La ciudad que se seca

Ante la inminencia del «día cero», es decir, el día que se cierre la llave, Ciudad del Cabo, Sudáfrica, toma medidas extremas de racionamiento del agua.

| Cambio Climático

No en todos lados jalarle al escusado es muestra de civismo. En Ciudad del Cabo (Cape Town), Sudáfrica, hoy no es nada cool: «If it’s yellow let it mellow. If it’s brown, flush it down» versan letreros en baños públicos y negocios. Y es que esta ciudad de cuatro millones de habitantes, una de las más prósperas y cosmopolitas del continente africano, atraviesa una crisis de agua tal, que no tiene precedente en las urbes actuales. La provincia de Western Cape, de la cual Ciudad del Cabo es capital, lleva tres años de sequía severa, un evento que estadísticamente ocurre una vez en cuatrocientos años (la sequía afecta a otras regiones de Sudáfrica, pero el caso de Western Cape es el más grave). De las restricciones que desde hace un año implementa el gobierno de la ciudad no se libra nadie: los hoteles han retirado los tapones de las tinas y solo pueden llenar sus albercas si cuentan con suministro propio de agua (usualmente un pozo). A los miles de visitantes se les pide solidaridad mínima con los capetonians, quienes han tenido que aprender de forma acelerada a modificar sus prácticas vinculadas con el agua, incluidas las duchas cortas y el reúso de agua en la vivienda. Ciertos usos son ahora prohibidos, como lavar autos o regar jardines con agua potable (sí, el agua suministrada es perfectamente potable).

Es cierto que la población de Ciudad del Cabo ha crecido en las últimas décadas, así como su actividad económica, lo que se traduce en una creciente demanda de agua, pero nadie pone en duda los efectos del cambio climático. «Aquí no tenemos a Trump», me dijo sonriente Alan Winde, ministro de Oportunidades Económicas y responsable de Agricultura, Turismo y Desarrollo Económico en la provincia. Comenta Winde que han venido recortando las asignaciones de agua para la producción agrícola, y teme que se pierdan cincuenta mil de trescientos mil empleos en ese sector. Mientras tanto los medios reportan la matanza temprana de ganado para evitar que productores lo pierdan todo. Sucede que el área metropolitana de Ciudad del Cabo y gran parte de la agricultura de la provincia comparten el mismo sistema de abastecimiento, derivado de media docena de presas. La presa Theewaterskloof es la más grande, y durante décadas suministró más de la mitad del agua al sistema. Hoy parece más un desierto.


Vestigios de la vegetación sumergida por la presa Theewaterskloof se asoman en su fondo.

Visité la presa con Andrew Wheeldon, conocido ciclista local abocado ahora al tema del agua. Su crítica a los organizadores del Cape Town Cycle Tour por no posponer esta carrera, que en marzo traería a la ciudad a decenas de miles de ciclistas del país y del mundo, no ha pasado desapercibida. Para Wheeldon, quien ha corrido la mayoría de las ediciones de esta carrera, mitigar la crisis de agua debiera ser la prioridad de todos. Y es que él, como tantos otros ciudadanos y autoridades en la ciudad, tiene una misión: evitar el «día cero».


La pesadilla del día cero

El gobierno de la ciudad determinó que al llegar las presas a 13.5% de la capacidad total, se cerrará la llave a la ciudad o, para mayor precisión, a alrededor de un millón de viviendas que representan 75% del uso del agua. Esperan mantener el suministro a hospitales y escuelas, aunque en el caso de las segundas no está del todo resuelto. No es de extrañarse que algunos llamen a este escenario «apocalíptico». El gobierno actualiza semanalmente el «tablero» del día cero de acuerdo con el consumo urbano, el nivel de las presas y la precipitación (no hay todavía signos de lluvia). De ocurrir, no se sabe cuánto duraría este estado excepcional; podrían ser meses o podría volverse parte de una nueva normalidad. El 1 de febrero entró en vigor un nuevo nivel de restricciones que contempla, entre otras cosas, un consumo máximo de cincuentra litros por persona al día. El monitoreo es sofisticado: prácticamente toda vivienda formal tiene medidor y la retroalimentación a los usuarios es frecuente. Los consumos se publican en el mapa de agua de Cape Town, lo que permite una vigilancia ciudadana. Además de incurrir en multas considerables, a quienes reinciden consumiendo de más se les instala —a su cargo— un dispositivo de control que permite únicamente doscientos litros cada día, teniendo en cuenta cuatro personas por domicilio (que sea reconocida una cantidad mayor de personas implica un oneroso trámite).

En lo inmediato las restricciones buscan evitar el temido escenario que traería el día cero: que cada familia tenga que recolectar diario su dotación de veinticinco litros por persona en alguno de los cerca de doscientos puntos de distribución (si bien el gobierno, mediante el Centro de Operaciones de Desastres, revela cada vez más información sobre este plan, aún no da a conocer los lugares exactos). Un adelanto a esta situación puede observarse desde hace meses en las fuentes de agua que existen en la base de la majestuoso Table Mountain, montaña que atraviesa la parte más privilegiada de la ciudad. Sea por baja presión en sus distritos, sea para suplementar la dotación diaria o para almacenarla temiendo el día cero, cada día más gente hace cola en estos sitios para recolectar agua gratuita.


Escena común en las fuentes de agua del suburbio de Newlands. Mientras que unos pagan ayuda para transportarla otros, sobre todo pensionados y desempleados, no tienen más remedio que hacerlo ellos mismos.

Algunos celebran los encuentros humanos y cruces sociales que estas filas permiten (en un país con un pesado legado racista y creciente clasismo), pero conforme aumenta el pánico frente al día cero y crecen los rumores de restricciones en estos sitios, las colas se alargan y el ambiente se enrarece. Ya se han registrado peleas. No es por menos que la policía y el ejército forman parte del plan post-día cero.

Todo esto ocurre en un contexto político complicado. La alcaldesa Patricia de Lille enfrenta acusaciones por corrupción y, por lo pronto, ha sido removida de todo lo que tiene que ver con el manejo de la crisis del agua. En el ámbito nacional, el Congreso Nacional Africano (ANC) enfrenta una crisis política por la corrupción y el abuso de poder encabezados por el presidente Jacob Zuma. Para muchos en Western Cape, el partido Alianza Democrática (DA), que por largo tiempo ha gobernado la provincia, ha sido el ejemplo de una adecuada gestión de lo público. Pero como lo expresa Amy Sephton, quien trabaja para uno de los museos de la ciudad, «muchos sudafricanos blancos están aprendiendo que su partido perfecto no es tan perfecto después de todo». Por más llamados al gobierno nacional para que declare estado de emergencia para la provincia, lo que permitiría el acceso a más recursos, la administración de Zuma parece deslindarse del problema. Eso sí, el Departamento de Agua y Saneamiento de la República cofinanció un llamado a rezar masivamente por las lluvias el pasado fin de semana.


Nada nuevo, salvo el miedo

Patricia Mabuto vive desde hace meses con su esposo y tres hijos en Endlovini, un asentamiento informal irregular contiguo a Khayelitsha, el township (distrito designado para negros durante el apartheid) más grande de Sudáfrica. En su humilde vivienda de lámina y material reciclado no tiene agua (ni baño). Así como un millón de personas en Ciudad del Cabo (un cuarto de la población), su familia depende de llaves comunales. Para llegar a la más próxima tienen que cruzar dos grandes dunas de arena y andar unos metros más por la calle (terracería) principal. Dado que Patricia se fracturó un tobillo recientemente ya no puede recolectar agua, de manera que cuando no puede hacerlo su esposo, de ello se encarga Akhona, su hija de catorce años.


Llave comunal en Endlovini.

Patricia sabe lo que es usar el agua que su familia puede cargar. Las nuevas restricciones no significan nada para ellos, pues han aprendido a vivir con unos cuantos litros al día. Lo único nuevo, comparte Patricia desde su humilde sofá, es el miedo. «No sabemos qué va a pasar con nosotros cuando llegue ese día». Patricia se vio obligada a dejar de trabajar con la llegada de su bebé y sabe bien que no podría comprar el agua y que las enfermedades derivadas de la falta de ella podrían ser mortales. «Todos necesitamos agua, sobre todo los niños. Hasta los animales y las plantas necesitan agua para vivir» me dice con ojos húmedos y la mirada puesta en sus hijos, resguardados del sol en el pequeño espacio que funge como cocina. A pesar de su frágil situación muestra compasión con quien –dice ella– la tiene más difícil, como su vecina, cuyo esposo está en silla de ruedas. Ellos viven en la vivienda situada en la cresta de la duna.


Patricia Mabuto, hijos y un vecino frente a su vivienda.

¿Espacio para el optimismo?

Las acciones para reducir el consumo de agua en el corto plazo han tenido resultados notables: el ministro Winde resalta que de un consumo promedio de la ciudad de mil doscientos millones de litros diarios han logrado reducirlo a seiscientos millones, la meta es llegar a cuatrocientos cincuenta millones. Pero mientras que la energía social está vertida en evitar el día cero, tanto ciudadanos como autoridades coinciden en que de aquí en adelante tendrán que pensar y actuar distinto en relación con el agua. En cuanto a aumentar «la oferta» de agua han comenzado a extraer agua de acuíferos y existen plantas de desalinización en proyecto, pero muchos ven a ambas fuentes con cautela: la primera porque habrán de hacerlo de forma medida y asegurar la infiltración de cantidades de agua equivalentes, y la segunda, por los altos costos energéticos que implica potabilizar el agua de mar. El énfasis parece estar en el manejo de la demanda —como el re-uso de aguas grises y la captación del agua de lluvia—, lo cual resulta interesante y habría de servir de ejemplo a muchas ciudades en México y el mundo.

En un sentido más amplio, Amy (la joven museógrafa) confía en que en el ámbito de la sociedad sudafricana algo bueno tiene que surgir de esta crisis que, en mayor o menor medida, afecta a buena parte de su país. «Algunos tienen que aprender a ser empáticos de forma difícil», comenta en relación con las profundas desigualdades, que no son menos en el acceso al agua. Consciente de que este es un derecho humano, dice que en su casa siempre brindaría agua a quien la necesite, y quisiera pensar que muchos se comportarían de esa manera. Patricia Mabuto se muestra escéptica sobre su optimismo: «Ya lo veremos cuando suceda», expresó con un suspiro.

*Al cierre de este artículo el día cero ha sido aplazado para el 11 de mayo (en lugar del 14 de abril), mientras que el gobierno nacional ha decretado el estado de emergencia para esta y otras provincias afectadas por la sequía.

Agradezco a Patricia Mabuto, Amy Sephton, Alan Winde y Andrew Wheeldon el tiempo concedido para las entrevistas.

**Todas las fotografías son del autor.

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