La casa que Marx construyó

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El propósito clásico y continuo del marxismo es, podría decirse, coordinar una teoría completa de la evolución social con una amplia política revolucionaria: una tarea monumental. Y precisamente este carácter sistemático y totalizante del marxismo ha impuesto una calidad fragmentaria a toda la actividad política e intelectual realizada en su espíritu. La imposibilidad de que una mente –o, para el caso, un par de mentes– alcance una perspectiva total es obvia, y el programa diseñado primeramente por Marx y Engels –a la vez un programa político y un programa de investigación– estaba destinado a permanecer incompleto, incluso a penas esbozado, durante sus vidas.

Que algunas de las secciones del proyecto marxista perduraran incompletas, durante las siguientes generaciones, es cierto y desafortunado. Desde la desaparición de la Segunda Internacional, la deriva ha llevado al distanciamiento mutuo entre intelectuales y activistas. Entre ellos mismos, los intelectuales han tendido a ponerse los anteojos de sus disciplinas académicas separadas, olvidando que las fronteras al interior de las ciencias sociales y las divisiones entre esas ciencias y realidades como la “naturaleza” y la “cultura” son solo rasgos de mapas del mundo y no de su inquebrantable terreno. Los activistas, por su parte, tienden a olvidar que las ideas constituyen una fuerza material en la historia. Pero existe una causa distinta, y quizás más adecuada, para el estado incompleto, fragmentario del marxismo: su especial apertura, en tanto manera de pensar, hacia la totalidad de la vida humana y de hecho también no-humana; su carácter roto, frustrado, incluso incoherente es, en este sentido, simplemente el signo de que su vida está en desarrollo. El marxismo permanece inconcluso porque la historia está inconclusa.

En los últimos años, el marxismo se ha mostrado vigorizado particularmente por la apertura de dos líneas de investigación que, en el trabajo original de Marx y Engels y en el de la mayoría de sus herederos, estaban presentes pero no desarrolladas.

La primera de estas líneas de investigación retoma la elaboración de una “ecología marxista” –para modificar el título de un importante libro de John Bellamy Foster. La ecología de Marx (2000) demostró que Marx y Engels fueron unos pensadores genuinamente ecologistas, conscientes de que la actividad productiva de los hombres, basada en cualquier forma de relación social, es también una manera de manejar –bien o mal– el intercambio metabólico entre nuestra especie, excepcionalmente política, y otras formas de naturaleza terrestre.

Marx estaba notablemente preocupado por la cuestión del agotamiento de la tierra. El capitalismo del siglo XIX extraía los nutrientes vitales de la tierra, primero al concentrar a la población en grandes ciudades donde los desechos humanos, en vez de fertilizar la tierra, contaminaban las aceras y los canales, y, segundo, al fomentar el monocultivo mediante la mercantilización de la agricultura. Basado en lo anterior, Bellamy Foster deduce un concepto general que llama la “escisión metabólica” entre la humanidad capitalista y la naturaleza no-humana. Aunque no lo dice, existe una analogía obvia entre la tendencia del capitalismo por extraer de los trabajadores más de lo que regresa en salarios, y de extraer de la naturaleza más de lo que repone en energía aprovechable y vida biológica.

El giro verde en el marxismo potencia viejas intuiciones: el capitalismo, leemos en El Capital, debilita no solo una sino ambas “fuentes originales de la riqueza –el obrero y la tierra”. No obstante, si algo se puede criticar del pensamiento eco-socialista es no haber ido lo suficientemente lejos. Pensadores como Bellamy Foster, James O’Connor, y Paul Burkett en Marxismo y economía ecológica (2007) hasta el momento solo han establecido una compatibilidad entre el marxismo y la ecología. Esto no es poca cosa, dada la asociación del marxismo, en teoría, con el desarrollo descontrolado de “todas las fuerzas productivas” disponibles en cualquier sistema de producción y, en la práctica, con el escandaloso expediente ambiental de la Unión Soviética. Pero la integración de ecología y economía en el marxismo, en términos empíricos y analíticos, así como en términos abstractos y axiomáticos, todavía no se ha realizado. La obra El capitalismo en la red de la vida, de Jason W. Moore, promete hacer algo para corregir esta falta.

A lado del nuevo ecologismo marxista, también ha nacido lo que podríamos llamar una oikología marxista. Oikos –“casa” en griego– es la raíz etimológica de “ecología” y “economía”: ecología (de oikos más logos, de “discurso”) literalmente significa el estudio del hogar, mientras economía (“oikos” más “nomia”) significa la administración del hogar. La ecología se refiere, entonces, al estudio del hogar planetario de la naturaleza; la economía, a la administración del hogar –actualmente capitalista– del intercambio formal de mercancías. La oikología tendría que ver con las actividades domésticas y reproductivas de los seres humanos, siempre y cuando estas se produzcan por medios distintos al intercambio de mercancías, esto es, sin el uso de dinero.

Los fenómenos oikológicos comprenderían entonces las actividades no remuneradas de mantenimiento del hogar, como la limpieza, reparación y preparación de alimentos; el cuidado no remunerado de los niños, los enfermos y los ancianos (en vez del trabajo pagado de maestros y enfermeras profesionales); las actividades no remuneradas de orientación, asesoramiento y terapia (por parte de amigos y familiares en vez de psiquiatras), el sexo no remunerado (con amantes voluntarios en vez de trabajadores sexuales), etc. Dado que desde la llegada del capitalismo, y aun antes, la carga del trabajo no asalariado ha descansado desproporcionadamente sobre las mujeres, las feministas han llamado especialmente la atención sobre la arena oikológica. “Los salarios en contra de las labores domésticas” (1975), de Silvia Federeci, un hito del feminismo marxista, enfatizaba el papel indispensable del trabajo no remunerado realizado típicamente por las mujeres para sostener el hogar del trabajador asalariado, quien era –entonces– típicamente hombre. Más recientemente, el ensayo de Nancy Fraser de 2014 para la revista New Left Review, “Detrás de la morada oculta de Marx”, hacía un llamado similar para introducir “una concepción expandida del capitalismo” que reconociera condiciones esenciales no-económicas que permiten mantener la economía capitalista. Esto incluye a “los procesos naturales que sostienen la vida y proveen la materia prima para el abastecimiento social” y, por otro lado, las “relaciones solidarias” y las “disposiciones afectivas” que proveen “a los seres humanos apropiadamente socializados y capacitados que constituyen la ‘mano de obra’”.

El marxismo intuyó algo similar a esta interdependencia desde su nacimiento, en su afán de entender la totalidad o, en palabras de Lukács, “la evolución de la sociedad como un todo”. Si bien todavía no ha terminado de entender a plenitud la trascendencia de esta intuición, el marxismo ya ha empezado a ver con más detenimiento la eco-totalidad –al mismo tiempo ecológica, económica y oikológica– que siempre estuvo ahí. Este hecho ya es suficiente para diferenciar al marxismo de todas las variedades de investigación académica, periodismo, opinión e ideología más amigables con el capital, y para garantizar la pertinencia de la tradición para cualquier futuro que valga la pena alcanzar. Sería superficial decir que una teoría ampliada se debería ahora unir a una praxis renovada, “proclamando –Lukács de nuevo– el vínculo entre las tareas del presente inmediato y la totalidad del proceso histórico”. Aun así, al menos dos resultados políticos parecen ser buenas aspiraciones. El primero es una expansión de la representatividad política del socialismo –o como se le quiera llamar– al incluir no solo a más feministas y ecologistas sino a más personas –seguramente la mayoría– preocupadas por las interrelaciones entre la aflicción económica, la ansiedad ecológica, y la frustración y el abandono en los ámbitos del hogar y la comunidad. Otro resultado podría ser un mejor entendimiento de las vulnerabilidades de un capitalismo planetario que puede parecer omnipotente. Después de todo, la misma economía global que domina las esferas ecológicas y oikológicas de la vida también depende inevitablemente de esas esferas para continuar su expansión. Esta economía sobrevive a merced no solo de los trabajadores, sino de vida humana y naturaleza no humana no asalariadas –y siempre existe la posibilidad de que dejen de colaborar.


Este ensayo se publicó originalmente en Dissent.

Traducción del inglés: Jorge Cano.

Foto: cortesía de gravitat-OFF.

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