Joy Division: la rebelión del sonido

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En la historia de la música alternativa predomina el nombre de Joy Division. El grupo inglés supo reinterpretar la alienación de los setentas y la cólera del naciente punk para crear un sonido único. En esta memoria, el ex-guitarrista de Joy Division, Bernard Sumner, narra el mítico concierto de los Sex Pistols en el Lesser Free Trade Hall de Mánchester y el nacimiento de la banda.   


Un día de comienzos del verano de 1976, Terry Mason nos mostró un ejemplar del New Musical Express y empezó a hablar con entusiasmo de una nueva banda sobre la que había estado leyendo y que se llamaba Sex Pistols.

–No dejan de meterse en líos y de salir vapuleados –dijo–. Suenan genial, justo como a nosotros nos gusta.

Se había enterado de que actuaban en el Lesser Free Trade Hall de Mánchester el 4 de junio, así que para allá nos fuimos Hooky, Terry, yo y un par de amigos más. No había mucha gente –he oído decir que asistimos unas cuarenta personas–, pero se ha convertido en un hito del patrimonio musical de Mánchester de tal magnitud que, si todos los que afirman haber estado allí hubieran estado en realidad, habrían llenado Old Trafford.

Eran todavía los primeros días de los Pistols; aún no habían estallado, y desde luego en Mánchester nadie sabía realmente quiénes eran. En todo caso, daba la impresión de que merecería la pena verlos, así que fuimos para allá, pagamos nuestros cincuenta peniques a Malcolm McLaren, que estaba en la puerta, en la caja y atento, al mismo tiempo, a las chicas que andaban por allí, y entramos, sin tener muy claro lo que podíamos esperar.

Fue un acontecimiento que ha pasado a la historia, tanto por las personas que estaban entre el público como por el concierto en sí: estaban Mark E. Smith, Morrissey, y también Tony Wilson y Paul Morley, y el concierto había sido organizado por Pete Shelley y Howard Devoto, de los Buzzcocks. A mí no me importaba demasiado quién andaba por allí, y, una vez que la banda apareció y comenzó a tocar, estaba demasiado impresionado para preocuparme por quién había acudido al lugar. Desde el momento en que salieron al escenario, cogieron sus instrumentos y empezaron a tocar “Did You No Wrong”, me di cuenta de que aquello era algo diferente. Lo que me impactó fue su actitud; había verdadero resentimiento en su actuación, agresión pura combinada con una indiferencia hacia el público que en ocasiones rayaba en el desprecio absoluto. No se parecía a nada que hubiera visto antes; estaba próximo a la actuación anárquica de Lou Reed en el Free Trade Hall, pero tan lejos de la llamada de Santana a la meditación como se pudiera imaginar. Era algo especial.

Por primera vez en una actuación en directo me di cuenta de que realmente podía identificarme y relacionarme con los que estaban en el escenario. Compartíamos con ellos ese tipo de actitud de “joder a la autoridad” que teníamos desde que estuvimos en la escuela, ese resentimiento que generaba en nosotros el hecho de que siempre se nos estuviera diciendo de manera insistente qué debíamos hacer y cómo hacerlo. En la escuela fueron los maestros, pero, cuando dejamos la escuela, era la necesidad de adaptarse a un papel predeterminado en una sociedad de la que no nos sentíamos parte integrante. A cada paso que dábamos aparecían los adultos y nos decían qué teníamos que hacer, siempre dispuestos a recordarnos la clase de mierda que éramos. Entonces llegaron los Sex Pistols y nos hicieron sentir que teníamos razón. No sólo eso, sino que también nos mostraron que siempre habíamos estado en lo cierto. El punk era algo que nos daba una voz, por primera vez, y esa voz estaba gritando a pleno pulmón, justo allí, delante de nosotros. Corroboró nuestro punto de vista y al mismo tiempo nos hizo sentir que, después de todo, éramos dignos de algo.

Aquella noche ha desplegado su mitología propia a lo largo de los últimos treinta y tantos años. El rock and roll había comenzado como algo tosco y simple, pero a mediados de los años setenta se había convertido, en gran medida, en una cosa con la que la gente presumía. Antes de que los Pistols y otras bandas de punk aparecieran, aquella música parecía la de un club privado que pertenecía cada vez más a los virtuosos. Una gran parte de la música que había en ese momento –aunque no toda– era pomposa, autocomplaciente y estaba hinchada sin sentido. El rock progresivo era el principal culpable; parecía haber sofocado la música, ahogándola bajo una gruesa capa de conceptos, ideas y una actitud autocomplaciente y ombliguista.

Yo era muy joven en los años sesenta, cuando escuchaba a los Stones y los Beatles, The Animals, The Kinks, etc., bandas que tocaban grandes canciones y tenían un gran sonido de guitarras. El conjunto fue siempre más importante que lo individual para esos grupos, pero a mediados de los años setenta se había producido un importante giro en el sonido hacia algo más pomposo. Era un culto a la inteligencia: había bandas como Emerson, Lake and Palmer y Yes, con sus interminables álbumes conceptuales, que eran la antítesis de todo lo que a mí me gustaba en la música.

El punk y los Pistols abrieron un camino a través de toda esa engreída pompa musical, expresando su desprecio por ella. Llegaron en el momento justo y con la actitud adecuada. Mientras estábamos en aquel espacio de suelo pegajoso en la parte superior del Free Trade Hall, viendo a un grupo de chicos que parecían ser como nosotros y que cantaban a voz en grito con actitud beligerante, se nos confirmó que no estábamos solos, que había otros por ahí que sentían lo mismo que nosotros. Supongo que debí de tener alguna sospecha de que aquel no iba a ser simplemente otro concierto más, porque había llevado un reproductor de cassettes y lo grabé (cuando llegué a casa y lo puse, sin embargo, estaba completamente distorsionado; podía deberse a mi horrible grabadora, o puede que así fuera cómo sonaban los Pistols…), pero, en cualquier caso, algo resonó en nosotros. Si se trataba de la revelación de algo nuevo o si simplemente había venido a alimentar algo que ya existía previamente es difícil de decir. Pero había algo en el aire aquel verano, y habíamos captado una bocanada de su aroma embriagador y sudoroso.

A veces pienso que la gente exagera un poco la importancia de aquella noche. Yo lo veo de este modo: había en ese momento un movimiento llamado punk que tocó la fibra sensible de un montón de gente, al igual que más tarde hubo un movimiento llamado acid house que iba a hacer lo mismo. Íbamos a conciertos punk porque eso era lo que estaba pasando, igual que más tarde  iríamos a las noches de acid house. Fue una gran experiencia, no cabe la menor duda, y los Pistols, obviamente, iban a tener una gran influencia. El hecho de que aquella noche, entre la audiencia, hubiera ciertas personas que acabarían haciendo ciertas cosas convierte todo esto en una buena historia, pero ¿no se ha injertado sobre ello un contenido más amplio, en años posteriores, por parte de gente que ni siquiera estuvo allí? Para mí, no fue exactamente un momento de deslumbramiento-del-sol-que-aparece-en-el-cielo, como algunos han dicho luego, pero fue sin duda un momento de inspiración; hay una sutil diferencia.

Creo que la mitología que se ha elaborado en torno a aquel concierto requiere ciertas puntualizaciones. El punk era un movimiento nuevo, interesante y excitante, del que algunos en Mánchester estaban al tanto a través de la prensa musical y, en consecuencia, ciertas personas asistieron al concierto. Yo había visto a los Buzzcocks antes de ver a los Sex Pistols; tenían algunas grandes canciones y también ejercían una influencia sobre nosotros, y no hay que dejar de mencionarlos solo porque el concierto de los Pistols se haya convertido en un hito cultural.

Creo que algunas personas pueden captar una especie de Zeitgeist, y ese Zeitgeist es el catalizador para la liberación o la expresión de su creatividad. No creo que sea algo consciente; no es un comportamiento aprendido, sino algo distinto, algo instintivo. Hay diferentes maneras de adquirir conocimientos: se puede ir a la escuela, escuchar a los maestros y anotar todo lo que dicen, aprendiéndolo de memoria según el método tradicional. Pero hay otra manera, y se basa en la observación del mundo y en ir configurando tu propia mentalidad en función de lo que se experimenta, absorbiendo las cosas que a uno le parecen correctas e interpretándolas, filtrándolas a través de la propia percepción y aprendiendo cómo y cuándo confiar en los propios instintos. Así es como yo he descubierto y explorado la música y así es como trabajé sobre mis influencias a fin de crear esa música yo mismo.

El punk se convirtió en el foco principal de nuestra vida cultural durante aquel verano de 1976. Nos gustaba su aspecto anti-autoritario, pero una cosa que la gente a menudo olvida del punk es que uno de sus mensajes principales era el no tomarse a sí mismo demasiado en serio. Sí, despotrica contra el sistema, pero recuerda que no debes dejar de reír mientras lo haces. Eres joven, debes disfrutar a pesar de toda la mierda que tienes que aguantar. Había una energía fantástica en la música, más que en cualquier otra cosa que hubiera experimentado antes. A esa edad, en la adolescencia y en la primera juventud, estás lleno de energía y necesitas darle una salida. Los conciertos punk eran perfectos, podías volverte loco: ir a una fiesta o ir a un concierto era prácticamente lo mismo. En ese sentido, era similar al acid house, solo que sin drogas. Bueno, tal vez con drogas diferentes.

Después de una infancia que me había ofrecido muy poco en cuanto a música se refiere, tuve un aprendizaje intensivo en la adolescencia. Era como si me hubiera estado moviendo musicalmente con las distintas marchas, y el punk me dijo que metiera la quinta. Tras el concierto de los Pistols, miré la guitarra que mi madre me había comprado años antes, y que tenía abandonada, de una manera distinta. Ahora que había oído música punk, de repente adquiría otro sentido, más allá de estar simplemente colocada en un rincón de mi habitación acumulando polvo y sirviendo de percha para colgar la ropa. Así que una noche cerré la puerta de mi habitación, me senté en la cama, le quité el polvo, abrí el libro Cómo tocar la guitarra que había comprado y empecé a practicar.

No fue un comienzo esperanzador: las primeras páginas del libro daban instrucciones sobre cómo afinar la guitarra, pero yo no sabía distinguir qué sonaba bien y qué sonaba mal. En aquella época no tenía el oído muy fino, así que los ruidos que estaba haciendo debieron de sonar bastante horribles. Pero persistí, porque la música se había convertido en lo más importante de mi vida. Había escuchado música, la había comprado, había visto a gente tocándola, y ahora estaba decidido a tocarla yo mismo.

Después del concierto de los Pistols, Hooky había ido a Mánchester y se había comprado un bajo y un libro como el mío, para aprender a tocarlo. Creo que le costó alrededor de 35 libras, que era mucho en aquella época. El problema con los libros era que se basaban en la progresión de doce compases, que constituye la base de casi todo el blues y el rock and roll. Todos los ejemplos de canciones de aquel libro databan de los años cincuenta, los venerables y viejos modelos en los que nosotros no teníamos ningún interés. No me gustaba mucho el blues, y menos el rock and roll: lo que yo quería era aprender a tocar música punk y, curiosamente, no había ningún libro que me que pudiera enseñar eso.

A pesar de todo, seguí perseverando, estudiando acordes hasta altas horas de la noche, hasta que las yemas de mis dedos, sonrosadas e inexpertas, se endurecieron y los dolores en las manos típicos del principiante comenzaron por fin a menguar. No me tomó mucho tiempo darme cuenta de que una vez se tenían controlados los acordes básicos mayores y menores, se había conseguido más o menos el 90 por ciento de todo: el resto es ya cuestión de imaginación, y no se pueden comprar libros para eso. Una vez que tienes esos bloques básicos de construcción, puedes ponerte a hacer algo con ellos. No necesitas saber cómo tocar “Rock Around the Clock” o “Heartbreak Hotel” para hacer tu propia música; simplemente, pones unos acordes juntos, construyes un par de escalas por tu cuenta, y ya está. Si suena bien, eso es todo lo que importa.

La música empezó a ocupar la mayor parte de nuestro tiempo libre. Hooky y yo íbamos juntos a casa de mi abuela y allí perdíamos el tiempo con el hipnotismo, cachondeándonos de los demás, sin hacer nada en concreto y hablando de motos y bujías; y allí mismo, en el verano de 1976, empezamos a tratar de hacer música juntos. Nuestra propia música. Aquello se convirtió en una actividad regular el domingo por la noche en la casa de Alfred Street. Mi abuela tenía un gramófono en el que había hecho sonar sus viejos discos de 78 rpm, pero cuando lo descubrí no vi sólo un viejo gramófono, vi la cosa más cercana que teníamos a un amplificador de guitarra y me puse a fabricar uno. Quité la aguja y soldé un par de conectores jack en su lugar, Hooky enchufó su bajo en uno, yo enchufé mi guitarra en el otro y conseguimos que aquello sonara. No era el amplificador más potente con que hayamos ensayado, desde luego, ni tampoco era el mejor sonido que hayamos tenido nunca, pero parecía que algo salía del altavoz. No era muy potente, pero tenía válvulas ¡y brillaba!

No éramos virtuosos por ningún esfuerzo de la imaginación, sino porque estábamos creando nuestra propia música casi al mismo tiempo que aprendíamos a tocar; era una forma ideal para desarrollar nuestra propia metodología y nuestro propio sonido. No teníamos ideas preconcebidas sobre progresiones de acordes o escalas, por lo que simplemente íbamos haciendo pruebas hasta que dábamos con algo que nos sonaba bien. Así, yo podía decir: “¡Oh, qué bien suena con este acorde!, ¿qué tal si sostienes esa nota un poco más, pero cambio el acorde?”. Estábamos caminando a tientas, como un par de niños que buscan su camino en el primer año en la escuela primaria, no muy seguros de lo que estábamos haciendo, pero tratando de avanzar mediante un proceso de prueba y error. Seguimos así durante un tiempo, trabajando incesantemente cada fin de semana hasta que nos dimos cuenta de que habíamos alcanzado el punto en que había que dar el siguiente paso lógico en la formación de una banda: empezamos a pensar en buscar un cantante.

Inicialmente, pensamos en buscarlo entre la gente que conocíamos. La lista de los candidatos era bastante corta. No puedo recordar exactamente quién estaba en ella, pero hace unos meses me encontré con un viejo amigo de aquellos tiempos llamado David Wroe, y me dijo: “Yo iba a ser vuestro cantante al principio, pero mi madre no me dejó”. Estoy seguro de que se barajaron algunos nombres, pero no hubo serios candidatos dentro de nuestro círculo. Básicamente, queríamos a alguien que estuviera en la misma onda y a quien le gustara el mismo tipo de música que a nosotros; que fuera un tío majo, que no fuera un gilipollas; alguien, en definitiva, con quien pudiéramos entendernos.

Al final, escribimos un anuncio y lo pusimos en el escaparate de la antigua tienda de Virgin Records en Lever Street, en Mánchester, el lugar obvio, porque allí era donde todo el mundo iba a comprar sus discos punk. Virgin también se había convertido en uno de los principales lugares de reunión de la ciudad para los que ya estaban en grupos o para quienes estaban empezando a formarlos o pensando en formarlos, de modo que era un centro activo para aspirantes a músicos. Teníamos teléfono en el piso de Greengate, así que pusimos mi número en el anuncio, lo fijamos al cristal y nos fuimos a casa a esperar.

Hubo algunas llamadas, la mayoría de ellas sin ningún interés. Recuerdo que fui a ver a un tipo que vivía cerca de Didsbury y que sonaba vagamente prometedor. Llevé a Terry conmigo, llamamos a la puerta y nos abrió un hippie con el pelo casi hasta la cintura. Vestía unos grandes pantalones acampanados y llevaba una camisa que parecía una funda de cojín con agujeros para los brazos y la cabeza. Nada más verlo, pensé que no era adecuado para nosotros. Él hizo poco para disipar esa primera impresión, sacando un par de cojines e invitándonos a sentarnos en el suelo. Terry y yo ya estábamos mirándonos de reojo cuando dijo que iba a sacar algunos de sus poemas y nos los iba a cantar. ¿Poemas? No era eso precisamente lo que teníamos en la cabeza. Después, el tipo colocó unas hojas de papel arrugadas en el suelo, cogió una balalaica que tenía detrás del sofá, empezó a rasguearla y nos cantó sus poesías sensibleras. Lo que hacía aquello aún más incómodo era que nos miraba a los ojos, a un metro de distancia, mientras cantaba sus quejumbrosas y blandengues tonterías. No me atreví a mirar a Terry, pero pude percibir cómo contenía la risa con disimulo. Yo estaba haciendo todo lo que podía para no echarme a reír, cuando Terry dejó escapar un pequeño resoplido y la cosa estalló, los dos soltamos la carcajada. Por fin le dijimos:

–Mira, amigo, lo sentimos; sólo vinimos aquí para decirte que el puesto está cubierto, pero gracias de todos modos.

Y con eso nos precipitamos hacia la puerta y volvimos andando a Salford, tronchándonos de risa.

Eso pareció fijar el tono para el siguiente par de semanas. Hubo muchas llamadas impertinentes:

–¿Eres punky? ¿Así que eres punk, no? Bueno, pues vete a la mierda, entonces.

Y las que no eran simplemente insultantes eran de bichos raros. Hubo un momento en que casi llegué a temer que sonara el teléfono.

Una noche hubo una llamada a las ocho en punto. Suspiré, fui a la habitación de mi madre y levanté el auricular.

–Sí, hola –dije en tono rotundo.

Una voz al otro lado de la línea me dijo:

–Llamo por lo del puesto de cantante del anuncio de Virgin. Puse los ojos en blanco y le pregunté quién era. Dijo que su nombre era Ian, e inmediatamente pensé: “Bueno, al menos éste no parece un chiflado. Este tipo suena bien”. Le pregunté qué clase de música era la suya y me dijo que estaba en el punk, Iggy y los Stooges, la Velvet Underground, y ese tipo de cosas. Fue entonces cuando creí reconocer su voz. Le dije que pensaba que tal vez podíamos habernos conocido; que yo andaba con un chico llamado Hooky y otro llamado Terry. ¿Llevaba una chaqueta con “odio” escrito en la espalda?

–Sí, así es –dijo–. Ése soy yo.

Le dije que nos habíamos conocido la semana anterior en un concierto en el Electric Circus: él era uno de los dos Ian (tenía un amigo llamado también Ian que andaba con él, y se los conocía imaginativamente como “los dos Ian”).

–Sí –dijo–. Soy Ian Curtis.

–Magnífico –le dije–. El puesto es tuyo.

Fue un gran alivio recibir por fin una llamada de alguien que no era un bicho raro ni un hippie loco; alguien, además, a quien ya conocía. Me había topado con él antes y no era un lunático; ésos fueron los únicos criterios que tuve en cuenta cuando tomé la decisión de decir que sí a Ian Curtis.

–Oh, muy bien –dijo–. Bueno, entonces, ¿qué hacemos ahora?

Organizamos un ensayo en un local encima de un pub en Weaste llamado Grey Mare, que era la sede de una organización llamada la Real Orden Antediluviana de los Búfalos. Eran una especie de francmasones para la clase media y trabajadora. En un extremo de la sala había un gran baúl lleno de pieles de búfalo, que utilizaban para sus ceremonias. A pesar de eso, era un sitio bastante bueno para ensayar, y fue aún mejor, ya que resultó que Ian tenía su propio sistema de megafonía.

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En esa etapa habíamos decidido permitir que Terry intentara ser el segundo guitarrista después de su intento fallido con la batería. Yo había comprado un amplificador de guitarra Zenith, pero era horrible; aquella cosa horrorosa llena de transistores tenía un sonido muy fino, muy limpio. Estábamos tratando de hacer música punk, pero más bien sonábamos como Mark Knopfler: traté de ponerlo más fuerte, pero no importaba cuánto lo forzara, aquel chisme parecía sonar cada vez más limpio y realmente hacía daño a los oídos. (Incomprensiblemente, me acabo de comprar otro en eBay. No sé por qué. ¿Nostalgia?).

El amplificador de Ian era también una basura: sonaba horrible y distorsionado, pero sus altavoces estaban bien. Conseguimos un nuevo amplificador y Terry utilizó el viejo para poner a prueba su guitarra, pero tocaba deliberadamente tan bajo que no se le oía.

Lo siguiente era encontrar un batería para completar el rompecabezas: el clásico grupo punk con cantante, guitarra, bajo y batería. Éste resultó ser un proceso que contó con otra letanía de lunáticos, chiflados y gilipollas, y esto después de lo que ya habíamos intentado con Terry. En ese sentido, los baterías, como luego veríamos, son aún peores que los cantantes; terminamos escuchando a unos cuantos. Algunos de ellos eran bastante decentes como baterías, pero eran completamente insoportables. Recuerdo a un tipo que parecía pensar que era él quien tenía que escucharnos a nosotros, y ver si éramos lo suficientemente buenos para él. Hubo otro que estaba estudiando para ser profesor de educación física en algún colegio de alguna parte, y parecía muy prometedor, pero no nos pareció que encajara en realidad. El problema fue que ya le habíamos dicho que sí. Hooky y yo fuimos a Middleton a verlo y, sintiéndonos un poco culpables por ello, en el camino nos detuvimos en una tienda y le compramos una caja de bombones, pensando que eso podría suavizar el golpe. Llegamos a su colegio, entramos y lo encontramos jugando con sus compañeros, agitando toallas mojadas contra los otros, como verdaderos estudiantes.

Lo llamamos, le dijimos que se sentara y le contamos que teníamos malas noticias. No tuvimos agallas para decirle que no lo queríamos, así que le dijimos que, en realidad, la banda no estaba funcionando todavía y que ya lo llamaríamos más adelante. Nos disculpamos por haberle hecho perder el tiempo y le entregamos solemnemente la caja de doble capa de Milk Tray como muestra de agradecimiento. Él estaba un poco chafado, por decirlo suavemente, pero no podíamos hacer otra cosa. Éramos honrados y me sentí mal por ello, especialmente porque nunca antes habíamos echado a nadie después de decirle que sí.

Pero aún seguíamos sin tener un batería, una situación cuya urgencia se vio incrementada cuando nos llegó la oportunidad de nuestro primer concierto: hacer de teloneros para los Buzzcocks el 29 de mayo de 1977 en el Electric Circus. Habíamos llegado a ser amigos de los Buzzcocks y les pedimos consejo. No sabíamos nada acerca de amplificadores, guitarras o cualquiera de las cosas que hace falta saber para estar en una banda. Acostumbrábamos a salir con ellos en el coche de Terry. El suyo era realmente un coche de mierda, un Vauxhall Viva: los asientos no se reclinaban, no tenía cierre centralizado, ni portavasos… Un día, los Buzzcocks viajaban en la parte de atrás, yo iba en la parte delantera y Terry conducía. En el bolsillo de la puerta guardaba un montón de hojas de papel de lija. Era un “coche en proyecto”, que estaba en proceso de elaboración, incluso mientras conducía, y cada vez que se detenía en un semáforo bajaba el cristal, cogía una hoja de papel de lija, se asomaba y empezaba a lijar la carrocería. Estaba tan hecho polvo que el motor podía escoñarse en cualquier semáforo, y la única manera de conseguir que arrancara de nuevo era coger un tubo de goma, chupar gasolina del tanque de combustible, hacer que alguien le diera otra vez a la llave de contacto, y entonces él soplaba la gasolina en el carburador para hacer que el motor funcionara de nuevo. Con el tipo de cosas que nos pasaban, sólo Dios sabe por qué los Buzzcocks nos hicieron caso. A raíz de eso, llamaban a Terry “chupón de gasolina”, pero Terry ya llamaba a Pete Shelley “aliento de mantequilla rancia”. Ninguno de ellos lo sabía, por supuesto. Sin embargo, los Buzzcocks podían ser también bastante raros. Una vez, Pete Shelley sacó de su cartera una cosa escamosa de aspecto horrible, como un viejo copo de maíz podrido, y me lo mostró. Le dije:

–¿Qué diablos es eso?

–Me caí el otro día –me respondió–, me corté el codo y ésta es la costra de la herida.

En todo caso, Richard Boon, mánager de los Buzzcocks, nos apoyaba mucho y nos había conseguido esa actuación en el Electric Circus con la que estábamos muy entusiasmados. El problema era que, en aquella época, no teníamos ni nombre ni batería. Además de proporcionarnos nuestro primer concierto, los Buzzcocks también trataron de ayudarnos con lo del nombre. Tuvimos unas cuantas ideas, que fueron discutidas: Hooky había salido con The Out of Town Torpedoes y alguien sugirió The Slaves of Venus; imaginad si algo de esto hubiese prosperado. Teníamos que dar con un nombre, y rápidamente. Richard Boon sugirió Stiff Kittens, que nos atrajo en un principio, pues sonaba como un buen nombre punk, pero lo discutimos y pensamos cuánto tiempo podía durar un nombre como ése. También, para ser sincero, el hecho de que no se nos hubiera ocurrido a nosotros contribuyó a la hora de decidir que no era realmente una propuesta adecuada. El nombre que surgió con el que todos podíamos estar de acuerdo era Warsaw (Varsovia). Sentimos que la música que estábamos haciendo tenía un aire frío y austero, y Varsovia nos parecía un lugar frío y austero (a pesar de que ninguno de nosotros había estado nunca allí). Así nos convertimos en Warsaw, un nombre que nunca pretendió ser mucho más que un indicador de dónde nos situábamos. Funcionaría por el momento.

No pensábamos en salir e impresionar a todo el mundo, sólo queríamos hacer nuestro primer concierto, adquirir la experiencia de tocar en vivo y saber lo que era salir a un escenario y tocar frente a una audiencia. Éste iba a ser nuestro primer paso atravesando el umbral, nuestro primer pequeño paso en el camino. De todos modos, resultó que ya había una banda llamada Warsaw Pakt, por lo que antes o después tendríamos que cambiarnos el nombre, pero por el momento seguimos siendo Warsaw. Si no recuerdo mal, fue una decisión tomada demasiado tarde para los carteles de los conciertos, en los que figurábamos como Stiff Kittens.

Por tanto, habíamos solucionado ya lo del nombre, y poco antes del concierto reclutamos a un batería llamado Tony Tabac. Estábamos listos para nuestro primer concierto.


Este texto es un extracto del libro New Order, Joy Division y yo, las memorias de Bernard Sumner recién publicadas por Sexto Piso.

Fotos: cortesía de Mikey y Remko Hoving.

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