Grecia, el triángulo imposible

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“Esto puede fallar, pero vale la pena intentarlo porque todas las otras opciones son peores”, escribió al final de su reciente mea culpa Dominique Strauss-Khan, ex director del Fondo Monetario Internacional, en el que admite que las políticas del FMI para Grecia fracasaron y propone operar una cuantiosa reducción de la deuda pública. El hecho de que uno de los antiguos mandamases del capitalismo sea el autor de esas líneas dice bastante sobre la crisis griega: la perspectiva de una salida del euro es una gran fuente de incertidumbre política y turbulencia financiera. Ni en Bruselas ni en Berlín (ni mucho menos en Atenas) hay consenso respecto a cómo enfrentarla.

Hay un inconveniente al escribir sobre la situación griega, y es que, como cualquier crisis, es imprevisible. Aquí se juntan tres fuentes de imprevisibilidad: las intrigas de palacio entre los líderes de Syriza; la actitud (hasta ahora más bien consensual) de los prestamistas internacionales y principalmente la actitud del electorado griego –parece que las preferencias por el No comenzaron a caer tan pronto se instaló el corralito. En el corazón de la crisis, sin embargo, se encuentra una paradoja político-económica irresoluble. Entender su dinámica es avanzar un buen trecho en la comprensión de las causas de la debacle y las perspectivas posibles.


Las aristas del triángulo

La llegada de Syriza al poder, un partido nacido ad hoc para combatir las políticas de austeridad implementadas por las administraciones anteriores, produjo un triángulo imposible. Una de las tres aristas tiene que reventar, más temprano o más tarde: Grecia en la zona euro, la intención de desarticular la austeridad o el gobierno de Syriza (unido, en todo caso). Las tres no pueden existir juntas. Hasta ahora la punta que se había doblado era la segunda: si en la campaña electoral la parte más radical del programa de Syriza se había diluido en promesas más bien abstractas, durante los cinco meses de su gobierno se han atravesado una y otra vez las líneas rojas. Syriza no habla más de auditar o dejar de pagar la deuda, la mayoría de las privatizaciones aceptadas por los conservadores seguirán su curso y se pospuso indefinidamente el aumento al salario mínimo. La propuesta que el gobierno griego le mandó hace unos días a la Troika –compuesto por el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea–, y que esta no aceptó, va más lejos aún: aumento a 67 años de la edad de jubilación e incremento de los impuestos (23% en general, 13% a alimentos y energía).

En realidad, y en esto yace la tragedia de la izquierda griega, el triángulo imposible de Syriza refleja la paradoja imposible de la sociedad griega: los votantes no quieren más austeridad, pero tampoco quieren salir del euro. Syriza desde el principio alimentó la idea de que una marcha atrás del rigor mortis fiscal era posible dentro de Europa (en la época confiaban en que los gobernantes de los países del sur, Hollande en Francia y Renzi en Italia, se rebelarían contra el norte germano). Aunque cualquier esperanza en la socialdemocracia latina se ha desvanecido –la crisis ha mostrado que en la Unión Europea solo las pistolas de Merkel truenan–, Alexis Tsipras, el primer ministro griego, parece seguir confiando en que, con suficiente presión, los alemanes aceptarán un acuerdo más benigno.

Pero en las negociaciones recientes la Troika fue demasiado lejos; a pesar de las concesiones del gobierno griego, los acreedores pidieron más. Comparado con lo que fue aceptado ya, las diferencias parecen insignificantes. Syriza no pudo más y llamó a dirimir el asunto en las urnas.

Dos cosas explican la incapacidad para llegar a un acuerdo: Syriza es extremadamente heterogénea y tiene un ala izquierda grande y bien organizada que ha repudiado el curso de las negociaciones. Además, a la izquierda hay otra organización, Antarsya, electoralmente pequeña pero con una presencia importante en los sindicatos. El gobierno sabe que puede doblar la arista de la austeridad solo hasta un cierto punto: una claudicación pública ante la Troika implicaría muy probablemente una rebelión dentro de Syriza y una mayor audiencia para sus competidores de izquierda.

En segundo lugar, es ingenuo creer que lo que se debate en Bruselas es estrictamente económico: los acreedores (especialmente los gobiernos conservadores europeos) quieren propinarle una derrota ejemplar a Syriza para mostrarle a sus electores lo que elegir a “izquierdistas irresponsables” significa.


El referéndum

Así pues, Grecia votará el domingo 5 de julio si acepta o no la propuesta de sus acreedores. En la organización del referéndum hay bastantes titubeos por parte de Syriza, que traerán enormes complicaciones. Pero antes de analizar eso hay una cosa esencial que resaltar: la Unión Europea es, a pesar de la osadía que suponía el proyecto de crear una verdadera comunidad política más allá del bloque económico, una estructura profundamente antidemocrática.

Su primer y más brillante arquitecto, Jean Monnet, representante perfecto de la burguesía financiera europea americanizada, concibió a la Unión como un verdadero proyecto de ingeniería social dominado por la élite administrativa-militar francesa y por el capital alemán. Cualquier motor democrático o sanción popular fue siempre una ficción. Los electores, consultados por primera vez solo décadas después de que la estructura institucional estaba en su lugar, aceptaron pasivamente el hecho consumado.

En este contexto, la convocatoria de Syriza a un referéndum para decidir el futuro económico del país aparece como una propuesta verdaderamente refrescante. En todo caso, algo nunca visto en la historia de la Unión Europea y que inmediatamente hace quedar mal a los eurócratas, que han decidido unilateralmente la política fiscal de naciones enteras durante los últimos seis años.

Por supuesto, detrás de este gesto democrático y soberanista Syriza hace un cálculo político bastante oportunista –y errado. Tsipras cree que una salida griega del euro sería el acabose de la Unión, y que por tanto Alemania va a hacer de último minuto todo lo necesario para evitar un Grexit. Dijo esto más o menos abiertamente el lunes 29 en una manifestación por el No: “No creo que su política sea echarnos del euro, sino poner fin a las esperanzas de que pueda haber una política diferente.” Luego confesó que en realidad no quieren un Grexit y que el referéndum es para darle una sanción democrática a su propuesta fiscal: “Con un No masivo, estaremos mejor armados para continuar con las negociaciones (…) nosotros queremos quedarnos en el euro: el mensaje es que el gobierno griego estará en la mesa de negociaciones el día después del referéndum.” Anteayer, el 30 de junio, una carta de Tsipras a la Troika fue filtrada, en la que este aceptaba buena parte de las propuestas, con “ciertas reservas”. Estos titubeos no hacen sino confundir a los potenciales votantes del No.

El problema es que no habrá mesa de negociaciones el día después del referéndum, especialmente si la Troika no ve un voto masivo por el . Merkel ha suspendido las pláticas hasta conocer el resultado. El plan de ayuda financiera terminó el martes a medianoche y el FMI rechazó inmediatamente la petición de extenderlo unos días. El lunes 6 de julio la propuesta de la Troika sobre la que los griegos votarán ya no será válida, y habrá que empezar desde el principio.

Y aquí, me parece, un segundo cálculo de Syriza: si la gente vota que no, ellos pueden esconderse detrás de la voluntad popular para llevar a cabo un salto de cuyos resultados no están convencidos y que han evitado a toda costa.

Porque en la organización del referéndum, a pesar de su enorme simbolismo democrático, hay una cuestión escondida que solo creará confusión: los griegos votarán si aceptan o no la propuesta de la Troika, pero lo que en el fondo eso significa es si quieren quedarse en la zona euro. Los acreedores no seguirán financiando el sistema bancario griego si no se acepta un rígido programa de austeridad, lo que en pocas palabras quiere decir que este colapsará y que habrá que salir de la unión monetaria.

Syriza sabe que la mayoría de la población quiere estar en el euro, por eso no menciona una sola palabra del asunto en el referéndum (Tsipras ha dejado de pronunciar la palabra euro en público). La andanada de críticas contra el referéndum que se hizo oír desde todos los rincones de Europa –la Comisión Europea llevó la batuta, pero el ladrido conservador y socialdemócrata no se hizo esperar– fue para decirle a los electores griegos que no se confundieran: que votar que No al acuerdo es votar por la salida del euro.


El día siguiente

Contra lo que Tsipras parece creer, Alemania está lista para dejar caer a Grecia. El establishment europeo aceptará un Grexit antes de permitir una política económica alternativa. Los eurócratas no han perdido el tiempo y han intentado acordonar el camino para que sus economías no se vean tan dañadas en caso de default. Lo cual es, en el fondo, extremadamente difícil: desde que Syriza impuso controles de capital, las bolsas europeas cayeron todas entre 3 y 5 puntos, y hasta el peso cayó frente al dólar.

Es imposible estimar las consecuencias de la salida griega de la moneda común. Parece prudente decir que provocaría al menos algunas semanas de turbulencia financiera –implicaría aceptar que buena parte de la deuda griega nunca será pagada–, aunque difícilmente una recaída como la de 2011.

Lo esencial es si Grecia puede beneficiarse económicamente de salirse del euro, como hasta cierto punto lo hizo Argentina al devaluar el peso en 2001. Tal vez la mejor respuesta a esta cuestión de especulación económica es que Yanis Varufakis, ministro de economía, polemizó desde hace años con los que creían que salir del euro era la única salida de la crisis. Su argumento: que una devaluación serviría si tuvieran algo para exportar, pero no es el caso.

Grecia está literalmente entre la Caribdis y la Escila; entre la certeza de una larga degradación dentro del euro y la incertitud de una salida caótica en la que la ruptura simbólica con la moneda única puede rápidamente derivar en una muestra de la dependencia real ante el capital.

Si Syriza fracasa –ya sea al plegarse, o al provocar una salida del euro que al final traiga más pobreza y degradación– será también el fracaso de la primera ola anti-neoliberal post-2008. La izquierda tendrá que buscar un nuevo paradigma y, ante todo, un nuevo programa. Escribiendo en el 2000 sobre la derrota histórica de la izquierda europea, Perry Anderson comentó que el epíteto neoliberal de Margaret Thatcher TINA (There Is No Alternative –no hay alternativa) solo se vuelve universal cuando sus oponentes tradicionales lo aplican con el mismo ardor: no hay realmente ninguna alternativa cuando la socialdemocracia adopta el mismo programa que los conservadores.

La ruptura de las negociaciones por parte de Syriza, tardía y caótica, es el primer intento más o menos organizado para romper con el TINA neoliberal en Europa durante los últimos treinta años. La viabilidad de una nueva alternativa dependerá directamente de la capacidad de Grecia para mostrar que se trata de un proyecto realista.

 

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