Imágenes de Gerardo Deniz

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En un artículo central para entender la poesía mexicana publicada entre los años ochenta y noventa, Evodio Escalante [1] propuso clasificar a cuatro poetas, Coral Bracho, David Huerta, Alberto Blanco y Gerardo Deniz, como los ejemplos más logrados de cierta estética en la poesía a la que propuso denominar “vanguardia blanca”. Este movimiento, por así llamarlo, tenía como característica principal una particular concentración en los artificios del lenguaje literario (ciertos manierismos, desplazamientos significantes y una dificultad semiológica ejemplar), herencia de las sucesivas vanguardias poéticas del siglo XX, pero sin la carga política de estas ni su construcción pública como disidencia (manifiestos, gestos públicos, etc.).

Se trataba, según Escalante, de una retirada de la experimentación vanguardista hacia el interior del individuo; los cuatro autores participaban de una economía de prestigio literario basada en la dificultad y la subjetivación principalmente lingüística. De su postura ideológica no se esperaba una confirmación estilística; semejantes todos, estaban en espacios distintos del espectro político: Huerta en la militancia de izquierda, Bracho en un tímido pero estimulante deleuzianismo, Deniz en un liberalismo más bien conservador. Sin embargo, hay algo en esta definición política que resulta insuficiente al acercarse a la obra de Deniz: la suya es una vanguardia radical, pero no militante.

La poesía de Deniz no parece tener antecedentes claros en la tradición mexicana; es un “raro”,[2] un inconforme permanente que arriesgó en el territorio de la lengua. Refractaria a la cursilería y las masas, la poesía deniciana es puesta en verso de la singularidad del lenguaje, entendido no como una serie de realizaciones individuales sino como una fuente de estructuras y desvíos potenciales. No es un poeta de la historia, ni del sujeto ni de los afectos, sino de todo eso en el espacio de las lenguas.

Raro pero no olvidado, Deniz fue reconocido como un escritor sumamente original por sus contemporáneos: Zaid, Paz, Alatorre, Carreira, Huerta. Para todos ellos no quedaba duda, Deniz era un poeta en cuanto a sus procedimientos y retórica;[3] si acaso el tema fuera su uso desproporcionado de ellos (no en un sentido peyorativo, sino, por decir, dionisíaco o, a riesgo del lugar común, gongorino). Tampoco faltó quien acusó, de nuevo Escalante, la ausencia de poesía en su obra y una parodia infinitesimal que anulaba toda creencia y toda posibilidad más allá del deleite formal.

Una tercera lectura es la que ofrece Luis Felipe Fabre,[4] para quien los poemas de Deniz pueden serlo y no serlo, a condición de permanecer indiscutiblemente en la ambigüedad de una definición que sería, en todo caso, un reflejo del definidor. Esta posición que parecería ecuménica es en realidad una apropiación irónica de las posturas anteriores, una operación crítica desde la negatividad. Para Fabre y otros muchos poetas de esta generación Deniz es, más que una referencia en el campo poético, una práctica social. Poetas tan distintos entre sí como Fabre, Xitlálitl Rodríguez, Daniel Saldaña París, Paula Abramo u Óscar David López tienen a Deniz como punto de quiebre en la poesía mexicana actual. No se trata, como claramente explica Fabre en el ensayo referido, tanto de una afinidad estética cuanto de una cercanía ética. El ethos deniciano es, como paradójicamente lo señalara Escalante, a-poético puesto que descree del privilegio histórico del poeta, sin que ello signifique renunciar a la labor con el lenguaje.

Así como la categoría de lo impolítico no significa una renuncia a lo político sino un retorno a su propia radicalidad, podríamos pensar lo apoético en Deniz como una crisis del perfil social del poeta, no del lenguaje poético.

Si para los contemporáneos de Deniz su lectura había constituido un espacio de disputa por, digamos, el régimen de legibilidad, para los poetas más recientes se tratará de un espacio propicio para el ensamblaje de lo formal y lo ético. En este sentido, creo que podemos pensar en otros “rescates” (o apropiaciones, dirían otros) realizados por esta generación como una suerte de plataformas críticas y ensamblajes de forma y ethos; escritores como Mario Santiago Papasquiaro o Ulises Carrión (cuya distancia estética entre sí y con Deniz no podría ser más clara) permiten retornar a lo poético lejos de las aporías de la modernidad, pero sin perder de vista las condiciones de sociabilidad actuales.

En parte, esto explicaría algunas de las contradicciones de las operaciones críticas y sociales de los poetas recientes. En lo que podríamos pensar como un giro rancieriano de la poesía mexicana reciente, hay una franca politización de los procedimientos estéticos (un trabajo sobre la distribución de lo sensible) que no aparece en la poesía social de viejo cuño (que opera mediante la tematización de las diferencias sociales); las políticas de la escritura pasan lo mismo por el tema que por la forma y las prácticas interpretativas. Este giro y no otra cosa es lo que explicaría que una generación que puede caracterizarse por haber (re)abierto espacios para la articulación de lo (im)político tenga como referente a un poeta que, como se vio al comienzo, estaba lejos de complementar el “trastorno del lenguaje” vanguardista con los gestos propios de estas; el desplazamiento del ethosvanguardista de principios del siglo fue sustituido por la negación de lo poético como práctica poética.

Lo anterior también explicaría que los otros poetas que para Escalante acompañaban a Deniz en la decoloración de la vanguardia no tengan el mismo estatuto de legibilidad histórica que tiene este. No es que necesariamente Bracho, Huerta y Blanco confíen en el papel del poeta en la modernidad (aunque me temo que así es), sino que la distinción requería una negatividad disparatada, un rechazo franco de lo que en palabras de Deniz fue quizá la menos importante de sus ocupaciones. Por último, esto permitiría entender también la asunción de Deniz a un canon superficial en el que incluso quienes se encuentran lejos no solo de su ethos poético sino incluso de sus registros retóricos (digamos, la promoción más reciente de poetas jóvenes) haya intentado cobijarse bajo la figura de Deniz luego de su muerte; asunción que, sin embargo, resulta fútil por la radicalidad de la obra deniciana, refractaria, como él, a cánones fáciles y convivencias falsas.


[1] Evodio Escalante, “De la vanguardia militante a la vanguardia blanca. Los nuevos trastornadores del lenguaje en la poesía mexicana de nuestros días: David Huerta, Gerardo Deniz, Alberto Blanco y Coral Bracho”, en Federico Patán, ed., Perfiles. Ensayos sobre literatura mexicana actual, Boulder: University of Colorado, 1992.

[2] David Huerta, “Poesía mexicana del siglo XX”, en La palabra y el Hombre, núm. 112 (octubre-noviembre 1999), p. 46.

[3] En un ensayo atravesado por el desdén hacia una recepción distinta de la obra de Deniz (sin acusar nombres de los referidos) Aurelio Asiain enfatiza la “naturalidad” de la condición poética deniciana en comparación con la originalidad que han buscado críticos como los mencionados arriba (“Gerardo Deniz: poeta”, Letras Libres, agosto 2014, pp. 34-35.

[4] “Relectura: Visitas guiadas de Gerardo Deniz”, Letras Libres, noviembre 2009, pp. 88-89.

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