Izquierdas mexicanas: releyendo a Carlos Pereyra

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Con este ensayo dedicado al pensamiento político de Carlos Pereyra ofrecemos la tercera de cuatro entregas de una serie que se propone releer, desde las inquietudes del presente, a algunas de las figuras y de los textos más representativos de las izquierdas mexicanas.

La noche del 2 de julio de 2000, mientras todo México y buena parte del mundo asistían a la primera alternancia partidista en 71 años, solo unos cuantos observadores internos y externos repararon en un aspecto casi tan trascendental como la derrota del PRI: la plena aceptación por parte del tronco principal de la izquierda electoral mexicana de la legitimidad del resultado de los comicios y de las instituciones de la incipiente democracia. El discurso de Cuauhtémoc Cárdenas esa noche tuvo dos elementos principales con claras implicaciones a futuro. En primer lugar, el reconocimiento del triunfo de Vicente Fox significó que por primera vez desde su fundación el Partido de la Revolución Democrática aceptaba sin cuestionar la validez de origen del gobierno electo, dejando a un lado la certeza de la “usurpación” del poder a través del fraude. Ese reconocimiento fue extendido a la institución electoral, sobre todo a raíz de la confirmación del triunfo de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal, lo que canceló las sospechas sobre maniobras fraudulentas.

En segundo lugar, el énfasis en el papel que desempeñó la izquierda electoral en el largo proceso que desembocó en la alternancia (así como el llamado al partido y sus simpatizantes para “no arriar banderas” ni entregarse a “desánimos ni flaquezas”, e ir “para adelante con la misma decisión y convicción”, a “unirnos más estrechamente, a fortalecer nuestras organizaciones, a superar diferencias”) supuso el tránsito de un ciclo de lucha, dominado por la movilización en favor de la transición a la democracia, hacia una etapa distinta en que el partido debía redefinir su visión y programa en un marco de paulatina normalización democrática. Nunca estuvo la izquierda electoral mexicana más cerca de hacer suyo el planteamiento teórico y las aspiraciones políticas de Carlos Pereyra como esa noche. El PRD estuvo a un paso de aceptarse plenamente como un partido operante en el marco de una democracia funcional, con la misión inmediata de contribuir a la extensión del proceso democratizador a la esfera de la sociedad (especialmente alrededor de la demanda de libertad sindical), y el reto mayor de imaginar una propuesta de transformación social a realizarse por las vías institucionales.


Pereyra: aportes y limitaciones para pensar la transición

Carlos Pereyra fue uno de los mayores heterodoxos de la izquierda mexicana. Miembro del Partido Comunista Mexicano, de la Liga Comunista Espartaco, el Movimiento de Acción Popular y del proceso unitario que desembocó en la formación del Partido Mexicano Socialista a mediados de los años ochenta, Pereyra dejó en cada una de estas agrupaciones la huella de una inconformismo crítico que contrarrestó la tendencia al anquilosamiento dogmático de casi todas las izquierdas en el mundo. Hay un acuerdo amplio en la apreciación del pensamiento de Carlos Pereyra como “la revaloración de la democracia como forma de gobierno más aguda e incisiva que se haya producido desde la izquierda mexicana”[1]. José Woldenberg nos recuerda también parte del contexto intelectual en el que germinó la perspectiva teórica y política del autor, enfatizando el legado del socialismo real, los residuos del estalinismo y la persistencia del vanguardismo y el desdén por la democracia “burguesa” entre las izquierdas. Sin embargo, en el análisis de la obra de Pereyra habría que incluir también las ausencias en su perspectiva: la reelaboración teórica del concepto de hegemonía por parte de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, la búsqueda del sujeto revolucionario perdido, iniciada por las lecturas politizadas de Lacan que José Revueltas ya había ubicado desde Lecumberri[2], y la profunda crítica del reduccionismo economicista del marxismo realizado a sana distancia del liberalismo, como la expuesta en la obra de Enrique Dussel.

Por supuesto, la muerte prematura de Carlos Pereyra canceló la posibilidad de interacción de su pensamiento con la revigorización y diversificación de perspectivas de izquierda radical desarrolladas en los años noventa. Lo que queda es su promoción decidida de las vías de la democracia representativa, la democracia realmente existente, podría decirse, frente a los malabares retóricos que hacían pasar como “democracias” populares lo que no eran sino dictaduras burocráticas totalitarias.

Sin embargo, es importante insistir en que Pereyra no ignoraba ni desdeñaba la existencia de una esfera social de la práctica democrática, un espacio quizá más íntimo en que las decisiones podrían ser directas y las estructuras horizontales. Si la democracia directa no es más que una quimera en el ámbito del Estado, sí es posible buscar una complementariedad de la democracia formal representativa y la democracia sustantiva o autogestionaria, entre ciudadanía política y ciudadanía social. Este es el principio de la extensión de la democracia a la sociedad civil, liberándola de la tutela del Estado. Aquí la formulación de Pereyra tiene claros ecos hegelianos: si en el ámbito de la sociedad civil el ciudadano no requiere representación para expresar sus intereses muy personales, la representación política posibilita el “momento universal de Estado” [3], su autonomía (relativa) con respecto a los intereses particulares entre los que debe mediar.

Vale la pena detenerse un poco más en este aspecto, ya que las enormes contribuciones de Pereyra en la lucha por la democracia en el ámbito político han sido destacadas con mayor frecuencia. Desde los años setenta, Pereyra planteó la necesidad de la lucha socialista tanto en el ámbito de la democratización política como en la emancipación de la sociedad civil, sobre todo a partir de las demandas de democracia, libertad y autonomía sindicales, expresadas en la llamada Insurgencia Obrera, iniciada por la Tendencia Democrática entre los electricistas y que pronto se convirtió en un amplio movimiento de los trabajadores en contra de los controles corporativos del sindicalismo oficial. De esa época proviene una primera crítica a lo que considera “actitud mezquina” de liberales que confundían privilegios individuales con la extensión de derechos individuales  (de expresión, prensa y asociación), olvidando las intensas luchas democratizadoras en el seno de la sociedad civil[4]. La falta de autonomía de las organizaciones sociales se traducía en una sociedad civil débil, lo cual a su vez era un obstáculo mayor para la transición democrática en general.

La insistencia en que la izquierda hiciera suya la agenda de la democratización y la extensión de la democratización al ámbito de la sociedad civil son las mayores aportaciones de Carlos Pereyra al desarrollo de la izquierda partidista en los años ochenta. Cada variable de esta ecuación presentó retos diferentes. En el primer caso, al plantear la adopción de la vía democrática sin ambages, Pereyra le exigió a la izquierda un salto al vacío: abandonar toda pretensión de ser beneficiaria de una “necesidad histórica” para acceder al poder, y olvidarse del asidero ontológico de ampararse detrás de la figura de un “sujeto revolucionario” a quien por derecho le pertenecería la conducción del movimiento de la historia. Aceptar ser una opción política más, sin una primacía ética ni una garantía de triunfo históricamente determinada, genera todavía las resistencias más enconadas en todos los rincones de la izquierda mexicana. Esa demanda ética viene acompañada de un sentido de misión: democratizar la sociedad civil, desmantelar el aparato de control corporativo del régimen priista; sin duda una tarea ideológicamente neutra, pero especialmente cercana a la izquierda dada su inserción histórica en las organizaciones y movimientos sociales.

A diferencia de los dos puntos anteriores, Pereyra no logró articular con similar claridad la posibilidad de enarbolar un programa socialista a través de la vía democrática. Esto pudo deberse, aparte de la obvia falta de tiempo para trabajar en ello, a dos cuestiones fundamentales: la falta de la misma profundidad  –exhibida en su análisis y promoción de la democracia– en su manejo de la cuestión de la hegemonía, así como su reducción del contenido de un programa socialista a lugares comunes nacionalistas, redistribucionistas y tácticos.

Pereyra propuso una lectura particular del concepto de “hegemonía”: no necesariamente lucha entre clases, sino sobre todo lucha entre formaciones políticas. “La sociedad puede operar como sistema de competencia hegemónica o de pugna por la hegemonía allí donde valores democráticos fundamentales sustituyen la lucha política como forma de anulación o aniquilamiento del otro”.[5] Es decir, la lucha hegemónica queda reducida a la competencia partidista y, al no haber una descripción de los mecanismos de esta lucha, se infiere que esta queda reducida a la arena discursiva y/o electoral. Cuando Pereyra se pregunta si es posible transformar el orden social a través de la democracia, se responde que el socialismo será el resultado de una amplia hegemonía socialista, lo que equivale a decir, a una amplia coalición electoral.

La lucha socialista, tal como aparecía a mediados de los años ochenta, según Pereyra, era una lucha por la democratización del Estado y la sociedad civil, así como la articulación de las movilizaciones sociales aisladas. Aquí es donde queda en evidencia la falta de interlocución de Pereyra con los teóricos de la hegemonía de la época. Para Mouffe y Laclau,[6] la lucha hegemónica se despliega precisamente en el proceso de articulación de demandas para formar esa “amplia hegemonía socialista” (o bloque popular) que se enfrente a la élite que detenta el poder. En ese proceso, una demanda y el grupo que la enarbola se constituyen en el eje en torno al cual se articulan las demás demandas frente al poder. El bloque así formado, hegemonizado internamente, se opone radicalmente al bloque gobernante. Esta perspectiva habría sido una candidata natural para contrastar con la decidida defensa de la democracia y el pluralismo sin matices en la que se había embarcado Pereyra.


La oportunidad perdida

Durante los dos primeros años del gobierno de Vicente Fox, el PRD dio tímidos pasos en la dirección señalada por Carlos Pereyra. En el primer gobierno de la alternancia, en un contexto de plena legitimidad de las instituciones electorales, el entonces partido principal de la izquierda aceptó promover el programa completo por la libertad sindical que elaboró la Unión Nacional de Trabajadores, diseñado por varios de los activistas sindicales de la Insurgencia Obrera. La extensión de la democracia al ámbito de la sociedad civil, fundamentalmente a los sindicatos por ser el sector históricamente más maniatado por el corporativismo, apareció como la tarea crucial de la izquierda. Paralelamente, actores dentro del partido iniciaron acercamientos con otros sectores de la sociedad civil, organizaciones feministas y de la comunidad LGBT, en un proceso que podría semejarse a la idea de la “amplia hegemonía socialista” o amplia coalición social que dotaría de contenido y programa de transformaciones a la izquierda partidista.

La irrupción de Andrés Manuel López Obrador en el panorama nacional no fue la razón del fracaso del experimento pereyriano del PRD, sino su consecuencia. El partido jamás tuvo una postura clara y unificada sobre el tipo y contenido de las alianzas con la sociedad civil; el gobierno de Fox renegó del antiguo compromiso panista en la lucha por la democratización de la sociedad civil y, a través de su Secretario del Trabajo, Carlos Abascal, les concedió vida artificial a los charros sindicales, cancelando toda posibilidad de reformas para la libertad sindical. Todos los partidos priorizaron el acercamiento con la sociedad vía mecanismos clientelares y relaciones de dependencia. Al desinflarse la posibilidad de reinvención democrática del PRD, la mesa quedó puesta para un nuevo liderazgo tan carismático como poco inclinado a retomar el vuelo de la democratización social.

El predominio del liderazgo de López Obrador ha significado un enorme retroceso en ese salto al vacío que proponía Pereyra a la izquierda partidista. Militantes de Morena están convencidos de no ser una opción política más, sino la “única esperanza del pueblo mexicano”, dotados por eso de una legitimidad superior, la cual, al no verse confirmada en las urnas, cancela la legitimidad del proceso entero. “El triunfo de la derecha es moralmente imposible”, repite el dirigente, planteando con ello la inevitabilidad del triunfo propio una vez que el pueblo “abra los ojos”, no se deje manipular o se niegue a vender el voto. Lo que hay sobre todo es una enorme resistencia a abandonar el determinismo y abrazar la contingencia como condición inherente de la política. Quizá por este motivo más que por cualquier otro, es que el pensamiento de Carlos Pereyra sigue siendo un referente fundamental para la izquierda mexicana.


Referencias

[1] José Woldemberg, “Pereyra y la democracia”, Revista Theoria, FFyL, UNAM, No. 19, junio de 2009.

[2] José Revueltas, Dialéctica de la conciencia. Obras Completas 20, Ed. Era, 1982.

[3] Carlos Pereyra, Sobre la democracia, Cal y Arena, 1990, p 86.

[4] Pereyra. p. 165.

[5] p.96

[6] Hegemonía y estrategia socialista, FCE España, 2006.

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