Especismo y vegetarianismo: ¿es trivial el placer de comer carne?

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Lisa: Papá, ¿no puedes hacer una fiesta en la
que no se coma carne?
Homero: La gente normal ama la carne […]
Quieren impresionar a la gente, Lisa. ¡No vives de ensalada!

 

El auge cultural del vegetarianismo

Si bien la famosa conga anti-vegetariana de Homero Simpson –“¡No vives den-sa-la-da!, ¡No vives den-sa-la-da!”– todavía refleja la opinión de la mayoría, la proporción de la población mundial que ha decidido adoptar alguna forma de dieta vegetariana –una postura que, lejos de ser una doctrina en bloque, se presenta como diversa y flexible con las necesidades de cada persona– ha crecido sostenidamente, impulsada por razones de salud, preocupaciones ecológicas, lineamientos religiosos o inquietudes éticas.

La amplia variedad de argumentos a favor del vegetarianismo puede dividirse en tres grandes conjuntos: la salud individual, la protección al medio ambiente y la consideración moral hacia los animales. El primer grupo de argumentos apela simplemente al interés personal y se deriva del principio de que el consumo de carne y otros productos de origen animal resulta perjudicial para la salud de los seres humanos. La lista de las cifras y estudios que respaldan esta visión es larga, pero algunos de los resultados más prominentes han mostrado que el consumo excesivo de carne genera riesgos cardiacos, aumenta el colesterol en la sangre e incrementa la incidencia de diversos tipos de cáncer.

El segundo grupo de argumentos tiene que ver con el impacto de la industria cárnica en el medio ambiente. Según el ampliamente citado informe que la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) dio a conocer en 2006, el sector ganadero genera un 18% más de gases de efecto invernadero que el sector del transporte, además de ser una de las principales causas del calentamiento del planeta, la degradación de los suelos, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad.

En tercer lugar, el vegetarianismo moral apela a la consideración por los animales y al respeto por sus derechos e intereses. Este último conjunto de argumentos es el más complejo en términos conceptuales, pues descansa en reflexiones filosóficas y, sobre todo, en ideas que aún están lejos de ser compartidas por la mayoría: la idea de que, en tanto seres capaces de sufrimiento, los animales tienen intereses; que esos intereses los hacen sujetos de derechos, y que es nuestra obligación moral proteger esos derechos. Por sus implicaciones culturales, es en este tercer grupo que se enfoca este texto.


Fuentes intelectuales: Peter Singer y el movimiento de liberación animal

La principal fuente intelectual del vegetarianismo moral ha sido la obra del filósofo australiano Peter Singer (Melbourne, 1946), y en particular su libro Liberación animal. Desde su publicación en 1975, esta obra de Singer avivó el complejo debate sobre los derechos animales y marcó el inicio formal del movimiento de liberación animalun movimiento que, cuarenta años después, sigue vigente. De indiscutible naturaleza militante, este texto instiga al lector a cuestionar la prevalencia en nuestra cultura del especismo[1] –la discriminación hacia los miembros de otras especies animales por el simple hecho de no pertenecer a la especie humana– y a abandonar definitivamente el consumo de carne como respuesta a la obligación moral derivada del sufrimiento que la industria cárnica inflige en su “materia prima”: individuos que son seres sensibles. Propuestas en aquel entonces, estas ideas se han convertido en fundamento del vegetarianismo.

Los planteamientos de Singer –y la resultante identificación de los animales como sujetos morales– se asientan en el siguiente razonamiento: si bien los animales carecen de obligaciones morales porque no tienen consciencia de los principios bajo los cuales actúan, esto no significa que los seres humanos no tengamos obligaciones hacia ellos. Somos nosotros, en tanto sujetos racionales, los únicos en realidad capaces de establecer acuerdos éticos que lleven a una transformación de nuestras relaciones con los animales de otras especies. Considerarlos, en el sentido más amplio de la palabra, es nuestro deber ineludible.

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El consumo de carne como variedad del especismo

De acuerdo con las premisas de Singer, estamos ante la manifestación de un sesgo especista si, en una situación en la que debemos elegir entre satisfacer los intereses de un animal no humano o los de un animal humano, siendo los del primero de un carácter primordial como conservar la vida, damos prioridad a los del segundo. Ésta es exactamente la situación en la que nos encontramos cada vez que consumimos carne. Si concedemos que 1) un animal es un sujeto capaz de sufrimiento y que, por lo tanto, tiene un interés genuino por evitarlo, y 2) que el consumo de carne no es indispensable para nuestra supervivencia, ¿por qué seguimos entonces comiendo carne? Debido a los prejuicios del especismo. De ahí surge la principal demanda de Singer: terminar con esa forma de discriminación y tomar en cuenta los intereses animales en igual medida que los de los humanos.

Singer compara el especismo con otros tipos de exclusión como el racismo o el sexismo y coloca al movimiento de liberación animal a la par del feminismo o el abolicionismo, es decir, como una corriente que lucha en contra de la discriminación basada en características arbitrarias como la raza o el sexo –o la especie. El especismo se opone así al liberacionismo animal, ya que tener prejuicios especistas inevitablemente resulta un grave obstáculo para la toma de decisiones objetivas, o justas, respecto de los animales.

Para Singer, la persistencia de los hábitos carnívoros de los humanos es una de las manifestaciones más claras de esta forma de segregación. Comemos carne porque nos consideramos superiores a los demás animales y juzgamos nuestros intereses por encima de los suyos: tenemos el derecho no solo de utilizarlos, sino de torturarlos, explotarlos y asesinarlos para los fines que mejor nos parezcan. Nuestro gusto por comer carne, señala, es una expresión más de estas creencias; más aún, es una manifestación de los deseos triviales de nuestro paladar:

Dado que estas prácticas responden solamente a los placeres de nuestro gusto, nuestro criar y asesinar a otros animales para comernos su carne es un claro ejemplo del sacrificio de los intereses más importantes de otros seres para satisfacer nuestros propios intereses triviales.[2]


El placer de comer carne más allá de lo trivial

Ante esto es necesario notar que, más allá de la necesidad biológica de nutrición, la humanidad entera, en todas sus épocas y estratos sociales, comparte el entusiasmo por la comida como manifestación cultural o vehículo de refinamiento. La forma en que se consiguen, preparan y consumen los alimentos le parece relevante a la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo. Estas formas significan regocijo, memoria, pertenencia: la comida une y separa a la personas de un modo insustituible. En este contexto, el “placer” de comer carne –tanto en su nivel gustativo como en el de significación cultural– es difícil de subestimar.

De hecho, dejando de lado los casos más obvios –los de aquellos involucrados en la industria cárnica y los de personas que por razones de salud están impedidos de llevar una dieta vegetariana–, hay quienes consideran el consumo de carne como un aspecto altamente significativo de sus vidas. Si bien esta visión del carnivorismo no pone en juego los intereses fundamentales de los consumidores (como sí lo hace con los de los animales), sería insensato considerar a este gusto trivial en todas sus expresiones.

Célebres activistas del vegetarianismo han admitido la importancia de la comida –carne incluida– no solo como fuente de placer, sino como fuente de experiencias sociales fundamentales. En el último capítulo de su libro Comer animales, por ejemplo, Jonathan Safran Foer hace un conmovedor retrato de la celebración del Día de Acción de Gracias en su familia, una tradición en la que la presencia protagónica es el pavo al horno. Si bien existen sustitutos vegetarianos para este platillo, ¿de veras no hay una diferencia entre servir tofupavo o un pavo de verdad?

También el entusiasta gastronómico Michel Pollan ha hablado sobre el consumo de todo tipo de alimentos como un aspecto primordial en la vida de las personas. La premisa de El dilema del omnívoro, su afamado libro, es la siguiente:

Comer convierte a la naturaleza en cultura, transforma el cuerpo del mundo en nuestro cuerpo y nuestra mente. […] Comer nos pone en contacto con aquello que compartimos con otros animales y también con aquello que nos diferencia. Nos define.[3]

Más adelante, Pollan describe meticulosamente la planeación y ejecución de lo que él llama “La comida perfecta”: todo lo consumido en ella debe ser cazado, recogido o cultivado por uno mismo (además, naturalmente, de ser uno mismo quien prepara y cocina los platillos). Podría decirse que en este proyecto Pollan parte de intuiciones especistas. Sin embargo, hay una diferencia entre, por un lado, cazar uno mismo un animal que ha vivido una vida feliz y, por otro, el trato atroz que se les da a reses y otros animales en la industria alimenticia.


¿Comer o no comer carne? Una cuestión ética

Pese a que un gran número de vegetarianos afirma no disfrutar en absoluto el sabor de la carne, para muchos otros renunciar a ella implica un personalísimo cálculo ético-hedonista en el que el placer de saborearla se ve sustituido por la satisfacción moral que implica el respeto a la vida de los animales. En otras palabras, para defender el vegetarianismo moral no hace falta argüir que el modo de vida más feliz o placentero es comer solo verduras con tofu. Lo necesario es, en cambio, mostrar que es la forma más moral de vivir, incluso cuando involucre limitaciones significativas en la vida cotidiana.

“Para cualquier persona reflexiva –escribió el novelista sudafricano (y célebre vegetariano) J.M. Coetzee– debería ser obvio que hay algo terriblemente equivocado en nuestra relación con los demás animales, a quienes consideramos comida.” Debería también ser obvio que este error se ha multiplicado a gran escala durante los últimos 100 o 150 años, en tanto que la tradicional explotación de los animales se ha convertido en una industria de producción mecanizada. La enorme mayoría de la gente, sin embargo, mantiene una actitud contradictoria con respecto a la industria cárnica: consume sus productos pero evita a toda costa lo que ocurre dentro de las granjas o detrás de las puertas de los mataderos.

La propia industria se esfuerza por desligar sus productos del animal del que provienen empaquetando sus productos al vacío, sin sangre, con dispositivos “abre-fácil”, listos para ser cocinados casi sin tener que tocarlos. Es cómodo no pensar, por ejemplo, en el ser vivo del que se originaron unos nuggets de pollo o en que el foie gras que se sirve en los “mejores” restaurantes del mundo se obtiene a través de un procedimiento de franca tortura. En este proceso, conocido como “de cebado” o forced feeding, se introduce maíz cocido directamente al estómago de patos y gansos con ayuda de un embudo y un tubo de 25 centímetros. Si el animal no muere antes del plazo, el hígado tarda 15 días en hincharse al séptuple de su tamaño normal y considerarse en su punto ideal para el consumo humano. Es a la luz de horrores como este que la decisión de comer o no comer carne se vuelve un momento de “filosófica práctica”, un auténtico ejercicio de reflexión.

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¿Qué hace falta en el liberacionismo animal?

Tal y como ocurre frecuentemente con temas que involucran consideraciones morales, hay áreas de este debate que son confusas y conceptos que se nos escapan de las manos. Desafortunadamente, todavía desconocemos la verdad completa sobre ciertos detalles de la vida animal, es decir, la información que permitiría construir argumentos “científicos”, en el sentido de irrefutables, para defender su derecho a una vida libre de dolor. Sabemos desde Darwin que existen entre los animales formas más o menos sencillas de comunicación, aprendizaje, memoria y categorización, así como elementos de cognición social y espacial. En estos aspectos, las diferencias entre especies son de grado, no de clase. Conocer a detalle los procesos cognitivos de los animales, el significado exacto de sus reacciones a ciertos estímulos y la manera en que entienden su entorno sería de gran ayuda en la lucha contra el especismo.

En su famoso ensayo “Hablemos de langostas”, sobre al festival de la langosta en Maine, David Foster Wallace pone importantes preguntas sobre la mesa: ¿las langostas sufren cuando son cocidas vivas?, ¿el ruido que emiten es prueba de dolor o la mera evaporación del agua que contiene su caparazón? Y más importante: ¿es necesaria la evidencia física de dolor para que éste exista? Así como los avances científicos permitieron a la genética descalificar el concepto de raza, para combatir al especismo es necesario que se consoliden ideas lo suficientemente robustas para despertar sentimientos genuinos de empatía hacia los animales –además de comprobar de manera definitiva su condición de seres inteligentes, aunque su inteligencia sea distinta a la nuestra.

Acaso el filósofo israelí Tzechi Zamir tiene razón al señalar que el vegetarianismo en su estado actual puede compararse con el feminismo anterior al siglo XIX o con el abolicionismo de principios del siglo XVIII: muchos de los sentimientos que se necesitan para transformar las actitudes del grupo privilegiado con respecto del grupo explotado y discriminado son todavía inexistentes.

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El vegetarianismo, entre prácticas culturales y conclusiones racionales

¿Cómo conciliar las conclusiones estrictamente racionales de una reflexión ética desde la filosofía con prácticas culturales en las que el consumo de carne ha sido central desde hace milenios? Hay algo de verdad en los dos, y ciertamente deberíamos tender hacia un apego más estricto a las conclusiones éticas racionales, pero ¿cómo mediar entonces entre la razón y una cultura que parece oponérsele?

Los principales esfuerzos del movimiento de liberación animal están dirigidos a esto: a formar sentimientos genuinos de empatía hacia los animales que, a la larga, deriven en el acuerdo compartido de que es preciso ofrecerles un trato digno y una vida (o, en todo caso, una muerte) libre de sufrimiento innecesario. El proceso es lento pero está en marcha: además de la creciente conciencia sobre las infames condiciones de vida y muerte de los animales en manos de la industria cárnica, hay motivos para pensar que, gracias a avances tecnológicos, en el futuro dependeremos cada vez menos del uso de animales para el alimento, el vestido y la experimentación científica.

El especismo es una discriminación tan extendida, tan intuitivamente fácil de adoptar, que parece imposible de combatir. Pero existen posturas provisionales que nos podrían asistir en el camino hacia la meta. No es indispensable, por ejemplo, rechazar completamente el especismo para volverse vegetariano por motivos morales. Así, Tzachi Zamir ha asegurado que tener intuiciones especistas no tiene por qué ser incompatible con adoptar un estilo de vida vegetariano: a pesar de que todas las manifestaciones de especismo involucran una creencia en la superioridad de los seres humanos, eso no excluye necesariamente el respeto por la vida de los demás animales y el interés por evitar, en lo posible, su sufrimiento. A partir de planteamientos como el de Zamir, puede construirse una postura sólida a favor de una reforma radical de nuestros hábitos alimenticios y de producción que no implique abandonar las intuiciones especistas que, por ahora, todavía compartimos.

(Foto principal: cortesía de Alexander Mueller.)


Notas

[1] Aunque Singer popularizó el término, este había sido utilizado anteriormente por Richard Ryder, quien lo definió como “una forma de prejuicio basado en las apariencias”.

[2] Singer 1989, p. 155.

[3] Pollan 2006, p. 10.


Bibliografía mínima

–Goodland, Robert and Jeff Anhang, “Livestock and Climate Change”, World Watch Magazine, noviembre 2009.

–Pollan, Michael, The Omnivore’s Dilemma, Penguin, New York, 2006.

–Ryder, Richard, Victims of Science: The Use of Animals is Research, National Anti-Vivisection Society Limited, London, 1983 [1975].

–Safran Foer, Jonathan, Eating Animals, Back Bay Books, New York, 2009.

–Singer, Peter, Animal Liberation, Harper Collins Publishers, New York, 1975.

–Singer, Peter, “All Animals are Equal”, in Singer and Regan (eds.), Animals Rights and Human Obligations, Prentice Hall, New Jersey, 1989, pp. 148-162.

–Zamir, Tzachi, Ethics and the Beast, Princeton University Press, Princeton, 2007.

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