Evaluar para mejorar (la reforma educativa): respuesta a Leo Zuckermann

El comentarista Leo Zuckermann ha declarado que si López Obrador gana la presidencia de la República, hay que decir adiós a la reforma educativa, pero ¿esto es verdad?

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Ninguna política pública puede funcionar sin que sus operadores estén de acuerdo, y en las mejores condiciones, para llevarla a cabo. En el caso de la educación no solo se trata de simples operadores, sino de trabajadores formados por años para esa tarea, son maestros. Sin lugar a dudas ellos, y todos, debemos perfeccionar el ejercicio de nuestro trabajo; sin embargo, la reforma educativa de este sexenio creyó que la única manera como eso sucedería es por medio de una serie intensiva de evaluaciones centralizadas y estandarizadas que tuviesen como consecuencia el retiro del trabajo.

La reforma educativa, evidentemente, ha tomado pasos que debían darse: un sistema claro de ingreso, promoción y permanencia en el sistema educativo, una nómina transparente, entre otras cosas. No obstante, su diseño, en lugar de fomentar la evaluación para la mejora y que las promociones salariales sean un camino ideal como centro del trabajo de la Secretaría de Educación Pública (SEP), se consideró que el único modo como se puede administrar maestros es tenerlos sometidos a un régimen de inestabilidad laboral que no tiene ningún otro magisterio en el planeta: evaluaciones cada cuatro años y, en caso de ser calificado insuficiente (hasta ahora por un examen estandarizado y una carpeta de evidencias enviada en línea), pasar por evaluaciones anuales hasta salir del servicio.

Las críticas son claras: las evaluaciones sostenidas y con consecuencias importantes al estatus laboral crean estrés laboral y dirigen todo esfuerzo en el centro de trabajo a pasarlas (¡dejando el aprendizaje del niño en segundo plano!). Ese nivel de evaluación masiva es casi imposible de cumplir por la burocracia federal (tanto que el primer ciclo evaluativo nunca concluyó por las protestas magisteriales —que llegaron a presentarse en estados que no solían tener protestas de ese tipo—). La calidad en la educación no depende exclusivamente del desempeño del profesor e importan (mucho) los factores económicos, sociales y culturales. Que la evaluación no era utilizada para la mejora, que la oferta de actualización docente era insuficiente, que no se podía evaluar solo con exámenes (e instrumentos como carpetas de evidencia en línea, ya eliminadas por el INEE). Mucho de esto ha surgido en los diagnósticos de implementación de la reforma que ha hecho el propio INEE (ver aquí). No sólo se trata de la implementación, se trata del diseño centrado en la estabilidad laboral.

A ese respecto, Andrés Manuel López Obrador ofrecía desechar la reforma por completo, lo que significaba, en efecto, reformar el artículo tercero de la Constitución, en el que este sistema intensivo de evaluación está plasmado. Yo, como ahora lo hace Leo Zuckermann, habría lamentado que los elementos que regularizaron el Servicio Profesional Docente desaparecieran, más por presión del SNTE-CNTE. Pero me sorprende la reacción de Zuckermann. Sin cortapisas dice que, de ganar AMLO, hay que decirle adiós a la reforma educativa (¡incluido el inglés en las escuelas! —que ya existía desde antes de la reforma—) cuando el propio candidato dijo en público que se revisaría la Ley del Servicio Profesional Docente y no cancelar la reforma de plano (o sea, reformar la Constitución).

¿Cómo uno puede concluir un adiós a una reforma si López Obrador propone evaluarla y reformarla? ¿Cómo concluir eso cuando el candidato de Morena rectificó en los hechos, en público, que ya no era eliminarla por completo (incluso la organización Mexicanos Primero reconoció esta rectificación)? Cito a Leo Zuckermann en lo que creo es la esencia de lo que ve positivo en la reforma educativa:

«El pasado 10 de febrero, en un mitin en Zacatecas, aseguró que “no se puede llevar a cabo una Reforma Educativa sin los maestros” por lo que, de ganar, elaboraría “de manera conjunta un plan educativo para mejorar la calidad de la enseñanza sin afectar los derechos laborales del magisterio”. López Obrador, quien ya antes había prometido cancelar la reforma en cuestión, ahora fue más preciso. Habló de dar “marcha atrás” modificando la Ley del Servicio Profesional Docente para “eliminar la evaluación punitiva” y proceder a la “recontratación inmediata de los maestros y maestras cesados por no aceptar la evaluación”. Se trata del mismo lenguaje que han utilizado los críticos de la reforma».

Es decir, lo que Zuckermann cree que es la esencia de la reforma es la evaluación punitiva y el cese de profesores. Es válido decirlo porque el supuesto que defiende esa idea es que los maestros en México son todos pésimos y deben ser purgados del sistema. Sin embargo, valdría la pena que Zuckermann viera que, después de una ronda de evaluaciones, incompletas, la misma SEP dio como resultado que la abrumadora mayoría de los profesores eran “idóneos”. Bajo los propios términos evaluativos de la reforma, nuestros maestros sí pueden enseñar. ¿Entonces para qué evaluarlos en cuatro años para de nuevo cuestionar su nombramiento? ¿Por qué no podemos revisar la evaluación punitiva? ¿Amenazar el nombramiento vía exámenes es la única manera de tener buenos maestros y calidad?

Las preguntas que hago son esenciales. Ya van cuatro años de una reforma que es inoperable en sus términos y cuyos instrumentos probaron que el supuesto en el que descansa no es cierto. Si tanta fe tenemos en la evaluación, sería prudente eliminar el supuesto de que no funciona de plano y pensar en cosas más allá del magisterio. Es el plan educativo para mejorar la enseñanza que anuncia López Obrador, por ejemplo. ¿No nos merecemos como país hacer ese plan sin diagnósticos prefabricados? ¿No podemos pensar al servicio magisterial como un camino libre de castigos de vigilancia?

Esta reforma surgió de un pacto que no contó con la opinión del magisterio (pensándolo más allá de sus dirigencias sindicales), ni de los expertos en educación (quienes firmaron una carta pública a la SEP). Solo contó con la opinión de los operadores del Pacto por México, quienes se oponen a tocar cualquier contenido de la misma, por ejemplo, Aurelio Nuño, exsecretario de Educación y coordinador de campaña de Meade. Pero en ese mismo terreno, es curioso que Zuckermann diga que AMLO acabará con la reforma educativa; no obstante, tan las reformas del peñismo deben ser revisadas que Anaya ofreció lo mismo en el caso de la educativa, sin que recibiera tanta atención mediática.

Seamos claros, si tanto López Obrador como Anaya proponen reformar la Ley del Servicio Profesional Docente, significa que los concursos públicos seguirán, los estímulos permanecerán y que la evaluación que demanda la Constitución va a prevalecer. Decir otra cosa es engañar al público. Por eso, evaluemos la reforma, ya que permanecerá lo esencial, y pensemos la calidad en su verdadera complejidad. Los niños se merecen esa oportunidad intermedia que se ha abierto ante el falso dilema de eliminar la reforma o aplicarla sin cortapisas: un nuevo plan para la calidad.

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