Güeros o el ejercicio íntimo de los embates públicos

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Me gustaría pensar que hay un buen grupo de chilangos que crecimos en el decenio de 1980 para quienes el entendimiento de “lo público” se formó a partir de nuestro vínculo personal con el DF. En una ciudad siempre en estado de equilibrio catastrófico (diría Gramsci), los habitantes tenemos que hacer reivindicaciones pequeñas y grandes todos los días –nos apropiamos de un pedazo de calle cuando queremos estacionar nuestro coche o cuando queremos manifestarnos. Esta idea interesa precisamente porque complica la distinción política de lo público y lo privado, y por lo tanto, sugiere una idea de ciudadanía que rebasa la simple obligación de cumplir con las reglas.

Güeros se acerca a esa experiencia íntima de los embates sociales recorriendo la ciudad y revisando con cariño y con sarcasmo varios mitos de la izquierda. Entre estos últimos se encuentran el de la UNAM como espacio impugnado; el de las viejas batallas sesenteras; la idea de que aún estando del lado de las causas nobles hay militancias más legítimas que otras. En fin, la izquierda mexicana sirve como un recurso cómico efectivo que no se ha explotado de manera suficiente.

Acaso más sugerente, es la propuesta de la película de ocuparse de la ciudad como escenario y como sujeto. Güeros es formalmente una road movie (acá se resume la trama). La historia avanza en tanto sus personajes atraviesan el DF en las cuatro direcciones. Sin embargo los tránsitos no son exclusivamente geográficos; suceden también cuando se cruzan repetidamente los límites íntimos y comunales del espacio.

Hay dos tipos de lugares que recorren, visitan o irrumpen el recién llegado Tomás, su hermano Sombra, y los amigos güeros de éste, Santos y Ana. Por un lado está el espacio público de la Ciudad de México. Dependiendo del lugar donde estén, el grupo y sus miembros juegan un rol social distinto: en las barrancas de Santa Fe se convierten en víctimas de un criminalillo local en cuanto delatan su desconocimiento del barrio; en la UNAM son esquiroles; en la fiesta nice del Centro son los amigos lumpen de la fresa rebelde.

Still de la película

El otro tipo de espacio en el que se desenvuelve la historia es el que normalmente se entiende como privado, la casa. El primer escenario es el departamento en Copilco; desde donde Sombra alcanza a ver la manta de “HUELGA” que cubre casi toda la fachada de su facultad. Ana recita un poema sobre una casa y con ese término se refiere al campus ocupado. Cuando el grupo finalmente encuentra en una pulquería al cantante Epigmenio Cruz, el borracho les pregunta agresivamente qué hacen en su casa. La repetición del término apunta a una interpretación interesante de los espacios: en los que son privados se asoma lo público por muchos resquicios, y los que son públicos no por eso dejan de ser íntimos.

Esta tensión entre lo privado y lo público, tensión en la que habita lo político, caracteriza al DF como a pocas ciudades. Quienes vivimos en la Ciudad de México estamos acostumbrados a negociarla, a cederla y a tomarla. Güeros ilumina esas apropiaciones que hacen a la vida chilanga. En la película los ocupas son muchos: los huelguistas y manifestantes, pero también los comerciantes informales que montan y desmontan ciudades de lona de la noche a la mañana y con ello dejan atrapado el coche de Sombra en lo que antes fue una vía pública. Sombra y Santos ocupan su departamento de manera más o menos ilegítima (si se roban la electricidad ¿pagarán renta?). El lugar que ocupa Ana en la Universidad –como estudiante y líder del movimiento- parecería pertenecerle más “naturalmente” a otros.

En esa medida, acaso es posible que a partir de las relaciones individuales con la ciudad y sus unidades (sus espacios, sus habitantes, sus instituciones) se puedan delinear nuestros ejercicios particulares (imperfectos, maleables) de eso que llamamos “ciudadanía”. En este respecto Güeros complica la interpretación que la origina mediante el espacio público y limita su ejercicio a esa esfera. Es difícil no entender el activismo de Ana como una reacción a sus padres y como una manera de reafirmar su espacio personal en la universidad pública. Por otro lado, se alcanza a ver una relación entre la apatía del Sombra (“estoy en huelga de la huelga”) y sus ataques de pánico con la pérdida de rumbo del movimiento estudiantil.

En varios momentos a Güeros le gana el ímpetu por guiñar a la nouvelle vague –algunos monólogos, algunos encuadres, la música, la blusa a rayas de Ana— y en esa medida, a forzar un diálogo con esos autores. Sin embargo en la suma de sus partes la película delata una interpretación muy fina de las tensiones que se habitan cuando de todas las ciudades, se vive en ésta.

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