La desigualdad sí importa: réplica a Sergio Sarmiento

La desigualdad es un problema estrechamente ligado a la pobreza y al crecimiento económico. Denotar que la pobreza es más importante que la desigualdad es no comprender el problema de raíz.

| Desigualdad

A pesar de la situación crítica por la cual atraviesa la economía mundial, en los últimos 15 años la riqueza mundial se ha duplicado.[1] Muchos nos podríamos imaginar que este incremento en la riqueza podría reflejarse en mejores oportunidades de vida y en mayores posibilidades para los gobiernos de combatir problemas como la pobreza; sin embargo, esto no ocurre en realidad. Las personas que forman parte de los estratos económicos más vulnerables no disfrutan de este nivel de riqueza en tiempos prósperos, pero sí padecen las pérdidas durante los tiempos de crisis. No es casualidad que libros como El capital en el siglo XXI de Thomas Pikkety y algunos otros escritos por autores expertos en el tema de desigualdad hayan tenido tanta popularidad y relevancia desde el día de su publicación hasta el de su traducción al español. Tampoco es casualidad que organizaciones como Oxfam estén preocupadas por llevar este tema a la cumbre del Foro Económico Mundial de Davos, la cual termina este sábado en Suiza y donde se reúnen los principales líderes políticos y empresariales, intelectuales y periodistas a discutir los temas importantes de la agenda internacional. La desigualdad económica es uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.

A propósito de Davos, en su última columna Sergio Sarmiento ha reflexionado sobre este asunto. En dicho artículo, Sarmiento resalta que organizaciones como Oxfam consideran la desigualdad sin prestar atención a la pobreza, la cual es el verdadero enemigo. Además, señala que el libre mercado ha llevado en los últimos 150 años a la mayor disminución de la pobreza en la historia. Sarmiento insiste en que las políticas que han intentado combatir la desigualdad no han hecho otra cosa más que incrementar la pobreza. Optimista del mercado, Sarmiento nota que la disminución de la pobreza es producto de la libertad económica. A pesar de hacer tal afirmación, no explica qué mecanismos en particular permitieron que se redujera la pobreza, ni profundiza en el origen de los datos o metodologías que muestran dicha tesis. Sarmiento acusa que organizaciones como Oxfam exijan medidas para combatir la desigualdad e incluso identifica sus motivos: estas organizaciones, escribe, promueven medidas perniciosas porque necesitan de la pobreza para existir. La tesis del artículo es, por lo anterior, debatible.

Como primer punto, habría que decir que la pobreza está estrechamente ligada a la desigualdad, y en esto el crecimiento económico tiene mucho que ver –no son problemas que se puedan abordar por separado. El denotar que la pobreza es más importante que la desigualdad es no comprender el problema por su raíz. Existen investigaciones, tales como la que hace Jaime Ros sobre el crecimiento económico en México y Centroamérica, que, si son consultadas en conjunto con el informe de Oxfam, sugieren que los efectos del crecimiento económico sobre la pobreza dependen del grado de desigualdad en la distribución del ingreso. En países con alta desigualdad, se requiere un crecimiento mayor para alcanzar reducciones similares de la pobreza; caso contrario, en países con baja desigualdad se requiere un crecimiento económico menor para disminuir la pobreza. Como Oxfam lo describe, aunque los países pobres se acerquen a los países ricos en cuanto a ritmo de crecimiento, los ingresos de las personas más pobres alrededor del mundo no son los mismos y, por tanto, los avances en cuanto a combate de la pobreza serán mucho más lentos de lo que serían de no existir altos niveles de desigualdad.

En países con altos niveles de desigualdad, los grupos más vulnerables de la sociedad se ven excluidos de los beneficios que puede tener el crecimiento económico. Por tanto, el hablar de pobreza exige un análisis más profundo sobre la desigualdad, así como de los factores que inciden en el crecimiento económico. Como Gerardo Esquivel menciona en el informe “Desigualdad Extrema en México: Concentración del Poder Económico y Político” de Oxfam, México es el ejemplo claro de que la desigualdad limita el crecimiento económico; desatender la desigualdad ha implicado en el caso mexicano un combate a la pobreza de forma ineficaz e incompleta.

A pesar de todo ello, Sarmiento insiste en dejar a un lado el tema de la desigualdad, aun cuando en el país en que vivimos es un tema central: la economía mexicana tiene de cerca dieciséis multimillonarios en la actualidad y a millones de personas viviendo en situaciones de pobreza en alguna de sus dimensiones. Si bien desde la década de los noventa hasta la actualidad la cantidad de multimillonarios no ha incrementado en el país, sí lo ha hecho el monto de sus fortunas. El reporte de Oxfam para México presenta que en 1996 había 15 mexicanos con fortunas superiores a los mil millones de dólares –el monto de esas fortunas equivalía a $25, 600 millones de dólares–, mientras que, en 2014, 16 multimillonarios sumaban una fortuna en conjunto –según el cálculo– de $142 900 millones de dólares. Se sabe, además, que México es uno de los países más desiguales entre los miembros de la OCDE.

¿Cuál es el otro polo de la desigualdad? El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), en su informe publicado en 2015, mostró que, a pesar de que la cantidad de personas que viven en pobreza extrema se redujo de 11.5 a 11.4 millones, el número de pobres incrementó en dos millones en tan sólo un par de años. Sin embargo, para Coneval la pobreza por ingresos sigue siendo la más preocupante –cuestión que Sarmiento no se molesta en explicar al hablar de pobreza.

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Uno de los gráficos sobre desigualdad más impresionantes del informe para México es aquel que muestra a cuántos trabajadores que ganen el salario mínimo podrían contratar cuatro de los principales multimillonarios de México. Este gráfico no sólo nos indica que los ricos son muy ricos y tienen grandes fortunas, sino que el poder adquisitivo, por la vía del salario mínimo, es insuficiente y se ha mantenido estancado en los últimos 15 años. Este hecho ha impulsado el incremento de la desigualdad por la vía salarial.

Finalmente, no se puede opinar tan a la ligera sobre la pobreza sin tener en cuenta la importancia en la agenda internacional de la desigualdad. Tampoco hay que olvidar que, al menos en México, la política social (y por ende, la intervención gubernamental) ha contenido en cierta medida los niveles de pobreza, al menos en las dimensiones ajenas al ingreso. No podrían las fuerzas del mercado por sí mismas –como quisiera Sarmiento– haber subsanado las carencias que tienen los grupos más vulnerables de la población. Así como México es un país sumamente desigual, a nivel mundial muchos países tienen en su población a grupos muy vulnerables. Por tanto, si en la agenda internacional se tiene como plan una mejora en el nivel de vida general de la población mundial, forzosamente debe fijarse en Davos, más por la realidad misma que por las palabras, el tema de desigualdad como primordial en la agenda.

(Foto: cortesía de Globovisión.)


Nota

[1] El informe de Oxfam determina el nivel de riqueza mundial con base en todo lo que constituye el valor total de los activos financieros y no financieros menos la deuda total.

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