología nórdica o la historia de la música afrocubana. La recompensa por responder a ese llamado vocacional es hoy un mercado de trabajo académico en el cual alrededor del cuarenta y un por ciento de los profesores en Estados Unidos son profesores adjuntos –es decir, instructores que usualmente reciben pobres salarios y son contratados sin prestaciones, sin oficina, sin seguridad en el empleo y sin planes a largo plazo en las escuelas en que trabajan.

Son muchos los factores que provocan que quienes tienen un doctorado continúen proporcionando trabajo altamente calificado a cambio de salarios extremadamente bajos, pero una de las razones más importantes es la manera tan potente en que la doctrina “Haz lo que amas” ha penetrado en el mundo académico. Pocas profesiones fusionan tan íntimamente la identidad personal de sus trabajadores con los resultados del trabajo. Esta intensa identificación explica en parte por qué tantos profesores orgullosamente de izquierda permanecen en silencio ante las condiciones de trabajo de sus compañeros. Ya que la investigación académica debe hacerse por puro amor, la compensación y las condiciones laborales se tornan asuntos secundarios, si es que se consideran en absoluto.

En “El trabajo académico, la estética de la administración, y la promesa de trabajo autónomo”, escribe Sarah Brouillette sobre el profesorado:

nuestra fe en que nuestro trabajo nos ofrece recompensas no materiales y es más fiel a nuestra identidad que un trabajo “normal” nos vuelve empleados ideales cuando el objetivo de la administración es extraer el máximo valor de nuestro trabajo a un mínimo costo.

A muchos académicos les gusta pensar que han conseguido evitar el entorno de trabajo corporativo, y sus correspondientes valores, pero, como señala Marc Bousquet en su ensayo “Trabajamos”, la academia más bien puede servir como un modelo de gestión empresarial:

¿Cómo emular el medio de trabajo académico y lograr que la gente trabaje a tal nivel de intensidad intelectual y emocional durante cincuenta o sesenta horas a la semana por un salario igual o menor al de un bartender? ¿Hay alguna manera de conseguir que nuestros empleados se emocionen y murmuren “Me encanta lo que hago” como respuesta a contar con una mayor carga de trabajo y una menor paga? ¿Cómo podemos conseguir que nuestros trabajadores sean como los académicos y nieguen que estén trabajando? ¿Cómo podemos ajustar nuestra cultura corporativa para asemejarse a la cultura del campus, para que nuestra fuerza laboral se enamore también de su trabajo?

Nadie está argumentando que el trabajo agradable deba dejar de serlo. El asunto es que el trabajo emocionalmente satisfactorio sigue siendo trabajo, y reconocerlo como tal no lo menoscaba de ningún modo. No reconocerlo como tal, por el contrario, abre la puerta a la explotación más feroz y perjudica a todos los trabajadores.

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Irónicamente, el mantra “Haz lo que amas” refuerza la explotación incluso dentro de las profesiones “adorables”, en las que las horas extra, la mala paga y el trabajo no remunerado son ya la regla: reporteros forzados a hacer el trabajo de los fotógrafos recién despedidos, publicistas de los que les espera que tuiteen durante el fin de semana, empleados de los que se espera que revisen su correo electrónico corporativo incluso en los días en que se reportan enfermos. Nada hace que la explotación sea más fácil de ejercer que convencer a los trabajadores de que están haciendo lo que les gusta.

En vez de crear una nación de trabajadores felices y satisfechos, nuestra era “Haz lo que amas” ha visto el crecimiento del número de los profesores adjuntos y de los becarios no remunerados –gente persuadida de trabajar por poco o por nada, y a veces incluso con pérdidas. Este es sin duda el caso de todos los becarios que trabajan a cambio de créditos académicos, y de aquellos que incluso compran a través de subastas la oportunidad de hacer sus prácticas profesionales en casas de moda ultracompetidas. (Valentino y Balenciaga están entre el puñado de casas que subastan prácticas profesionales de un mes de duración. Con fines de beneficencia, por supuesto.) Esto no es sino explotación laboral llevada a su máximo extremo (y, ​​como una investigación de ProPublica ha revelado, el becario no remunerado es una presencia cada vez mayor en la fuerza laboral estadounidense).

No debería ser una sorpresa que los becarios no remunerados abunden en campos que son muy deseables socialmente, como la moda, los medios de comunicación y las artes. Estas industrias llevan tiempo acostumbradas a las masas de trabajadores que están dispuestas a trabajar por capital social en lugar de por salarios reales, todo en nombre del amor. Excluida de estas oportunidades se encuentra, por supuesto, la abrumadora mayoría de la población: los que tienen que trabajar por un salario. Esta exclusión no solo calcifica la inmovilidad económica y profesional; también aísla a estas industrias de toda la diversidad de voces que la sociedad tiene que ofrecer.

Y no es tampoco ninguna coincidencia que las industrias que dependen en gran medida de los becarios –la industria de la moda, los medios, las artes– estén entre las que cuentan con un más alto porcentaje de mujeres trabajadoras, como escribió Madeleine Schwartz en Dissent. Así, otra de las nocivas consecuencias de “Haz lo que amas” es la implacable manera en que extrae mano de obra femenina con poca o ninguna compensación. Las mujeres constituyen la mayor parte de la fuerza de trabajo mal pagada o no remunerada; como asistentes sociales, profesoras adjuntas o becarias sin paga, superan en número a los hombres. Lo que conecta a todos estos tipos de trabajos, ya sean llevados a cabo por personas con un certificado de secundaria o con un título de doctorado, es la creencia de que los salarios no deben ser la principal motivación para hacerlo. Se espera que las mujeres hagan este trabajo porque son cuidadoras naturales y están ansiosas por complacer; después de todo han cuidado de niños y ancianos y realizado tareas domésticas desde tiempos inmemoriales sin compensación alguna. Y, además, hablar de dinero no es cosa de señoritas.


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El sueño “Haz lo que amas” es –fiel a su mitología estadounidense– superficialmente democrático. De acuerdo con él, los graduados de doctorado pueden hacer lo que aman, regodeándose en su amor por la novela victoriana y escribiendo ensayos para The New York Review of Books. Los graduados de preparatoria también pueden hacer lo que aman, construyendo imperios de alimentos preparados gracias a la receta de mermelada de su tía Perla. El sagrado camino del empresario siempre ofrece esta forma de salir de inicios desfavorecidos, excusándonos al resto de nosotros de haber permitido que esos inicios fueran así de miserables. En Estados Unidos todo el mundo tiene la oportunidad de hacer lo que ama y volverse rico.

¡Haz lo que amas y no volverás a trabajar un día de tu vida! Antes de sucumbir a la intoxicante calidez de esa promesa, es crucial preguntar: ¿quién, exactamente, se beneficia de que el trabajo se sienta como no-trabajo? ¿Por qué los trabajadores deben sentir como si no estuvieran trabajando cuando lo están? El historiador Mario Liverani nos recuerda que “la ideología tiene la función de presentar la explotación de forma favorable a los explotados, como algo ventajoso para los desfavorecidos”.

Al enmascarar los mismos mecanismos de explotación que alienta, el mantra “Haz lo que amas” es, de hecho, la herramienta ideológica más perfecta del capitalismo. Hace a un lado el trabajo de los demás y oculta nuestro propio trabajo de nosotros mismos. Esconde el hecho de que si reconociéramos todo el trabajo como trabajo podríamos establecer límites apropiados para este, demandar compensaciones justas y horarios humanos que permitan convivir con la familia y tener tiempo de ocio.

Y si hiciéramos eso, más de nosotros podríamos terminar haciendo aquello que realmente amamos.


Este texto se publicó, originalmente, en la revista Jacobin.

Traducción: Lorena Marrón.

Fotos: Mario de Armas/Design SpongePleuntje, MattRachelFujita y Gustavo Garcia.

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