La cruzada de Peña Nieto contra el populismo

Lo mismo en México que en el extranjero, el presidente repite un gastado discurso antipopulista. ¿Qué pretende con ello?

| Nacional

 

Yo estoy obsesionado contigo
Y el mundo es testigo
De mi frenesí
Pedro Flores, “Obsesión”

A primera vista parecería que la idea del populismo tiene de cabeza a Enrique Peña Nieto. Desde julio y hasta hoy el presidente de la República ha insistido en los foros más importantes sobre “la amenaza” que los populistas significan. Se lo dijo a los priistas, a los mexicanos y al mundo en eventos de distinta naturaleza. El presidente parece obsesionado. Vista más de cerca, sin embargo, su aparente obsesión tiene una explicación muy clara: aunque suene a chiste, para muchos Peña Nieto está cumpliendo una de las funciones a la que todos los líderes políticos están llamados: la de ser un intelectual orgánico que establezca las líneas discursivas generales de la lucha política. La disputa de fondo es el sentido de que se dota a la realidad y la creación de un enemigo —que en este caso es López Obrador. Esta cruzada tiene, como todas, implicaciones negativas.


La narrativa de las tres arengas

La primera vez que Peña Nieto hizo referencia a “la amenaza populista” fue en un evento del más alto nivel de su partido: el encuentro “Unidad para continuar con la transformación de México”. La circunstancia era propicia: un clima postelectoral y la evidente necesidad de acicatear al PRI. Más adelante, Peña Nieto eligió el tema para terminar su alocución en su informe de gobierno. Le dedicó cerca de siete minutos a lanzarse contra las opciones populistas y a argumentar a favor de su proyecto en oposición a estas. Y apenas hace unos días Peña Nieto llevó su causa política a la Organización de las Naciones Unidas. Esta vez le dedicó, de sus poco más de quince minutos de discurso, unos tres a su argumento.

El discurso de Peña no es improvisado: está bien articulado y ensayado. En primer lugar, Peña considera que el populismo no es un asunto solo relativo a México y explica, entonces, su persistencia en términos internacionales: “En varias naciones están surgiendo opciones políticas que en realidad terminan por empobrecer a las familias y restringir las libertades ciudadanas”. De manera velada, advierte: populismo es Venezuela. “Las consecuencias de esta nueva ola populista son graves y se advierten ya en la experiencia que viven otras naciones”, por lo que “México tiene que estar consciente de estos riesgos” —más imaginarios que reales en nuestro caso, como argumenté en un texto anterior.

La causa del auge internacional del populismo sería una crisis global de falta de credibilidad y confianza en las instituciones, producida a raíz de la crisis financiera, la desigualdad y el desempleo, además de un cambio mundial hacia un modelo económico fundado en la emergencia de las nuevas tecnologías. En esto, Peña parecería hacer eco de las teorías de la modernización y demostrar que sus asesores leyeron bien a Aguilar Camín o a Roger Bartra, quienes sostienen un discurso ideológico al respecto. Este discurso no se verifica en la realidad y hay muestras contemporáneas claras de ello. Cabría preguntarse, dado que la experiencia populista más notable del pasado mexicano es el cardenismo, si esa narrativa tiene futuro.

El populismo sería para Peña Nieto un escape rápido, pero falso, a los infortunios. Implicaría intolerancia y demagogia. En otra alusión velada, esta vez a los fascismos, Peña Nieto dice que la experiencia histórica del siglo XX muestra las consecuencias funestas surgidas de hacer caso a quienes “erosionan la confianza de la población, alientan su insatisfacción y fomentan el odio en contra de instituciones”. Desde luego, para Peña eso es lo que hace López Obrador en México. Véase: en el cierre del discurso que pronunció con motivo de su informe de gobierno, Peña remató: “Si hace tres años era importante que el país no diera un salto al vacío, hoy es esencial que México no claudique en su proceso transformador”. Algunos observadores extraviados lo pasaron por alto, pero es claro: López Obrador era en 2012 el “salto al vacío”, así como hoy es la “claudicación”. No hay otro destinatario.

Desde luego, a Peña Nieto no le interesa enterarse de qué es el populismo y si sus consecuencias son de verdad las que él dice. Lo que hace, en su papel de sacerdote neoliberal, es repartir un breviario antipopulista para sus cientos de acólitos en los medios de comunicación. A ellos va dirigido el mensaje, puesto que serán estos los que puedan descifrarlo e insertarlo en la disputa política. En esto se diferencia de Fox: Peña no confronta directamente a AMLO; da municiones para francotiradores que pronto dispararán con más insistencia ese argumento que salta de López Obrador a Nicolás Maduro y al fascismo. Solo hace falta ver las intervenciones de los legisladores del PRI y el Partido Verde en la comparecencia de Osorio Chong para corroborar la hipótesis.


La base material y la construcción populista del agravio

El giro discursivo de Peña Nieto puede explicarse por varios factores, entre los que destacan principalmente tres: la crisis de credibilidad de su gobierno, su baja aprobación (cercana al 35%) y una lectura preocupada de las encuestas que muestran que cerca del 42% de la población estaría dispuesta a votar por López Obrador en 2018. No es para menos.

López Obrador ha logrado empujar una narrativa populista democrática que presenta los resultados económicos de las pasadas administraciones federales como un agravio que tiene responsables con nombre propio. Esta narrativa se basa en un doble movimiento. Primero, se reconocen y se afirman las bases de legitimidad del régimen: las promesas de mayor igualdad y bienestar económico, así como la democracia, que nos asume iguales políticamente. Después, se señala que estas promesas no se han realizado y se apunta a los culpables. Dado que el régimen no cumple lo que promete a los ciudadanos para ser aceptado —a causa de la corrupción y los errores de los malos gobernantes—, entonces ese régimen no es legítimo y hay que cambiarlo. En ese registro discursivo, la “Casa Blanca” del presidente sería el símbolo mayor de que la mayoría no ha llegado al bienestar debido a la corrupción de esos pocos que están en el poder (“la mafia”, en palabras de AMLO). Es muy difícil que esta narrativa —más creíble que la de Peña— sucumba en el terreno de los argumentos a la operación anti-populista, ya que cuenta con sólidas bases materiales, a diferencia de la otra, que está perdida en abstracciones y razonamientos pseudo-históricos. La disyuntiva se vivirá, si acaso, en el terreno ideológico y emocional.

El principal problema de que Peña aluda a una transformación estructural mundial, a los resabios de la crisis económica y a sembradores de desconfianza, insatisfacción y odio a las instituciones, es que trata de liberarse a sí mismo de toda responsabilidad por su propio descrédito y por el crecimiento de sus opositores. Al hacerlo incluyendo algunos trozos de verdad, lo que afirma es que se debería confiar en las instituciones y en el gobierno solo por serlo, y que la satisfacción de la gente debería estar desvinculada de sus resultados. El profundo conservadurismo del discurso anuncia también que el ciclo transformador del peñanietismo ya se agotó, y que no hay ahora más oferta gubernamental para persuadir a la sociedad mexicana de sentirse satisfecha. El mensaje implícito es que el sexenio ha terminado y que solo resta administrar la sucesión para preservar el estado de las cosas.

Quizás, como dice Soledad Loaeza, “después de más de 30 años de vivir bajo el terror paralizante del regreso del populismo, como si se tratara del hombre de las nieves, ya es hora de hacerlo a un lado y ver para adelante”. Quizás hay que mirar hacia las opciones que presenta el populismo con más calma y menos ideología.

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