J. M. Coetzee, una literatura de la incertidumbre

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

No hace mucho, apenas en 2002, J. M. Coetzee era un escritor raro, muy poco conocido en México, de esos que nadie leía y que solo algún excéntrico profesor de literatura inglesa en la UNAM (digamos, Colin White) recomendaba como complemento al programa oficial de literatura del siglo XVIII. “Hay un escritor sudafricano”, nos dijo en una clase, “que escribió una nueva versión de Robinson Crusoe desde la perspectiva de una mujer náufraga, cuestionando todas las convenciones literarias. Les haría bien leerlo.”

No sé cuántos decidimos seguir su recomendación y leímos Foe (1986), esa obra en la que la náufraga Susan Barton, de vuelta en Inglaterra, se pregunta en qué momento el escritor al que le cuenta su relato, Daniel Foe, decidirá borrarla de su libro para dejar solo a los personajes masculinos en la trama, de acuerdo con su muy personal criterio sobre lo que debe o no debe ser escrito. Después de leer esta obra descubrí que otra de sus novelas, Desgracia (1999), era más popular entre los pocos que conocían al autor, tal vez por su temática, de entrada más taquillera (el affair de un profesor de literatura con su joven alumna, la vida en Sudáfrica donde la hija del escritor es víctima de una violación, etc); tal vez porque, para los lectores más políticos, tenía el atractivo adicional de cuestionar el trasfondo social del Apartheid, o tal vez por su estructura más lineal. Entre los adeptos a esa obra recuerdo a un acupunturista, quien me habló de lo mucho que había detestado al personaje pero de lo impresionado que había quedado con la novela, y a una compañera practicante de artes marciales, quien me dijo que creía que la decisión final de Lucy –la hija del profesor protagonista– terminaba dotando al libro, de otro modo brutal, de un desenlace más bien positivo. Escuché otras pocas reacciones perplejas de mis colegas del mundo literario: terminaban (terminábamos) el libro y no sabían (no sabíamos) qué pensar del todo.

Seguí leyendo al sudafricano y dialogando con los contados lectores que tenía, pocos de ellos dedicados a la literatura. Algunos de mis compañeros de carrera opinaban que yo estaba leyéndolo en exceso: un autor casi desconocido, sin importancia, para qué molestarse. Un año después, en 2003, el Reforma y El Universal escribían un tanto desesperados a ese mismo profesor de literatura inglesa que nos había recomendado Foe preguntando quién era ese que acababa de ganar el Nobel, rogando por un comentario coherente para la nota del día siguiente. Mister White tituló su nota “El triunfo del artista”, pues consideraba digno de celebrar que, por encima de las cuestiones políticas alrededor del Nobel, el arte había logrado imponerse –la vigorosa prosa del sudafricano, su compromiso con la literatura, con el rigor intelectual. Un triunfo mayor, además, si se considera que el escritor se había mantenido (y se mantiene) alejado de la farándula literaria, renuente a dar entrevistas, alérgico a la autopromoción.

Cuando Coetzee leyó “Él y su hombre” (“He and his man”) en la ceremonia de entrega del premio Nobel, aquellos que habíamos seguido el consejo de Mister White y habíamos leído Foe nos entusiasmamos con el diálogo entre tradiciones que tejió el sudafricano en ese magnífico texto de ficción. Coetzee comenzaba diciendo que cuando era niño se había sorprendido al enterarse, gracias a una enciclopedia, de que había alguien más, además de Robinson Crusoe y Viernes, en la historia de la isla: “un tipo con una peluca llamado Daniel Defoe”. Partiendo de esa experiencia infantil, real o ficticia, Coetzee se preguntaba por la naturaleza misma de la escritura y de la autoría. “Nunca antes había visto algo así”, repetía emocionado Míster White, al releer el texto del sudafricano, refiriéndose al hecho de que un galardonado al Nobel hubiera elegido leer un fragmento narrativo, enigmático, en vez de un tradicional discurso, aleccionador y unívoco, como todos esperaban.

Más de una década después, Coetzee es un autor ineludible, admirado mundialmente, a quien muchos leen como parte de su formación literaria y a quien otros muchos dicen, sin mucho entusiasmo ni admiración, haber leído y terminado de estudiar. Mi sospecha es que si el sudafricano no te ha sorprendido, si no te ha hecho reaccionar visceralmente al menos una vez, es porque no lo conoces realmente a fondo.

Muchos alaban su diálogo constante con la tradición, su capacidad para crear historias metatextuales, tan populares en nuestros tiempos; otros admiran su oficio narrativo, de un prosa impecable, límpida. Pero he notado que muchos de esos intelectuales (los de las opiniones autorizadas, los de la voz impostada) que aseguran admirarlo desde una perspectiva, o afirman coincidir con él en ciertos aspectos, se sienten amenazados por otras de sus ideas menos populares. Así, conozco a muchos que, con rezagada nostalgia patriarcal, se “defienden” al leer al sudafricano y lo acusan de ser “demasiado feminista”, a pesar de que es un escritor también caracterizado por sus críticas a ciertas ramas del feminismo contemporáneo. He escuchado a feministas que lo detestan por atreverse a escribir tan frecuentemente desde una voz femenina (en Foe, en En medio de ninguna parte), como si eso fuera tarea solo de las escritoras. Hay aquellos que evitan por completo algunos de los textos del autor, como Las vidas de los animales, como si, al saber que allí defiende los derechos de los animales, temieran que los convenciera de volverse vegetarianos; y sin embargo, él, Coetzee, se rehúsa siempre a convertir su narrativa en simple bandera de su ideología, por lo cual muchos pro-animal rights lo consideran poco comprometido.

Al revés de tantos otros escritores, Coetzee es un promotor de la duda, del cuestionamiento profundo, sin argumentos fáciles ni deseos de regodearse en conclusiones absolutas. Esto lo vuelve un autor provocador e incómodo. A veces, por ejemplo, se pone del lado del débil, del oprimido, pero también a veces lo señala como aquel de quien surge la opresión y la violencia. Como en Foe, cuando Susan Barton, esa mujer víctima del escritor, se descubre detestando a Viernes, el esclavo, su sometido, a quien oprime y domina. Como en los ensayos de Coetzee sobre la censura, donde afirma –entre otras muchas cosas– que si evitamos que los niños sean expuestos a cierta información, es menos por nuestra preocupación por ellos que por nuestro deseo de permanecer bajo ese halo de respetabilidad que reclamamos como adultos –y sin embargo tampoco sugiere que corramos a mostrar videos porno a los menores. Sencillamente coloca las preguntas sobre la mesa y lleva ciertos argumentos hasta sus últimas consecuencias.

Atreverse a cuestionar nuestras ideas más preciadas, nuestras simpatías o la estabilidad de nuestra vida cotidiana sigue siendo un atrevimiento. Es precisamente por eso que debemos leer a Coetze una y otra vez: para atrevernos a ir más allá de lo “cotidiano intelectual”, ese espacio en que tantos se mueven con alharaca y comodidad. Coetzee no es un escritor que te haga sentir inteligente ni políticamente correcto: pone el dedo en la llaga, corta con bisturí para revelar lo más incómodo de la naturaleza humana, lo más hipócrita de la moral occidental. Tal vez por eso no serás más popular si te ven en un café leyendo un libro suyo, ni muchos ondearán sus libros esperando un cumplido.

Por segunda vez el sudafricano viene a México, y su auditorio seguramente será muchísimo mayor, y sus fans mucho más numerosos, que los de su modesta conferencia en 1998 en el Colegio Nacional. Promete abordar, una vez más, el tema de la censura. Un escritor más predecible nos invitaría a vitorear un acalorado discurso con el que nadie estaría en desacuerdo, pero Coetzee, siempre dispuesto a sembrar la duda, ha mostrado en muchas de sus obras –en Elizabeth Costello (2003), por mencionar una de ellas– argumentos que podrían ser leídos como pro-censura: lugares incómodos, recovecos, donde tal vez no deberíamos entrar. Esto es lo fascinante de seguir de cerca la obra de este gran artista. No es un autor de respuestas límpidas sino un escritor que, cuando terminas de leerlo, te hace sentir que no sabes de lo que estás hablando, que siempre hay mucho más que cuestionar.

(Foto: cortesía de andessurvivor.)

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

ARCHIVO

Shopping Basket