La corrupción de la felicidad

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Gary Becker, quien murió el año pasado, debería ser considerado uno de los pensadores más influyentes de nuestro tiempo. Miembro destacado de la Escuela de Economía de Chicago desde los años sesenta, su influencia ha sido mucho más penetrante y sutil que la normalmente atribuida a los economistas.

Mientras que varios economistas de alto perfil, como Jeffrey Sachs y Lawrence Summers, llegan a influir en cómo se realizan políticas públicas específicas, el legado de Becker ha sido más profundo y ético. En cierto sentido, ha impactado en cómo son confeccionados los seres humanos.

Becker fue un pionero de lo que se ha llegado a conocer como “imperialismo económico” —la extensión de la economía neoclásica hacia territorios nuevos, aparentemente no económicos. Esto incluye áreas como la familia y la educación, las cuales Becker analizó usando el transformador concepto de “capital humano”.

Capital humano es un término relativamente familiar hoy en día. Sin embargo, la idea de que los humanos son un tipo de capital fue controversial cuando apareció por primera vez. Como Becker dijo en 1992 durante su discurso de aceptación del Premio Nobel, “hasta los cincuenta, los economistas generalmente asumieron la fuerza de trabajo como algo dado y no aumentable”. Su concepto de capital humano cambió todo eso.

Lo que Becker estaba recalcando era que las personas hacen varias elecciones de vida, las cuales tienen un impacto significativo en sus destinos económicos. “En la teoría del capital humano”, argumentó, “las personas evalúan racionalmente los beneficios y los costos de actividades tales como la educación, la formación, los gastos en salud, la migración y la creación de hábitos que alteran radicalmente su forma de ser.» [cursivas agregadas]

Como Michel Foucault advirtió con brillante presciencia en sus cursos sobre neoliberalismo de 1978-1979, la teoría de Becker proporcionó un modelo para entender cómo los individuos han llegado a ver sus propias vidas. La educación se vuelve una estratégica inversión en uno mismo. Las relaciones son contratos económicos, con costos y beneficios para cada parte. Y somos cada vez más conscientes de que nuestras dietas, regímenes de ejercicio, sueño y relajación influyen en qué tan atractivos nos vemos y qué tan eficazmente trabajamos. La implicación que subyace el trabajo de Becker es tan existencial como económica: cada uno de nosotros decide que tan exitoso quiere ser.

Los hábitos y comportamientos de la mente (o el cerebro) ahora pueden ser sumados a esta lista de opciones. La atención plena, la desintoxicación digital, la terapia cognitiva conductual, el esfuerzo personal y las técnicas de relajación basadas en la evidencia (por ejemplo, pasar más tiempo cerca de árboles) están basadas en la idea que las personas son, en las palabras de Becker, “aumentables”. Los sentimientos que tienen pueden ser alterados, si no por el solitario individuo interesado, entonces con la ayuda de un terapeuta, un app digital o alguna combinación de los anteriores.

Esto se vuelve patente en el mantra de psicología positiva que afirma que la felicidad es una “elección”, de alguna manera ahora recogido por Coca-Cola con su campaña publicitaria #choosehappiness. Es probable que esta idea pueda reanimar momentáneamente a alguien que está lidiando con una ligera depresión. Pero parece mucho más probable que motive a aquellos que ya tienen el poder de darle forma a sus circunstancias, es decir, a los ricos y saludables.

Por ejemplo, esta es la idea central del gurú del management Shaun Achor, quien explica a negocios e individuos cómo pueden lograr una “ventaja” sobre sus rivales por medio de la construcción estratégica de su propia felicidad. El neuroeconomista Paul Zak sugiere que la felicidad es un “músculo” que debemos ejercitar regularmente y mantenerlo en buen estado de funcionamiento. Con el apoyo de un creciente arsenal de apps que dan seguimiento al estado de ánimo y de pulseras que monitorean el estrés, ahora las emociones son algo que debe ser incluido en nuestras rutinas de ejercicio.


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Lo que sorprende de esta visión del mundo, profundamente individualista, es que en el pasado la medición de la felicidad había sido utilizada para perseguir una agenda política de muy diferente tipo. La medición de la felicidad a nivel nacional en Estados Unidos fue intentada primero a mediados de los sesenta y pronto se instauró como una técnica central dentro del movimiento de los “indicadores sociales”, que buscaba ofrecer una alternativa a las nociones de valor materialistas basadas en el mercado. El trabajo del think tank británico The New Economics Foundation demuestra el fabuloso ingenio que comúnmente caracteriza a este proyecto.

Los indicadores nacionales de felicidad, que ahora son cotejados por muchos organismos de estadística oficiales, pueden proveer una base importante para los políticos, críticos y activistas. Ponen de relieve el daño psicológico hecho por los sistemas económicos altamente competitivos, desiguales y privatizados. Dicho esto, vale la pena reconocer que a menudo estos datos cuantifican cosas que desde hace mucho sospechábamos. Freud observó célebremente que “el amor y el trabajo son los pilares de nuestra humanidad”. Los economistas de la felicidad han confirmado que el desempleo y la falta de tiempo en familia son muy perjudiciales para la satisfacción vital.

¿Cómo es que una agenda política transformadora, progresista, se ha transformado en una nueva forma de gestión del comportamiento? El problema es que la cuantificación y la economía nunca son inocentes en todo esto. Reduciendo la relación entre la mente y el mundo a un ratio cuantitativo, las métricas del bienestar ofrecen una simple elección para alcanzar el progreso: ¿aspiras a cambiar el mundo o a cambiar la mente? La relación filosófica entre la subjetividad crítica y las circunstancias objetivas llega a parecer un conjunto de escalas que tienen que ser balanceadas, y en el cual el peso de cada lado se puede ajustar.

Hay una multitud de críticos que utilizan los datos de felicidad para exigir un cambio en nuestra economía política. The Spirit Level, de Richard Wilkinson y Kate Pickett, enfocándose en la desigualdad, es uno de los casos más prominentes de esto. Psicólogos como Tim Kasser han desarrollado sus propias herramientas de medición para demostrar el impacto negativo que tienen las culturas materialistas y competitivas en nuestro bienestar. Sin embargo, parecen ser una minoría que se reduce. ¿Por qué? La respuesta nos lleva de nuevo a Gary Becker.


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En el núcleo del pensamiento neoliberal está la creencia de que las preguntas centrales de la organización política ya han sido contestadas. Están, por lo tanto, más allá del alcance de la transformación política o el debate democrático. Al igual que la Constitución de los Estados Unidos busca establecer las “reglas del juego” con las que todo norteamericano tiene que jugar, los neoliberales han buscado consolidar el capitalismo de libre mercado como el único “juego” disponible —el neoliberal alemán Franz Böhm incluso habló de establecer una “constitución económica”. Cualquiera puede tener éxito o fallar, pero, para hacerlo, primero tiene que aceptar que el juego mismo es permanente.

En este contexto, la cuestión de una transformación política o económica se empuja con fuerza sobre el individuo. Dado que el capitalismo no puede ser transformado para alcanzar las necesidades humanas, los humanos tendrán que transformarse ellos mismos para alcanzar las necesidades capitalistas. Gurús como Achor o Zak proporcionan a esta filosofía su rostro optimista, sonriente: ¡Cambié yo, entonces tú también puedes!

Sin embargo, en el turbio mundo de los programas de “activación conductual” del workfare, adquiere una dimensión más punitiva. La idea de “emprendedurismo” puede evocar visiones heroicas de Steve Jobs, pero para mucha más gente significa tener que ser enteramente susceptible a las demandas fluctuantes del capital en un nivel bastante fundamental y personal. Cuando a profesiones como el periodismo se les agrega el prefijo “emprendedor”, significa solamente una cosa: “auméntate” a ti mismo o muere.


La esperanza política debe continuar descansando en la idea de que las condiciones sociales y económicas son transformables, y, en consecuencia, que no depende de nosotros adaptar nuestras mentes, estados de ánimo y cuerpos a las circunstancias que nos dominan. El problema es que este argumento puede ser fácilmente catalogado como una forma de idealismo que —en contraste con los partidarios de las “curas del habla”— no se toma el sufrimiento diario en serio. La crítica de la psicología positiva puede terminar por ser descartada como una absurda defensa de la negatividad.

La forma de resistir a esto es insistiendo en un entendimiento político de la felicidad y la infelicidad, uno en el que la gente esté autorizada a articular y explicar sus sentimientos. Esto significa entender que algunas formas de infelicidad —tales como un sentimiento de enojo o de estar ante una injusticia— necesitan escucharse, no tratarse. Esto, a su vez, requiere de un cuidoso desarrollo y consolidación de las instituciones que facilitan que esas voces sean escuchadas. La felicidad es bienvenida, pero no si requiere que las personas “alteren radicalmente su forma de ser”.


Este artículo fue publicado originalmente en openDemocracy.

Traducción del inglés: Luciano Concheiro

Crédito de ilustraciones 2 y 3: curiousflux.

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