Enrique Metinides y los iconos del naufragio

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Enrique Metinides: El hombre que vio demasiado es la más reciente exposición del fotógrafo mexicano Enrique Metinides (Ciudad de México, 1934), mejor conocido en los ámbitos foto-periodísticos de nuestro país como “el decano de la nota roja mexicana”, gracias a su presencia constante y casi ubicua a lo largo de 40 años como reportero de diversas publicaciones “canónicas” de este género dramático-periodístico –La Prensa, Alarma! y una multitud de pasquines sensacionalistas de vida más efímera– en la cobertura de los desastres y tragedias ocurridos en la Ciudad de México y zonas aledañas durante la segunda mitad del siglo XX. Imágenes de incendios, inundaciones, explosiones, accidentes automovilísticos y aeronáuticos, choques ferroviarios, de tranvías y de vagones del metro, atropellamientos, asesinatos, suicidios, ahogamientos, motines, robos a mano armada, y otros hechos relacionados con la violencia o la vulneración de las leyes penales, constituyen no solo el grueso de esta nueva exposición instalada en el Foto Museo Cuatro Caminos, sino también de la extensa –y, en gran medida, aún desconocida– obra fotográfica de Enrique Metinides.

Apodado El Niño –debido a que llevó a cabo sus “pininos” en la nota roja cuando aún no terminaba la escuela primaria–, Metinides acababa de retirarse del periodismo a mediados de la década de los noventa cuando comenzó a ser reconocido como un destacado exponente de la fotografía moderna mexicana, especialmente de la vertiente más cercana al documentalismo y a la fotografía callejera espontánea o escenificada, a la par de figuras como Armando Salas Portugal o Nacho López. El éxito internacional de Metinides llegaría poco más tarde, con exposiciones en Nueva York y varios países de Europa, y alcanzaría su pináculo en 2011 con la muestra individual 101 Tragedies, presentada en los Rencontres d’Arles, Francia, con curaduría de François Hébel y Trisha Ziff, la cual recibió más de 40 mil visitantes. De esta exitosa experiencia derivó el libro más reciente de Metinides, 101 Tragedias (Aperture, 2012), producido e igualmente curado por Ziff, y una exposición homónima en la galería Aperture en Nueva York. Esta misma fórmula –la exhibición de fotografías aisladas que Metinides tomó en contextos periodísticos, acompañadas de una suerte de “pie de foto” que explica, en palabras del propio Metinides, la “historia” detrás de la imagen– se repite casi sin variaciones en El hombre que vio demasiado.

Albergada en una de las salas de la planta baja del Foto Museo Cuatro Caminos, la muestra curada por Ziff e Isabel del Río exhibe cerca de un centenar de imágenes captadas durante el desarrollo de sucesos policíacos y violentos, incluyendo algunas de las fotografías más conocidas y premiadas de Enrique Metinides, en las que resulta innegable el talento de este reportero para capturar eventos reales con perturbadora belleza formal y grandes dotes narrativas: la mujer humilde que lleva a cuestas el diminuto ataúd de su hija atropellada (1963), o aquella otra mujer, peinada y maquillada como una estrella de cine (pues acaba de salir del salón de belleza) que ha sido embestida por un Datsun en las calles de la Ciudad de México (1979); o la fachada derruida del Hotel Regis tras el gran terremoto que sacudió a la capital mexicana (1985); o la pareja de novios que ha sido atacada por asaltantes en Chapultepec (1995), entre muchas otras de calidad compositiva variable.           Asimismo, y por primera vez en México, la exposición incluye también la serie Juguetes, una especie de intervención de carácter deliberadamente “artístico” que Metinides hace de su propia obra periodística, empleando una variedad de imágenes de explosiones, choques de autos o incendios como telón de fondo de escenas estelarizadas por figurillas y juguetes de plástico que representan a policías, paramédicos y bomberos. La exposición también incluye fragmentos del documental homónimo dirigido por Ziff (y estrenado a principios de este 2016), así como un interesante videoclip realizado con fragmentos de imágenes en movimiento que Metinides grabó en video durante los años noventa, antes de su retiro, y una miscelánea de objetos que forman parte de las diversas y abundantes colecciones de este fotógrafo: algunas de las figurillas que estelarizan Juguetes; miniaturas de ambulancias, patrullas de policía y carros de bomberos; placas y “charolas” empleados por el ex reportero durante el ejercicio de su labor, y una docena de ejemplares de La Prensa de los años sesenta y setenta.

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Tal vez uno de los rasgos más interesantes de esta exposición es la serie de paradojas que involuntariamente escenifica, paradojas propias del aparecer de toda imagen en la época contemporánea y no exclusivas de las fotografías de Metinides. Como el hecho de que las imágenes expuestas en El hombre que vio demasiado sean en su gran mayoría impresiones digitales de calidad más bien mediana, recurso al que las curadoras debieron apelar para suplir y paliar la imposibilidad de acceder a la inmensa mayoría de los negativos que Metinides produjo durante su carrera como fotorreportero, negativos que actualmente se encuentran en manos de la Fundación Mario Vázquez Raña y la fototeca, hemeroteca y biblioteca del mismo nombre, institución que alberga el acervo de los diversos medios que componen la Organización Editorial Mexicana (OEM), incluyendo el de La Prensa, de donde Enrique Metinides fue despedido en 1996 cuando el grupo inversor de Vázquez Raña compró el diario y disolvió su cooperativa. Las imágenes que contemplamos en El hombre que vio demasiado son en realidad una pequeña parte de las que el fotógrafo logró salvar de la enajenación sufrida al final de su carrera, fragmentos heterogéneos y anacrónicos –montados de manera heterogénea y anacrónica–, que llevan la marca de toda imagen que ha sobrevivido al “fuego” de la desaparición, la destrucción, el ocultamiento que caracteriza, según Foucault, a todo archivo.

Otra paradoja de la curaduría de Ziff y Del Río es la gran dificultad y el riesgo que implica desplegar y explicar los mecanismos de una mirada a través del montaje de las imágenes producto de esa misma mirada. En un intento por explicar las aportaciones de Metinides al campo del arte, de valorar este en el contexto del mercado internacional y de justificar la presencia de un fotógrafo sensacionalista en el Museo, las curadoras de El hombre que vio demasiado se limitan a repetir una serie de discursos de singularidad y de comparación ya empleados (a menudo sin justificación) por los curadores y críticos que han estudiado a Metinides a lo largo de estos últimos veinte años. Las imágenes de Metinides, nos explican Ziff y Del Río en el texto curatorial, “son mucho menos gráficas que las publicadas en los tabloides de hoy”, aún cuando estas características no puedan aplicarse a la totalidad de las imágenes expuestas: en muchas de ellas –incluso en algunas de las más “elegantemente compuestas” (palabras de las curadoras)– resulta obvio que el “negocio” de Metinides estaba más enfocado a la producción frenética e incansable que en el paciente aislamiento de un momento decisivo; que su objetivo primordial era la creación de historias destinadas a la venta y la reproducción inmediata y masiva, más que la creación de estampas pictóricas para la posteridad.

Y aunque en el texto curatorial se refieren a ciertas cualidades que indican la presencia de una estética deliberada –Metinides está “influenciado por las películas de gánsteres de los años cuarenta y del cine noir”, señalan escuetamente; sus imágenes poseen un “estilo propio”–, no hay elementos en el montaje curatorial que exploten estas supuestas cualidades estéticas específicas. El único orden que parece guiar la disposición y contigüidad de las imágenes es, a lo sumo, uno vagamente temático (incendios en una pared; choques automovilísticos en otra; asesinos por acá, suicidios en esta otra), y si bien la presencia de la “voz en off” de Metinides (a través de los textos que invariablemente acompañan a las fotografías) le otorga a la experiencia de las imágenes una serie de emociones, ideas y palabras que acercan al espectador y lo implican con la mirada de la que emanan, uno se queda con la sensación de que las propias explicaciones de Metinides han incorporado –o más bien fagocitado– los discursos curatoriales de Ziff y de otros críticos y curadores antes que ella. Esto hace que el espectador se lleve la impresión de que ni las curadoras ni el propio Metinides están totalmente convencidos del poder de estas imágenes para significarse a sí mismas, como si su valor dependiera de la comparación o la referencia con otras obras artísticas.

¿Por qué les inquieta tanto reconocer a Enrique Metinides como lo que verdaderamente es –un gran fotógrafo de nota roja: un constructor de relatos melodramáticos y “carnosos”, creados para ser admirados desde las páginas de los tabloides; la expresión de una mirada forjada por un periodismo sensacionalista que, a partir de los años treinta del siglo pasado, cede a la fotografía el peso fundamental a la hora de convertir las tragedias de las pasiones humanas en el espectáculo/escaparate de lo que Carlos Monsiváis llamaba “el relajo convertido en cuento de la tribu”? ¿Es porque estas publicaciones estaban –y siguen estando– dirigidas principalmente a un público poco sofisticado, perteneciente a la clase trabajadora, usuario del transporte público y atraído hacia la sensación visual debido a sus altos niveles de analfabetismo real o funcional, es decir, a la mayoría de los mexicanos? “Desde siempre”, confiesa Metinides en una de las primeras entrevistas realizadas por J. C. Bautista tras su primera exposición en el Museo Universitario de Ciencias y Arte (MUCA), en el año 2001, “las escenas que más me gustaban eran las de los accidentes, los choques, los incendios. Incluso coleccionaba revistas policíacas que compraba en el Sanborns de Madero y luego recortaba las fotos más impresionantes y pensaba: ‘Híjoles, ¿cuándo voy a hacer yo una foto así?’. Incluso llevaba mi cámara al cine y ahí, a oscuras, tomaba fotos de las escenas que más me gustaban.”

Antes que el cine noir –que supuestamente Metinides veía desde niño–; antes que las películas de gánsteres y las fotografías de Weegee, y antes incluso que el deber periodístico y el ideal objetivo de este gremio, está la rúbrica sangrienta de la nota roja como síntoma de la mirada de Metinides, y, a la vez, como signo oculto del malestar de nuestra propia cultura: lo que Didi-Huberman, en su ensayo Arde la imagen, llama “la mórbida curiosidad del espectador y su tendencia a estetizar la desdicha de los demás haciendo del naufragio un icono”. Un “síntoma” que Metinides trató de paliar con el pharmacum de la fotografía, y que desafortunadamente las artífices de El hombre que vio demasiado, con todo el riesgo y la oportunidad que implica cualquier montaje de imágenes, no “curan” en esta exposición: la compulsión de Metinides de coleccionar –tal y como colecciona ambulancias de juguete, imágenes de la Virgen de Guadalupe y figurillas de ranas que abarrotan su hogar en la Ciudad de México– imágenes de la muerte, no tanto para certificar la huella de la calamidad en magníficos documentos, sino para comprobar, una y otra vez en las fotografías que produjo, la tranquilizadora ausencia de su propio cuerpo abierto. Tal vez la misma razón por la que nosotros no podemos apartar los ojos de ellas.


Enrique Metinides: El hombre que vio demasiado

Curaduría: Trisha Ziff

FotoMuseo Cuatro Caminos

Ingenieros Militares 77, Lomas de Sotelo, Naucalpan

Hasta el 15 de mayo, 2016


 Fotos del texto: Enrique Metinides; foto de la autora: Daniela Trejo.

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