Intelectuales y poder: La muñeca tetona

A partir de una fotografía tomada por el fotoperiodista Pedro Valtierra, en 1987, en la que el expresidente Salinas de Gortari aparece rodeado de un grupo de notables intelectuales, Diego Enrique Osorno construye un documental que busca desmenuzar las relaciones entre los intelectuales y el poder en México.

| Cine

Conocí a Diego Enrique Osorno por medio del documental El alcalde, que dirigió junto a Emiliano Altuna y Carlos Rossini. Pude ver la película completa en el estreno en Sonora, en el marco del Festival internacional de Cine en el Desierto con la presencia del propio Diego Osorno en el Teatro de la ciudad de Hermosillo. Este filme multipremiado conmocionó a quienes estaban en la sala, y a mí de forma especial, pues descubrí una propuesta atrevida en términos estéticos y periodísticos, que indaga a Mauricio Fernández, alcalde del municipio de San Pedro Garza García en Nuevo León.

El documental fue contundente en la forma de acercarnos a este personaje tan peculiar, a la vez carismático y funesto, mostrándonos a un hombre que decidió limpiar su municipio de criminales y asegurarse de que fuera el más seguro del país «de cualquier manera y a cualquier costo».

La manera como desde la intimidad se encara a este personaje y a su entorno político y social, al emplear los componentes que brinda el lenguaje cinematográfico ‒sonido e imagen‒, potencia una primera impresión emocional en los espectadores y da paso al análisis de la violenta realidad de aquellos momentos en este particular punto geográfico de Nuevo León con este personaje específico.

Desde allí comencé a seguirle los pasos a Diego. Fui conociendo su trabajo periodístico, en especial el que hizo acerca de la tragedia de la guardería ABC con su libro Nosotros somos los culpables (adaptado luego como obra de teatro), otros sobre el narcotráfico, sus reportajes en video, y películas producidas y escritas, como la reciente obra documental La libertad del diablo, dirigida por Everardo González, un documental sicológico demoledor que habla del crimen organizado, la lucha en su contra, los victimarios y las víctimas que deja a su paso. Agradezco desde entonces haber conocido de cerca a Diego y su obra.

Comentaré aquí La muñeca tetona, cuya factura sigue en aquel tono que detecté en El alcalde; ahora Diego Enrique Osorno como codirector con el joven cineasta Alexandro Aldrete, regiomontano con quien Osorno ya había coproducido otro documental destacable: Las letras, sobre el profesor tsotsil Alberto Patishtán.

La muñeca tetona es un documental que brilla por su jovialidad, por la fresca y, en apariencia, desenfadada manera de hablar de un tema tan serio y circunspecto como es el análisis de la relación de los intelectuales y el poder, en tan breve tiempo ‒veinticinco minutos‒ y a partir del testimonio fotográfico del notable fotoperiodista Pedro Valtierra. El tema está allí claramente planteado en la foto: el de la relación entre intelectuales y el poder, con una fecha y circunstancia precisas: Ateneo de Angangueo, colonia Condesa, casa de Iván Restrepo, sillón de la sala, todos sonrientes, 7 de septiembre de 1987. Fecha previa a que Salinas de Gortari fuera presidente de la República y momento en que los intelectuales allí presentes, todos con una trayectoria de trascendencia en la política, el periodismo, las ciencias, las artes y el espectáculo, tuvieron la intención de incidir o conocer de cerca a los protagonistas y las tramas ‒y chismes, por qué no‒, de las altas esferas del poder de la política nacional. Cada uno desde su trinchera es parte o se suma e incide y tal vez trasforma los destinos del país. Algo que nos incumbe lograron: Conaculta, Canal 22, CNDH, Imcine… De forma muy alejada a la que se encuentran dichas relaciones en la actualidad. Sobre ello seguramente hablarán mejor que yo los mexicanos aquí presentes.

Mi enfoque pretende un breve análisis desde el punto de vista cinematográfico. La muñeca tetona está articulado en la estructura clásica de tres actos, hilados con la construcción a cuadro de la misteriosa muñeca como leit motiv, parafraseando la construcción de la historia que se quiere contar y que nos lleva a completar el misterio de la silenciosa testigo de un hecho único e irrepetible que dio mucho de qué hablar entonces y aun hoy.

Blanco y negro para la construcción de la muñeca y los recortes de prensa y fotos de archivo (el blanco y negro sugiere la veracidad y ratifica lo documental del registro histórico) y el color para las entrevistas. Todas menos la de Salinas y el fotógrafo, enmarcadas por un librero como escenografía al fondo, como reforzando la intelectualidad de los que participan.

Me detengo en el tema de las entrevistas para comentar una técnica que emplea un mecanismo llamado Interrotron, una especie de pantalla de teleprompter en la que no se visualiza un texto a leer, sino el rostro del entrevistador con la mirada sostenida, atendiendo el relato de su interrogado a través del aparato. Este mecanismo inventado por Erroll Morris, director de la película La delgada línea azul, da como resultado la cara  del entrevistado mirándonos a cada uno de nosotros sentados en la butaca mientras nos cuenta intimidades o declara desde su interior sus secretos y pensamientos, ¿mentiras o verdades? Eso lo decidiremos nosotros. Así, Elena Poniatowska, Denisse Dresser, José Carreño, Iván Restrepo, Pavel Granados y los demás entrevistados cuentan sus impresiones directamente a cámara ‒es decir, a nuestros ojos‒, ya sea como participantes del encuentro o como comentadores del mismo. El efecto impresiona, provoca intimidad, seduce, convence.

El final del primer acto que se titula ANFITRIONES nos ofrece un giro sorpresa: Salinas, el hoy expresidente, comentando su plácida vida actual, su vida familiar, de lecturas y de tiempo libre para el análisis que lo hará «entender mejor al mundo en que vivimos».

Después de esta presentación y del cierre del primer acto que pinta de cuerpo entero al hoy expresidente comienza el segundo con música de fanfarrias (luego hablaremos de manera especial del diseño sonoro), y las imágenes nos llevan rápidamente a situarlo entre sus trofeos particulares: su gran sala palaciega, sus medallas, sus diplomas y su águila, como se hizo en El alcalde.

Carlos Salinas de Gortari en su entorno controlado se ve cómodo, preparado, con ganas de charlar y listo para contar algunas de sus peripecias en el poder, momentos de gran trascendencia algunos para la vida nacional y la de las relaciones internacionales que remarcan la intervención directa de intelectuales como García Márquez en decisiones y giros sustanciales entre las vidas políticas de Cuba y de Estados Unidos, por ejemplo, con el asunto de los balseros.

Se reafirma en este acto protagonizado por Salinas que las relaciones de los intelectuales con el poder son ‒aunque «ariscas», citando a Octavio Paz‒, es decir: existen y producen, tienen efectos sobre nuestra realidad cercana o lo tuvieron treinta años atrás.

La propuesta gráfica reafirma también la vitalidad de la narrativa; el color rosa mexicano nos inunda cada vez que la narración avanza, recordándonos que el tratamiento visual es un discurso en sí mismo. También se resaltan palabras clave como Disfrazarse, Clientelas, Dialéctica, Institucionalidad cultural, Solidaridad, Comillas ‒para los extractos de la carta de Octavio Paz‒, y, por último, la palabra Responsabilidad. Guías para interpretar, subrayar y comentar lo que vemos y oímos. Textos y subtextos entrelazados con sabiduría y con la libertad que permite el lenguaje del cine, tan imbricado y en apariencia simple a la vez, para que no perdamos la brújula y mantengamos la atmósfera de jovialidad y liviandad, esa la de la famosa muñeca Tetona, verdadera protagonista del documental, objeto del misterio y la intriga. Es destacable en este punto el trabajo de la editora Liora Splik.

El final no lo cuento, pero es un gran final.

No puedo dejar de decir que me parece muy afortunada la selección musical, que rítmica y temáticamente suma como comentario (susurra en segundo plano su propio discurso) en cada acto: en el primero el «Bolero» de Maurice Ravel usado en muchas películas, unas olvidadas por muy malas y otras muy famosas y muy buenas, como Rashomon de Kurosawa, aquella en la que cada testigo del crimen de un samurái narraba el mismo desde su punto de vista; o Stalker de Tarkosky, película de ciencia ficción con una profunda reflexión filosófica, en la que los personajes buscan una habitación que tiene la capacidad de cumplir los más recónditos deseos de una persona, como tema musical para los Anfitriones, ¿alguna coincidencia? Un in crescendo con gran final en el rostro de Salinas. No me parece fortuita la elección del tema musical para este acto.

«Fantasía de Carmen» de Bizet para el segundo acto, fanfarrias del Romanticismo para encarar al protagonista y, de fondo, la música de una mujer empoderada para la narrativa musical. Los aplausos en vivo para iniciar el análisis de la tetona de la foto, y de fondo «El carnaval de los animales», de Saint Saens, poniendo la nota simpática para anticipar ese gran final.

Con todo un bagaje de referencias visuales, musicales, cinematográficas en La muñeca tetona, sus creadores logran una gran pieza de cinematografía que nos pone «alegres», pero reflexivos, con dudas probables, habiendo repasado raudos y veloces el pasado de hace treinta años, tan lejos y tan cerca del presente. Proclives a pensar que aunque contradictorio y revuelto, aquel pasado nos dejó este presente y que repetirlo o no está en nosotros.

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