Internet y derechos humanos: una guía mínima (segunda parte)

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Segunda de tres partes


Corporaciones, gobierno, sociedad civil: ¿De quién es internet?

Por intención o por coincidencia, la libertad y la apertura en la comunicaciones fueron los valores fundamentales en el diseño de la internet. Sin embargo, a medida que la red se industrializó, nuevos actores, como las corporaciones, empezaron a tener un papel protagónico y los valores originales comenzaron a competir con otros: los de la comercialización y monetización. En respuesta a esta realidad, la arquitectura y la gestión de internet se han guiado por el principio de multitaskeholderism. De acuerdo con este principio, se debe fomentar la participación activa e igualitaria de todas las partes interesadas en la red: corporaciones, academia, comunidad técnica, gobierno y sociedad civil.[1]

Según este principio, gobiernos, empresas y sociedad civil interactúan para velar respectivamente por los intereses de ciudadanos, consumidores y usuarios de la red. La vigilancia masiva, la neutralidad de internet, así como la delimitación de la responsabilidad legal de prestadores de servicios digitales, son algunos de los temas sobre los que estos actores discuten. En particular, las empresas y la sociedad civil han aprendido mucho en el entorno digital, ya que antes de internet habían sido pocos los escenarios en los que el movimiento de derechos humanos se había sentado a negociar directamente con el sector privado.


El nuevo peso de las corporaciones y la amenaza a los derechos humanos

En los últimos años, sin embargo, el peso de las corporaciones en el mundo digital ha crecido exponencialmente. La industrialización de internet ha concentrado en las corporaciones un poder inimaginado sobre el comportamiento de los usuarios. En este sentido, las revelaciones de Edward Snowden no solo confirmaron las sospechas sobre la capacidad intrusiva de los gobiernos, sino también el grado de complicidad de los gigantes corporativos de internet como Google, Yahoo, Microsoft, Facebook y Amazon en los esquemas de invasión a la privacidad.

Las tendencias económicas recientes no hacen más que anunciar la expansión de este fenómeno. Para darse una idea de las ganancias de los gigantes corporativos en internet, tomemos por ejemplo el informe de Google publicado el pasado mes de enero. Dicho informe habla de un incremento del 10% en las ganancias de la empresa respecto a los últimos meses de 2014. Esta cifra es impresionante para una compañía con más de $60 mil millones de dólares en ingresos, pero se trata de un número muy por debajo de los resultados de otros gigantes de la industria de la tecnología, como Apple y Facebook.[2]

A medida que las expectativas de desarrollo tecnológico continúan expandiéndose, encontramos estimaciones de crecimiento exorbitantes. Por ejemplo, el grupo de análisis financiero Gatner estima un cifra de casi 300 mil millardos (miles de millones) de dólares en ganancias acumuladas para las empresas que ahora están desarrollando servicios y productos relacionados con el “internet de las cosas” —ese salto tecnológico por el cual internet saldrá de las computadoras y dispositivos móviles para integrarse en cada rincón de los hogares (puertas, ventanas, cortinas, electrodomésticos y hasta nuestra ropa).

Si el presente ha sido generoso en ganancias, el futuro se asoma como un edén. Y en la medida en que nos acercamos a él, la invasión de las corporaciones en la vida cotidiana será más tangible. Si ahora Google sabe qué buscamos, Facebook qué nos gusta y Amazon qué leemos, pronto surgirán empresas que sabrán cuánta leche tenemos en el refrigerador o de qué manera nos gusta cerrar las cortinas de nuestra habitación. Hace unos meses, Shane Harris se refería en The Daily Beast a una escalofriante recomendación del manual de televisiones Samsung que refleja la intromisión de estas corporaciones en nuestro espacio personal: “Tenga en cuenta que sus palabras, incluyendo las que contengan información confidencial o personal,  serán unos de los datos capturados y transmitidos a un tercero.”


El déficit corporativo de transparencia y rendición de cuentas

Lamentablemente, el crecimiento en ganancias de empresas relacionadas con la tecnología no ha sido proporcional al crecimiento de las reglas y medidas de transparencia y rendición de cuentas, reglas y medidas con las que consumidores y ciudadanos podrían compensar el poder que las corporaciones tienen y continuarán acaparando. Para distraernos del enorme poder que tienen sobre nuestra privacidad (y de la opacidad con que lo manejan), las grandes corporaciones como Microsoft, Facebook y Google nos ofrecen información inverificable a cuentagotas. Las implicaciones y riesgos son altos y hacen difícil que confiemos en esas empresas.

Si bien el multistakeholderism no ha fracasado por completo, queda claro (sobre todo a medida que las filtraciones de Snowden continúan siendo publicadas) que esa relación igualitaria original entre las partes interesadas en el funcionameitno de la red está ahora bastante distorsionada y cargada a favor de los gobiernos y las corporaciones prestadoras de los servicios de internet, en detrimento de la libertad de los usuarios y los intereses de la sociedad civil.

Basándose en la información filtrada por Snowden, Bruce Schneier ha señalado que el gobierno estadounidense, junto con otros gobiernos y corporaciones, ha convertido a internet en una máquina de vigilancia continua. Esta relación está sellada con miles de millones de dólares. Empresas como Twitter, Google y Facebook publican periódicamente informes sobre la solicitudes de gobiernos para retirar, bloquear o intervenir cuentas y contenidos de los usuarios, pero poco o nada se puede concluir a partir de estos informes. Sobre los criterios que guían a las empresas en el procesamiento de estas solicitudes, queda claro que responden a los marcos jurídicos nacionales, los cuales, en su mayoría, son nebulosos, opacos y hasta secretos. La ausencia de transparencia es preocupante, pero la falta de rendición de cuentas sobre qué entra y qué sale de la puerta trasera de los servidores de los colosos corporativos es en verdad alarmante.

YouTube, Twitter o Facebook no son una plaza pública, ni mucho menos un sustituto de esta. A medida que el tráfico se concentra en estos sitios u otros semejantes, las empresas privadas toman más y más relevancia en el ejercicio de la libertad de expresión de sus usuarios. ¿Qué pasa cuando Facebook decide retirar un contenido de los muros de sus usuarios? A menudo lo hace con criterios  creados de manera unilateral e impuestos de forma arbitraria. Tal es el caso de los videos considerados violentos, que solo pueden ser publicados para condenar de manera explícita la violencia, o el de los criterios para definir contenido pornográfico.

¿Es de veras una buena idea permitir que una corporación decida sobre la manera en que sus usuarios ejercen un derecho humano? ¿Debemos, por ejemplo, ceñir nuestro criterio sobre el carácter pornográfico de un desnudo al que Facebook ha establecido? ¿Debemos dejar que Google decida cuándo un tema de la agenda informativa nos ha saturado? ¿Será la mejor decisión la que tome Twitter sobre qué información debe de ser filtrada o bloqueada?


Rescatar el modelo multisectorial

Es demasiado tarde para plantearnos una internet ajena a los intereses capitalistas. Cualquier opinión semejante parte de un matiz ideológico que, además, pasa por alto las ventajas que las alianzas entre el sector privado, los grupos técnicos de desarrollo y el movimiento de derecho humanos han significado para el avance de los principios de la red. (Un buen ejemplo de estas alianzas son las oposiciones a las legislaciones y tratados internacionales que promueven la protección anticuada de los derechos de autor o la vulneración de la neutralidad de la red.) Por otro lado, si bien hay mucho que criticarle a Facebook y Google por sus decisiones en ciertos países de América y Europa, también hay que reconocer las batallas que estas compañías han dado al buscar protección y ofrecer mayores herramientas de seguridad para activistas y miembros de la oposición en Myanmar, Vietnam, Tailandia y Etiopía.

Aunque algunas voces han sugerido que el modelo multistakeholder debe ser eliminado, lo cierto es que más bien tenemos que preservarlo y asegurarnos de que funcione. Como lo señalara el influyente grupo francés defensor de derechos de internet La Quadrature du Net luego de la victoria pírrica de la última edición del NetMundial —en la que el gobierno de Dilma Roussef puso demasiadas expectativas en el futuro de internet—, aunque la aproximación multisectorial del modelo multistakeholder tiene actualmente problemas, la sociedad civil, los gobiernos y las empresas tienen que trabajar para hacerla funcionar. Existen vías de mejoramiento en los procesos de negociación y construcción de consenso que pueden traducirse en una mejor gobernanza de internet y en un equilibrio entre necesidades técnicas, derechos humanos e intereses comerciales.

Y es que, al final, la regulación gubernamental no puede ser la única alternativa para acotar a las empresas tecnológicas. Los avances tecnológicos siempre irán un paso más adelante que cualquier legislación. La teoría de Moore señala, por ejemplo, que toda TIC (Tecnología de la Información y Comunicación) será obsoleta en un plazo no mayor de dos años —algo a lo que ningún cuerpo legislativo se puede adaptar. Instrumentos jurídicos como el Marco Civil de Internet,[3] que plantea una serie de principios y criterios generales —la neutralidad de la red, la responsabilidad limitada de las empresas proveedoras de servicios de internet, el respeto a la libertad de expresión y otros derechos civiles—, parece un camino más sostenible y efectivo. Adicionalmente, se debe abogar porque la transparencia y la rendición de cuentas sean criterios explícitamente instrumentados en las decisiones y proyectos del sector privado en internet:  promovidos y protegidos por los gobiernos, acatados por las empresas y auditados por medios efectivos por la sociedad civil.[4]


Notas

[1] Significativamente, en las reuniones de ICAAN de los últimos años —uno de los foros más importantes de gobernanza de internet—  se ha visto una mayor participación de la sociedad civil y de las empresas privadas.

[2] «Google Revenue Is Higher, but Profit Misses Expectations«, The New York Times, 29 de enero 2015.

[3]     Esta es una ley modelo sobre internet impulsada y aprobada en Brasil. Parte de su éxito se debe a un modelo de creación que involucró de manera abierta a todos los sectores. Las mesas para la redacción de esta ley comenzaron en el gobierno de Lula y sobrevivieron hasta el segundo periodo de Dilma. La sociedad civil, junto con todos los partidos del congreso brasileño, representantes de las empresas de internet y la academia, lograron un consenso que no se ha repetido en otro lugar del mundo.

[4] Es importante señalar que no solo las grandes corporaciones toman ventaja de esta lentitud regulatoria (aunque definitivamente son quienes más lo hacen). A veces organizaciones de la sociedad civil también lo han hecho de manera espectacular. Ahí esta el caso de Rhizomatica, que no solo logró instalar una red autónoma de telefonía celular para comunidades indígenas en Oaxaca, sino que además logró que la extinta COFETEL (el órgano regulador de las telecomunicaciones en México) les otorgara una concesión para utilizar una frecuencia que nadie más estaba utilizando.  Los retos aún son grandes: la concesión es solo por dos años y, para mantenerla, se les exige que la red opere en por lo menos cuatro estados del país. Son retos grandes, pero que demuestran que las disparidades entre legislación y avance tecnológico no solo pueden sino que deben ser aprovechadsa por organizaciones de la sociedad civil.


(Foto cortesía de Maria Elena.)

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