La clase política: breve historia del enemigo

En las protestas que siguieron a los crímenes de Iguala se identificó a un nuevo adversario: la clase política. Hoy los repetidos escándalos de corrupción no hacen sino atizar el conflicto y ratificar la dicotomía amigo-enemigo creada durante aquellos días.

| Nacional

A estas alturas –cuatro meses y medio después de los crímenes en Iguala y tres meses después de la publicación de la investigación periodística sobre la Casa Blanca de Enrique Peña Nieto–, ¿qué importancia tiene conocer, por ejemplo, que José Murat, exgobernador de Oaxaca, adquirió en los últimos años por lo menos seis propiedades en Estados Unidos? ¿Qué añaden al ya profundo oprobio de la clase gobernante las imágenes de, digamos, César Camacho Quiroz luciendo su costosa colección de relojes o de Raúl Salinas de Gortari celebrando su absurda inocencia jurídica en un automóvil de más de dos millones de pesos? ¿Qué revelan hoy, 13 de febrero de 2015, estos y los otros tantos casos de corrupción y enriquecimiento ilícito que emergen, casi mecánicamente, semana a semana?

A decir verdad, ya no demasiado. En el punto en que nos encontramos todo nuevo escándalo, más que revelar, confirma. Confirma, en principio, la extensión de la corrupción en el régimen político mexicano. Confirma, también, lo equivocados que estábamos muchos de nosotros hace unos meses cuando creíamos que la crisis de legitimidad acabaría por derrumbar a Peña Nieto –ya está claro que se puede gobernar (y que, de hecho, casi siempre se gobierna) sin consentimiento y desde la ignominia. Confirma, por último, que teníamos y seguimos teniendo razón en practicar, justo ahora, una política decididamente confrontacional: están ellos y estamos nosotros, y ellos son el adversario. Ellos: no este y aquel político, no uno u otro partido, sino la amplia e imprecisa suma de políticos y funcionarios y contratistas que, a falta de mejor nombre, muchos han llamado de unos meses para acá, en textos y pancartas y consignas, la clase política. Así está bien: un término amplio y laxo permite que muchos se lo apropien y se reúnan en torno suyo.

Ese adversario, la clase política, no siempre estuvo –ni siempre estará– ahí. Se sabe: la acción política estriba, en buena medida, en construir adversarios y, una vez hecho eso, en conformar sujetos colectivos que se les opongan material y discursivamente. También se sabe: esos adversarios van y vienen, y en México, a lo largo de las últimas tres décadas, hemos visto desfilar una dispareja nómina de ellos, siempre construidos a propósito por sus antagonistas. En el discurso de la “alternancia” –que acompañó durante algunos años al discurso de la “transición”– el enemigo era, por supuesto, un partido político preciso: el PRI. Antes y después de ello, el grupo dirigente neoliberal se inventó una amenaza a modo –el fantasma populista– para justificar su operación y permanencia, al tiempo que los presuntos populistas identificaban justo a ese grupo como el principal adversario. Fue desde luego otro el monstruo del calderonismo: ya no tanto el populismo como el narcotráfico –presentado no como una actividad económica ilegal, a menudo violenta, que tiene lugar dentro de los bordes el Estado y el mercado sino como un monstruo al margen de todo, enfrentado al Estado mismo.

El adversario político de hoy es efecto de Ayotzinapa. En principio, lo sucedido la noche del 26 de septiembre canceló de golpe la dicotomía amigo-enemigo propuesta por el calderonismo: no fue el narco sino el Estado, coludido con el crimen organizado, el responsable de los crímenes. Después, los insobornables padres y compañeros de los estudiantes desaparecidos –formados en una tradición de radical antagonismo– practicaron desde el principio una política de confrontación, no de conciliación, y trataron a las autoridades con el recelo que uno reserva para los adversarios. Finalmente, la investigación periodística del equipo de Carmen Aristegui sobre la Casa Blanca, publicada justo en el momento preciso, terminó de esculpir al adversario –parasitario de los recursos del Estado– a la vez que le asestaba ya un brutal golpe.

Ahora: también el adversario ha contribuido a perfilarse a sí mismo. En las democracias liberales –en las que en teoría el antagonismo amigo-enemigo habría sido superado en pos de un proceso de deliberación y negociación permanente– el adversario suele actuar como si no lo fuera. Así ha intentado proceder la administración de Peña Nieto: emitiendo casi siempre un discurso frío, institucional, supuestamente desprovisto de afectos y aversiones; de pronto, yendo más allá y buscando incorporar el discurso de los otros (EPN repitiendo “todos somos Ayotzinapa”). Dos incidentes verbales, sin embargo, ambos localizados al final de discursos diligentemente institucionales, han quebrado esa pantalla y dejado ver, debajo de ella, al adversario. Aunque murmurados a un subordinado al final de sendos actos públicos, tanto el “Ya me cansé” de Murillo Karam como el “Ya sé que no aplauden” de Peña Nieto están lejos de ser meros deslices anecdóticos; son –como la figura delsuplemento revisada por Derrida– elementos que, en apariencia marginales, resignifican todo el discurso. En este caso, ambas expresiones constatan que, caído el velo institucional, las autoridades se reconocen, efectivamente, del otro lado y también operan trazando una distinción entre ellos y nosotros. Confiesa el procurador a su asistente: ya me cansé de que ellos –los periodistas en la conferencia de prensa, pero también los ciudadanos que vemos y escuchamos sus palabras– duden y pregunten y critiquen y protesten y demanden. Bromea el presidente con su subordinado: ya sé que ellosnosotros– no me aplauden.

Una lectura mecánica de Ernesto Laclau –que tanto hizo por repensar y desagraviar el populismo– podría llevar a pensar que, una vez construido el enemigo, es casi natural que se constituya un heterogéneo cuerpo político que le haga frente. Eso sucedió, no tan efímeramente, entre nosotros: en los primeros tres meses que siguieron a los crímenes de Iguala una vasta multitud se consteló alrededor de ese trauma y contra ese enemigo. Pero hoy esa multitud –hay que aceptarlo– ha terminado casi por disolverse y nada nuevo parece despuntar en el horizonte. De ahí el impasse en que nos encontramos: día con día nuevos hechos y revelaciones nos confirman al enemigo, y día con día nuestra agencia política en su contra parece declinar. En otras partes (Grecia, España) amplios frentes populares, lejos de lamentar la disolución de la multitud, reclamaron polémicamente su espíritu y –para escándalo de muchos– ya gobiernan o se preparan para hacerlo. En México es esta nuestra encrucijada: o nos resignamos a rememorar  el Acontecimiento que tuvo lugar en los últimos meses de 2014, o se trabaja en la formación de un cuerpo político que continúe su obra por otros medios. Ya dicen muchos que eso, construir ese frente, es imposible. Pero también de eso se trata la política: de redefinir lo posible.

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