La disputa por la identidad andina

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Mabel Moraña, Arguedas/Vargas Llosa. Dilemas y ensamblajes,

Madrid, Iberoamericana, 2014. 293 pp.


En las literaturas latinoamericanas, pensaba hace tiempo Antonio Cándido, siempre hay un movimiento centrípeto –hacia lo local y lo nacional- seguido de uno centrífugo, hacia lo cosmopolita o universal. En México, por ejemplo, el grupo Contemporáneos se rebela de alguna forma contra el nacionalismo de los Estridentistas y, después de dos décadas particularmente nativistas, los treinta y cuarenta, la generación de Medio Siglo rompe con la cortina de nopal. En el caso de la literatura andina el fenómeno es similar. José María Arguedas, antropólogo y escritor forma parte de una generación apegada a la tierra y a lo local. La generación del Boom, particularmente el cosmopolita Mario Vargas Llosa, romperá con esa tradición localista y buscará lectores más allá del Perú, intentando con la novela total construir el lector universal. Mabel Moraña, crítica y académica uruguaya, ha escrito un libro muy esclarecedor de ese fenómeno contrastando a dos escritores en las antípodas. Arguedas versus Vargas Llosa, podría titularse su trabajo que es revelador de tensiones que podemos, claramente, aplicar a nuestro país, con escritores distintos como se verá más adelante. Moraña ha elegido a estos dos autores sin inocencia, al pensarlos como escritores dueños de estrategias literarias antitéticas.


Por un lado la representación del intelectual que cada uno encarna: Arguedas buscando dar voz a los sin voz –a la parte sin parte que diría Rancière—, y Vargas Llosa utilizando –ecualizando— el micrófono para provocar una respuesta global a los temas que le preocupan. Esta estrategia se ve en los textos y más aún en los gestos con los que década tras década los dos autores peruanos fueron inventándose en lo íntimo y presentándose en lo público. Hay algo más que una irreconciliable idea de lo literario aquí; hay, una disputa por la identidad, por los sujetos de sus obras y por lo que podemos llamar losusos del pueblo, ese colectivo que cada uno se inventa y al que interpela.

Arguedas/Vargas Llosa. Dilemas y ensamblajes de Mabel Moraña es un dispositivo poderoso que empieza por anunciarnos su propio proyecto: los textos interpretados serán leídos como gesto cultural, como performance ideológico. Es más, Moraña pretende –y logra con penetración y lucidez- utilizar las más recientes aportaciones de la teoría cultural para indagar en la construcción de la subjetividad, la representación de los afectos, las relaciones entre estética e ideología y la dimensión biopolítica revelada en la producción simbólica de los dos autores y de América Latina. La propia Moraña citando a Enrique Lihn piensa que: “somos contemporáneos de historias diferentes”. Y allí estriba la potencia teórica del libro y su pertinencia para otros ejemplos (pienso, en el caso mexicano, en un serio trabajo de dilemas y ensamblajes entre Paz/Revueltas, pero también Castellanos/Fuentes, que esperan a su estudioso, aunque Evodio Escalante ya los haya ensamblado en un breve ensayo).

En una técnica cara al autor de Conversación en la Catedral, Mabel Moraña utiliza el contrapunto, pero no como eje estructural sino como estrategia retórica. Contrastar a Arguedas con Vargas Llosa resulta ser una operación reveladora de las tensiones que la modernidad posmoderna y neoliberal provoca en el edificio cultural y en el ya no endeble sino deshecho Estado-Nación. En sus siete capítulos Moraña es capaz de enfrentarse a las dos escrituras antipódicas –Arguedas/Vargas Llosa- y a la construcción de sus representaciones, de sus performances ideológicos. Los textos de ambos son parte de esos ensamblajes pero no son necesariamente las prácticas privilegiadas de su indagación. Desde el principio el programa es claro al bucear en: “la obra desgarrada de José María Arguedas y la triunfante poética vargasllosiana”. Moraña afirma que una vez que Arguedas entiende que no hay reconciliación o mestizaje posible, va del desgarro al suicidio y, finalmente, deja inconclusa su novela El zorro de arriba y el zorro de abajo, José María Arguedas descoloniza su propio pensamiento, e intenta comprender críticamente su país más allá de los conceptos europeos que colonizan a la literatura y la filosofía latinoamericanas. O como el mismo decía utópico, el sueño de vivir feliz todas las patrias. En el lado opuesto, Vargas Llosa ejerce algo que podríamos llamar una poética triunfante textual que lo lleva al premio Nobel gestual (extra literario). Vargas Llosa va virando hasta convertirse en el intelectual liberal a la Popper que hoy proclama a los cuatro vientos su ideología.

En el capítulo que llama Apertura, Mabel Moraña despliega su arsenal teórico metodológico. Parte de la idea de double bind que Gayatri Spivak, quien lo define como el hecho de aprender a vivir con instrucciones contradictorias. Dos subjetividades contradictorias dentro de un mismo sujeto, diríamos nosotros. Moraña, claro, desarrolla y problematiza el concepto, que más que una simple dualidad problemática se vuelve dilema. Y el dilema central del escritor latinoamericano, piensa, consiste en el lugar del Otro. Esa diferenciacultural vertebra y construye la obra de cada autor, particularmente los dos que contrasta el libro. Escribe: “…es justamente en el posicionamiento de ambos escritores respecto a la modernidad capitalista en el nivel lingüístico –en la concepción y usos de la lengua, en las estrategias y contenidos de la comunicación y la expresividad literaria- donde se dirimen, simbólicamente los dilemas que atraviesan la obra total de ambos autores”. Ya lo dijimos, posicionamiento gestual y textual. Por eso, quizá, el libro comienza ya su partitura con una sección sobre los dilemas del intelectual modélico y cierra con otro ensamblaje antitético: ¿Punto final?: la muerte/el Premio Nobel. Lo que en Arguedas es trauma, desgarro e incomprensión frente a la modernidad, en Vargas Llosa se convierte en certeza –de la palabra, de la estructura totalizante de las novelas y finalmente del poder de la palabra para el lanzamiento público y la legitimación de la persona. Pienso, claro está, en esa suerte de autobiografía trucada que es Como pez en el agua, su crónica del fallido intento de hacerse de la presidencia de Perú. Y aquí la otra palabra, la que hace dilemático toda representación, es posicionamiento. Mientras que el etnólogo Arguedas se va poco a poco convenciendo de la miseria sistémica del sujeto migrante andino, Vargas Llosa se coloca en representador de la modernidad urbana y de sus capas medias.

Después de estudiarlos como intelectuales modélicos puede penetrar en esa forma de ejercer el poder que es la palabra. En uno de los capítulos más significativos de este libro, “La lengua como campo de batalla”, Mabel Moraña es clara: poco a poco, con esmero y penetración filológica vamos viendo a Arguedas es consciente de las tensiones irresolubles del mundo andino y rompe con cualquier ilusión de unidad, buscando en la difícil convivencia de lo Otro –todas las patrias- esa diversidad posible aunque problemática. Tal trabajo con la lengua, desde la lengua, permite a Arguedas: “…redefinir al sujeto andino como agente social y como sujeto de la historia, intentando ubicar la peripecia indígena y mestiza no en los márgenes ni en los paratextos de la canonicidad criolla, sino en los espacios centrales de la discursividad contemporánea”. Consciente de la heterogeneidad inherente en la literatura andina de la que él es exponente preclaro, Arguedas sufre, se desgarra, fracasa. Para Mario Vargas Llosa, en el otro lado de la moneda, el camino es también muy pronto claro, es el escritor de la modernización posible, occidentalizada y por tanto con voz pública (satura el espacio público, nos dice Moraña). Pero lo esencial aquí es que tales tomas de partido con la realidad no son sólo conceptuales, sino que: “…se trata de dos usos de la lengua, entonces, y de dos formas de organización del pensamiento: una, orientada hacia los medios masivos de comunicación, el mercado y la imagen pública; la otra articulada en torno a un programa cultural reivindicativo y dirigida al interior de la cultura nacional, como llamado a la reestructuración social y a la activación de valores comunitarios, de cara a los desafíos de la modernidad.”

Pienso particularmente en Los ríos profundos y Todas las sangres, las novelas intermedias de Arguedas. Aquellas en las que el proyecto literario, si puede llamársele así, parece ir a buen puerto y ciertas formas tradicionales de la novela le permiten transmitir las tensiones que declara en el mundo andino frente a la modernidad. El personaje, el argumento, la descripción misma no están siendo puestas en cuestión. Es más profundo, como los ríos del título, es una corriente subterránea –que viene del quechua- que amenaza la endeble estabilidad literaria de esas obras de finales de los cincuenta y mitades de los sesenta respectivamente. Discutir sin tapujos la raza, y sobre todo la doble identidad, el dilema inherente al mestizaje le permite esas dos novelas de prosa intensa e historias complejas. La angustia del mestizo, el problema del castellano y el quéchua, es precisamente el tema de uno de los ensayos más interesantes de Arguedas. Esa angustia lo lleva al suicidio, pero literariamente le permite encontrar una continuidad en la tradición literaria peruana que va del Guaman Poma a César Vallejo.

En un mundo post-hegemónico o, como prefiero pensarlo, de hegemonías mínimas, tales posturas y costuras textuales se complementan por lo que se repelen, como los polos de un imán. La máquina literaria –que Mabel Moraña toma de Deleuze- funciona porque está conectada a otras máquinas que le dan sentido. Pero la pregunta sigue siendo la misma que se planteó desde el primer capítulo: “¿Cuál es el yo que pone en marcha la máquina de la otrificación?” Moraña utiliza aquí a Bourdieu –a quien conoce muy bien, como muestra un libro paralelo a este publicado en Chile por Cuarto Propio,Bourdieu en la periferia, en el que su autora revisa los usos de Bourdieu en América Latina- y particularmente su noción de campo cultural. Depende de la posición en el campo de cada uno de los autores pueden estudiarse las tomas de partidos en los múltiples dilemas de esa modernidad problemática: modernidad/barbarie, nacional/universal, arcaico/contemporáneo, individual/colectivo, marginal/periférico, urbano/rural, etc. Al estudiar entonces cómo Arguedas/Vargas Llosa se relacionan con lo autóctono –desde la utopía arcaica al franco rechazo-, Moraña es capaz de ver la identidad como problema. Del dilema del signo al narcisismo de la voz, las estrategias, pliegues y repliegues de los autores no pueden ser más contrastantes. Lo que en Arguedas es colectivo –problemáticamente común- en Vargas Llosa es individual. Arguedas registra –con probidad de etnólogo, aunque Vargas Llosa irónicamente le llame ecólogo cultural- mientras que el premio Nobelmelodramatiza la otredad buscando simplificarla. “Para Vargas Llosa –escribe Moraña- la emocionalidad arguediana es un subterfugio, un juego del lenguaje que rompe un silencio que era ya casi connatural a la identidad andina, tal como esta fue definida y administrada desde los aparatos ideológicos de la república criolla”.

No es gratuito que Vargas Llosa critique una y otra vez –al punto de dedicarle un libro entero que es un largo argumento de distanciamiento- la utopía arcaica de Arguedas. Y aún es más interesante que rechace por completo la novela inconclusa –suicida ella misma como proyecto de suenemigo ideológico. “Los Zorros son, para Vargas Llosa, un libro ´entrecortado y quejoso´, un discurso emitido al borde del abismo, una experiencia límite que sólo se legitima porque la muerte del autor la rubrica trágicamente, desde el espacio metaliterario, marcando para siempre su lectura”. El cosmopolitismo vargasllosiano teme problematizar el carácter marcadamente biopolítico del capitalismo periférico y su estética termina por inclinarse al triunfalismo individualista, al neoliberalismo. Lo que el análisis de Moraña ha mostrado entonces, es cómo esa poética con elementos de sublimidad romántico-idealista, le permite a Vargas Llosa trascender lo local y colocarse en el mercado como un portador de verdades universales, afirmando un proyecto criollo y urbano de consolidación del Estado-Nación que busca abolir toda diferencia (la africana, la india e incluso la chola o mestiza). Desde su primera novela, Yawar Fiesta, José María Arguedas buscó esa difícil posibilidad lingüística: traer al quechua como lengua literaria al nivel del español, mostrar la tensionante mezcla de las lenguas. En la última, de la que ya hablamos, El zorro de arriba, el zorro de abajo, no solo es la lengua lo que está en cuestión, sino la misma noción de novela. Dentro del libro hay fragmentos del diario personal de Arguedas, memorias de su orfandad y su infancia en el mundo indígena y sus razones para el suicidio (acto final que deja inconcluso el libro y la vida, pero que es absolutamente coherente con el propio proyecto frustrado que era, para él, vivir felices todas las patrias).

“La literatura es, en ese sentido –dice más adelante Moraña- una de las formas privilegiadas, pero de ninguna manera la única, a través de las cuales se expresa ese acervo copioso de mensajes, sugerencias y escenarios culturales. Representa así una de las tecnologías a partir e las cuales se construye el sujeto colectivo como identidad plural y heterogénea, como identidad en la diferencia.”. Nada más diverso que las tecnologías literarias con las que trabajan los dos autores contrastados. En Arguedas el discurso se rompe, hasta hacerse ajeno a las formas representacionales de la literatura y en Vargas Llosa se convierte en monumento a la técnica y la arquitectura novelesca. Porque, y aquí la sigo textualmente, Arguedas no hace literatura andinista ni indígena ni propiamente indigenista, sino que se plantea el conflicto de la tensa coexistencia de protocolos epistémicos diversos y hasta antagónicos en un mismo sujeto. La precisión es sutil pero brutal, como diría Capote, en un mismo sujeto. La heterogeneidad es la marca misma de la subjetividad periférica y es siempre conflictiva.

Cuando Octavio Paz –tan joven como Revueltas, tenían 27 años ambos- critica El luto humano, lo hace desde la misma incomprensión que Moraña desvela de Vargas Llosa por Arguedas. El libro le parece una confesión –Evodio Escalante dirá que en términos freudianos le parece una descarga libidinal– pero no es una novela. Escribe Paz: “Como ocurre con gran parte de la pintura mexicana que muestra un gran vigor que muchas veces queda fuera de la pintura, fuera del cuadro, Revueltas ha acumulado, sin orden ni concierto, toda su gran potencia plástica y adivinatoria, pero sin que haya logrado aplicarla a su objeto: la novela”. Esta frase nos permite pensar, como dije al principio, que el modelo metodológico de Moraña es pertinente en otros casos de autores que viven sus modernidades periféricas de manera antitética, bien abrazando esa modernidad –y el mercado, invariablemente- o bien renunciando incluso a la falsa legibilidad de lo literario. Lo que Paz piensa como defecto en Revueltas es quizá su mayor cualidad: el fracaso del proyecto literario mismo.

Comparar, por ejemplo, El Laberinto de la Soledad con el acápite que Revueltas le dedica a lo mexicano en su libro de la misma década, México: una democracia bárbara (1958) y su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza (1962) sería muy productivo para el caso mexicano. La descomposición de la máquina literaria, su ruina propositiva desde el lenguaje le permitió a Arguedas y a Revueltas, los dos a su manera –aunque radicalmente distinta- trágica, colocar al Otro como parte problemática de la identidad. La polémica entre el subcomandante Marcos y Octavio Paz, al final de la vida de este último, muestra qué lejos se encontraba al final de su juventud iracunda. Allí donde Paz busca el acierto como Vargas Llosa, Revueltas busca el fracaso, la decepción, como Arguedas, o mejor dicho –en palabras del propio autor de El Apando-, en los errores… “constitutivos de ese ser radicalmente insatisfecho que es el hombre, ser erróneo por excelencia que no puede establecerse en ninguna parte, pero esto no implica despachar con un dictum el laborioso trabajo de la historia que es, a fin de cuentas, la que nos constituye y nos otorga dignidad en tanto seres actuantes y pensantes”. Asumir la historia, ese dilema que nos constituye parece ser la respuesta de Arguedas, la de Revueltas: asumir el desgarro constitutivo del yo, su carácter traumático. Su dilema.

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