Heidegger en el siglo XXI

Hoy se cumplen 40 años del fallecimiento de Martin Heidegger. Al margen de su polémica biografía, su pensamiento ofrece un mapa para comprender las complejidades de un mundo dominado por la tecnología y las apariencias.

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Martin Heidegger es uno de los grandes filósofos del siglo XX. Ser y tiempo (1927), su obra emblemática, puede considerarse a la par de la Crítica de la razón pura de Kant o la Fenomenología del espíritu de Hegel. Sin duda, el hombre Heidegger también fue una figura atractiva. Sus habilidades como maestro y pensador atrajeron a brillantes y posteriormente influyentes alumnos como Hannah Arendt, Hans-Georg Gadamer, Herbert Marcuse o Emmanuel Lévinas, entre muchos otros. Sus alumnos lo referían como un pensador apasionado para el que su propia vida no podía desligarse de su pensamiento. Su compromiso con un cuestionamiento radical en términos filosóficos produjo algunas de las más importantes repercusiones filosóficas hacia finales del siglo XX, entre las que podríamos destacar la hermenéutica de Gadamer o la deconstrucción de Jacques Derrida.

Por supuesto, también ha habido fuertes críticos del modo heideggeriano de hacer filosofía. Sus textos llenos de juegos de palabras y neologismos, o su rebuscado y en ocasiones poético estilo de escribir, han generado agudas reservas. Aquellos que consideran que la filosofía debe ser clara y exacta, por ejemplo, Carnap o Ryle, ridiculizan el modo de expresión de Heidegger, con el que buscaba manifestar sus ideas de un modo distinto al de la terminología filosófica tradicional, pues la consideraba aquejada por las deficiencias de la metafísica clásica. Para los críticos de Heidegger, su filosofía solo puede concluir en una especie de nihilismo o, en el peor de los casos, en un curioso y peligroso misticismo.

Las controversias de Heidegger van más allá de su escritura o temáticas filosóficas. Se profundizan con su polémica adhesión al nacionalsocialismo en los años treinta del siglo pasado, la cual, aunada a su completo silencio por el Holocausto, tiende a situarlo en una posición al menos ambigua y, a lo más, comprometida con el horror. Sartre y Arendt le criticaron lo que consideraron una debilidad de carácter y una profunda falla política; Karl Jaspers fue más allá al afirmar que de hecho Heidegger tenía un modo de pensar en el que no cabía la libertad, ni la comunicación, y que su personalidad era de hecho dictatorial. Si relacionamos todo esto con el gusto que expresaba Heidegger por cierto tipo de lenguaje relacionado con el apego a la tierra y a las consideraciones sobre el arraigo que deriva de habitar un territorio, nos encontramos con una propuesta que nos invita a levantar las cejas, más aun por el momento histórico en el que se estaba expresando. Así, Adorno llega a hablar de la “banalidad filosófica” de Heidegger, quien emplea una jerga de autenticidad que no parece remitir sino a los peores aspectos del romanticismo alemán, mezclados con un entusiasmo religioso por el nacionalismo de corte populista.

Por supuesto que la visión filosófica de Heidegger, así como sus involucramientos políticos, pueden ser susceptibles de amplias críticas, pero nos equivocaríamos si evaluáramos toda su contribución filosófica solo bajo esta luz. Heidegger cambió la forma de la filosofía del siglo XX, rechazó el idealismo y propuso una visión radical de la existencia humana que no caía en las tentaciones subjetivistas o dualistas. Profundizó, de manera totalmente original, en qué es lo que implica que los humanos se encuentren ocupados en el mundo y proyectando siempre desde sus situaciones concretas. Sus lecturas provocadoras de la historia de la filosofía le permitieron desafiar las visiones representacionalistas de la verdad, es decir, aquellas que la identificaban como una adecuación de la mente con las cosas, o las esteticistas de la obra de arte –y todo esto sin hablar de sus estudios sobre el lenguaje y la poesía. Entre los aspectos más influyentes de su obra tardía está su análisis, complejo pero profundamente intuitivo, anticipador y clarificador, de lo que se encuentra en juego cuando la naturaleza es sometida a las exigencias propias del marco científico y tecnológico global, el cual amenaza con terminar genuinamente con las modalidades humanas de existencia.

Ante el pensamiento heideggeriano, entonces, suelen abrirse dos caminos: el primero consiste en considerarlo como un proyecto integral y unitario; el segundo permite considerarlo un pensamiento abierto a muchos caminos temáticos diferentes y, por tanto, a muchas interpretaciones. No debemos olvidar que Heidegger confirmó muchas veces que la búsqueda fundamental de su filosofía era la pregunta por el ser, es decir, la pregunta por el fundamento de los entes, aquello que decimos de una cosa cuando decimos que es, pero dicha pregunta no podía elaborarse salvo a través de otra pregunta, la que inquiere sobre la vida fáctica, esto es, por el modo como se da el ser en nuestra cotidianidad. Es esta última pregunta la que serviría de medio para poder plantear adecuadamente la interrogante inicial.

Heidegger plantea su filosofía desde el ámbito de la vivencia cotidiana del ser, es decir, comprende a la facticidad como el ámbito para plantear la pregunta de fondo: la pregunta por el ser. Ya que la historia de la filosofía ha estado vinculada a una metafísica que sustituyó al ser por el modo como este se nos presenta, el ser se nos ha presentado solo como imagen. Las cosas y nuestras ocupaciones con ellas encubren la posibilidad de que el ser originario sea pensado a lo largo del despliegue de nuestra vida cotidiana. Así, la facticidad es un camino que abre posibilidades, pero entre ellas también se abre la posibilidad del extravío. El hombre está constantemente desorientado, pues se dirige hacia rumbos que lo alejan de sí mismo, que lo alejan de lo que propiamente es. El ser humano, entonces, se busca a sí mismo, pero lo que encuentra constantemente es lo otro que lo distrae. Encuentra solo objetos útiles para hacerse de tal o cual modo. El hombre no se percata de que el valor de la existencia reside en el encuentro mismo con el ser y desde el ser, esto es, en el descubrimiento, en la aletheia: la capacidad del ser humano para hacer salir de lo oculto a la verdad en el sentido más originario.

El hombre, una vez que ha perdido su vínculo con lo más inmediato y fundamental, ha quedado atrapado en el ámbito de los entes intermedios y encubridores. Su mundo es ya, de antemano, abierto tan solo como un mundo mediático y provisional que lo aleja de su más propio poder ser y lo restringe al ámbito de las ocupaciones con los entes y con los otros seres humanos. La existencia, para Heidegger, se presenta entonces como una distracción constante, como un mantenerse ocupado con las presencias lo suficiente como para cuidarse a uno mismo en tanto otra presencia en el mundo. Lo que tenemos ante nuestros ojos solo vale en tanto puede considerarse un objeto, es decir, en tanto puede considerarse como algo a mi disposición y uso.

La realidad va quedando reducida para el hombre actual a entidades disponibles y a la mano, a entidades dispuestas para el consumo y el remplazo. No hay ya nada maravilloso o asombroso, pues la realidad es un simple generador de nuevas presencias, una estación de reservas y recursos explotables para el retorno incesante en ulteriores presencias desechables. La naturaleza se ve sometida a un desgaste nunca antes visto y el hombre asume un papel prepotente en la economía de la administración de lo disponible.

Los responsables más cercanos de esta situación, tal y como la identifica Heidegger, habrían sido la metafísica y la ciencia moderna. Ambos tomaron parte en el proceso del predominio de las representaciones. Emplearon un método que no estaba encaminado a participar serena y confiadamente en el desocultamiento de la realidad, sino que estaba encaminado a transformarla con violencia. El método exigió a la realidad que produjera nuevos e insospechados resultados, que reduplicara al infinito el flujo de presencias para que el hombre reivindicara su necesidad de distracción y su papel de soberano de las representaciones. Así, un paisaje es explotado por la industria turística; los sentimientos son explotados por la publicidad; el ocio por la industria del entretenimiento, etc.

La realidad es constantemente sometida a la violencia, al engaño, al encubrimiento, al martirio, a la provocación y a la lucha por seguir siendo de cierto modo. El arte moderno que refleja la realidad que se derrite es reflejo de un futuro que ya es presente. La época moderna conduce a un desierto en el que la realidad agotada por tanta violencia se derrumba ante nuestros ojos. Pero, tal vez, la peor consecuencia sea que el hombre no es consciente del peligro al que se expone. El pensar meditativo ha sido desplazado por el pensar formal y organizativo que tiene como encargo la pura planificación y administración de las presencias. El hombre se aleja cada vez más de su fundamento: de la tierra, del cielo, del habla, de lo sagrado, de su mortalidad. Al contrario, el hombre se refugia en las apariencias, en el fluir incesante de imágenes y presencias, en el intercambio permanente de objetos, en la ilusión de vivir por siempre.

La esencia del hombre se ha trastornado. Ya no disfruta del alimento, ya no goza con lo natural, ya lo sabe habitar el mundo. Aquí reside la verdadera crisis moral de Occidente y no en una crisis de valores o de leyes. El hombre se ha exiliado de su modo originario de ser y ahora no encuentra reposo en ningún lugar. Busca por todos los medios reproducir artificialmente la posibilidad de sentido pero no lo consigue. Cree que su desazón es debida a desórdenes políticos, económicos, institucionales. Culpa de su falta de fundamento a la falta de empleos o al declive de los valores tradicionales. El hombre actual es incapaz de ver que el presente es un modo de destinarse del ser como falta, como repliegue y como absoluto riesgo. El hombre actual es incapaz de ver que el fundamento que anhela con nostalgia se encuentra en sí mismo, en sus posibilidades de renovación, en su aletargada capacidad de asombro ante lo más propio del acontecer del ser.

La época actual, dominada por la técnica, la tecnología, los medios de información, la velocidad y su consecuente disminución de barreras espacio-temporales, ha devenido en nihilismo, un nihilismo que tuvo su origen en la metafísica griega y su cúspide en la Europa moderna, pero que hoy es importación global. La desilusión ante la aparente falta de sentido originario ha provocado el desplazamiento hacia la búsqueda del poder, hacia la lucha de todos por obtener el reconocimiento de los demás, hacia el anhelo por la fama y el éxito como sustitutos de todo sentido último.

En la época del sumo riesgo, cuando el ser mismo ha quedado expuesto a la posibilidad de su aniquilación o confusión total, la pregunta por el ser cobra renovada importancia. Si aún hay algo más bien que nada, todavía es posible canalizar con cuidado las energías serenas, que nos llaman desde el silencio a escuchar y a confiar, a no dejarnos llevar por los mensajes del pesimismo sino a guardar y abrir espacio al advenimiento de un lenguaje del ser descubierto. Escuchar al silencio que subyace a todo lo preguntable; reconocer nuestra temporalidad como el lapso, es decir, el paréntesis del resguardo del ser a pesar de estar sometidos al ensordecedor aparato que llama a la incuestionabilidad; meditar en medio del pleno ruido; atender a la evidencia posibilitadora de lo visible es dar espacio a la salvación y encontrarle sentido al peligro y la incertidumbre que es la condición más propia de nuestra existencia arrojada.

No es suficiente decir que la filosofía de Heidegger debería tratarse por sus propios méritos al margen de sus compromisos humanos. El camino filosófico de Heidegger establece la necesidad de comprometerse deliberadamente con decisiones concretas que modifican nuestra existencia de todos los días. Se busca levantar nuestra existencia a un nivel más auténtico. Si bien el análisis de la existencia humana llevado a cabo por Heidegger puede ser relevante para la evaluación de su compromiso subsecuente con el nazismo, sería un error olvidar su contribución filosófica a la ontología y a la fenomenología. Es como si el antisemitismo de Frege nos distrajera de sus contribuciones a la lógica. Lo que desafía en el caso de Heidegger son sus revisiones del destino humano, sus propuestas de elegir formas heroicas ante él, y también alinear su crítica de la tecnología global, con su silencio en cuanto al Holocausto. La reciente publicación, en 2014, de los ahora famosos Cuadernos negros –que constituyen la primera entrega de un total de nueve volúmenes en los que se consignan los pensamientos privados que Heidegger anotaba justamente en cuadernos negros y que el filósofo ocultó en vida solicitando que su publicación se realizara solo como colofón de sus obras completas– podría permitir reevaluar la magnitud de estas relaciones.

(Foto: CLTRACLCTVA.)

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