La encíclica verde, el Papa Francisco y la política global del cambio climático

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email

«Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba.» Lo escribió Francisco de Asís en el siglo XIII. Así comienza el papa Francisco su primera encíclica (la anterior, Lumen Fidei, fue escrita en coautoría con Benedicto XVI). En los archivos de la historia papal contemporánea difícilmente se encontrará una encíclica tan comentada desde su preparación hasta su posterior publicación. Desde hace varias semanas los principales periódicos y líderes hablan sobre ella. Horas después de su publicación, Barack Obama dio una comunicación oficial para apoyarla. No es casualidad. Laudato Si no es una encíclica doctrinal solamente. Las intenciones y las implicaciones políticas son, a todas luces, importantes.

El papa se ha reunido varias veces con presidentes, altos funcionarios internacionales y científicos para discutir sobre la relevante temática de este documento: el cambio climático, la relación entre ecología, justicia social y desarrollo sustentable. Si bien existen trazas de estos temas en los escritos de sus predecesores, Laudato Si es el primer documento papal que establece una posición oficial de la Iglesia con respecto al cambio climático. Fija directrices concretas para el mundo católico sobre cómo enfrentar uno de los problemas más controvertidos y acuciantes en la historia global contemporánea. Pero, sobre todo, Laudato Si fundamenta doctrinalmente la figura  del papa Francisco como un activista internacional a favor de políticas que ayuden a contrarrestar los efectos del cambio climático, proteger el medio ambiente y moderar los costos sociales de su depredación. No es cosa menor. Las implicaciones políticas que el papa tendrá que enfrentar dentro y fuera de la Iglesia son variadas. Por eso es lógico preguntarse ¿qué tanto logrará estirar el músculo un papa que se enfrenta a una Iglesia complicada con una agenda compleja?


El reto institucional

Hay indicios que permiten afirmar que, con Laudato Si, Francisco entra a una guerra que no necesariamente tiene los recursos institucionales para ganar. En el cambio climático, así como en otros temas internos y externos a la Iglesia, Francisco no cuenta con la mayoría de los obispos del mundo para ayudarle en su nueva tarea de redención ambiental. En la iglesia, los obispos son los actores con potencial movilizador por antonomasia. Son los canales de comunicación de Roma con las parroquias. Los obispos pueden activar, o desactivar, los resortes de acción social de la feligresía católica. Por consiguiente, para que su tarea sea exitosa, Jorge Mario Bergoglio tendrá que persuadir a las conferencias episcopales de todo el mundo de la prioridad del tema, canalizar recursos humanos y económicos a esta tarea pero, sobre todo, ganarse el corazón de aquellos detractores dentro de la Iglesia que ven esta incursión como un exceso en las funciones del papa. Eso no solo se logra con carisma sino con infraestructura institucional. Laudato Si se enfrentará ante una compleja realidad en la Iglesia. Todavía  dominan prioridades distintas a la agenda de la doctrina social de la Iglesia: la insistencia por una agenda moral poco flexible y el celo litúrgico son aún prioridades de la mayoría de los obispos del mundo.

Ante este escenario, la justicia social, en todas sus manifestaciones, aún es un accesorio y no una realidad concreta que la Iglesia logre implementar con suficiente sentido de realidad en sus acciones globales de manera cotidiana.

Una encíclica es un documento interno de la Iglesia católica. Es una directriz pastoral del obispo de Roma a los más de mil millones de católicos de todo el mundo. Los temas han sido variados: asuntos teológicos, eclesiásticos, familiares o sociales. Específicamente en el ámbito social, una encíclica como ésta fija la posición del papa frente a un problema con repercusión mundial; o, en lenguaje interno de la Iglesia, busca darle la cara a “los signos de los tiempos”. Varias encíclicas han marcado la historia del pensamiento social del catolicismo. Ahora es oportuno recordar la Rerum Novarum de Leon XIII, publicada en 1891. Así respondió la Iglesia a la explosividad ideológica del siglo XIX del marxismo, liberalismo y todos los ismos que se formaron durante ese convulso siglo. La Rerum Novarum fue la que abandonó (parcialmente) el ultramontanismo y antimodernismo que campeaba en esas épocas y marcó el origen intelectual de la doctrina social de la Iglesia católica como la conocemos hoy en día.

Laudato Si es el episodio más reciente en la historia del involucramiento del catolicismo en los problemas del mundo. Fiel al espíritu del Concilio Vaticano II, la Encíclica verde muestra un papa comprometido con el “el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren”. (Gadium st Spes, 1) Las implicaciones sociales de la agenda ambiental aparecen prioritarias en la nueva encíclica papal.

En efecto, en Laudato Si, el papa pregona que este fenómeno ambiental es responsabilidad del hombre y, por lo tanto, la humanidad debe entrar en una profunda conversión moral para reconocer que la naturaleza no es propiedad del ser humano, sino su responsabilidad máxima. En lenguaje eclesial, “el hombre no es dueño de la Creación, sino su principal custodio”.

La tesis fundamental del documento es que el modelo de producción capitalista desenfrenado ha propiciado una cultura de consumo rapaz que lacera el medio ambiente. Pero, sobre todo, Francisco liga su argumento en torno al cambio climático con el corazón de la doctrina social de la Iglesia: los peligros a los que se expone la humanidad con la transformación ambiental, causada en gran medida por el hombre, afectan a los más vulnerables, a los pobres, a los desprotegidos. Son ellos las verdaderas víctimas de la dilapidación de los recursos por los más ricos, por los poderosos, por aquellos que lucran con el medio ambiente para aumentar sus riquezas y así reproducir un círculo vicioso que condena a la tierra, al cielo, al suelo, al agua a la paulatina extinción. El mundo requiere nuevos esquemas que protejan a los pobres de estas calamidades: “globalizar la solidaridad” y “desglobalizar la indiferencia”.


Fija postura en un debate

Aunque Bergoglio no hace alusión a este debate intelectual en su encíclica verde, sí fija una posición clara sobre una vieja polémica: el cristianismo es una religión que promueve la armonía entre la humanidad y la naturaleza. Con Laudato Si esto podría parecer obvio, sin embargo, en el siglo XX se dio un debate duro y fundamental en torno a la responsabilidad de la cosmovisión judeocristiana en la crisis ecológica de nuestro tiempo. Lynn White, eminente profesor de Princeton, Stanford y UCLA, a lo largo de su trabajo como investigador sostuvo la idea de que el cristianismo influyó en la modernidad al desacralizar la naturaleza y crear una visión antropocéntrica de la realidad. Desde esta perspectiva, Dios creó la naturaleza para servicio del hombre (Gn 1,28). Por su parte, Javier Gafo, jesuita español, en Ecología y religiones reseñó aquellas posiciones intelectuales como las de Degenhardt, Carl Amery, Arnold Toynbee y Eugen Drewermann, quienes sostenían la responsabilidad del cristianismo en la crisis ecológica de nuestro tiempo. A su vez, desde Latinoamérica, Edgardo Lander, propuso la perspectiva cognitiva de la separación: el cristianismo separa tres ámbitos: el de lo divino, el de lo humano y de la naturaleza. “La separación es la base de lo que posteriormente termina siendo la noción del ser humano puesto por Dios en la tierra para explotarla, dominarla y apropiarse de ella”.

Sin embargo, la interpretación de la relación de cristianismo y naturaleza ha tenido otras expresiones. Autores como Miguel Ángel Sobrino, la hermana Marjorie Keena, Javier Gafo y Leonardo Boff han propuesto que el cristianismo contempla una corriente que considera a la naturaleza como espejo en el que se proyecta el Creador. Boff en su libro La voz del arco iris, hacia una espiritualidad planetaria y ecológica, de 2003, fustiga el uso indiscriminado de los recursos naturales para el lucro material. Propone una nueva espiritualidad basada en ejemplos concretos como Francisco de Asís, Ignacio de Loyola, Pierre Teilhard de Chardin y Mahatma Gandhi.

El lenguaje de Boff resulta similar al de Bergoglio en Laudato Si. Ambos concluyen que el problema del medio ambiente no es sólo un asunto externo, de índole económica o de sistemas de producción, sino de una anemia moral y espiritual con que vive el hombre escéptico e hijo del relativismo del siglo XXI. Así pues, en el ámbito intelectual y doctrinal, la encíclica verde se decanta por esta interpretación del cristianismo y la naturaleza. Fiel al espíritu del santo del quien tomó su nombre papal, Bergoglio llama a toda la humidad a reconsiderar nuestra relación con la naturaleza, a custodiar -no a abusar de- la “Creación”.

Laudato Si, como toda encíclica, también es un documento pastoral. Sin embargo, el argumento del documento es principalmente político. Después de varias décadas de coqueteo de sus predecesores con esta posición, Francisco se casa decididamente con una postura dentro del debate internacional en torno al cambio climático. Abraza la evidencia científica para afirmar que el hombre es responsable de este fenómeno. Dado que la actividad humana es, en mayor medida, responsable de los desequilibrios ambientales, luego entonces, se requiere cambiar de paradigma civilizatorio en aras de alcanzar una mejor convivencia con la naturaleza. Este axioma tiene implicaciones políticas fundamentales pues confronta directamente al Papa (y a la Iglesia) contra los poderosos intereses políticos y económicos que tienen otra posición frente al cambio climático. Un ejemplo muy elocuente fueron las declaraciones de Jeb Bush, candidato presidencial republicano a ocupar la Casa Blanca y católico converso. A la pregunta de qué opinaba de la encíclica verde, Bush contestó: “yo no voy a misa a recibir recomendaciones para mi política económica”.


Poderoso líder de un ejército dividido

En el ámbito de la política internacional del cambio climático, Laudato Siposiciona al papa Francisco como un actor más en busca de soluciones globales. La fecha de su publicación no es coincidencia. En noviembre próximo se llevará a cabo la cumbre global de cambio climático en París en donde se discutirán medidas para disminuir emisiones de CO2 y buscar alternativas renovables para la producción de energía que mitiguen el impacto ambiental. París tratará de revertir el fracaso de Kyoto en la materia. Hay mucha presión internacional para que en esta cumbre se acuerden soluciones duraderas al problema y se logren consensos entre los países desarrollados y aquellos en vías de desarrollo. Asimismo, la publicación deLaudato Si también ocurre meses antes de dos importantes giras papales al continente americano. La primera a Bolivia, Ecuador y Paraguay en julio, la segunda a Cuba y Estados Unidos en septiembre. Durante estos viajes Francisco hablará de su encíclica. En Estados Unidos, sin duda, causará gran polémica, pues Barack Obama dio su espaldarazo a Laudato Si en una declaración oficial. Por consiguiente, Francisco enfrentará un ambiente político polarizado durante su visita a la costa este de EU.  Nuestro vecino del norte es el mayor responsable de emisiones de CO2 a la atmósfera, es la sociedad más consumista del mundo y también es donde se alojan algunos de los patrocinadores de la posición opuesta en el debate. La que absuelve de responsabilidad al hombre en la ocurrencia del calentamiento sistemático.

Grupos conservadores, católicos y no católicos, protestantes, corporaciones multinacionales y partidos políticos como el Republicano (y su hebra el Tea Party) han sido feroces opositores a cualquier política global contra el cambio climático que implique solidaridad y disminución de la búsqueda de lucro. Al igual que en el tema migratorio, los republicanos atacan furibundamente a Obama por su interés en establecer políticas para combatir este problema. Por tanto, con Laudato Si, el papa inserta a la Iglesia en una batalla que sin duda la pondrá a prueba.

Sin embargo, el papa es el poderoso líder de un ejército si no diezmado, sí dividido. Por ejemplo, en la reciente reunión de la Conferencia del Episcopado de Estados Unidos, no se tocaron temas ambientales en lo absoluto. Ciertamente existen arzobispos como el de Miami o Las Cruces en Nuevo México, que abiertamente han apoyado la causa de Francisco: ya preparan eventos especiales para publicitar y poner en marcha las directrices de la encíclica en lo que a su actividad diocesana se refiere. Sin embargo, la mayoría del episcopado estadounidense está en un momento conservador, muchos ven con escepticismo la incursión oficial de la Iglesia en este tema.

A su vez, Francisco tiene pocos aliados en la Curia Romana en este tema. Salvo el grupo especial de los 9 cardenales, entre ellos Peter Turkson, Oscar Rodríguez Madariaga y algunas voces prominentes a lo largo del globo, como el obispo de Boston Sean O’Malley, la mayoría de los obispos siguen adormecidos. En México, caso más familiar, el estilo personal de conducir las riendas de la Iglesia del primer papa latinoamericano ha sido ajeno a la mayoría de los obispos. Salvo algunos casos notables como el obispo Raúl Vera, la mayoría de los obispos son ajenos a la implementación de la Doctrina Social de la Iglesia en sus diócesis. El efecto Francisco en la iglesia mexicana ha sido realmente débil. “Nuestros obispos están alejados de la realidad, del sufrimiento de muchos que necesitan nuestro consuelo”. Son palabras de la hermana Leticia Gutiérrez, misionera scalabriniana que conoció de cerca la Conferencia del Episcopado Mexicano, pues trabajó en la coordinación de la Pastoral de Movilidad Humana.

Este sentir lo comparten la mayoría de los sacerdotes y laicos que en los últimos meses he entrevistado para conocer la influencia del papa Francisco en la iglesia mexicana. “La llegada de Francisco nos ha refrescado, pero no vemos el mismo efecto en la mayoría de nuestros obispos; a veces nos sentimos solos, o tenemos miedo de pedirles algo”, lamentaba un sacerdote jesuita que dirige una ONG dedicada a temas migratorios. Es lamentable que la mayoría de los católicos, tanto sacerdotes y laicos, que hemos abrazado con entusiasmo la llegada de Francisco no veamos reflejada la primavera vaticana en los obispados y arzobispados. Por ejemplo, la mayoría de católicos, al menos en la ciudad de México, no vemos a Norberto Rivera Carrera como un pastor verdaderamente comprometido con el espíritu del papa Francisco. Hoy por hoy, al menos en México, el puente con Roma está severamente fracturado.

Si Francisco quiere que Laudate Si verdaderamente haga eco en las comunidades cristianas alrededor del mundo, y no se quede como un manifiesto discursivo dirigido exclusivamente a los hacedores de política multilateral, debe de proveer los mecanismos institucionales para ello.  En realidad Francisco debe saber que, a pesar de su prestigio internacional, tiene escasas posibilidades de influir en las decisiones políticas globales ante estos temas. Su incursión en Medio Oriente no fue fructífera, días después de su viaje a Tierra Santa Israel invadió Gaza y su ejército mató a miles de civiles inocentes. El crédito por las negociaciones entre Estados Unidos y Cuba es real, sin embargo, no se debe perder de vista que Obama tenía este cometido desde hace varios años. Estas negociaciones eran algo que convenía a ambos líderes, Obama y Castro. Sí, el papa facilitó el diálogo, pero no fue determinante en su concreción. Asimismo, se habla también que la encíclica podría influir la carrera presidencial de Estados Unidos. Tampoco es cierto, Jeb Bush y otros republicanos católicos contendientes a la presidencia mantienen firme su posición ante el cambio climático como un área que no precisa de políticas radicales globales, mucho menos de intervenciones papales.

La verdadera influencia potencial de esta encíclica está en el seno de la Iglesia católica. La encíclica verde es una gran oportunidad para echar andar el engranaje social de la Iglesia. Demostrar su músculo institucional, no sólo simbólico, ante tan importante reto global. Debiera ser prioridad para Francisco apostarle más a este ámbito que al ámbito exclusivamente multilateral. Laudato Si puede ser una gran oportunidad para profundizar este intenso periodo de reformas internas que heredó de Benedicto XVI. Y si esas reformas implican una primavera episcopal global, qué mejor.

Pero Bergoglio no puede acometer solo esta tarea, él mismo ha afirmado en entrevistas a profundidad, que su talante autoritario de gobernar le causó problemas cuando fue superior de la Compañía de Jesús en Argentina y posteriormente arzobispo de Buenos Aires. El hoy papa Francisco puede caer en la tentación de creer que puede ganar solo esta batalla en los foros de Naciones Unidas o en el Congreso estadounidense: donde dará sendos discursos durante su viaje a Norteamérica en septiembre próximo. Lo cierto es que en esos foros no ganará mucho. Es dentro de la iglesia donde se debe medir el éxito de esta encíclica. Para ello el papa necesita obispos como él. ¿Tendrá el valor de comenzar una renovación obispal radical? Hasta el momento las piezas del tablero en países como México siguen igual. Es tiempo de que Francisco comience a dar pasos aún más agigantados en su ya muy concreta y contundente primavera vaticana.

Share on facebook
Share on twitter
Share on email
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
Share on email
Shopping Basket