La detención del Chapo no cambia nada en Sinaloa

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“Pobre. Me da mucha pena. El pinche Peña Nieto no se merece ese trofeo”, fue la expresión de una cuarentona universitaria. Enterada de lo que pasa en Sinaloa y el país, navegante de las redes sociales, lectora e inteligente, ahora estaba ahí, frente a un café a las ocho de la mañana, lamentando la detención de Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, uno de los jefes del Cártel de Sinaloa.

Es el sentir de muchos en esta entidad, donde la adoración al capo equivale a la profesada a un semidiós, un ídolo, un líder, un rey querido, al que se le está agradecido porque huye, se burla del gobierno, lo reta, lo vence y genera empleos, ingresos y sostiene buena parte de la economía sinaloense. Hay que entenderlo: es eso, un acto de gratitud, de identificación con un delincuente osado, frente a un gobierno subordinado al crimen organizado.

Si uno se pregunta qué repercusiones tendrá en el Cártel de Sinaloa esta aprehensión, la respuesta es la misma que cuando se fugó del penal de máxima seguridad del Altiplano, en el Estado de México, o cuando lo recapturaron en Mazatlán: nada.

Parafraseando aquel célebre cuento de Augusto Monterroso: cuando lo encarcelaron, el narco todavía estaba ahí. Siguen ahí la corrupción, la impunidad, los desplazados por la violencia en la zona serrana –que en esta región suman entre veinticinco y treinta mil en años recientes, según organizaciones no gubernamentales–, desapariciones, asesinatos y complicidades. La policía le sigue haciendo el trabajo sucio a esta organización delictiva, el narcomenudeo se mueve, igual que las ganancias de todos los giros negros relacionados o no con las drogas, las operaciones de lavado de dinero, le jefatura del sicariato en las calles, los barrios, colonias y comunidades, y el monopolio del crimen por los narcotraficantes.

Guzmán Loera –uno de los, al menos, cuatro jefes visibles del Cártel de Sinaloa, junto con Ismael Zambada, “El Mayo” –dejará la operación de sus negocios pero mantendrá su liderazgo desde la cárcel, como lo hizo anteriormente. De acuerdo con versiones extra oficiales, segmentos como la distribución de droga al menudeo en Culiacán están ahora en manos de Iván Archivaldo, el mayor de sus hijos. Pero otros giros de los negocios del capo los tomarán Zambada y otros operadores, parientes y allegados, que se mantendrán intactos para cuando Guzmán lo disponga. Sus varias familias estarán protegidas por los jefes.

Zambada, según se sabe, mantiene el control de las policías y el gobierno de Mario López Valdez, Malova, seguirá trabajando al servicio de ellos: desalojando caminos y carreteras de enemigos, facilitando los negocios, abriendo y cerrando espacios a conveniencia de los señores, el patrón, los chacas, los pesados, como se les llama coloquialmente. La marina, el ejército y la policía federal fingirán que buscan, que investigan, detendrán a delincuentes de quinta y cacarearán el huevo para las planas de los diarios que cuentan muertos, casquillos y detenidos. No gran cosa.

El narco seguirá ahí, endiosando a la ciudadanía, ya de por sí rendida al dinero y los capos, y también acostumbrada a la muerte nuestra de cada día. No se tocará el corazón del negocio –ni el dinero, los bienes o las operaciones de lavado– porque entonces se cae la economía y también enflacan los bolsillos de políticos y empresarios.

Estamos hablando de un estado que suma cerca de cinco mil seiscientos asesinatos en cinco años de gobierno de Malova, muy cerca de los seis mil que acumuló su antecesor, Jesús Aguilar Padilla, en todo el sexenio. Aquí, los narcos son los únicos que reinvierten. Y si no, veamos cuántas plazas comerciales se construyen en fraccionamientos, colonias, sectores de gran afluencia automovilística y peatonal. Los otros que tienen dinero, los horticultores –también penetrados por el dinero sucio– escasamente reinvierten y su dinero lo mantienen en bancos gringos.

El desarrollo inmobiliario crece y crece y crece. Se construyen edificios aquí, tiendas de autoservicio allá y fraccionamientos más allá: la ciudad se privatiza entre tanto asentamiento amurallado, entre imponentes bardas de cantera rosa y otras invisibles, con armas automáticas, punteros –como llamamos aquí a los halcones– y casas de seguridad. No hay salida. Estamos rodeados, como en las películas westerns. Solo que acá no necesitamos que nos griten “Ríndanse, están rodeados.” Todos salimos con las manos en alto, aunque nadie nos esté apuntando con el AK-47. Ese es su imperio. Nosotros lo único que tenemos es miedo.

Más allá del espectáculo circense, de los movimientos “exitosos” de un gobierno débil, corrupto y desacreditado como el de Peña Nieto, el narco sigue aquí, a la vuelta de la esquina, metido en lo cotidiano. No está escondido ni agazapado, sino libre y poderoso, impune, como este gobierno.

“Malova, decías que no. Y ya ves que agarraron al Chapo Guzmán frente a la casa de tu mamá y vecino de Vargas Landeros”, reza la manta, colocada durante la madrugada de este viernes en la puerta principal del diario El Debate, en Culiacán. Dos días antes, una con el mismo mensaje había sido instalada en varias calles de Los Mochis.

Y es que la casa donde estaba resguardado el capo se ubica a unos doscientos metros de donde vive Eva Valdez, madre del mandatario estatal, en el fraccionamiento Las Palmas, y a pocos metros más de la residencia de Gerardo Vargas Landeros, secretario general de gobierno.

“Yo no quería que lo agarraran, la verdad. No me afecta en nada, porque yo no ando en eso. Pero sí a mucha gente jodida, pobre, a la que mantienen ellos, los narcos. Porque el gobierno no. No está”, dijo una señora de setenta y cinco años, culichi de cepa. Es el duelo, la pérdida por la captura. Tristeza de un lado, desvergüenza del otro.

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