Repensar el populismo: Ernesto Laclau y la lógica populista

El pensamiento de Ernesto Laclau presenta algunas coordenadas clave para entender la lógica política del populismo.

| Sociedad

Lo mismo en América Latina que en Estados Unidos y Europa, el populismo se ha encontrado en el centro de la vida política de los años recientes. Con este ensayo, que ofrece una relectura de Ernesto Laclau (1935-2014) —uno de los principales teóricos contemporáneos del populismo—, entregamos el segundo de tres textos de una serie que se propone presentar nuevos elementos críticos para repensar este fenómeno político.

Laclau: su definición del populismo

El pueblo no existe: se construye como identidad política. Esa sería una de las premisas de La razón populista, de Ernesto Laclau. El título es un guiño kantiano (la razón pura, la razón práctica, la razón populista) y el texto, un análisis histórico, político y filosófico del fenómeno del populismo, que el filósofo postmarxista argentino no evalúa moralmente. En cuanto a la definición de populismo, tan elusiva para los estudiosos, dice Laclau: “por ‘populismo’ no entendemos un tipo de movimiento —identificable con una base social especial o con una determinada orientación ideológica—, sino una lógica política.”[1] En otras palabras, un movimiento populista puede ser urbano o rural, de izquierda o de derecha, milenarista o teleológico, restaurador o revolucionario. Lo que realmente lo identifica como tal es la forma en la que articula un discurso que a su vez define una noción de “pueblo”.

Un movimiento populista surge, explica Laclau, cuando un conjunto de sectores de la sociedad es excluido, ignorado o descalificado como interlocutor cuando demanda soluciones específicas al Estado —al que reconoce como legítimo. Lo que eran en principio peticiones democráticas son posteriormente articuladas por un liderazgo y se convierten en una confrontación que implica una ruptura con los esquemas tradicionales de dicho Estado y devienen, entonces, en demandas populares. El proceso es conocido:

Si me refiero a un conjunto de agravios sociales, a la injusticia general, y atribuyo su causa a la “oligarquía”, por ejemplo, estoy efectuando dos operaciones interrelacionadas: por un lado, estoy constituyendo al pueblo al encontrar la identidad común de un conjunto de reclamos sociales en su oposición a la oligarquía; por el otro, el enemigo deja de ser puramente circunstancial y adquiere dimensiones más globales.[2]

Laclau describe aquí cómo un discurso político “constituye” al pueblo. Si antes existían solo sectores dispersos, clases, gremios, identidades grupales, individuos que reclamaban la inclusión en el debate y en las soluciones, el discurso del movimiento populista los articula ahora como un ente (el pueblo) que se enfrenta siempre a un enemigo, ya sea político, económico, etc. El pueblo —como antes la masa para los estudiosos del siglo XIX— diluye la identidad individual, gremial o de minoría (étnica, de género y aún de clase) en la oposición al enemigo.

Otro elemento central de los movimientos populistas es la existencia de un líder que promete una solución definitiva, de cuya pertinencia un amplio sector social se convence. Este individuo representa la posibilidad de restaurar la unidad del pueblo con el Estado, transformando las relaciones de poder y la hegemonía política. Los individuos desean restaurar esta unidad —dice Laclau, siguiendo su veta freudiana— como una forma de regresar al objeto primigenio del deseo individual: el seno materno. El factor afectivo de los individuos hacia el líder es, así, una característica omnipresente de los movimientos populistas.

Para articular y mantener a los diferentes sectores que componen la base, el discurso populista debe ser vago e indefinido:

[…] podemos deducir que el lenguaje de un discurso populista —ya sea de izquierda o de derecha— siempre va a ser impreciso y fluctuante: no por una falla cognitiva, sino porque intenta operar performativamente dentro de una realidad social que es en gran medida heterogénea y fluctuante. Considero este momento de vaguedad e imprecisión —que, debería estar claro, no tiene para mí ninguna connotación peyorativa— como un componente esencial de cualquier operación populista.[3]

Laclau, antiguo militante de la izquierda comunista argentina, evalúa positivamente las posibilidades disruptivas del populismo: “el elemento común está dado por la presencia de una dimensión anti-institucional, de un cierto desafío a la normalización política, al ‘orden usual de las cosas’”.[4]  El populismo es una vía para romper la hegemonía de un sistema político limitante, excluyente por definición de los sectores más débiles política y económicamente: “La crisis de representación […] está en la raíz de cualquier estallido populista anti-institucional.”[5]

Laclau omite mencionar que la vaguedad y el reduccionismo discursivo del populismo cumplen la función de permitir abarcar el más amplio espectro de clientela política: el único límite del pueblo es el enemigo del pueblo. Esta ambigüedad otorga al líder populista la libertad de moverse con bandazos políticos de acuerdo con las necesidades específicas del movimiento. El líder, en la libertad de la ambigüedad, administra las caminos y los tiempos de lucha, la ideología y la política ad hoc. En la interpretación tradicional (Barker, Reflections on Government, 1967) sobre los movimientos populistas, el líder no representa la voluntad del pueblo, sino al contrario: el pueblo lleva a cabo la voluntad del líder. Para Laclau, sin embargo, la dinámica de representación no es unilateral (de abajo hacia arriba) ni puede serlo, dado que el representado en el movimiento populista no es un ente constituido y uniforme:

[…] la representación constituye un proceso en dos sentidos: un movimiento desde el representado hacia el representante, y movimiento correlativo del representante hacia el representado. El representado depende del representante para la constitución de su identidad.[6]

El liderazgo populista exige sacrificios a los sectores que integran al pueblo recién constituido. El sometimiento de las minorías, la limitación de las críticas al líder, suelen ser comunes en los populismos y se justifican como un mal necesario para acceder a ese estadio en donde las contradicciones serán eliminadas: un estado sin corrupción, un gobierno sin políticos, una nación sin inmigrantes, una estructura económica sin explotación, etc. La libertad no es una condición necesaria para la utopía populista; al contrario, la libertad individual y de las minorías atentan contra el fin último: el bienestar del pueblo.


Populismo, libertad y democracia

Los movimientos populistas pueden existir en los regímenes democráticos liberales. Mientras no acceden al poder son considerados una manifestación política más en el espectro electoral. Durante los años sesenta en los Estados Unidos —Laclau explica el caso—, George Wallace, gobernador de Alabama, lideró un movimiento con un discurso radical dirigido al norteamericano promedio (blanco, con empleo, poco educado) bajo una serie de demandas anti-establishment y a la vez anti-minorías. Wallace contendió a la presidencia en 1968 con su propio partido político y tuvo una alta votación en los estados del Deep South. Otro ejemplo: el Frente Nacional, el partido francés de extrema derecha, que sigue un discurso populista (el lepenismo, con su liderazgo hereditario), ha ido creciendo en las últimas décadas hasta convertirse en la primera fuerza representativa de Francia en el Parlamento Europeo con 25% de los diputados en 2014. Aun siendo minoritarios, los partidos populistas pueden ganar importancia en regímenes parlamentarios cuando son requeridos como fiel de la balanza en las coaliciones.

Los movimientos populistas que ascienden al poder a través de las elecciones pueden “normalizarse” y dejarse cooptar por las fuerzas del sistema político reconstituido, como pasó con Forza Italia de Berlusconi o con Vicente Fox, en México. La coalición del líder populista con las fuerzas políticas tradicionales implica un desentendimiento con los sectores heterogéneos que lo habrían llevado al poder.

Los movimientos populistas pueden devenir en regímenes democráticos o en regímenes totalitarios:

La construcción de una cadena de equivalencias a partir de una dispersión de demandas fragmentadas y su unificación en torno a posiciones populares que operan como significantes vacíos [la lógica populista] no es en sí misma totalitaria, sino la condición misma de la construcción de una voluntad colectiva que, en muchos casos, puede ser profundamente democrática.[7]

Ante un régimen monárquico, o una dictadura partidista, por ejemplo, un movimiento populista puede abrir espacios a actores marginados:

Una primera decisión teórica es concebir al “pueblo” como una categoría política y no como un dato de la estructura social. Esto significa que no designa a un grupo dado, sino a un acto de institución que crea un nuevo actor a partir de una pluralidad de elementos heterogéneos.[8]

En otras palabras, el populismo, cuando articula a grupos heterogéneos enfrentando a una dictadura, por ejemplo, puede representar un avance democrático, como el caso del movimiento Solidaridad en Polonia, liderado por Lech Walesa.

El populismo en los regímenes democráticos tiene la posibilidad de ser también sinónimo de “demagogia trivial”, dice Laclau, cuando se ejerce en sociedades altamente institucionalizadas, como sería el caso de la pre-candidatura de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. La demagogia, por otra parte, es un ingrediente presente en cualquier campaña política dado que los candidatos prometen soluciones vagas a las demandas de amplios sectores. Pero el populismo va más allá: sugiere y promete el rompimiento con las clases políticas tradicionales para, de una forma u otra, restaurar el poder del pueblo:

[…] el populismo se presenta a sí mismo como subversivo del estado de cosas existente y también como el punto de partida de una reconstrucción más o menos radical de un nuevo orden una vez que el anterior se ha debilitado. El sistema institucional deber estar (nuevamente, más o menos) fracturado para que la convocatoria populista resulte efectiva.[9]


Populismo en México

Ya sea que se trate de países ricos o pobres, de regímenes democráticos u oligárquicos, existirán siempre sectores con demandas insatisfechas que se perciban o sean excluidos por el establishment político. La vía populista late y se vuelve más atractiva y políticamente más factible a medida que la legitimidad institucional se fractura (y vale recordar que la legitimad es, por supuesto, una percepción pública).

En México, las condiciones de fractura en la legitimidad del sistema político están dadas, y la figura de López Obrador es sin duda la de un líder populista. No es el único. El gobernador electo de Nuevo León, Jaime Rodríguez “El Bronco”, por ejemplo, tiene el discurso de un líder populista de derecha, aunque en su caso cuenta con más posibilidades de abandonar su discurso demagógico de lado al acceder el poder, normalizarse políticamente y gobernar con las antiguas oligarquías.

El caso de López Obrador es más incierto. La polarización de la elección de 2006 se debió en parte a la ambigüedad del discurso político del candidato de izquierda, que hacía imposible predecir si, en caso de llegar al poder, la lógica populista tendería hacia la “normalización” o hacia la radicalización. No hay certeza sobre lo que habría pasado. Hay que considerar que, así como el discurso populista “crea al pueblo”, también da forma a una oposición a este discurso, es decir, aglutina a la oligarquía al dotarla de un “enemigo”, creando un frente anti-populista conformado por los sectores excluidos de la nueva coalición que pretende acceder al poder (los medios, los gremios de empresarios, las minorías políticas, etcétera). En el 2006, una posibilidad era que la oposición de la derecha y de la oligarquía a la que López Obrador enfrentaba hubiera apostado por la desestabilización del nuevo régimen, llevando a una radicalización de las posturas y los discursos, como pasó en Chile con Salvador Allende o en Venezuela con Hugo Chávez, lo que no implica, por supuesto, que el candidato mexicano fuera en algún sentido como los anteriores. La otra opción era que López Obrador se normalizara y se incorporara al poder en los términos de la clase política tradicional, rompiendo con el discurso y con sectores que habría abrigado bajo el manto del populismo.

Decir que la clase política mexicana ligada a intereses empresariales conforma una oligarquía cerrada y excluyente, cobijada ideológica y discursivamente en un liberalismo económico anti welfare state es apenas una descripción. Declarar la guerra a esta oligarquía llamándole “la mafia en el poder” y describirla como “los enemigos de México” es un acto populista.

Si se considera que la única forma de romper esta hegemonía (que va más allá de los membretes partidistas, por cierto) es a través de un movimiento populista, es necesario asumir las consecuencias y el rol que cada uno quiere jugar: los movimientos populistas no necesitan intelectuales, sino propagandistas. Si se considera la vía populista como indeseable, sobre todo por la posibilidad totalitaria que implica, la tarea de los intelectuales sería definir los caminos por los que las demandas democráticas pueden y deben ser procesadas, establecer los límites —semánticos, incluso— de las múltiples luchas políticas que se llevan a cabo en el país: las demandas de los trabajadores, las posibilidades del sindicalismo, las demandas de las minorías étnicas y de género, los derechos políticos de los ciudadanos, la desigualdad económica, la falta de crecimiento, etc. Articular todos los problemas del país y buscar una solución política única significa abonar al populismo, con los riesgos que eso implica para la heterogeneidad política de México. Delimitar la complejidad de los problemas y no apostar a las soluciones simples es la vía no populista.


Notas

[1] Ernesto Laclau, La razón populista (Buenos Aires: FCE, 2005), 150.

[2] Laclau, La razón populista, 126.

[3] Laclau, La razón populista,  151.

[4] Laclau, La razón populista, 156.

[5] Laclau, La razón populista, 172.

[6] Laclau, La razón populista, 199.

[7] Laclau, La razón populista, 211.

[8] Laclau, La razón populista, 278.

[9] Laclau, La razón populista, 221.


(Foto cortesía de la Cancillería del Ecuador.)

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