¿Hay un Paz de izquierda?

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En días recientes publicamos una serie de ensayos sobre el pensamiento político de cuatro figuras emblemáticas de la izquierda mexicana: Ricardo Flores Magón, José Revueltas, Carlos Pereyra y el EZLN. ¿Habría tenido sentido añadir a la lista el nombre de Octavio Paz? ¿Puede hoy Paz –o al menos cierto Paz– ser reivindicado desde una posición de izquierda? ¿Hay en su obra elementos que puedan contribuir a articular una agenda emancipatoria para el presente? Dos críticos responden.

Paz y la izquierda

Xavier Rodríguez Ledesma

¿Hay un Paz de izquierda? Pregunta puntual que requiere una respuesta concreta: sí lo hay. El poeta en sus primeras etapas reflexivas de índole política fue un intelectual de izquierda, posición que con el transcurrir de la historia se transformó radicalmente hasta convertirlo en uno de los pensadores más influyentes y beligerantes contra esa opción filosófica y política.

La historia es conocida. Como muchos jóvenes de su generación, Octavio Paz se entusiasmó con las propuestas revolucionarias que el triunfo de la revolución soviética puso en la agenda política durante la primera mitad del siglo XX. La idea de luchar por una sociedad más igualitaria en términos económicos y políticos lo sedujo, por lo cual se comprometió con un proyecto educativo popular que lo llevó a Yucatán teniendo apenas veintitrés años. También en esa época escribió algunas páginas de fervorosa defensa de los planteamientos socialistas, así como un puñado de poemas militantes a favor de la causa de la República durante la guerra civil española, versos gracias a los cuales recibió la oportunidad de conocer in situ tanto los horrores de la guerra como la crudeza del ejercicio real de la política.

En ese primer periplo español, Paz atestiguó la manera en que la crítica –fundamento intelectual axial para el marxismo– era negada, perseguida, reprimida, eliminada. Ahí supo de las purgas stalinistas, de la firma del acuerdo de no agresión entre la URSS y la Alemania nazi, y vio la manera de actuar (autoritaria, intolerante, excluyente, represiva) de quienes se arrogaban la representación de las causas socialistas. Todo ello empezó a marcar una toma de distancia que habría de convertirse en abismo.

El que señalar los problemas, errores y desviaciones en los países socialistas fuera asumido por las izquierdas hegemónicas como un acto de enemistad política y traición ideológica generó que las reflexiones de Paz (y de muchos otros) fueran catalogadas bajo esos cánones, pasando así sus autores a formar parte del amplio universo conformado por los enemigos políticos de la izquierda en general.

A lo largo de los años la crítica de Paz al socialismo y al marxismo se acendró presentando fases luminosas y sombrías. Dentro de las primeras sobresale el rescate, la  valoración y la exigencia del ejercicio de la crítica y de la libertad en sociedades opresivas e intolerantes, con lo cual destacó el sentido humanista y libertario del ideal socialista. En las segundas se ubicaría la forma en que, al calor de las disputas intelectuales, en múltiples ocasiones el poeta hizo suyas acríticamente las argumentaciones más frívolas y banales utilizadas para descalificar las propuestas políticas de izquierda.

Es significativo que en sus últimos escritos Octavio Paz haya reconocido que por mucho tiempo había dedicado su capacidad crítica a enfrentarse casi de forma exclusiva a esas concepciones autoritarias del socialismo y que, una vez caído el muro de Berlín, era hora de enfilar sus agudas baterías analíticas hacia las versiones preponderantes del liberalismo contemporáneo, todo ello con el objetivo final de construir una opción política que rescatara lo más valioso de ambas filosofías. Su muerte impidió que pudiéramos ver la manera en que la imaginaba y coadyuvaba a construirla.


Simpatía por la revuelta

Jorge Quintana Navarrete

Confieso que, a medida que pasan los años,

veo con más simpatía a la revuelta que a la revolución.

Octavio Paz, Tiempo nublado (1983)

En su conocido ensayo “Revuelta, revolución, rebelión” (1967), Octavio Paz ofrece una teoría de las distintas modalidades emancipatorias. Paz se imagina un edificio de tres niveles: en los cimientos, “en el subsuelo del idioma”, se encuentra la revuelta, esa “palabra plebeya” que alude al desorden y al desarreglo y que con el tiempo llegó a significar un “levantamiento espontáneo del pueblo”, “motín o agitación sin propósito definido”; en el piso intermedio encontramos la rebelión, esa “sublevación solitaria o minoritaria” que parte de la desobediencia a la autoridad; y en el último piso se halla la revolución, una “palabra intelectual” que alude al “cambio violento de instituciones” y se ubica en el terreno prestigioso de “las leyes de la historia”. En este último nivel también se encuentra la modalidad reformista, la cual comparte con la revolución la misma noción de historia “como proceso lineal y marcha hacia adelante” pero rechaza la violencia revolucionaria.

Paz concibe este edificio de tres niveles como una ascención a la Historia: “Para que la revuelta cese de ser alboroto y ascienda a la historia propiamente dicha debe transformarse en revolución”. Mientras que la revolución es un sacudimiento que dirige la historia hacia un punto de arribo, la revuelta no es más que un “presente caótico o tumultuoso”, un desorden general en el que no se adivinan propósitos o metas ulteriores. En los momentos de revuelta, los pueblos destruyen toda teleología histórica y se ven arrojados a la vivencia brutal del tiempo en su indeterminación y contingencia absolutos. La revuelta es un “evento” en su concepción filosófica: un acto contingente, espontáneo, que tiene consecuencias insospechadas y abre mundos imprevisibles. La idea de revolución confía en un sujeto racional y soberano en control de la historia; la revuelta, por su parte, pone énfasis en la conjunción de cuerpos que crean posibilidades nuevas en el momento mismo de la transformación social. Mientras que la revolución busca tomar el poder para transformarlo, la revuelta muestra violentamente que no existe un solo centro de poder y que se puede cambiar el mundo “desde abajo”.

A lo largo de su trayectoria intelectual, Paz tuvo una relación intensa y contradictoria con las ideas de revolución y de revuelta, así como con las demás modalidades de la emancipación: fue un revolucionario comunista en su temprana juventud, más tarde un simpatizante de la rebelión surrealista y un intelectual fascinado por la revuelta campesina de Zapata, y al final de su vida un reformista convencido de la democratización paulatina. Hacia 1967 Paz se mostraba escéptico ante las posibilidades de cualquier revolución para transformar la realidad: una vez que conquista la autoridad, el revolucionario asume inmediatamente “la injusticia del poder”. Ese Paz sostenía que el mundo atravesaba por tiempos de revuelta, ya que las entonces recientes sublevaciones en países del “Tercer Mundo” –Cuba, Argelia, Ghana, entre otros– no correspondían a las nociones de revolución o rebelión, sino que conformaban una “revuelta popular y espontánea que aún busca su significado final”. Para ese Paz la historia dejaba de ser un camino que apunta a una orientación predecible: “La historia es diaria invención, permanente creación: una hipótesis, un juego arriesgado, una apuesta contra lo imprevisible”. Ese Paz confiaba que los tiempos de revuelta estaban transformando el mundo de modos todavía insospechados e incalculables.

La imagen de ese Paz contrasta tanto con la del joven revolucionario de los años treinta como con la del reformista institucional de los años ochenta y noventa. Al mismo tiempo, ese Paz, el revoltoso, resuena particularmente en las movilizaciones que han sacudido al mundo en el siglo XXI, desde el movimiento destituyente en Argentina hasta las protestas de Ayotzinapa, pasando por Occupy Wall Street y el 15M. Estas sublevaciones han mostrado –como sugería el Paz de los sesenta– que la potencia de las revueltas se encuentra en su capacidad de imaginar constantemente nuevas formas y prácticas políticas y nuevos modos de organización y convivencia social.

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