Horizontalidad y territorio

De Atenas a Buenos Aires, un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la horizontalidad.

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Horizontalidad y horizontalismo son palabras que encapsulan las ideas sobre las que se fundamentan muchas de las relaciones sociales e interacciones políticas en los nuevos movimientos globales, de España a Grecia, y en el movimiento Occupy en Estados Unidos.

La horizontalidad es una relación social que implica, como su nombre lo sugiere, una superficie plana sobre la cual comunicarse. La horizontalidad necesariamente supone la aplicación de la democracia directa y el esfuerzo por alcanzar consensos, procesos en los que se intenta que todo mundo sea escuchado. La horizontalidad es una nueva manera de relacionarse, basada en una política afectiva, y en contra de todas las implicaciones de los “ismos”.[1]Es una relación social dinámica. No es una ideología o un programa político que deba ser cumplido para crear una nueva idea o sociedad. Es una ruptura con esa clase de maneras verticales de organizarse y relacionarse, y es una ruptura que es una apertura.

Participar en cualquiera de las asambleas que tienen lugar en estos movimientos significa pararse o sentarse en círculo con un puñado de facilitadores y hablar y escuchar en turnos, usualmente siguiendo algunas reglas generales y principios de unidad, para después intentar alcanzar juntos, a través del proceso de escucha activa, un consenso, es decir, un acuerdo general con el que todos se puedan sentir satisfechos, aunque no sea necesariamente perfecto. Si uno le pregunta a un participante acerca de este proceso, lo cual he hecho innumerables veces, este hablará probablemente de la necesidad de escucharse unos a otros, utilizará quizás el lenguaje de la democracia – “democracia directa”, “real” o “participativa”– o dirá que no existe actualmente una sociedad en la que la gente pueda de verdad participar, y que eso es precisamente lo que estamos intentando hacer aquí, en este espacio y con esta asamblea. Es frecuente que en estas conversaciones se mencione alguna versión del horizontalismo. Este tipo de experiencia en Estados Unidos es tan similar a lo que tuvo lugar en Argentina a partir de diciembre de 2001 –donde yo entonces vivía y compilé una historia oral sobre este tema– que el paralelismo requiere reflexión, así como ser situado en una perspectiva histórica.

La palabra horizontalidad se escuchó por primera vez en los días posteriores a la rebelión popular de diciembre de 2001 en Argentina. Nadie recuerda de dónde vino o quién pudo haberla usado por primera vez. Era una palabra nueva que surgió de una práctica social nueva. La práctica consistía en que la gente se reunía, mirándose unos a otros, sin que nadie estuviera a cargo o ejerciera poder sobre otro, para empezar a encontrar maneras de solucionar colectivamente sus problemas. Al hacer esto juntos, estaban creando un nuevo tipo de relación. Tanto el proceso de toma de decisiones como las maneras en que la gente quería relacionarse entre sí eran horizontales. Lo que esto significaba tenía, y tiene todavía, que descubrirse en la práctica o, como dicen los zapatistas de Chiapas, “en el camino”, y siempre cuestionando el proceso mientras caminamos.

La rebelión en Argentina surgió como respuesta a una creciente crisis económica que había ya dejado a cientos de miles de personas sin trabajo y a muchos miles con hambre. El Estado no estaba ofreciendo una salida sino, de hecho, justo lo contrario. En los días previos a la rebelión popular, a principios de diciembre de 2001, el gobierno, temiendo un episodio de pánico bancario, congeló todas las cuentas bancarias personales. En respuesta, primero una persona y luego otra y luego cientos, miles y cientos de miles salieron a las calles, haciendo sonar botes y sartenes, cacerolando. No los dirigía ningún partido, no seguían ninguna consigna. Simplemente cantaban: “¡Que se vayan todos! ¡Que no quede ni uno solo!” En dos semanas habían dimitido cuatro gobiernos, siendo el ministro de economía el primero en huir.

La gente que estuvo en la calle cacerolando durante los días de la rebelión popular ha enfatizado la experiencia de tener un encuentro con los demás en la calle, presentándose unos con otros, mirándose, reconociéndose, preguntándose juntos qué podía seguir.

Uno de los aspectos más significativos de los movimientos sociales que surgieron en Argentina después del 19 y 20 de diciembre fue el grado en que la experiencia de horizontalidad estaba generalizada: desde la clase media organizada en asambleas vecinales hasta los desempleados en los barrios y los trabajadores recuperando sus fábricas. La horizontalidad y un rechazo a la jerarquía y a los partidos políticos eran la norma en miles de asambleas que tenían lugar en las esquinas, en las fábricas y empresas, y en los barrios de los desocupados. Y ahora, más de diez años después, el supuesto de base cuando la gente se reúne para organizarse es que será de manera horizontal –desde los cientos de asambleas realizadas en los Andes con el fin de luchar contra las compañías mineras internacionales hasta los miles de “bachilleratos”, programas alternativos de estudios de preparatoria que se alojan en espacios de trabajo recuperados.

La horizontalidad es un mundo vivo, que refleja una experiencia en constante cambio. Meses después de la rebelión popular, muchos participantes del movimiento comenzaron a hablar de sus relaciones como horizontales para describir las nuevas formas de toma de decisiones. Años después de la rebelión, aquellos que continúan construyendo nuevos movimientos hablan de la horizontalidad como una meta tanto como una herramienta. Todas las relaciones sociales están todavía profundamente afectadas por el capitalismo y la jerarquía, y por lo tanto por el tipo de dinámica de poder que estos fenómenos promueven en todos los espacios creativos y colectivos, especialmente en los modos de relación económica, de género, raza, acceso a la información y experiencia. La consecuencia es que, hasta que estas dinámicas sociales fundamentales no hayan sido vencidas, la meta de la horizontalidad no podrá ser alcanzada. El tiempo ha enseñado que, frente a esto, el hecho de simplemente desear un cierto tipo de relación no hace que esta se cumpla. Pero el proceso de horizontalidad es una herramienta para la realización de este objetivo. De este modo la horizontalidad es deseada como una meta, pero es también un medio, la herramienta para alcanzar este fin.

Los participantes de estos movimientos –desde España y Grecia hasta Londres, Berlín y Nueva York– se organizan a través de asambleas de democracia directa, y muchos hasta usan el lenguaje específico del horizontalismo y la horizontalidad. Estos participantes aplican formas horizontales para crear los espacios más abiertos y participatorios posibles, y, muchos meses después del comienzo de las ocupaciones, también hablan de los desafíos surgidos, reflejando que la horizontalidad no es una cosa sino más bien un proceso, una meta tanto como una herramienta.[2]

Desde el movimiento de Occupy ha habido en Estados Unidos un tremendo interés por lo que ocurrió en Argentina.[3] Un gran número de personas se me acerca o me escribe para compartirme que lo que leen sobre Argentina es exactamente lo que están experimentando, y que las formas de organización son notablemente similares.

Usualmente después me preguntan cómo son posibles esos paralelos. De manera similar, en Grecia, unos meses después del inicio de la ocupación de la Plaza Syntagma, el grupo SKYA (la asamblea para la circulación de luchas) pidió permiso para traducir mi libro Horizontalism al griego. Se ha traducido ya, y viajé a Atenas para reunirme con varias asambleas que comenzaban a usar el libro como una herramienta educativa, política y popular. De nuevo, como en Estados Unidos, los participantes del movimiento compartieron cómo las experiencias relatadas en el libro eran muy similares a las maneras en que se estaban organizado.


Espacio y territorio

La organización de los actuales movimientos globales se caracteriza no solo por sus métodos horizontales, sino también porque tiene lugar en espacios públicos. Parte de esta política es la necesidad de reunirse y de hacerlo sin jerarquías y en espacios abiertos, donde no solo todos puedan mirar a todos los demás, sino donde un espacio en común, ya sea este un parque o una plaza ocupada, es abierto y transformado. Esta apertura del espacio no se limita a las ciudades. He hablado en Estados Unidos con muchas personas involucradas en el movimiento Occupy provenientes de pequeños pueblos y poblados que se reúnen en una esquina o en una plaza local, quizás solo unas cuantas docenas de personas, pero en un espacio público. Uno de estos ejemplos es un poblado de solo 300 personas.[4] Lo importante no es el número sino el ser visible ante los otros y usar y transformar el espacio como una manera de intervenir, en nuestros propios términos, en una conversación más grande.

 La importancia del lugar para el movimiento Occupy –consistentemente situado en espacios públicos de manera que sus participantes puedan reunirse cara a cara– no puede subestimarse o verse como algo casual: está en el corazón de la política del movimiento. Los participantes en cada sitio de ocupación deciden su propia agenda. Los ocupantes no están protestando contra los gobiernos municipales o estatales ni pidiéndoles que resuelvan todos los problemas: la política del movimiento necesariamente implica que el Estado no puede resolver los problemas de la sociedad. Por supuesto, esto no quiere decir que las cosas no puedan mejorarse o que no haya un sinnúmero de realidades que los ocupantes quieran transformar, como el acceso a la vivienda, la educación, la alimentación, etc., pero el aspecto decisivo de su política es que el punto de referencia no está arriba (no es el Estado) sino enfrente (en los métodos horizontales, en el mirarse unos a otros). Es desde ese punto de vista que se deciden tácticas y estrategias.

En ocasiones, como con Occupy Wall Street, un lugar es escogido tomando en cuenta consideraciones políticas. En el caso de OWS, tuvieron lugar muchas asambleas para decidir cuáles podían ser las mejores locaciones (de las que había una lista de ocho potenciales). Instalarse en Zuccotti Park fue en verdad una elección política, tanto por estar en el área de Wall Street como por ser un parque privado. Pero el punto era, de nuevo, no hacer una demanda concreta. Una de las primeras decisiones de la asamblea fue cambiar el nombre del parque a Liberty Plaza, reclamándolo como un espacio colectivo, y no pedir, por ejemplo, que se convirtiera en un parque público o exigir más espacios públicos en Nueva York. De nuevo, vemos la mirada de los ocupantes enfocada no en demandas al “otro” (el Estado) sino en ellos mismos, en lo que pasaba en medio de su ocupación.

 En Argentina el uso del espacio y el concepto del territorio también fueron centrales. Esto fue cierto para el movimiento de asambleas vecinales, para los movimientos de trabajadores desocupados y para las empresas y fábricas recuperadas. La gente hablaba de nuevos lugares de encuentro, lugares ajenos a las formas de los poderes institucionales. Un participante en las asambleas lo describió de la siguiente manera:

Entiendo la horizontalidad como una metáfora del territorio, como una manera de practicar la política a través de la construcción de un territorio; la política tiene ahí su fundamento, y la democracia directa tiene que ver con esto. Es como si necesitara ocupar un espacio. [5]

El movimiento de fábricas y empresas recuperadas, organizado bajo la divisa “Ocupa, Resiste, Produce”, ahora alcanza cerca de trescientas fábricas. Casi todas estas fábricas ocupadas son administradas horizontalmente, sin jefes ni jerarquía. Los trabajadores hablan de la construcción de nuevos territorios, y con esto se refieren no solo al hecho de que han ocupado un espacio sino a los modos en que están operando colectivamente las empresas, en solidaridad con otras fábricas y la gente de la comunidad.

El movimiento de los trabajadores desocupados comenzó primero como una serie de protestas para demandar un subsidio de desempleo por parte del Estado, pero apenas un poco después sus miembros comenzaron a crear juntos algo distinto. Su protesta tomó la forma de un bloqueo: no teniendo un lugar de trabajo, se dirigieron a puentes u otros puntos importantes de circulación con la intención de cerrar arterias principales. Mientras realizaban el bloqueo creaban simultáneamente asambleas horizontales para decidir qué hacer, y desarrollaban una infraestructura completa de alimentación, atención sanitaria, medios de comunicación y cuidado infantil, abriendo juntos un nuevo espacio que, sin embargo, formaba parte del bloqueo. Muchos comenzaron a referirse a este espacio como un “territorio” nuevo y liberado. El libro de Raúl Zibechi Territorios en resistencia: Cartografía de las periferias urbanas latinoamericanos, publicado en 2009, trata justamente de este asunto. Zibechi habla de la importancia de la categoría de territorio cuando hay lugares que se están convirtiendo rápidamente en sitios no solo de lucha sino de organización. Lo describe así en otro de sus textos:

La divergencia real con respecto a periodos previos es la creación de territorios: el largo proceso de conformación de un sector social que solo puede ser edificado mientras se construyen espacios para albergar las diferencias. Vistos desde los sectores populares, estos territorios son el producto de las raíces de diferentes relaciones sociales. La vida se extiende en su totalidad social, cultural, económica y política a través de iniciativas de producción, salud, educación, celebración y poder en estos espacios físicos.[6]


Frenos de emergencia y el tiempo del ahora

Las diversas sedes del movimiento Occupy han tenido todas las mismas dos características, que deben ser tomadas en serio y exploradas a profundidad: espacios horizontales y nuevos territorios en los cuales se crean nuevas relaciones sociales.

“Marx dice que las revoluciones son las locomotoras de la historia. Pero tal vez las cosas sean diferentes. Quizá las revoluciones sean la forma en que la humanidad, que viaja en ese tren, acciona el freno de emergencia.”[7] Las palabras de Walter Benjamin iluminan perfectamente lo que ha estado sucediendo alrededor del mundo desde 2011 –y en muchos lugares aun antes de ese año, como en Argentina y en Chiapas con los zapatistas. Estos movimientos se han tratado de gritar “¡No”, “¡Ya Basta!”, “¡Que se vayan todos!”, del rechazo colectivo a la pasividad en una situación insostenible. Así es como activamos el freno de emergencia y en ese momento detenemos el tiempo y comenzamos a abrir posibilidades y a crear algo completamente nuevo. Lo que esto será no está todavía completamente claro, pero esta indefinición es parte de lo mismo. Hay un deseo de detener el tiempo y comenzar algo nuevo, creando nuevas relaciones y más espacios liberados. Las formas que esto tomará se están descubriendo como parte del proceso, en la manera misma en que están siendo creadas –en el espacio geográfico y horizontalmente.


Notas

[1] Mi elección del término “horizontalismo” en 2006 fue quizás un error. Se trata, en realidad, de un anti-ismo, y el uso de la palabra “horizontalismo” pudo haber creado alguna confusión. En su momento la decisión se hizo pensando que términos como “horizontalidad” no reflejaban suficientemente una relación cambiante.

[2] Viajé a Grecia, Londres y Berlín en noviembre de 2011 y conversé con gente en los varios movimientos de Occupy.

[3] Esto se refleja en las ventas de Horizontalism, el libro sobre el poder popular en Argentina que edité.

[4] Este poblado, Point Reyes, localizado 50 kilómetros al norte de San Francisco, ha creado desde entonces una alternativa al uso de la policía con un equipo de resolución de conflictos, ha promovido el uso de monedas alternativas y ha obtenido el número necesario de firmas para expulsar a su único banco –ahora tendrá una cooperativa financiera.

[5] Marina Sitrin, ed., Horizontalism: Voices of Popular Power in Argentina(Oakland, CA and Edinburgh, Scotland: AK Press, 2006), 60.

[6] Raúl Zibechi, “The Revolution of 1968: When Those From Below Said Enough!,” Americas Program, marzo 6, 2008,http://www.cipamericas.org/archives/662.

[7] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia y otros fragmentos, Contrahistorias, México, 2005, edición de Bolívar Echeverría.


Publicado originalmente en Possible Futures.

Traducción: Humberto Beck

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