Honradez, no honorabilidad: Respuesta a Rodríguez Kuri (2)

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En esta ocasión, difiero con Ariel Rodríguez Kuri. Mis diferencias son, sobre todo, con respecto al término que vertebra su ensayo —el “honor”—, pues en el fondo es imposible no coincidir con el retrato que hace sobre la ausencia de moral pública y de ejemplaridad en las élites mexicanas. Ahora bien, creo que detrás de la cuestión terminológica yace algo más serio: el presupuesto de que es importante o deseable tener una élite política “honorable” (como si eso fuera un fin que vale la pena buscar o que vale la pena alcanzar).

Empiezo por algo que seguramente llamó la atención de algunos lectores del ensayo de Ariel: ¿por qué emplear el término “honor” si lo que nos preocupa es la salud de la república? Por lo menos desde Montesquieu, “honor” es un concepto vinculado con la monarquía y con la nobleza (cuando Ariel dice que se trata básicamente de un valor de Antiguo Régimen, creo que ahí deberíamos dejarlo). En Del espíritu de las leyes, publicado en 1748, el “honor” es el principio o resorte de la monarquía, así como la “virtud” es el principio de la república. Entiendo que Ariel no haya querido recurrir al vocablo “virtud”, pero creo que un término como “honradez” hubiera bastado. No solo porque implica por supuesto el acatar las leyes, sino también ese “obrar bien” que le interesa a Ariel; además, puede incluir la connotación pública y ejemplar que le preocupa particularmente. Es la falta de honradez de nuestra clase política y la inexistencia de medidas legales efectivas para castigarla la que, como ciudadano, me importa y me afecta, no el “honor” de cada uno de sus miembros.

México no necesita una élite política “honorable”; necesita una élite política honrada. En este mismo sentido, no creo que el “honor” alimente el imperio de la ley, ni que México necesite un “patriciado” (como quiera se entienda esta palabra, cuyo origen casi por sí solo la convierte en un concepto poco útil para el siglo XXI). Con respecto a este tema, no me parece casual que históricamente el patriciado haya llegado hasta los Padres Fundadores estadunidenses, como el propio Ariel lo señala, pues ese republicanismo patricio se empieza a diluir en ese preciso momento histórico. Para cuando mueren varios de ellos, es cosa del pasado, pues no correspondía al mundo que ellos ayudaron a crear y que es el mismo mundo en el que, en principio, vivimos actualmente. Por otra parte, no creo que se extrañe (o se deba extrañar) algo como “la antigua ética del aristócrata”, que, supuestamente, sabe “dónde, cuándo y por qué detenerse”. Me basta con que esos saberes se le impongan desde fuera, con leyes apropiadas, claras y efectivas. Tampoco creo que dilucidar “cómo procesarían el honor los oligarcas políticos” resulte útil. De entrada porque no creo que tengan los elementos para hacerlo; la razón es muy simple: un valor denominado “honor” no existe en su universo mental. Por último, no creo que “una política del honor es una política de la República”; opto, una vez más, por la honradez, sea o no “republicana”.

Antes de terminar su ensayo, Ariel hace una advertencia: si no llega el honor, “se intensificará la lucha de clases o en todo caso las formas más duras y ríspidas de la descalificación”. Concluyo con esta cuestión, no porque esté de acuerdo con lo que dice concretamente sobre la lucha de clases, sino porque intuyo hacia dónde va y, si estoy en lo correcto, se trata de un factor crucial. Es innegable que a últimas fechas hemos presenciado una intensificación en la falta de honradez de nuestra élite política. Sin embargo, se podría decir que esta falta de honradez ha sido un patrón en la historia de México. No obstante, hasta donde alcanzo a ver, este “patrón de comportamiento” no ha acentuado la lucha de clases a lo largo de nuestra historia ni provocado sobresaltos de envergadura. (La Revolución, se me dirá, es una excepción; sin duda, aunque no por sus resultados en términos sociales: las élites y la desigualdad siguen con nosotros). Lo que me parece nuevo es esa indignación creciente y esa sensibilidad social de muchos mexicanos de estratos diversos con respecto a la clase política en particular y a una serie de realidades con las que habíamos convivido hasta ahora sin mayores desvelos.

Sobre esta cuestión, sobra decirlo, internet es decisivo como vehículo de dicha indignación. Por cierto, el video del Instituto Cumbres que actualmente circula es el último ejemplo/espejo de esas realidades (y también, dicho sea de paso, de lo difícil que se antoja la regeneración a la que me referiré al final de este comentario). Ante una situación como la que se vive hoy en México, la superficialidad, misoginia y “valemadrismo” que refleja ese video no pueden dejar de llamar la atención (dejo de lado los gastos que seguramente supuso). Se me dirá que son jóvenes de diecisiete y dieciocho años “echando relajo”. Puede ser, pero también es cierto que detrás de esos jóvenes está una institución educativa (esto es, supuestamente formativa) típica de las élites mexicanas, así como un entramado de “valores” y sobrentendidos. Todo ello contribuye a incrementar la indignación social.

A últimas fechas he escuchado o leído que la indignación es un expediente demasiado fácil y de corto(s) alcance(s), que no hace mucho más que ventilar las frustraciones de cada quien. A menudo esto es cierto, pero también puede ser una precondición para la acción. La indignación no es más que un signo, ya lo sé; sin embargo, la entidad, magnitud y difusión de la indignación social que ahora percibo podría llevarla más allá de los confines a los que estamos acostumbrados e incluso más allá de las descalificaciones “duras y ríspidas” que, con sobrada razón, preocupan a Ariel. Aunada a otros elementos, como una mayor conciencia con respecto a eso que cabe denominar “lucha de clases”, el hartazgo de no pocos ante un clasismo que nuestras élites reproducen despreocupadamente y una clase media más alerta e imaginativa, creo que dicha indignación podría resultar regeneradora.

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