Historia sin cuerpos: una conversación con Eyal Weizman

Ayotzinapa es el evento de quiebre en la historia reciente de México: recuperar su fuerza convocante y su evidencia serí­a crucial para caminar al poder civil y la transformación sociopolítica. Así lo considera Eyal Weizman, investigador de Forensic Architecture.

| Ayotzinapa

Recientemente se presentó la Plataforma Ayotzinapa: Una cartografía de la violencia, proyecto de Forensic Architecture, y, además, en el mismo Museo Universitario Arte Contemporáneo (MUAC) de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se inauguró la exposición Hacia una estética investigativa (curada por Rosario Güiraldes). Ambas muestras retoman los datos de la pesquisa del Equipo Argentino de Antropología Forense y de las investigaciones llevadas a cabo por un grupo de expertos designado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Presentamos aquí una conversación entre Eyal Weizman, director del Centre for Research Architecture at Goldsmiths, University of London, arquitecto e investigador en jefe de Forensic Architecture, y  Luciano Concheiro, quien actualmente desarrolla una investigación sobre fosas clandestinas en México.

En esta conversación se discuten las contradicciones del caso mexicano; por un lado, una sociedad civil que logra organizarse y operar con eficacia en labores de búsqueda y localización de restos de personas desaparecidas; y por otro, un Estado incapaz de responder a sus responsabilidades fundamentales de procuración de justicia y seguridad, en un contexto, sin embargo, de instituciones sólidas y democráticas. Ayotzinapa, de nuevo, se plantea como evento paradigmático de una crisis social y política que muestra, a pesar de los fracasos que evidencia, una cara contundente del peso de una sociedad que aun adolorida se organiza contra la impunidad y el abandono estatal. Asimismo, se explica qué es el saber contraforense y cómo operaría en la construcción de una mirada dinámica de la práctica forense y su utilización en la construcción de una justicia pública más plena, a partir de la idea de foro de debate.


Luciano Concheiro (LC): El saber contraforense le da un giro de 180º a lo forense. El Estado deja de ser el agente que investiga y pasa a ser el investigado, el presunto delincuente. En este sentido, podría pensarse que, por un lado, está la construcción de pruebas y, por el otro, el enjuiciamiento y castigo. ¿Piensas estos dos momentos como momentos separados? ¿O hay una continuidad entre ambos? Teniendo en mente el trabajo que acaban de hacer sobre el caso Ayotzinapa, en el cual se prueba la participación del Estado en la desaparición de los cuarenta y tres estudiantes, ¿qué procedería? ¿Se tendría que dar paso a lo jurídico?  

Eyal Weizman (EW): La particularidad de la ley mexicana es que es una máquina burocrática. No se siente que los casos judiciales aquí sean eventos públicos en el sentido en el que los juicios internacionales lo son. Ni siquiera en los juicios de grandes acontecimientos de importancia nacional. Creo que la sociedad civil en México, en el caso de Ayotzinapa y en otros, necesita establecer foros civiles para que la evidencia se vea y se discuta, y para que el poder se ejerza. Todo evento es un evento criminal —con perpetradores, asesinos, secuestradores y personas que hacen desaparecer—, pero hay un fallo sistémico profundo, infraestructural, político-sistémico, que debe ser abordado a otro nivel que no es el del tribunal penal.

La palabra forense viene de foro. El principio fundamental de lo contraforense es la necesidad de establecer diferentes foros de debate. O la necesidad de tomar foros existentes y convertirlos en lugares en los que se puedan discutir las evidencias, en los que la verdad pueda ser construida de nuevo después de haber sufrido un ataque violento.

Sé que no es el único lugar pero, por ejemplo, un museo como el MUAC ofrece un foro alternativo. En el mejor escenario, los museos y las instituciones culturales pueden convertirse en lugares de pensamiento; lugares de debate acerca del presente, acerca de las necesidades contemporáneas, acerca de la forma en que somos gobernados, acerca de la forma en que necesitamos cambiar eso.

Así que, por supuesto, aún hay trabajo legal por hacer. No obstante, de ninguna manera la verdad debe abandonarse a ese nivel de la sanción estatal, a las máquinas de verdad que son los juzgados. Necesitamos encontrar diferentes foros para la verdad y diferentes formas de debate y transformación política.

LC: Me llama la atención lo que señalas, porque tras la desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa y al observar la resistencia emprendida por sus madres y padres, surgieron una multiplicidad de colectivos de familiares que buscan a sus seres queridos por sus propios medios. Varios de estos colectivos insisten en que no les interesa el procesamiento judicial de los culpables. Quieren algo mucho más profundo…

EW: Quieren a sus bebés de vuelta. Son padres. Yo soy padre y los entiendo. Lo que necesitas es una transformación política completa. México es un lugar asombroso para mí. Tienes, por un lado, un colapso absoluto de las instituciones estatales —de lo judicial, de la policía, del ejército, de los servicios municipales—, las cuales son convertidas en armas tanto para destruir personas como para destruir evidencia. Por otro lado, México tiene una de las sociedades civiles más robustas y fantásticas. Tiene una cultura académica e intelectual increíble, prensa libre e instituciones electorales democráticas.

Nunca me había encontrado un lugar que, al mismo tiempo, tuviera una sociedad civil tan robusta y un Estado fallido. Esto tiene que abordarse de una forma completamente diferente. Estoy acostumbrado a la ocupación; a la guerra urbana; a militares que, básicamente, persiguen a las milicias y matan a civiles en su camino; a casos en los que no puedes hablar de un Estado. Aquí, en México, tienes violencia al nivel de una guerra y colapso institucional y, simultáneamente, tienes una de las más sanas e impresionantes culturas intelectuales.

Aún no sé navegar esas contradicciones. Pero puedo decirte que estoy muy impresionado, ante todo, de cómo los padres se apropiaron del acto de exhumación, de cómo se lo arrebataron al Estado. Y también por las organizaciones no gubernamentales como el Centro Prodh, por la prensa libre y los académicos, que han creado las condiciones para el debate. Me siento en deuda. Me siento achicado por el poder de la sociedad civil. Es impresionante. Para mí fue como un tutorial. Aprendí muchísimo trabajando en México. Aprendí muchísimo del poder vital que tiene la gente aquí. La fuerza de su resistencia frente al Estado es simplemente alucinante.

LC: Quisiera vincular la reflexión sobre las fosas clandestinas con lo que planteas en tu libro The Roundabout Revolutions (Sernberg Press, 2015). En él estudias cómo las glorietas, que en un inicio fueron imaginadas como espacios de autorregulación, se convierten en espacios subversivos. Desde mi punto de vista, las fosas clandestinas son un espacio terrorífico, de aniquilación y borramiento, pero también creo que las familias de buscadoras y buscadores las han transformado en espacios de contramemoria y resistencia. Me gustaría escuchar tus reflexiones en torno a qué sucede, en términos espaciales y políticos, cuando las fosas son descubiertas.

EW:  Esa es la cuestión de una república, de una verdadera república en el sentido del poder colectivo de la gente de transformar y dictar su propio destino alrededor de controversias, a veces las controversias más dolorosas: alrededor de cadáveres de niños. Estos no son solo lugares de memoria, no son solo lugares de duelo, son lugares revolucionarios para la transformación política.

La controversia de Ayotzinapa tiene los ingredientes dentro de sí para ser un momento de llamado a la transformación política. No basta la rendición de cuentas, el duelo por los estudiantes y la muestra de simpatía y solidaridad con sus padres. Necesitamos reunirnos alrededor de ella y reclamar un cambio. Esto es como las revoluciones de las glorietas. La historia de Ayotzinapa tiene una fuerza política increíble.

Las revoluciones empiezan alrededor de cosas, alrededor de controversias. ¿Recuerdas que en la película El acorazado Potemkin, el clásico de Serguéi Eisenstein, hay una carne podrida? Esa carne podrida, de repente, se convierte en lo que mueve la maquinaria de la historia. La historia empieza a girar alrededor de este pedazo de carne podrida. Toda transformación política tiene que comenzar con su controversia. Este es el momento mexicano.

LC: ¿Y qué sucede cuando el objeto como lo pensamos tradicionalmente desaparece, cuando la calavera no existe? Tengo en la mente el caso de Santiago Meza López, conocido como «el Pozolero», que disolvió cientos de cuerpos en ácido, casi sin dejar rastro de estos. Siento que La calavera de Mengele: el advenimiento de una estética forense (Sans Soleil, 2015), el libro que escribiste junto con Thomas Keenan, está atravesado por una profunda confianza en lo objetual. En el espeluznante caso de Santiago Meza López prácticamente no existen restos materiales. O, más bien, hay una materialidad muy particular: la del olor de la muerte…

EW: Lo acabas de decir tú mismo. El objeto no desapareció. Está el olor. La composición molecular que es el olor es tanto un recurso epistemológico como político. Algunas veces no tienes el cuerpo, como en el caso de los desaparecidos. De nuevo, Ayotzinapa es un buen ejemplo. Tienes un evento irrepresentable. No tienes un cuerpo. No tienes ni siquiera una imagen de lo que estaba sucediendo en la ciudad. Tienes miles y miles de fragmentos de evidencia separados. Diferente evidencia material. Sin embargo, lo más importante está ausente.

La cuestión de cómo representar la irrepresentabilidad del evento surge si ves el mural de la exposición en el MUAC. Es una especie de representación de un evento que simplemente no es capturado. Tienes todas las narrativas, las cuales son contadas en conjunto. Se detiene en la fecha de niebla detrás de la cual los desaparecidos están ocultos. En cierto sentido, es una imagen del hoyo negro de la desaparición. Es una imagen de una no imagen, de lo irrepresentable.

LC: Para ti, ¿el evento revolucionario debe ser un evento representable? ¿Un hoyo negro, un evento irrepresentable, puede ser un evento revolucionario?

EW: En algún sentido, para que la política ocurra necesitamos negociar ese evento. Esa negociación es una representación. Lo que sea que escojamos narrar o expresar es un acto de representación. Esto es, un acto social de negociar cómo pensamos la transformación política alrededor de este evento. La representación ocurre. Puede ser la representación de un vacío, de un hoyo negro. Pero sabemos sus contornos. Sabemos que hay un hoyo negro que lo absorbe todo. No hay cuerpo. No hay calavera. No hay ADN. No hay historia, no hay ninguna historia sobre la que podamos estar de acuerdo. Todo quedó absorbido en este hoyo en Iguala. Tienes Iguala como un espacio al que los estudiantes entraron y se quedaron dentro. Todo el Estado institucional colapsó en ese hoyo y todas las representaciones fueron absorbidas. Ese hoyo negro es gravedad. La materia oscura del Universo es lo que mueve la fuerza de las estrellas y la gravedad. Esta materia oscura es una materia oscura política que cambia las cosas sin tener una clara imagen. Ni siquiera es una imagen, pero es una representación.

LC: En México, durante el siglo XX, la muerte se convirtió en uno de los elementos centrales en el proceso de la construcción de la identidad nacional. El Estado y los intelectuales —de Posada y los muralistas a Octavio Paz— retomaron una serie de símbolos y rituales relacionados con la muerte para articular lo mexicano. Actualmente parecería que el Estado ha perdido la hegemonía sobre la representación de la muerte. Y, además, parecería que frente a la clara representación de la muerte que proliferó en México durante el siglo XX hoy tenemos un vacío: las fosas clandestinas.

EW: Ese es un punto muy interesante. Con todo, hemos elegido poner como pieza central de esta exposición un mural que está dentro de la tradición del mural político, del mural que es un llamado a la transformación política. Por otra parte, es un mural abstracto. Es el colapso de la imagen, aunque aún hay representación. Tienes un mural en el sentido de que tienes también una narrativa. Puedes leerlo de izquierda a derecha. Hay una narrativa, hay movimiento. Es una especie de mural del siglo XXI. Hay datos, narrativa, líneas y gráficas. Es la catedral. Observas y, mientras te mueves, aprendes. Sin embargo, no hay representación. Es una especie de wabi. No hay imagen, pero hay representación.

Pensamos que el mural de Ayotzinapa no podía tener una imagen. Es el mural de la desaparición. Lo que observas es la desaparición. Lo que ves es la ofuscación de datos. Mostramos lo que el Estado está diciendo, lo que sigue sucediendo en las cortes, la «verdad histórica» del Estado. Y, en simultáneo, la construcción de verdad muy frágil que pudimos obtener del libro de John Gibler y de otros testimonios.

 

 

 

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