Islam, islamismo, islamofobia: una delimitación de los términos

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A pesar de lo incómodas que las religiones han podido resultar para el pensamiento ilustrado moderno,[1] históricamente las sociedades liberales se han decantado, en general, por la defensa del pluralismo y la coexistencia de distintos credos y formas de pensar. En consecuencia, en dichas sociedades la libertad de culto y la libertad de conciencia han sido valores tan importantes como la libertad de expresión. El tratamiento de los sectores religiosos y el modo en que los gobiernos se relacionan con ellos siguen siendo, sin embargo, temas delicados y el origen de muchos conflictos. En las esferas políticas de varios países europeos —sobre todo los de gran tradición laicista, como Francia— y en muchos medios de comunicación, inquieta la presencia del “factor islámico”. Eventos como el asesinato de los caricaturistas de Charlie Hebdo se suman a muchos otros, igual de reprobables y alarmantes, en los que el factor islámico se combina con muchos otros aspectos de distinto orden —sociológico, económico, político y cultural—. Pero este tipo de eventos, como las brutalidades de Dā‘ish (el Estado Islámico) en Siria e Iraq, o las de Boko Haram en Nigeria, se cubren en los medios de comunicación casi siempre sin mayor cuidado: sin tener en consideración ni la génesis, ni los contextos, ni la ideología de esa clase de grupos, o el tipo de dificultades interpretativas que existen cuando alguno de ellos se declara a sí mismo “legítimo seguidor de la ley islámica” (sharía).

En los casos aludidos, se suele asociar de inmediato al islam con el salvajismo de los acontecimientos. La percepción generalizada es, en efecto, que los musulmanes son gente violenta o, cuando menos, conflictiva. Sin embargo, aunque claramente existen grupos violentos que se conciben a sí mismos como islámicos, el islam no se reduce a ellos. El islam es una religión y un proyecto político con un sinnúmero de complejidades. Estas complejidades se originan, fundamentalmente, en la falta de un consenso alrededor de una metodología para interpretar adecuadamente la ley religiosa. Este aspecto, sumado a los problemas específicos de cada país y cada zona en donde existe población musulmana, hacen que el “factor islámico” sea muchas veces difícil de descifrar. No es sorpresivo, por lo tanto, que con frecuencia los juicios y apreciaciones que se pronuncian en distintos medios tiendan a simplificar, generalizar y, en los peores casos, distorsionar lo referente a una religión ya por sí misma bastante intrincada.[2]


“Choque de civilizaciones” y libertad de expresión

A raíz del atentado contra Charlie Hebdo, el Estado laico francés se enfrenta a una situación en donde una vez más el fanatismo es la causa de la intolerancia. El asesinato de los caricaturistas, una acción sin duda desproporcionada y reprobable, generó una reacción inmediata en casi todo el mundo: el repudio hacia el atentado y la solidaridad con las víctimas. El hashtag#YosoyCharlieHebdo dio la vuelta al mundo y generó un efecto polarizador como si verdaderamente las sátiras de esa revista representaran de modo absoluto los valores de las sociedades liberales. El evento se trató enseguida como un atentado contra la libertad de expresión y no faltó quien invocara el “choque de civilizaciones”.

Pocas voces críticas se atrevieron a decir “Yo no soy Charlie Hebdo”. Pocos se atrevieron a revisar lo sucedido resistiendo el peso de la opinión dominante construida sobre dos supuestos: (1) se trata de un ataque contra la libertad de expresión; (2) los agresores son terroristas islámicos. El problema, sin embargo, no es solamente el ataque a la libertad de expresión, sino el conflicto entre dos valores esenciales en toda sociedad liberal: la libertad de expresión y el principio de ofensa (o principio de daño, como le llama John Stuart Mill enSobre la libertad). El reto de los gobiernos democráticos es encontrar los mecanismos para defender el ejercicio responsable de la libertad de expresión, procurando que las formas en que nos expresamos no generen violencia o discriminación. Esa es la razón por la que varios gobiernos y varios medios de comunicación evitan el uso de imágenes que inciten al racismo, la misoginia, la homofobia y el antisemitismo (judío y árabe); se evitan, también, imágenes que inciten al nazismo o al fascismo. La libertad de expresión es un derecho fundamental pero habría que contemplar si no debe ejercerse teniendo en consideración ciertas normas de convivencia para evitar la ofensa, la confrontación, el racismo y la discriminación, actitudes que tarde o temprano culminan en tragedias como la de Charlie Hebdo.

El atentado contra Charlie Hebdo no es en modo alguno la manifestación de un “choque de civilizaciones”. Es, más bien, el choque entre dos sectores intolerantes, cada uno a su manera. Es mucho más complejo, sin duda, comprender la lógica con la que opera un asesino motivado por cuestiones religiosas y políticas, que la lógica de un diario satírico que para muchos podría resultar, al final del día, inofensivo. Sin embargo, las consecuencias del atentado en cuestión superan el mero debate sobre la libertad de expresión y apuntan hacia una serie de problemas mucho más graves y difíciles de abordar: (1) ¿es cierto que el islam es un verdadero problema para Europa y en general para el denominado “mundo occidental”; (2) ¿es verdad, como ha insistido Alain Finkielkraut, que los programas de integración de inmigrantes musulmanes han fracasado, y que la mano blanda de algunos gobernantes ha abierto la puerta a la islamización de Europa?; (3) ¿ha sido ingenuo, como señalan algunos conservadores, el llamado de algunos políticos e intelectuales a discernir entre los musulmanes y los integristas islámicos?; (4) ¿existe alguna forma de evitar la confrontación violenta con sectores islámicos?; ¿puede ser de alguna manera justa la reacción de quienes, como PEGIDA en Alemania, han promovido sentimientos de odio y repudio hacia el islam?

Estas cuestiones han de abordarse seriamente en el debate público. La opinión está abierta para todos, pero, dada la naturaleza del debate y el grado de desconocimiento sobre el islam, los conocedores de la tradición islámica deberían ocupar un lugar central, proponiéndose generar reflexión y análisis desde una postura lo más neutra y objetiva posible. Han de incluirse en este debate, sin duda, musulmanes capaces de esclarecer desde el interior del propio islam los principios de su religión. Han de evitarse, por otra parte, los juicios descalificativos o los intentos de interpretar una tradición distinta desde categorías que le son ajenas. Muchos analistas europeos y norteamericanos han construido una imagen monolítica del mundo islámico, así como, a la inversa, muchos sectores islámicos han concebido una visión monolítica de lo que denominan “mundo occidental”. Los mecanismos propios de una sociedad liberal para resolver cualquier clase de dificultades son los del diálogo y la construcción de acuerdos. El problema en el caso de los musulmanes, dirán algunos, es que al parecer no todos ellos comparten ese valor liberal. Quizá habría que pensar que el entendimiento mutuo no se impone sino que se construye, aunque esto implique tiempo y esfuerzo en la convivencia cotidiana.


Islam e islamismo: las confusiones en los términos

Aun así, ¿qué hacer con los sectores violentos? ¿Qué hacer con quienes en verdad están dispuestos a imponer su visión religiosa y política por medios salvajes y no desean convivir pacíficamente? La respuesta, sin duda alguna, es que debemos reprobar sus acciones y, efectivamente, contemplar medidas para neutralizarlos. Sin embargo, también cuando se toman decisiones de ese tipo el buen discernimiento es un requisito indispensable. El buen discernimiento comienza por el uso adecuado de los términos. El gobierno francés, por ejemplo, ha decidido evitar la expresión “guerra contra el terrorismo”. El uso de los términos “guerra” y “terrorismo” es, en efecto, innecesario. La guerra implica intervención militar, cosa que no sucede en París. Es irresponsable, también, sugerir que Francia es víctima del terrorismo cuando lo que ha sucedido es un hecho aislado. Más irresponsable todavía es atribuir lo ocurrido al islam, como si todo musulmán estuviera dispuesto a asesinar caricaturistas.

El uso irresponsable de la palabra “islam” genera más violencia y más tensión. Los pronunciamientos en contra del islam se encuentran por doquier, en las redes sociales, en los medios de comunicación y hasta en ambientes académicos. Lo grave es que algunos de estos pronunciamientos utilizan datos y referentes parcialmente verdaderos que generan confusión y alimentan el odio en sociedades poco informadas. No puede negarse que hay grupos violentos que han construido su ideología desde determinada interpretación del Corán y la sharía. Sin embargo, se pasa por alto que en una religión con más de mil seiscientos millones de seguidores y sin una metodología de interpretación compartida o consensuada, es inevitable que haya discrepancias, equívocos e incluso posiciones extremas.

Algunos equívocos han ido superándose con el paso del tiempo. Por ejemplo, en los siglos dieciocho y diecinueve era común referirse a los musulmanes como “mahometanos”, término equívoco porque los musulmanes no rinden culto a Mahoma. También en el siglo dieciocho comenzó a utilizarse el término “islamismo” para designar a los seguidores de la religión islámica. Así lo utilizó, por ejemplo, el propio Voltaire. Los musulmanes, sin embargo, nunca se han denominado a sí mismos islamistas. Se trata de una categoría inexistente en el islam clásico, una etiqueta generada fuera de la tradición islámica (aunque hoy por hoy se utiliza en algunos países musulmanes).

En la actualidad es común encontrarse con publicaciones en las que los términos “islam” e “islamismo” se usan indistintamente. Por lo general, el término “islamismo” se usa para designar a grupos musulmanes con compromisos políticos que, en realidad, son de lo más heterogéneos. Así usado, el término podría ser innecesario porque desde sus orígenes el islam es una religión aunada a un proyecto político. Las distintas implicaciones que tiene dicho proyecto político son algo digno de análisis y con sus propias complejidades. Para algunos implica que la ley islámica es la que rige en países oficialmente musulmanes; para otros implica que las posturas políticas de un musulmán han de ser compatibles con su credo religioso (una postura similar se encuentra en algunas formas de cristianismo); hay por otra parte quienes, efectivamente, pretenden que la ley islámica rija en el mundo entero y por ello pretenden instaurar un Estado islámico con afanes de dominación.

El islam, como todo credo religioso, permea todas las esferas vitales de una persona: su moral, su cultura, su economía y, obviamente, sus posturas políticas. Cuando se dice que el problema de los musulmanes es que no han sabido separar política y religión, no se está entendiendo que ese tipo de categorías no operan en este caso. El islam es inseparable de una postura política. Sin embargo, dicha postura no es unívoca. Se habla de islamistas para referirse a grupos radicales con distintas tendencias e intereses, pero también son islamistas los movimientos de reforma que han impulsado la modernización del islam y su adaptación a formas de gobierno más democráticas. En otras palabras, en sentido estricto cualquier iniciativa política inspirada en el islam, sea para endurecer la sharía o para innovar en el modo de interpretarla, es en realidad “islamista”. El término, sin embargo, se utiliza comúnmente de manera peyorativa para designar solo a los sectores radicales o integristas, promotores de la violencia en contra de quienes no comparten su interpretación unívoca de la sharía, y sin importar que las víctimas de sus agresiones sean incluso otros musulmanes. Los primeros en rechazar que se les denomine “islamistas” son esos grupos integristas que prefieren en realidad que se les llame islámicos. Su actitud ha contribuido a que los críticos del islam concluyan que no existen posturas moderadas ni pacíficas en esa religión, sino que el islam es uno solo, el de los integristas que se conciben a sí mismos como guardianes y promotores de la sharía. Los integristas han conseguido su objetivo, a saber, convencer a sus críticos de la necesidad de una confrontación violenta, como si el islam y el llamado “mundo occidental” representaran formas incompatibles e internamente homogéneas de entender la vida y la política.

Las confusiones terminológicas, como puede verse, son graves. Por esta razón, lo más adecuado sería conservar el término “islam” para designar una religión que, junto con el judaísmo y el cristianismo, es una de las tradiciones monoteístas más importantes y que, al igual que sucede con aquellas, no es una religión homogénea. Habría que evitar el uso del término “islamista” y a cambio referirse de manera concreta y específica al grupo o movimiento sobre el que se desea hablar: los salafistas o wahabíes de Arabia Saudita, al-Qa’ida, Boko Haram, Dā‘ish (Estado Islámico), Hezbola, Hamas, etc. Los intereses políticos de estos grupos son diversos y algunos de ellos incompatibles y antagónicos. El grupo más complejo y alarmante en la actualidad es Dā‘ish (al-Dawla al-Islāmīya), un movimiento altamente violento que al denominarse a sí mismo “islámico” desde su nombre, ha exacerbado la descalificación generalizada hacia todos los musulmanes, incluyendo aquellos que no comparten e incluso reprueban esa forma irracional y fanática de concebir el islam. La tendencia global a rechazar, atacar, odiar y denigrar al islam sin reconocer que no todos los musulmanes son culpables de los crímenes cometidos por algunos musulmanes fanáticos, es lo que se ha denominado “islamofobia”.


¿Islamofobia?

El uso de este último término se refiere pues, a grandes rasgos, a un sentimiento hostil hacia los sectores islámicos. Hay quienes piensan que la expresión no debería utilizarse en absoluto porque les parece una manera de infiltrar en el espacio público un término que tarde o temprano derivará en la condena hacia cualquier crítica contra el islam. Si nos acostumbramos al uso de este término, sugieren sus críticos, llegará el momento en que el islam se vuelva intocable. Sucederá, en otras palabras, algo muy similar a lo que pasa cuando alguien emite algún juicio crítico de la tradición judía y se le acusa automáticamente de antisemitismo. Los partidarios de la absoluta libertad de expresión piensan que el miedo a herir susceptibilidades coarta la libertad de criticar o de discrepar con unos ciertos planteamientos, en este caso religiosos, lo cual obligaría a la autocensura. Por estas razones, a pesar de la presión ejercida por la Organización de Cooperación Islámica, asociaciones y organizaciones internacionales como la propia ONU se han negado a oficializar este término que busca blindar una religión contra cualquier tipo de crítica.[3]

La realidad, sin embargo, es que el término está instaurado en el discurso cotidiano y será difícil evitarlo. Lo que debería de quedar claro es que la crítica contra los sectores conflictivos del islam e incluso el señalamiento de discrepancias con prácticas y costumbres islámicas, no son necesariamente signos de islamofobia. El término ha de acotarse y contextualizarse. De este modo, debería reducirse a referir ataques sistemáticos que, en vez de criticar con conocimiento de causa aspectos cuestionables del islam, subrayen sesgadamente prácticas y acontecimientos controvertidos con el afán de aumentar el miedo y el odio hacia los musulmanes. Otras religiones y grupos sociales también son vulnerables a este tipo de ataques.


El choque de racionalidades

Es indispensable el combate de los sectores violentos que en efecto alteran el orden mundial y atentan contra los derechos humanos. Pero hay que dirigirse a ellos en específico, evitando generalizaciones y abstracciones. Lo propio de la racionalidad, sostuvieron Voltaire, Kant y muchos otros filósofos, es que tiende a difundirse por todas partes. Por ello, bien decía Kant, se requiere la supresión de toda censura y una completa libertad de publicar y expresarse. Asegurar que toda opinión sea tolerada es nada más ni nada menos que reconocer el libre albedrío y la mayoría de edad de todos los seres humanos, es decir, su dignidad. Esa misma racionalidad nos obliga a comprender distintos puntos de vista, a expresar los nuestros con responsabilidad, y a construir normas sociales para poder convivir en paz. Ello no implica que sea fácil superar en muchos casos el desacuerdo y las diferencias entre nuestras formas de pensar. Pero, más que un “choque de civilizaciones”, lo que tenemos en el mundo contemporáneo es un choque entre la racionalidad y las formas primitivas de pensar, y también un choque, muy natural, entre distintas formas de racionalidad. Varias de ellas son conscientes de que la anulación absoluta del salvajismo es utópica y de que la razón no está del todo a salvo de sus propios dogmatismos. A pesar de ello, el apego a nuestra capacidad de superar conflictos de manera racional es indispensable para progresar en la construcción de un mundo cada vez más civilizado. En esta dinámica jamás terminaremos de defender, restablecer y sobre todo celebrar el valor de nuestra libertad.


Notas

[1] Tres premisas recurrentes en las obras representativas de la Ilustración francesa, como el Tratado de la tolerancia, de Voltaire, eran: (1) la intolerancia es el rasgo característico de las religiones; (2) la intolerancia es la causa principal de la desintegración y la violencia social; (3) la única prohibición que ha de existir en una sociedad verdaderamente libre es la intolerancia.

[2] Un ejemplo de la simplificación y de la falta de precisión en la que incurren ciertos medios de comunicación es la entrevista que dos arrogantes presentadores de CNN hicieran a Reza Aslan, estudioso norteamericano de las religiones. Aslan advierte acerca de los riesgos de la tendencia a referirse al islam como un bloque monolítico. Sin el matiz que se requiere en este tipo de análisis es fácil caer en los equívocos, los estereotipos, y los juicios poco afortunados construidos desde una distinción entre “ellos” y “nosotros”—una división maniquea que tiende a legitimar, erróneamente, las percepciones confusas sobre el islam.

[3] Hay también quienes han sugerido que la hostilidad hacia los musulmanes habría de llamarse simplemente “racismo” o “xenofobia”, y entenderla como cualquier otro caso en el que un grupo dominante rechaza a un grupo minoritario por motivos de diferencia racial. El problema con esta propuesta es que el islam engloba distintos grupos raciales.

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